Milena Busquets (Barcelona, 1972) tiene una de esas risas estridentes que pueden llenar una habitación, una casa, una noche, la vida: hay que reírse así para espantar el drama, el calor. Una advertencia: ella puede afirmar algo y negarlo al momento para después acabar matizándolo, en un viaje en el que podría resumirse su literatura y su conversación. Y una cosa más: en sus libros la ley de la gravedad es la de la ligereza. «Mi objetivo al escribir estos textos era entretener y acompañar, distraer y divertir, mezclar lo serio e importante con lo alegre y liviano, no sentar cátedra, sino todo lo contrario: quitarle hierro al asunto tan difícil de vivir», dice al principio de ‘Mujeres elegantes’ (Lumen), donde recopila artículos y hallazgos que podrían servirnos para inaugurar el verano. —Dice que tiene más lectoras que lectores. Pero conozco a unos cuantos hombres que siempre compran sus libros.—En mi última firma alguien hizo el cálculo y había un tres por ciento de hombres; el resto eran mujeres. Y, sin embargo… Albert Serra me presentó el libro en Barcelona y me decía: tienes la reputación de ser una autora de mujeres, por hablar de sentimientos, de la vida muy doméstica, pero a los hombres les interesa mucho lo que escribes. Igual es que a las mujeres les hace más gracia venir a una presentación y verme, el tú a tú, y los hombres igual me leen y ya: no necesitan verme. Y realmente tienen razón, porque lo mejor de mí está en el libro. Eso intento. —Javier Cercas dice que los libros son mejores que sus autores. Y Luis Landero piensa lo mismo.—Yo intento poner lo mejor de mí en los libros, pero es que yo creo que en persona estoy muy bien también, ¿no? [y suelta la primera carcajada de la entrevista]. Hablar me gusta mucho, y además: en mi caso es muy parecido lo que escribo y lo que soy; oírme es como un complemento a mis libros. Idealmente, el libro tendría que ser la cumbre, pero yo creo que yo soy la cumbre. —[Risas].—Y lo prefiero. Me encanta escribir, pero me gusta más la vida. Leer y escribir son dos ejercicios muy solitarios, en cambio vivir es un ejercicio comunitario. Y me gustan las dos cosas, me gustan la soledad y el individualismo terrible y el ego enorme que requiere escribir, y después me gusta la sensación de viajar en un barco con todo el mundo. Me divierte. Siempre hay un momento en el que tienes que elegir. Y yo escogeré siempre la vida. Por esto igual no seré nunca Houellebecq o Chéjov o Céline. Creo que Proust siempre hubiese escogido la escritura, también. Pero cada uno está al nivel de lo que escribe. Y aunque no quieras has de renunciar un poco a una parte de la vida. Yo estoy dispuesta a renunciar a… no sé, ¿un quince por ciento? [otra carcajada]. Un quince por ciento sí, pero no un cuarenta.«La gente guapa y la gente rica hay que disfrutarla de lejos»—Cuando hablamos de la separación entre vida y obra siempre esquivamos una verdad difícil, y es que hay autores que escriben como escriben, que llegan a ciertas cimas, porque no son grandísimas personas. Pienso en Capote, por ejemplo.—Pero Capote no es malo. A Capote le pasó tal vez un poco lo que le pasó también a Warhol, que es que no encontraron los amigos que necesitaban. Capote se dejó impresionar muchísimo por el brillo del dinero, por la gente glamurosa, por la gente guapa. Le gustaba demasiado la gente guapa. Y la gente guapa y la gente rica hay que disfrutarla de lejos, no hay que acercarse… Como escritor no hay que acercarse mucho al poder, es muy peligroso. Y la belleza es evidentemente una forma de poder, y el dinero ya no digamos… Yo no creo que Capote fuese en absoluto mala persona. Creo que era un pobre hombre, realmente, muy complicado, solitario, y que no dio con la gente adecuada. —Pero lo que tenemos de ‘Plegarias atendidas’ no se puede escribir sin llevar algo de veneno dentro.