El hermano Xavier Caballé trabajaba como consultor de seguridad informática en una multinacional americana cuando decidió dejarlo e instalarse en el santuario de Santa María de Montserrat . El padre Joan Maria Mallol, su actual rector, estudió una FP para ser delineante y acabó de gerente de un Burger King, antes de encontrar refugio en el monasterio. El padre Ignasi Fossas estudió medicina hasta que, al acabar los estudios, tuvo que tomar una decisión: ser médico o ser monje. Todos los hermanos benedictinos que hoy viven en Montserrat tienen una vida detrás que los ha llevado hasta allí. Pero una vez en el santuario, el tiempo se detiene, la vida se simplifica y todos empiezan a compartir una misma experiencia interior dedicada al servicio y plegaria a Dios. Estas son algunas de las historias que nos enseña ‘El temps de Montserrat’, el nuevo documental de Carles Prats, que nos permite adentrarnos en el día a día de la comunidad religiosa. El director, que tuvo acceso a la comunidad durante cuatro años, nos sumerge en las 24 horas de una jornada que empieza a las 6 de la mañana con los maitines y que repetirá día a día, prácticamente sin variación, un estricto horario que permite un mayor conocimiento del tiempo y de sí mismos. «Estamos en una época de las redes sociales, de los impactos rápidos constantes y esto lleva a cierta simplificación en el pensamiento. Sin embargo, la vida repetitiva e introspectiva permite una profundidad y enriquecimiento espiritual evidente», asegura Prats.La génesis del documental viene de lejos, cuando TV3 le encargó realizar un trabajo sobre el monasterio en la estela de ‘El gran silencio’, de Philip Gröning . Sin embargo, la intromisión en la producción de ciertas personas y el cambio de orientación que querían que hiciese al producto final hicieron que abandonara la idea original, que ahora sí ha podido completar con la ayuda de Núria Casaldàliga como productora. «Gröning no consiguió acceso a la orden de los cartujos hasta los 16 años. Casaldàliga lo consiguió en ocho meses y hemos podido entrar dentro del monasterio sin prácticamente limitaciones», asegura el director.La intromisión de un equipo de rodaje en el interior del santuario no fue tan disruptiva como pudiese parecer. En realidad, el problema fue al final la familiaridad con la que los trataban los monjes. «Claro, al principio nos veían como unos extraterrestres, pero al final teníamos que pedirles nosotros que por favor no mirasen a la cámara y no nos saludasen, que se limitaran a hacer lo que hacían siempre», afirma Prats, que ha utilizado testimonios, grabaciones de la vida diaria, imágenes de archivo, panorámicas e ilustraciones para completar el relato. «He llegado a tener más de 200 horas de grabación para ciertos documentales. Ahora trabajo con más control en el montaje y más facilidad en el vaciado de las imágenes», reconoce el director.Estos monjes han conseguido ordenar de una forma tan efectiva sus vidas que parecen capaces de no perder el tiempo nunca, de ganar algo en cada segundo de sus vidas. No hay renuncia, sino una fuerte vocación de servicio. «El horario fijo ayuda a un ritmo comunitario. Cuando entras en el monasterio has de aprender a no perder el tiempo» , comenta el padre Manuel Nin. «Potenciamos la puntualidad como un lenguaje no verbal. Con la gestión de tiempo que hacemos enviamos muchos mensajes», comenta por su parte Fossas.Uno de los hermanos, que como el resto de monjes benedictinos se despierta a las 5.30 de la mañana , lo primero que hace es mirar por la ventana y pensar en la gente que conduce los múltiples coches que se ven en la carretera en ese momento. Ellos también están atados a una rutina de la que pocos se pueden escapar. Sin embargo, dice, «yo tengo mi trabajo a diez pasos», así que la aparente monotonía de la vida monástica es relativa. «La palabra felicidad es complicada, pero lo que sí puedo decir es que yo me levanto cada día con ganas de hacer lo que tengo que hacer», afirma, por su parte, el bibliotecario de Montserrat.Aunque la vida