En los salones del alterne madrileño, parecía Luis Escobar un personaje de Henry James que se hubiera despistado en el Paseo de la Castellana. Era el mismo que fue personaje de reparto de Luis García Berlanga, que encontró en Escobar una ficción con deneí. Véanle en ‘La escopeta nacional’, imitándose a sí mismo, entre el delirio y el ingenio. Es imborrable su papel de marqués de Leguineche, que es y no es él mismo. A España devolvió, con este personaje, la imagen de su propia transición, entre la cacería y el teléfono, entre el linaje y el enchufe. Veo que hoy mismo se cumplen treinta y cinco años de su muerte, en Madrid, donde nació. Diríamos que nunca quiso dejar esta ciudad, Madrid, que fue el escenario único de su vida mundana, literaria, excéntrica y desmedida. Se resolvió de aristócrata, director, actor, y escritor. Llevaba el título de marqués de las Marismas del Guadalquivir, que suena a novela decimonónica y a salitre andaluz. Provenía de una familia ligada al ala conservadora de la Monarquía y propietaria del diario ‘La Época’. Creció entre papeles impresos y protocolos sociales, ejerciendo una desobediencia con la corbata puesta.En el Teatro María Guerrero, uno de sus reinos, montó Don Juan Tenorio de José Zorrilla con escenografía de Salvador Dalí. El romanticismo del Tenorio y el delirio de Dalí los ató a su batuta entendiendo que el teatro español necesitaba tanto la tradición como la extravagancia. Después vino el Teatro Joy Eslava, hoy discoteca internacional, pero entonces laboratorio interpretativo. Descubrió y encumbró a Paco Rabal, a Concha Velasco, a Nati Mistral. Tenía un alto olfato para el talento, pero también para el carácter. Le interesaban los actores que ardían un poco o un mucho por dentro. Acaso como él mismo. Vivía en un chalet de la urbanización Conde de Orgaz, en una casa que usó Pedro Almodóvar para ‘Laberinto de pasiones’. Se bañaba desnudo, para susto del vecindario, y cuidaba un familión de perros. Trató con Federico García Lorca, con Kirk Douglas, con María Callas. Sobrevivió a la República, a la Guerra Civil, al franquismo y a la Transición. Su vida fue un escenario, y al contrario. Un dandi, en todo caso, al que le sentaba de sastrería la sonrisa. En los salones del alterne madrileño, parecía Luis Escobar un personaje de Henry James que se hubiera despistado en el Paseo de la Castellana. Era el mismo que fue personaje de reparto de Luis García Berlanga, que encontró en Escobar una ficción con deneí. Véanle en ‘La escopeta nacional’, imitándose a sí mismo, entre el delirio y el ingenio. Es imborrable su papel de marqués de Leguineche, que es y no es él mismo. A España devolvió, con este personaje, la imagen de su propia transición, entre la cacería y el teléfono, entre el linaje y el enchufe. Veo que hoy mismo se cumplen treinta y cinco años de su muerte, en Madrid, donde nació. Diríamos que nunca quiso dejar esta ciudad, Madrid, que fue el escenario único de su vida mundana, literaria, excéntrica y desmedida. Se resolvió de aristócrata, director, actor, y escritor. Llevaba el título de marqués de las Marismas del Guadalquivir, que suena a novela decimonónica y a salitre andaluz. Provenía de una familia ligada al ala conservadora de la Monarquía y propietaria del diario ‘La Época’. Creció entre papeles impresos y protocolos sociales, ejerciendo una desobediencia con la corbata puesta.En el Teatro María Guerrero, uno de sus reinos, montó Don Juan Tenorio de José Zorrilla con escenografía de Salvador Dalí. El romanticismo del Tenorio y el delirio de Dalí los ató a su batuta entendiendo que el teatro español necesitaba tanto la tradición como la extravagancia. Después vino el Teatro Joy Eslava, hoy discoteca internacional, pero entonces laboratorio interpretativo. Descubrió y encumbró a Paco Rabal, a Concha Velasco, a Nati Mistral. Tenía un alto olfato para el talento, pero también para el carácter. Le interesaban los actores que ardían un poco o un mucho por dentro. Acaso como él mismo. Vivía en un chalet de la urbanización Conde de Orgaz, en una casa que usó Pedro Almodóvar para ‘Laberinto de pasiones’. Se bañaba desnudo, para susto del vecindario, y cuidaba un familión de perros. Trató con Federico García Lorca, con Kirk Douglas, con María Callas. Sobrevivió a la República, a la Guerra Civil, al franquismo y a la Transición. Su vida fue un escenario, y al contrario. Un dandi, en todo caso, al que le sentaba de sastrería la sonrisa. En los salones del alterne madrileño, parecía Luis Escobar un personaje de Henry James que se hubiera despistado en el Paseo de la Castellana. Era el mismo que fue personaje de reparto de Luis García Berlanga, que encontró en Escobar una ficción con deneí. Véanle en ‘La escopeta nacional’, imitándose a sí mismo, entre el delirio y el ingenio. Es imborrable su papel de marqués de Leguineche, que es y no es él mismo. A España devolvió, con este personaje, la imagen de su propia transición, entre la cacería y el teléfono, entre el linaje y el enchufe. Veo que hoy mismo se cumplen treinta y cinco años de su muerte, en Madrid, donde nació. Diríamos que nunca quiso dejar esta ciudad, Madrid, que fue el escenario único de su vida mundana, literaria, excéntrica y desmedida. Se resolvió de aristócrata, director, actor, y escritor. Llevaba el título de marqués de las Marismas del Guadalquivir, que suena a novela decimonónica y a salitre andaluz. Provenía de una familia ligada al ala conservadora de la Monarquía y propietaria del diario ‘La Época’. Creció entre papeles impresos y protocolos sociales, ejerciendo una desobediencia con la corbata puesta.En el Teatro María Guerrero, uno de sus reinos, montó Don Juan Tenorio de José Zorrilla con escenografía de Salvador Dalí. El romanticismo del Tenorio y el delirio de Dalí los ató a su batuta entendiendo que el teatro español necesitaba tanto la tradición como la extravagancia. Después vino el Teatro Joy Eslava, hoy discoteca internacional, pero entonces laboratorio interpretativo. Descubrió y encumbró a Paco Rabal, a Concha Velasco, a Nati Mistral. Tenía un alto olfato para el talento, pero también para el carácter. Le interesaban los actores que ardían un poco o un mucho por dentro. Acaso como él mismo. Vivía en un chalet de la urbanización Conde de Orgaz, en una casa que usó Pedro Almodóvar para ‘Laberinto de pasiones’. Se bañaba desnudo, para susto del vecindario, y cuidaba un familión de perros. Trató con Federico García Lorca, con Kirk Douglas, con María Callas. Sobrevivió a la República, a la Guerra Civil, al franquismo y a la Transición. Su vida fue un escenario, y al contrario. Un dandi, en todo caso, al que le sentaba de sastrería la sonrisa. RSS de noticias de cultura