—Es que se escribe con veneno, también. Con veneno del bueno, ese que está cerca del humor, que está cerca de la inteligencia, de la agudeza, ese que te permite describir a la gente de una forma muy descarnada. Pero Capote también podía ser increíblemente compasivo, como lo fue en el artículo que le dedicó a Marilyn Monroe tras su muerte. Ahí ves que se compadece realmente de esta mujer… [deja un silencio]. Esta discusión sobre si se puede ser un cabrón y un gran artista me parece tan antigua… Es que es evidente. Estoy pensando en Picasso, que es el artista indiscutible del siglo XX, y que parece haber caído en desgracia por sus conductas. Pero yo creo que lo único que hacía era putear a sus mujeres. Yo creo que he puteado a bastantes hombres también. —Le cito: «Para ser una verdadera ex debo sentir de vez en cuando unas ganas irresistibles, salvajes y profundas de fastidiarte».—Sí, sí, me gusta. A veces es lo último que queda del amor, estas pequeñas cosas, que además son como pequeños códigos, que en el fondo ellos reconocen perfectamente y que son recíprocos. Y prefiero esto a perderlos completamente. Me cuesta mucho cerrar las historias. Así como en los libros creo en los finales cerrados, pienso que en la vida, en las relaciones con la gente, con la gente que has amado, siempre quedan algunos hilos y cosas pendientes. Y realmente cuando tengo un problema gordo acudo a mis ex, que son dos realmente, mis ex son los padres de mis hijos. Ese amor de pareja crea un vínculo muy difícil de romper del todo… Yo tengo un respeto por toda la gente que me ha querido, a los que he querido. Y me encanta chincharlos. Quienes no te permiten que los chinches son los hijos.—Por cierto: en este libro salen mucho sus hijos.—El que más habla es Héctor, que tiene diecinueve años y está estudiando para ser director de teatro. Cuando llevo un mes menos ocurrente, me dice: mamá, te estás volviendo idiota, ya no es divertido ir a cenar contigo. Me dice cosas totalmente alucinantes, que me hunden en la miseria más profunda [vuelve a reír]. En este libro hablo mucho de mi vida cotidiana. El otro día Albert Serra me decía: Milena, que hablen tus hijos aún tiene interés, pero deja de hablar de tu perro, que ya sabemos que se llama Kate, que ya sabemos que la paseas, por favor, no le interesan a nadie los paseos con el perro [y otra carcajada]. —De Albert Serra, otro de sus personajes recurrentes, cuenta que nadie bebe champán como él.—Albert es completamente así: un artista como eran antes los artistas, y él pide las botellas de champán de dos en dos. Después no sé cómo conseguimos pagarlas… porque claro, son carísimas, pero al final… Es una buena actitud. Como tener una botella de champán francés siempre en casa. —¿Para emergencias?—Para emergencias, para celebraciones… Mi madre siempre tenía una. Podía no haber nada en la nevera, pero allí había una botella de champán. Y ella no bebía, pero era una cosa como de buena suerte. Si tienes una botella de champán en la nevera, en algún momento tendrás algo que celebrar.«Si tienes una botella de champán en la nevera, en algún momento tendrás algo que celebrar»—A su hijo no le hace mucho caso. Él le dice que las listas han pasado de moda, pero el libro está lleno de listas.—Hay que hacer un caso relativo a los hijos, y cuando escribes has de hacer un caso relativo a todo el mundo. Creo que está muy bien que la gente que sabe te dé su opinión, pero al final la decisión es tuya. Al final tú sabes el libro que quieres escribir y si todavía no lo sabes lo sabrás escribiéndolo, no siguiendo consejos. Y eso es lo interesante de escribir. Y cuando has escrito varios libros, empiezas a notar el oficio. Es bastante gustoso, pensar: ¿esto lo puedo hacer?, ¿y cómo lo puedo hacer? Es una cosa más artesana. No estoy totalmente imbuida emocionalmente, o no solo, hay una cabeza funcionando detrás. —Sostiene que ‘Peter Pan’ es una historia de amor.