en comunidad nunca es sencilla, ni siquiera en un monasterio. Para ello, los monjes benedictinos respetan un texto canónico del siglo VI, ‘La regla de San Benito’, que establece formas de relación y comportamiento. El texto, con una intuición psicológica notable, ayuda a organizar la vida en comunidad. A veces es difícil interpretar un texto escrito hace más de mil años y es necesario adaptar su sabiduría al siglo XXI. Por eso, el abad de Montserrat, Manel Gasch, tiene la última palabra para dictar sentencia sobre sus mandamientos. «Antes las reglas contra la propiedad privada eran mucho más estrictas. Ahora todos tienen un teléfono móvil, por ejemplo, o un reloj, importantísimo por la relevancia que se le da al tiempo allí dentro. Antes, por ejemplo, a los postulantes les hacían dejar sus relojes y entonces se los cambiaban unos con otros», recuerda Prats.La Regla de San Benito guía la convivencia diaria entre la tradición y el siglo XXIEl documental nos lleva a las diferentes paradas diarias comunes para todos, como los maitines de las seis de la mañana, los laudes de las 7.30 horas o la misa conventual de las 11.00 . Después llegará la comida, que se realizará en el más estricto silencio, mientras un hermano lee un libro para el grupo, como en casa podemos hacer mirando las noticias de la televisión. Las lecturas pueden ser de todo tipo, incluso en una ocasión se leyó la biografía de Stalin.Entrar a formar parte de la comunidad requiere, sobre todo, dedicación y absoluta certeza de estar realizando la decisión correcta. Los aspirantes tendrán un año como novicios para iniciarse en la convivencia del monasterio. Después, pasarán unos nueve meses como postulantes y si deciden que esta es la vida que Dios tiene reservada para ellos, realizarán una ceremonia de noviciado de la que saldrán con el título de hermano. «Lo mío fue un amor a primera vista. Después de conocer la vida monástica y ver su comunidad, me di cuenta que aquí no venía como peregrino, sino que tenía que estar con los monjes», asegura el hermano Vicenç Santamaría.Montserrat, una vía abierta para todo el mundoEn realidad, al propio Prats no le importaría quedarse a vivir en Montserrat y dedicarse exclusivamente a sus relecturas y a la vida introspectiva, pero tiene demasiadas responsabilidades con su propio trabajo y familia como para abandonarlo todo. «Me han preguntado si quería quedarme y siento que es un sitio al que me adaptaría muy bien, pero a estas alturas de mi vida no puedo. Me encantaría, eso sí, volver una vez a la semana o cada mes», concluye el director. El hermano Xavier Caballé trabajaba como consultor de seguridad informática en una multinacional americana cuando decidió dejarlo e instalarse en el santuario de Santa María de Montserrat . El padre Joan Maria Mallol, su actual rector, estudió una FP para ser delineante y acabó de gerente de un Burger King, antes de encontrar refugio en el monasterio. El padre Ignasi Fossas estudió medicina hasta que, al acabar los estudios, tuvo que tomar una decisión: ser médico o ser monje. Todos los hermanos benedictinos que hoy viven en Montserrat tienen una vida detrás que los ha llevado hasta allí. Pero una vez en el santuario, el tiempo se detiene, la vida se simplifica y todos empiezan a compartir una misma experiencia interior dedicada al servicio y plegaria a Dios. Estas son algunas de las historias que nos enseña ‘El temps de Montserrat’, el nuevo documental de Carles Prats, que nos permite adentrarnos en el día a día de la comunidad religiosa. El director, que tuvo acceso a la comunidad durante cuatro años, nos sumerge en las 24 horas de una jornada que empieza a las 6 de la mañana con los maitines y que repetirá día a día, prácticamente sin variación, un estricto horario que permite un mayor conocimiento del tiempo y de sí mismos. «Estamos en una época de las redes sociales, de los impactos rápidos constantes y esto lleva a cierta simplificación en el pensamiento. Sin embargo, la vida repetitiva e introspectiva permite una profundidad y enriquecimiento