La primera vez que vi a Daniel Mordzinski fue en el Hay Festival de Segovia del año 2013. Mario Vargas Llosa acababa de recibir el premio Nobel de Literatura y se abría paso entre los camerinos del Teatro Juan Bravo con una rosa blanca en la mano. Yo intentaba, en vano, que me concediera una entrevista. Daniel Mordzinski se apiadó de mí y me dejó avanzar detrás de él. No obtuve la entrevista, pero al menos Llosa me dejó su rosa, porque no sabía qué hacer con ella. A esa primera siguieron varias e infructuosas emboscadas. De cada intento me llevaba, siempre, una sonrisa de Mordzinski, ese hombre que fotografió al autor de ‘La ciudad y los perros’, pero también a Jorge Luis Borges, Javier Marías, Carlos Fuentes, Ernesto Sábato o Paul Auster y en cuyo Atlas Humano la foto más importante y valiosa que atesoro es la que me hizo con mi padre el día de la presentación de mi primera novela, ‘La hija de la española’, hace ya siete años en la librería ‘Tipos infames’.Encontrarse con Daniel Mordzinski es una fiesta y una apoteosis del espíritu. Una tela negra que se despliega ahí donde haga falta —París, Lisboa, Nueva York, Povoa, Cáceres, Arequipa, Guadalajara, Madrid, Bogotá, Barcelona— y delante de la que sus modelos, todos ellos escritores y artistas, se despliegan como una promesa de belleza e inmortalidad. Las fotos de Daniel son irrepetibles, tan suyas como de nadie más. Ha fotografiado a Javier Cercas leyendo en una piscina y agarrado a una sombrilla abierta, al Gabo vestido de blanco mirando a través de una ventana, a Juan Gelman con el alma entera sobresaliendo de un traje gris y como ellos a muchos más. Es el fotógrafo de los escritores, el pesquisidor de la sonrisa, explorador de la timidez o el dinamitero de la impostación. En sus fotos alguien debe, siempre, prestarse a un juego, rendirse a una emoción, dejarse sorprender. Esta semana lo he visto, cámara en mano, retratando escritores en el festival Mar de Palabras, en Santo Domingo, una reunión internacional de literatura en la región del Caribe que acoge a decenas de escritores en las charlas más distintas y aquel por el cual Mordinzki se pasea, peligroso e indispensable. Daniel nuestro de cada día, no dejes de acechar jamás a los que no sabemos sonreír, porque en cada foto contigo, se ilumina un nuevo intento tras la cortina oscura. La primera vez que vi a Daniel Mordzinski fue en el Hay Festival de Segovia del año 2013. Mario Vargas Llosa acababa de recibir el premio Nobel de Literatura y se abría paso entre los camerinos del Teatro Juan Bravo con una rosa blanca en la mano. Yo intentaba, en vano, que me concediera una entrevista. Daniel Mordzinski se apiadó de mí y me dejó avanzar detrás de él. No obtuve la entrevista, pero al menos Llosa me dejó su rosa, porque no sabía qué hacer con ella. A esa primera siguieron varias e infructuosas emboscadas. De cada intento me llevaba, siempre, una sonrisa de Mordzinski, ese hombre que fotografió al autor de ‘La ciudad y los perros’, pero también a Jorge Luis Borges, Javier Marías, Carlos Fuentes, Ernesto Sábato o Paul Auster y en cuyo Atlas Humano la foto más importante y valiosa que atesoro es la que me hizo con mi padre el día de la presentación de mi primera novela, ‘La hija de la española’, hace ya siete años en la librería ‘Tipos infames’.Encontrarse con Daniel Mordzinski es una fiesta y una apoteosis del espíritu. Una tela negra que se despliega ahí donde haga falta —París, Lisboa, Nueva York, Povoa, Cáceres, Arequipa, Guadalajara, Madrid, Bogotá, Barcelona— y delante de la que sus modelos, todos ellos escritores y artistas, se despliegan como una promesa de belleza e inmortalidad. Las fotos de Daniel son irrepetibles, tan suyas como de nadie más. Ha fotografiado a Javier Cercas leyendo en una piscina y agarrado a una sombrilla abierta, al Gabo vestido de blanco mirando a través de una ventana, a Juan Gelman con el alma entera sobresaliendo de un traje gris y como ellos a muchos más. Es el fotógrafo de los escritores, el pesquisidor de la sonrisa, explorador de la timidez o el dinamitero de la impostación. En sus fotos alguien debe, siempre, prestarse a un juego, rendirse a una emoción, dejarse sorprender. Esta semana lo he visto, cámara en mano, retratando escritores en el festival Mar de Palabras, en Santo Domingo, una reunión internacional de literatura en la región del Caribe que acoge a decenas de escritores en las charlas más distintas y aquel por el cual Mordinzki se pasea, peligroso e indispensable. Daniel nuestro de cada día, no dejes de acechar jamás a los que no sabemos sonreír, porque en cada foto contigo, se ilumina un nuevo intento tras la cortina oscura.
La primera vez que vi a Daniel Mordzinski fue en el Hay Festival de Segovia del año 2013. Mario Vargas Llosa acababa de recibir el premio Nobel de Literatura y se abría paso entre los camerinos del Teatro Juan Bravo con una rosa blanca … en la mano. Yo intentaba, en vano, que me concediera una entrevista. Daniel Mordzinski se apiadó de mí y me dejó avanzar detrás de él. No obtuve la entrevista, pero al menos Llosa me dejó su rosa, porque no sabía qué hacer con ella. A esa primera siguieron varias e infructuosas emboscadas. De cada intento me llevaba, siempre, una sonrisa de Mordzinski, ese hombre que fotografió al autor de ‘La ciudad y los perros’, pero también a Jorge Luis Borges, Javier Marías, Carlos Fuentes, Ernesto Sábato o Paul Auster y en cuyo Atlas Humano la foto más importante y valiosa que atesoro es la que me hizo con mi padre el día de la presentación de mi primera novela, ‘La hija de la española’, hace ya siete años en la librería ‘Tipos infames’.
Encontrarse con Daniel Mordzinski es una fiesta y una apoteosis del espíritu. Una tela negra que se despliega ahí donde haga falta —París, Lisboa, Nueva York, Povoa, Cáceres, Arequipa, Guadalajara, Madrid, Bogotá, Barcelona— y delante de la que sus modelos, todos ellos escritores y artistas, se despliegan como una promesa de belleza e inmortalidad. Las fotos de Daniel son irrepetibles, tan suyas como de nadie más. Ha fotografiado a Javier Cercas leyendo en una piscina y agarrado a una sombrilla abierta, al Gabo vestido de blanco mirando a través de una ventana, a Juan Gelman con el alma entera sobresaliendo de un traje gris y como ellos a muchos más. Es el fotógrafo de los escritores, el pesquisidor de la sonrisa, explorador de la timidez o el dinamitero de la impostación. En sus fotos alguien debe, siempre, prestarse a un juego, rendirse a una emoción, dejarse sorprender. Esta semana lo he visto, cámara en mano, retratando escritores en el festival Mar de Palabras, en Santo Domingo, una reunión internacional de literatura en la región del Caribe que acoge a decenas de escritores en las charlas más distintas y aquel por el cual Mordinzki se pasea, peligroso e indispensable. Daniel nuestro de cada día, no dejes de acechar jamás a los que no sabemos sonreír, porque en cada foto contigo, se ilumina un nuevo intento tras la cortina oscura.
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