—Es así. En el fondo de casi todas las obras maestras hay una historia de amor. No puedes entender que se utilice como insulto, eres un Peter Pan, porque la realidad es que Peter Pan acaba siendo extraordinariamente maduro, adulto y generoso, porque acepta quedarse solo. Después llega una segunda tanda de niños, pero en principio acepta la libertad y la soledad que conlleva durante un rato. Y lo del amor es obvio, ¿no? La fascinación con Wendy, una persona que te hace volar, cómo creer en algo hace que este algo viva… Es un libro redondo. Un libro muy para adultos, como ‘El principito’, que es un libro muy denostado pero que es fundacional, una especie de Biblia extraña. Hay que escribir por si algún día te sale algo así. —En fin, ya es verano. Acaba de empezar el año, según sus cálculos.—Soy muy convencional en esto: todo lo bueno empieza en verano, que es la estación de la gente sensata [y esta es la última carcajada de la entrevista]. Confundir el verano con el calor es una absoluta tontería. La luz es tan bonita… De repente los pájaros, los animales, las lagartijas, todo explota de vida. Es como la vida está empujando. Me siento afortunada de vivir en el sur de Europa en estos meses. Es un privilegio. Milena Busquets (Barcelona, 1972) tiene una de esas risas estridentes que pueden llenar una habitación, una casa, una noche, la vida: hay que reírse así para espantar el drama, el calor. Una advertencia: ella puede afirmar algo y negarlo al momento para después acabar matizándolo, en un viaje en el que podría resumirse su literatura y su conversación. Y una cosa más: en sus libros la ley de la gravedad es la de la ligereza. «Mi objetivo al escribir estos textos era entretener y acompañar, distraer y divertir, mezclar lo serio e importante con lo alegre y liviano, no sentar cátedra, sino todo lo contrario: quitarle hierro al asunto tan difícil de vivir», dice al principio de ‘Mujeres elegantes’ (Lumen), donde recopila artículos y hallazgos que podrían servirnos para inaugurar el verano. —Dice que tiene más lectoras que lectores. Pero conozco a unos cuantos hombres que siempre compran sus libros.—En mi última firma alguien hizo el cálculo y había un tres por ciento de hombres; el resto eran mujeres. Y, sin embargo… Albert Serra me presentó el libro en Barcelona y me decía: tienes la reputación de ser una autora de mujeres, por hablar de sentimientos, de la vida muy doméstica, pero a los hombres les interesa mucho lo que escribes. Igual es que a las mujeres les hace más gracia venir a una presentación y verme, el tú a tú, y los hombres igual me leen y ya: no necesitan verme. Y realmente tienen razón, porque lo mejor de mí está en el libro. Eso intento. —Javier Cercas dice que los libros son mejores que sus autores. Y Luis Landero piensa lo mismo.—Yo intento poner lo mejor de mí en los libros, pero es que yo creo que en persona estoy muy bien también, ¿no? [y suelta la primera carcajada de la entrevista]. Hablar me gusta mucho, y además: en mi caso es muy parecido lo que escribo y lo que soy; oírme es como un complemento a mis libros. Idealmente, el libro tendría que ser la cumbre, pero yo creo que yo soy la cumbre. —[Risas].—Y lo prefiero. Me encanta escribir, pero me gusta más la vida. Leer y escribir son dos ejercicios muy solitarios, en cambio vivir es un ejercicio comunitario. Y me gustan las dos cosas, me gustan la soledad y el individualismo terrible y el ego enorme que requiere escribir, y después me gusta la sensación de viajar en un barco con todo el mundo. Me divierte. Siempre hay un momento en el que tienes que elegir. Y yo escogeré siempre la vida. Por esto igual no seré nunca Houellebecq o Chéjov o Céline. Creo que Proust siempre hubiese escogido la escritura, también. Pero cada uno está al nivel de lo que escribe. Y aunque no quieras has de renunciar un poco a una parte de la vida. Yo estoy dispuesta a renunciar a… no sé, ¿un quince por ciento? [otra carcajada]. Un quince por ciento sí, pero no un cuarenta.