espiritual evidente», asegura Prats.La génesis del documental viene de lejos, cuando TV3 le encargó realizar un trabajo sobre el monasterio en la estela de ‘El gran silencio’, de Philip Gröning . Sin embargo, la intromisión en la producción de ciertas personas y el cambio de orientación que querían que hiciese al producto final hicieron que abandonara la idea original, que ahora sí ha podido completar con la ayuda de Núria Casaldàliga como productora. «Gröning no consiguió acceso a la orden de los cartujos hasta los 16 años. Casaldàliga lo consiguió en ocho meses y hemos podido entrar dentro del monasterio sin prácticamente limitaciones», asegura el director.La intromisión de un equipo de rodaje en el interior del santuario no fue tan disruptiva como pudiese parecer. En realidad, el problema fue al final la familiaridad con la que los trataban los monjes. «Claro, al principio nos veían como unos extraterrestres, pero al final teníamos que pedirles nosotros que por favor no mirasen a la cámara y no nos saludasen, que se limitaran a hacer lo que hacían siempre», afirma Prats, que ha utilizado testimonios, grabaciones de la vida diaria, imágenes de archivo, panorámicas e ilustraciones para completar el relato. «He llegado a tener más de 200 horas de grabación para ciertos documentales. Ahora trabajo con más control en el montaje y más facilidad en el vaciado de las imágenes», reconoce el director.Estos monjes han conseguido ordenar de una forma tan efectiva sus vidas que parecen capaces de no perder el tiempo nunca, de ganar algo en cada segundo de sus vidas. No hay renuncia, sino una fuerte vocación de servicio. «El horario fijo ayuda a un ritmo comunitario. Cuando entras en el monasterio has de aprender a no perder el tiempo» , comenta el padre Manuel Nin. «Potenciamos la puntualidad como un lenguaje no verbal. Con la gestión de tiempo que hacemos enviamos muchos mensajes», comenta por su parte Fossas.Uno de los hermanos, que como el resto de monjes benedictinos se despierta a las 5.30 de la mañana , lo primero que hace es mirar por la ventana y pensar en la gente que conduce los múltiples coches que se ven en la carretera en ese momento. Ellos también están atados a una rutina de la que pocos se pueden escapar. Sin embargo, dice, «yo tengo mi trabajo a diez pasos», así que la aparente monotonía de la vida monástica es relativa. «La palabra felicidad es complicada, pero lo que sí puedo decir es que yo me levanto cada día con ganas de hacer lo que tengo que hacer», afirma, por su parte, el bibliotecario de Montserrat.Aunque la vida en comunidad nunca es sencilla, ni siquiera en un monasterio. Para ello, los monjes benedictinos respetan un texto canónico del siglo VI, ‘La regla de San Benito’, que establece formas de relación y comportamiento. El texto, con una intuición psicológica notable, ayuda a organizar la vida en comunidad. A veces es difícil interpretar un texto escrito hace más de mil años y es necesario adaptar su sabiduría al siglo XXI. Por eso, el abad de Montserrat, Manel Gasch, tiene la última palabra para dictar sentencia sobre sus mandamientos. «Antes las reglas contra la propiedad privada eran mucho más estrictas. Ahora todos tienen un teléfono móvil, por ejemplo, o un reloj, importantísimo por la relevancia que se le da al tiempo allí dentro. Antes, por ejemplo, a los postulantes les hacían dejar sus relojes y entonces se los cambiaban unos con otros», recuerda Prats.La Regla de San Benito guía la convivencia diaria entre la tradición y el siglo XXIEl documental nos lleva a las diferentes paradas diarias comunes para todos, como los maitines de las seis de la mañana, los laudes de las 7.30 horas o la misa conventual de las 11.00 . Después llegará la comida, que se realizará en el más estricto silencio, mientras un hermano lee un libro para el grupo, como en casa podemos hacer mirando las noticias de la televisión. Las lecturas pueden ser de todo tipo, incluso en una ocasión se leyó la biografía de Stalin.Entrar a formar parte de la comunidad requiere, sobre