
Hay veces que me da por pensar en cómo se muere uno. Cuando a mi padre le quedaban apenas un par de días mi hermana y yo avisamos a Gildo, el párroco del Hospital de Getafe, que además era compañero de tertulia de bar por las mañanas. En esa habitación de la cuarta planta, mientras él rezaba y nosotras decíamos amén, se escuchaba al hombre que me enseñó a nadar con ese ronquido artificial que se genera cuando tu cuerpo está repleto de morfina. Alguna vez hicimos risa nerviosa de aquello, de ese sonido que emitía la garganta de mi padre, apenas recién cumplidos los 85. Luego vinieron otras muertes que también dolieron. La de quien murió sola, sin nadie que le diera la mano. Y hay otras. A veces uno muere porque lo matan, un desconocido o la persona a la que quisiste durante muchos años. Y hay muertes tontas, las llamamos así pero maldita sea la gracia. Un árbol o una cornisa encima, un resbalón en la bañera o como murió mi abuelo, que se cayó de la moto, iba sin casco y según mi madre la cabeza cayó donde no debía.
Maricarmen es el medidor de las cosas como lo son el resto de las víctimas. Las de atentados de ETA y las de la violencia machista, las víctimas de accidentes y de catástrofes naturales, las del COVID y las de la ELA, el Alzheimer o los desahucios
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Maricarmen es el medidor de las cosas como lo son el resto de las víctimas. Las de atentados de ETA y las de la violencia machista, las víctimas de accidentes y de catástrofes naturales, las del COVID y las de la ELA, el Alzheimer o los desahucios


Hay veces que me da por pensar en cómo se muere uno. Cuando a mi padre le quedaban apenas un par de días mi hermana y yo avisamos a Gildo, el párroco del Hospital de Getafe, que además era compañero de tertulia de bar por las mañanas. En esa habitación de la cuarta planta, mientras él rezaba y nosotras decíamos amén, se escuchaba al hombre que me enseñó a nadar con ese ronquido artificial que se genera cuando tu cuerpo está repleto de morfina. Alguna vez hicimos risa nerviosa de aquello, de ese sonido que emitía la garganta de mi padre, apenas recién cumplidos los 85. Luego vinieron otras muertes que también dolieron. La de quien murió sola, sin nadie que le diera la mano. Y hay otras. A veces uno muere porque lo matan, un desconocido o la persona a la que quisiste durante muchos años. Y hay muertes tontas, las llamamos así pero maldita sea la gracia. Un árbol o una cornisa encima, un resbalón en la bañera o como murió mi abuelo, que se cayó de la moto, iba sin casco y según mi madre la cabeza cayó donde no debía.
Maricarmen se ha muerto cerca de su casa, pero oliendo a antidesinfectante de hospital. No como quiso, sino como pudo. Se ha muerto y, no contentos con tirarnos su cuerpo a uno y otro lado de la red, ahora también lo hacemos con los minutos de silencio por su fallecimiento. Se lo escuché a Elizabeth Duval en Al rojo vivo, de La Sexta, como le escuché también decir que desde hace un tiempo nos da por concebir que algo es político como que es partidista, y nada de eso es cierto.
Maricarmen es el medidor de las cosas como lo son el resto de las víctimas. Las de atentados de ETA y las de la violencia machista, las víctimas de accidentes y de catástrofes naturales, las del COVID y las de la ELA, el Alzheimer o los desahucios. Según como venga el aire, consideraremos si son merecedoras o no de nuestra misericordia, si son la víctima perfecta que encaja en nuestro argumentario. “Quisiera que mi voz fuera tan fuerte, que a veces retumbaran las montañas, y escucharais las mentes social-adormecidas las palabras de amor de mi garganta”, me escribió mi amigo David, sin saber yo que eso lo cantaba Robe. Y pensé, viendo un cartel en el que alguien escribió que se ha muerto la abuela de todos, que es mejor morir por cursilería que por vileza.
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