«La gente guapa y la gente rica hay que disfrutarla de lejos»—Cuando hablamos de la separación entre vida y obra siempre esquivamos una verdad difícil, y es que hay autores que escriben como escriben, que llegan a ciertas cimas, porque no son grandísimas personas. Pienso en Capote, por ejemplo.—Pero Capote no es malo. A Capote le pasó tal vez un poco lo que le pasó también a Warhol, que es que no encontraron los amigos que necesitaban. Capote se dejó impresionar muchísimo por el brillo del dinero, por la gente glamurosa, por la gente guapa. Le gustaba demasiado la gente guapa. Y la gente guapa y la gente rica hay que disfrutarla de lejos, no hay que acercarse… Como escritor no hay que acercarse mucho al poder, es muy peligroso. Y la belleza es evidentemente una forma de poder, y el dinero ya no digamos… Yo no creo que Capote fuese en absoluto mala persona. Creo que era un pobre hombre, realmente, muy complicado, solitario, y que no dio con la gente adecuada. —Pero lo que tenemos de ‘Plegarias atendidas’ no se puede escribir sin llevar algo de veneno dentro.—Es que se escribe con veneno, también. Con veneno del bueno, ese que está cerca del humor, que está cerca de la inteligencia, de la agudeza, ese que te permite describir a la gente de una forma muy descarnada. Pero Capote también podía ser increíblemente compasivo, como lo fue en el artículo que le dedicó a Marilyn Monroe tras su muerte. Ahí ves que se compadece realmente de esta mujer… [deja un silencio]. Esta discusión sobre si se puede ser un cabrón y un gran artista me parece tan antigua… Es que es evidente. Estoy pensando en Picasso, que es el artista indiscutible del siglo XX, y que parece haber caído en desgracia por sus conductas. Pero yo creo que lo único que hacía era putear a sus mujeres. Yo creo que he puteado a bastantes hombres también. —Le cito: «Para ser una verdadera ex debo sentir de vez en cuando unas ganas irresistibles, salvajes y profundas de fastidiarte».—Sí, sí, me gusta. A veces es lo último que queda del amor, estas pequeñas cosas, que además son como pequeños códigos, que en el fondo ellos reconocen perfectamente y que son recíprocos. Y prefiero esto a perderlos completamente. Me cuesta mucho cerrar las historias. Así como en los libros creo en los finales cerrados, pienso que en la vida, en las relaciones con la gente, con la gente que has amado, siempre quedan algunos hilos y cosas pendientes. Y realmente cuando tengo un problema gordo acudo a mis ex, que son dos realmente, mis ex son los padres de mis hijos. Ese amor de pareja crea un vínculo muy difícil de romper del todo… Yo tengo un respeto por toda la gente que me ha querido, a los que he querido. Y me encanta chincharlos. Quienes no te permiten que los chinches son los hijos.—Por cierto: en este libro salen mucho sus hijos.—El que más habla es Héctor, que tiene diecinueve años y está estudiando para ser director de teatro. Cuando llevo un mes menos ocurrente, me dice: mamá, te estás volviendo idiota, ya no es divertido ir a cenar contigo. Me dice cosas totalmente alucinantes, que me hunden en la miseria más profunda [vuelve a reír]. En este libro hablo mucho de mi vida cotidiana. El otro día Albert Serra me decía: Milena, que hablen tus hijos aún tiene interés, pero deja de hablar de tu perro, que ya sabemos que se llama Kate, que ya sabemos que la paseas, por favor, no le interesan a nadie los paseos con el perro [y otra carcajada]. —De Albert Serra, otro de sus personajes recurrentes, cuenta que nadie bebe champán como él.—Albert es completamente así: un artista como eran antes los artistas, y él pide las botellas de champán de dos en dos. Después no sé cómo conseguimos pagarlas… porque claro, son carísimas, pero al final… Es una buena actitud. Como tener una botella de champán francés siempre en casa. —¿Para emergencias?