Con Gregorio Morán se va uno de los columnistas más intempestivos de la prensa española. ‘Intempestivas sabatinas’ se titulaba su sección en ‘La Vanguardia’ entre 1987 hasta su salida, también intempestiva, en 2017. Muchos lectores acudían a aquella cita sabatina a ver a quién tocaba el intempestivo Morán. Él se defendía de su fama: «No doy caña a nadie. Escribo primero lo que veo, segundo lo que pienso y tercero lo que me dejan. El contexto te obliga a la autocensura y a veces no puedes ir más lejos, porque te das cuenta para qué sociedad estás escribiendo». Después de ‘La Vanguardia’, Morán pasó por los digitales ‘Crónica Global’, ‘Vozpópuli’ y ‘The Objective’.Una veintena de obras jalonan la trayectoria de este heterodoxo cronista de la Transición : ‘Adolfo Suárez: historia de una ambición’ (1979), ‘Los españoles que dejaron de serlo: Euskadi 1937-1981’ (1982), ‘Miseria y grandeza del Partido Comunista de España’ (1986), ‘El maestro en el erial. Ortega y Gasset y la cultura del franquismo’ (1998) o ‘El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque de los Letrados’ (2014) eran saludados o condenados, pero no dejaban indiferente al lector. Muestra de ello es la intrahistoria editorial de ‘El cura y los mandarines’ , un ensayo que se coció en una década. La supresión de catorce páginas sobre la Real Academia Española de la Lengua atrajeron el foco de la polémica en un volumen de ochocientas que protagonizaba Jesús Aguirre, el «cura» y editor de Taurus que acabó de duque tras ejercer de «vedette» cultural socialista. Porque en los libros de Morán la mirada se dirigía al índice onomástico. En ‘El cura y los mandarines’, Morán no dejaba mandarín con cabeza. Bajaba del pedestal al ingeniero Benet –«maestro con muchos discípulos y pocos lectores»– y tachaba a Umbral del «chapero de la literatura».Julián Marías daba «empaque a la obviedad» y Muñoz Molina escribía «como un abuelo». Aprobaba el Cela de ‘La Colmena’, Martín-Santos y su ‘Tiempo de silencio’, Sánchez Ferlosio –sin ‘El Jarama’-, Ignacio Aldecoa y el Max Aub de ‘La gallina ciega’: «Sólo le conocían los que le odiaban y sin haberlo leído, lo cual es la mayor crueldad para un escritor», sentenciaba. Como Aub, se sintió Morán en sus últimos años barceloneses. Lo contó en ‘La decadencia de Cataluña’ (2013) y ‘Memoria personal de Cataluña’ (2019), «una amarga diatriba contra las imposturas de nuestro tiempo». Y entre las mayores imposturas el nacionalismo catalán: «El adocenamiento de décadas prendió en casi la mitad de la población hasta hacerse político. Lo primero que cabía hacer era negarse a la realidad, y eso hicieron». El 7 de febrero publicó su último artículo en ‘The Objective’. En ‘La culpa es del cocinero’, ligaba la inepcia del sanchismo con las arbitrariedades lingüísticas en la Cataluña socialista: «¿Qué tiene que ver el desastre sistemático de las comunicaciones férreas de Barcelona con el despido de un cocinero cordobés por el Ayuntamiento de la Ciudad de los Prodigios?», inquiría a modo retórico el columnista intempestivo. Con Gregorio Morán se va uno de los columnistas más intempestivos de la prensa española. ‘Intempestivas sabatinas’ se titulaba su sección en ‘La Vanguardia’ entre 1987 hasta su salida, también intempestiva, en 2017. Muchos lectores acudían a aquella cita sabatina a ver a quién tocaba el intempestivo Morán. Él se defendía de su fama: «No doy caña a nadie. Escribo primero lo que veo, segundo lo que pienso y tercero lo que me dejan. El contexto te obliga a la autocensura y a veces no puedes ir más lejos, porque te das cuenta para qué sociedad estás escribiendo». Después de ‘La Vanguardia’, Morán pasó por los digitales ‘Crónica Global’, ‘Vozpópuli’ y ‘The Objective’.Una veintena de obras jalonan la trayectoria de este heterodoxo cronista de la Transición : ‘Adolfo Suárez: historia de una ambición’ (1979), ‘Los españoles que dejaron de serlo: Euskadi 1937-1981’ (1982), ‘Miseria y grandeza del Partido Comunista de España’ (1986), ‘El maestro en el erial. Ortega y Gasset y la cultura del franquismo’ (1998) o ‘El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque de los Letrados’ (2014) eran saludados o condenados, pero no dejaban indiferente al lector. Muestra de ello es la intrahistoria editorial de ‘El cura y los mandarines’ , un ensayo que se coció en una década. La supresión de catorce páginas sobre la Real Academia Española de la Lengua atrajeron el foco de la polémica en un volumen de ochocientas que protagonizaba Jesús Aguirre, el «cura» y editor de Taurus que acabó de duque tras ejercer de «vedette» cultural