todo, dedicación y absoluta certeza de estar realizando la decisión correcta. Los aspirantes tendrán un año como novicios para iniciarse en la convivencia del monasterio. Después, pasarán unos nueve meses como postulantes y si deciden que esta es la vida que Dios tiene reservada para ellos, realizarán una ceremonia de noviciado de la que saldrán con el título de hermano. «Lo mío fue un amor a primera vista. Después de conocer la vida monástica y ver su comunidad, me di cuenta que aquí no venía como peregrino, sino que tenía que estar con los monjes», asegura el hermano Vicenç Santamaría.Montserrat, una vía abierta para todo el mundoEn realidad, al propio Prats no le importaría quedarse a vivir en Montserrat y dedicarse exclusivamente a sus relecturas y a la vida introspectiva, pero tiene demasiadas responsabilidades con su propio trabajo y familia como para abandonarlo todo. «Me han preguntado si quería quedarme y siento que es un sitio al que me adaptaría muy bien, pero a estas alturas de mi vida no puedo. Me encantaría, eso sí, volver una vez a la semana o cada mes», concluye el director.
El hermano Xavier Caballé trabajaba como consultor de seguridad informática en una multinacional americana cuando decidió dejarlo e instalarse en el santuario de Santa María de Montserrat. El padre Joan Maria Mallol, su actual rector, estudió una FP para ser delineante y acabó de … gerente de un Burger King, antes de encontrar refugio en el monasterio. El padre Ignasi Fossas estudió medicina hasta que, al acabar los estudios, tuvo que tomar una decisión: ser médico o ser monje. Todos los hermanos benedictinos que hoy viven en Montserrat tienen una vida detrás que los ha llevado hasta allí. Pero una vez en el santuario, el tiempo se detiene, la vida se simplifica y todos empiezan a compartir una misma experiencia interior dedicada al servicio y plegaria a Dios.
Estas son algunas de las historias que nos enseña ‘El temps de Montserrat’, el nuevo documental de Carles Prats, que nos permite adentrarnos en el día a día de la comunidad religiosa. El director, que tuvo acceso a la comunidad durante cuatro años, nos sumerge en las 24 horas de una jornada que empieza a las 6 de la mañana con los maitines y que repetirá día a día, prácticamente sin variación, un estricto horario que permite un mayor conocimiento del tiempo y de sí mismos. «Estamos en una época de las redes sociales, de los impactos rápidos constantes y esto lleva a cierta simplificación en el pensamiento. Sin embargo, la vida repetitiva e introspectiva permite una profundidad y enriquecimiento espiritual evidente», asegura Prats.
La génesis del documental viene de lejos, cuando TV3 le encargó realizar un trabajo sobre el monasterio en la estela de ‘El gran silencio’, de Philip Gröning. Sin embargo, la intromisión en la producción de ciertas personas y el cambio de orientación que querían que hiciese al producto final hicieron que abandonara la idea original, que ahora sí ha podido completar con la ayuda de Núria Casaldàliga como productora. «Gröning no consiguió acceso a la orden de los cartujos hasta los 16 años. Casaldàliga lo consiguió en ocho meses y hemos podido entrar dentro del monasterio sin prácticamente limitaciones», asegura el director.
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La intromisión de un equipo de rodaje en el interior del santuario no fue tan disruptiva como pudiese parecer. En realidad, el problema fue al final la familiaridad con la que los trataban los monjes. «Claro, al principio nos veían como unos extraterrestres, pero al final teníamos que pedirles nosotros que por favor no mirasen a la cámara y no nos saludasen, que se limitaran a hacer lo que hacían siempre», afirma Prats, que ha utilizado testimonios, grabaciones de la vida diaria, imágenes de archivo, panorámicas e ilustraciones para completar el relato. «He llegado a tener más de 200 horas de grabación para ciertos documentales. Ahora trabajo con más control en el montaje y más facilidad en el vaciado de las imágenes», reconoce el director.