—Para emergencias, para celebraciones… Mi madre siempre tenía una. Podía no haber nada en la nevera, pero allí había una botella de champán. Y ella no bebía, pero era una cosa como de buena suerte. Si tienes una botella de champán en la nevera, en algún momento tendrás algo que celebrar.«Si tienes una botella de champán en la nevera, en algún momento tendrás algo que celebrar»—A su hijo no le hace mucho caso. Él le dice que las listas han pasado de moda, pero el libro está lleno de listas.—Hay que hacer un caso relativo a los hijos, y cuando escribes has de hacer un caso relativo a todo el mundo. Creo que está muy bien que la gente que sabe te dé su opinión, pero al final la decisión es tuya. Al final tú sabes el libro que quieres escribir y si todavía no lo sabes lo sabrás escribiéndolo, no siguiendo consejos. Y eso es lo interesante de escribir. Y cuando has escrito varios libros, empiezas a notar el oficio. Es bastante gustoso, pensar: ¿esto lo puedo hacer?, ¿y cómo lo puedo hacer? Es una cosa más artesana. No estoy totalmente imbuida emocionalmente, o no solo, hay una cabeza funcionando detrás. —Sostiene que ‘Peter Pan’ es una historia de amor.—Es así. En el fondo de casi todas las obras maestras hay una historia de amor. No puedes entender que se utilice como insulto, eres un Peter Pan, porque la realidad es que Peter Pan acaba siendo extraordinariamente maduro, adulto y generoso, porque acepta quedarse solo. Después llega una segunda tanda de niños, pero en principio acepta la libertad y la soledad que conlleva durante un rato. Y lo del amor es obvio, ¿no? La fascinación con Wendy, una persona que te hace volar, cómo creer en algo hace que este algo viva… Es un libro redondo. Un libro muy para adultos, como ‘El principito’, que es un libro muy denostado pero que es fundacional, una especie de Biblia extraña. Hay que escribir por si algún día te sale algo así. —En fin, ya es verano. Acaba de empezar el año, según sus cálculos.—Soy muy convencional en esto: todo lo bueno empieza en verano, que es la estación de la gente sensata [y esta es la última carcajada de la entrevista]. Confundir el verano con el calor es una absoluta tontería. La luz es tan bonita… De repente los pájaros, los animales, las lagartijas, todo explota de vida. Es como la vida está empujando. Me siento afortunada de vivir en el sur de Europa en estos meses. Es un privilegio.
Milena Busquets (Barcelona, 1972) tiene una de esas risas estridentes que pueden llenar una habitación, una casa, una noche, la vida: hay que reírse así para espantar el drama, el calor. Una advertencia: ella puede afirmar algo y negarlo al momento para después acabar matizándolo, … en un viaje en el que podría resumirse su literatura y su conversación. Y una cosa más: en sus libros la ley de la gravedad es la de la ligereza. «Mi objetivo al escribir estos textos era entretener y acompañar, distraer y divertir, mezclar lo serio e importante con lo alegre y liviano, no sentar cátedra, sino todo lo contrario: quitarle hierro al asunto tan difícil de vivir», dice al principio de ‘Mujeres elegantes’ (Lumen), donde recopila artículos y hallazgos que podrían servirnos para inaugurar el verano.
—Dice que tiene más lectoras que lectores. Pero conozco a unos cuantos hombres que siempre compran sus libros.
—En mi última firma alguien hizo el cálculo y había un tres por ciento de hombres; el resto eran mujeres. Y, sin embargo… Albert Serra me presentó el libro en Barcelona y me decía: tienes la reputación de ser una autora de mujeres, por hablar de sentimientos, de la vida muy doméstica, pero a los hombres les interesa mucho lo que escribes. Igual es que a las mujeres les hace más gracia venir a una presentación y verme, el tú a tú, y los hombres igual me leen y ya: no necesitan verme. Y realmente tienen razón, porque lo mejor de mí está en el libro. Eso intento.