socialista. Porque en los libros de Morán la mirada se dirigía al índice onomástico. En ‘El cura y los mandarines’, Morán no dejaba mandarín con cabeza. Bajaba del pedestal al ingeniero Benet –«maestro con muchos discípulos y pocos lectores»– y tachaba a Umbral del «chapero de la literatura».Julián Marías daba «empaque a la obviedad» y Muñoz Molina escribía «como un abuelo». Aprobaba el Cela de ‘La Colmena’, Martín-Santos y su ‘Tiempo de silencio’, Sánchez Ferlosio –sin ‘El Jarama’-, Ignacio Aldecoa y el Max Aub de ‘La gallina ciega’: «Sólo le conocían los que le odiaban y sin haberlo leído, lo cual es la mayor crueldad para un escritor», sentenciaba. Como Aub, se sintió Morán en sus últimos años barceloneses. Lo contó en ‘La decadencia de Cataluña’ (2013) y ‘Memoria personal de Cataluña’ (2019), «una amarga diatriba contra las imposturas de nuestro tiempo». Y entre las mayores imposturas el nacionalismo catalán: «El adocenamiento de décadas prendió en casi la mitad de la población hasta hacerse político. Lo primero que cabía hacer era negarse a la realidad, y eso hicieron». El 7 de febrero publicó su último artículo en ‘The Objective’. En ‘La culpa es del cocinero’, ligaba la inepcia del sanchismo con las arbitrariedades lingüísticas en la Cataluña socialista: «¿Qué tiene que ver el desastre sistemático de las comunicaciones férreas de Barcelona con el despido de un cocinero cordobés por el Ayuntamiento de la Ciudad de los Prodigios?», inquiría a modo retórico el columnista intempestivo. Con Gregorio Morán se va uno de los columnistas más intempestivos de la prensa española. ‘Intempestivas sabatinas’ se titulaba su sección en ‘La Vanguardia’ entre 1987 hasta su salida, también intempestiva, en 2017. Muchos lectores acudían a aquella cita sabatina a ver a quién tocaba el intempestivo Morán. Él se defendía de su fama: «No doy caña a nadie. Escribo primero lo que veo, segundo lo que pienso y tercero lo que me dejan. El contexto te obliga a la autocensura y a veces no puedes ir más lejos, porque te das cuenta para qué sociedad estás escribiendo». Después de ‘La Vanguardia’, Morán pasó por los digitales ‘Crónica Global’, ‘Vozpópuli’ y ‘The Objective’.Una veintena de obras jalonan la trayectoria de este heterodoxo cronista de la Transición : ‘Adolfo Suárez: historia de una ambición’ (1979), ‘Los españoles que dejaron de serlo: Euskadi 1937-1981’ (1982), ‘Miseria y grandeza del Partido Comunista de España’ (1986), ‘El maestro en el erial. Ortega y Gasset y la cultura del franquismo’ (1998) o ‘El cura y los mandarines. Historia no oficial del Bosque de los Letrados’ (2014) eran saludados o condenados, pero no dejaban indiferente al lector. Muestra de ello es la intrahistoria editorial de ‘El cura y los mandarines’ , un ensayo que se coció en una década. La supresión de catorce páginas sobre la Real Academia Española de la Lengua atrajeron el foco de la polémica en un volumen de ochocientas que protagonizaba Jesús Aguirre, el «cura» y editor de Taurus que acabó de duque tras ejercer de «vedette» cultural socialista. Porque en los libros de Morán la mirada se dirigía al índice onomástico. En ‘El cura y los mandarines’, Morán no dejaba mandarín con cabeza. Bajaba del pedestal al ingeniero Benet –«maestro con muchos discípulos y pocos lectores»– y tachaba a Umbral del «chapero de la literatura».Julián Marías daba «empaque a la obviedad» y Muñoz Molina escribía «como un abuelo». Aprobaba el Cela de ‘La Colmena’, Martín-Santos y su ‘Tiempo de silencio’, Sánchez Ferlosio –sin ‘El Jarama’-, Ignacio Aldecoa y el Max Aub de ‘La gallina ciega’: «Sólo le conocían los que le odiaban y sin haberlo leído, lo cual es la mayor crueldad para un escritor», sentenciaba. Como Aub, se sintió Morán en sus últimos años barceloneses. Lo contó en ‘La decadencia de Cataluña’ (2013) y ‘Memoria personal de Cataluña’ (2019), «una amarga diatriba contra las imposturas de nuestro tiempo». Y entre las mayores imposturas el nacionalismo catalán: «El adocenamiento de décadas prendió en casi la mitad de la población hasta hacerse político. Lo primero que cabía hacer era negarse a la realidad, y eso hicieron». El 7 de febrero publicó su último artículo en ‘The Objective’. En ‘La culpa es del cocinero’, ligaba la inepcia del sanchismo con las arbitrariedades lingüísticas en la Cataluña socialista: «¿Qué tiene que ver el desastre sistemático de las comunicaciones férreas de Barcelona con el despido de un cocinero cordobés por el Ayuntamiento de la Ciudad de los Prodigios?», inquiría a modo retórico el columnista intempestivo. RSS de noticias de cultura