Estos monjes han conseguido ordenar de una forma tan efectiva sus vidas que parecen capaces de no perder el tiempo nunca, de ganar algo en cada segundo de sus vidas. No hay renuncia, sino una fuerte vocación de servicio. «El horario fijo ayuda a un ritmo comunitario. Cuando entras en el monasterio has de aprender a no perder el tiempo», comenta el padre Manuel Nin. «Potenciamos la puntualidad como un lenguaje no verbal. Con la gestión de tiempo que hacemos enviamos muchos mensajes», comenta por su parte Fossas.
Uno de los hermanos, que como el resto de monjes benedictinos se despierta a las 5.30 de la mañana, lo primero que hace es mirar por la ventana y pensar en la gente que conduce los múltiples coches que se ven en la carretera en ese momento. Ellos también están atados a una rutina de la que pocos se pueden escapar. Sin embargo, dice, «yo tengo mi trabajo a diez pasos», así que la aparente monotonía de la vida monástica es relativa. «La palabra felicidad es complicada, pero lo que sí puedo decir es que yo me levanto cada día con ganas de hacer lo que tengo que hacer», afirma, por su parte, el bibliotecario de Montserrat.
Aunque la vida en comunidad nunca es sencilla, ni siquiera en un monasterio. Para ello, los monjes benedictinos respetan un texto canónico del siglo VI, ‘La regla de San Benito’, que establece formas de relación y comportamiento. El texto, con una intuición psicológica notable, ayuda a organizar la vida en comunidad. A veces es difícil interpretar un texto escrito hace más de mil años y es necesario adaptar su sabiduría al siglo XXI. Por eso, el abad de Montserrat, Manel Gasch, tiene la última palabra para dictar sentencia sobre sus mandamientos. «Antes las reglas contra la propiedad privada eran mucho más estrictas. Ahora todos tienen un teléfono móvil, por ejemplo, o un reloj, importantísimo por la relevancia que se le da al tiempo allí dentro. Antes, por ejemplo, a los postulantes les hacían dejar sus relojes y entonces se los cambiaban unos con otros», recuerda Prats.
La Regla de San Benito guía la convivencia diaria entre la tradición y el siglo XXI
El documental nos lleva a las diferentes paradas diarias comunes para todos, como los maitines de las seis de la mañana, los laudes de las 7.30 horas o la misa conventual de las 11.00. Después llegará la comida, que se realizará en el más estricto silencio, mientras un hermano lee un libro para el grupo, como en casa podemos hacer mirando las noticias de la televisión. Las lecturas pueden ser de todo tipo, incluso en una ocasión se leyó la biografía de Stalin.
Entrar a formar parte de la comunidad requiere, sobre todo, dedicación y absoluta certeza de estar realizando la decisión correcta. Los aspirantes tendrán un año como novicios para iniciarse en la convivencia del monasterio. Después, pasarán unos nueve meses como postulantes y si deciden que esta es la vida que Dios tiene reservada para ellos, realizarán una ceremonia de noviciado de la que saldrán con el título de hermano. «Lo mío fue un amor a primera vista. Después de conocer la vida monástica y ver su comunidad, me di cuenta que aquí no venía como peregrino, sino que tenía que estar con los monjes», asegura el hermano Vicenç Santamaría.
Montserrat, una vía abierta para todo el mundo
En realidad, al propio Prats no le importaría quedarse a vivir en Montserrat y dedicarse exclusivamente a sus relecturas y a la vida introspectiva, pero tiene demasiadas responsabilidades con su propio trabajo y familia como para abandonarlo todo. «Me han preguntado si quería quedarme y siento que es un sitio al que me adaptaría muy bien, pero a estas alturas de mi vida no puedo. Me encantaría, eso sí, volver una vez a la semana o cada mes», concluye el director.
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