—Javier Cercas dice que los libros son mejores que sus autores. Y Luis Landero piensa lo mismo.
—Yo intento poner lo mejor de mí en los libros, pero es que yo creo que en persona estoy muy bien también, ¿no? [y suelta la primera carcajada de la entrevista]. Hablar me gusta mucho, y además: en mi caso es muy parecido lo que escribo y lo que soy; oírme es como un complemento a mis libros. Idealmente, el libro tendría que ser la cumbre, pero yo creo que yo soy la cumbre.
—[Risas].
—Y lo prefiero. Me encanta escribir, pero me gusta más la vida. Leer y escribir son dos ejercicios muy solitarios, en cambio vivir es un ejercicio comunitario. Y me gustan las dos cosas, me gustan la soledad y el individualismo terrible y el ego enorme que requiere escribir, y después me gusta la sensación de viajar en un barco con todo el mundo. Me divierte. Siempre hay un momento en el que tienes que elegir. Y yo escogeré siempre la vida. Por esto igual no seré nunca Houellebecq o Chéjov o Céline. Creo que Proust siempre hubiese escogido la escritura, también. Pero cada uno está al nivel de lo que escribe. Y aunque no quieras has de renunciar un poco a una parte de la vida. Yo estoy dispuesta a renunciar a… no sé, ¿un quince por ciento? [otra carcajada]. Un quince por ciento sí, pero no un cuarenta.
«La gente guapa y la gente rica hay que disfrutarla de lejos»
—Cuando hablamos de la separación entre vida y obra siempre esquivamos una verdad difícil, y es que hay autores que escriben como escriben, que llegan a ciertas cimas, porque no son grandísimas personas. Pienso en Capote, por ejemplo.
—Pero Capote no es malo. A Capote le pasó tal vez un poco lo que le pasó también a Warhol, que es que no encontraron los amigos que necesitaban. Capote se dejó impresionar muchísimo por el brillo del dinero, por la gente glamurosa, por la gente guapa. Le gustaba demasiado la gente guapa. Y la gente guapa y la gente rica hay que disfrutarla de lejos, no hay que acercarse… Como escritor no hay que acercarse mucho al poder, es muy peligroso. Y la belleza es evidentemente una forma de poder, y el dinero ya no digamos… Yo no creo que Capote fuese en absoluto mala persona. Creo que era un pobre hombre, realmente, muy complicado, solitario, y que no dio con la gente adecuada.
—Pero lo que tenemos de ‘Plegarias atendidas’ no se puede escribir sin llevar algo de veneno dentro.
—Es que se escribe con veneno, también. Con veneno del bueno, ese que está cerca del humor, que está cerca de la inteligencia, de la agudeza, ese que te permite describir a la gente de una forma muy descarnada. Pero Capote también podía ser increíblemente compasivo, como lo fue en el artículo que le dedicó a Marilyn Monroe tras su muerte. Ahí ves que se compadece realmente de esta mujer… [deja un silencio]. Esta discusión sobre si se puede ser un cabrón y un gran artista me parece tan antigua… Es que es evidente. Estoy pensando en Picasso, que es el artista indiscutible del siglo XX, y que parece haber caído en desgracia por sus conductas. Pero yo creo que lo único que hacía era putear a sus mujeres. Yo creo que he puteado a bastantes hombres también.
—Le cito: «Para ser una verdadera ex debo sentir de vez en cuando unas ganas irresistibles, salvajes y profundas de fastidiarte».
—Sí, sí, me gusta. A veces es lo último que queda del amor, estas pequeñas cosas, que además son como pequeños códigos, que en el fondo ellos reconocen perfectamente y que son recíprocos. Y prefiero esto a perderlos completamente. Me cuesta mucho cerrar las historias. Así como en los libros creo en los finales cerrados, pienso que en la vida, en las relaciones con la gente, con la gente que has amado, siempre quedan algunos hilos y cosas pendientes. Y realmente cuando tengo un problema gordo acudo a mis ex, que son dos realmente, mis ex son los padres de mis hijos. Ese amor de pareja crea un vínculo muy difícil de romper del todo… Yo tengo un respeto por toda la gente que me ha querido, a los que he querido. Y me encanta chincharlos. Quienes no te permiten que los chinches son los hijos.
—Por cierto: en este libro salen mucho sus hijos.
—El que más habla es Héctor, que tiene diecinueve años y está estudiando para ser director de teatro. Cuando llevo un mes menos ocurrente, me dice: mamá, te estás volviendo idiota, ya no es divertido ir a cenar contigo. Me dice cosas totalmente alucinantes, que me hunden en la miseria más profunda [vuelve a reír]. En este libro hablo mucho de mi vida cotidiana. El otro día Albert Serra me decía: Milena, que hablen tus hijos aún tiene interés, pero deja de hablar de tu perro, que ya sabemos que se llama Kate, que ya sabemos que la paseas, por favor, no le interesan a nadie los paseos con el perro [y otra carcajada].
—De Albert Serra, otro de sus personajes recurrentes, cuenta que nadie bebe champán como él.
—Albert es completamente así: un artista como eran antes los artistas, y él pide las botellas de champán de dos en dos. Después no sé cómo conseguimos pagarlas… porque claro, son carísimas, pero al final… Es una buena actitud. Como tener una botella de champán francés siempre en casa.
—¿Para emergencias?
—Para emergencias, para celebraciones… Mi madre siempre tenía una. Podía no haber nada en la nevera, pero allí había una botella de champán. Y ella no bebía, pero era una cosa como de buena suerte. Si tienes una botella de champán en la nevera, en algún momento tendrás algo que celebrar.
«Si tienes una botella de champán en la nevera, en algún momento tendrás algo que celebrar»
—A su hijo no le hace mucho caso. Él le dice que las listas han pasado de moda, pero el libro está lleno de listas.
—Hay que hacer un caso relativo a los hijos, y cuando escribes has de hacer un caso relativo a todo el mundo. Creo que está muy bien que la gente que sabe te dé su opinión, pero al final la decisión es tuya. Al final tú sabes el libro que quieres escribir y si todavía no lo sabes lo sabrás escribiéndolo, no siguiendo consejos. Y eso es lo interesante de escribir. Y cuando has escrito varios libros, empiezas a notar el oficio. Es bastante gustoso, pensar: ¿esto lo puedo hacer?, ¿y cómo lo puedo hacer? Es una cosa más artesana. No estoy totalmente imbuida emocionalmente, o no solo, hay una cabeza funcionando detrás.
—Sostiene que ‘Peter Pan’ es una historia de amor.
—Es así. En el fondo de casi todas las obras maestras hay una historia de amor. No puedes entender que se utilice como insulto, eres un Peter Pan, porque la realidad es que Peter Pan acaba siendo extraordinariamente maduro, adulto y generoso, porque acepta quedarse solo. Después llega una segunda tanda de niños, pero en principio acepta la libertad y la soledad que conlleva durante un rato. Y lo del amor es obvio, ¿no? La fascinación con Wendy, una persona que te hace volar, cómo creer en algo hace que este algo viva… Es un libro redondo. Un libro muy para adultos, como ‘El principito’, que es un libro muy denostado pero que es fundacional, una especie de Biblia extraña. Hay que escribir por si algún día te sale algo así.
—En fin, ya es verano. Acaba de empezar el año, según sus cálculos.
—Soy muy convencional en esto: todo lo bueno empieza en verano, que es la estación de la gente sensata [y esta es la última carcajada de la entrevista]. Confundir el verano con el calor es una absoluta tontería. La luz es tan bonita… De repente los pájaros, los animales, las lagartijas, todo explota de vida. Es como la vida está empujando. Me siento afortunada de vivir en el sur de Europa en estos meses. Es un privilegio.
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