A las seis en punto de una mañana del 7 de julio de 1992, Paco Apaolaza (1947-1998) entró en la habitación de su hijo. «Levanta, Chapulí. Vístete de limpio, que nos vamos a correr el encierro» . El chico espabiló y saltó de la cama tibia y segura. Había cumplido años la víspera. Por eso no hay error al afirmar que Chapu Apaolaza (1977) corrió su primer encierro a los 15 años y un día. «Hoy es el día en que menos miedo vas a tener nunca, porque aún no sabes cómo es», le dijo su padre. Aquella fecha, muy temprano, acudió con su padre a la calle en la que comenzaban a juntarse un grupo de personas que cantan, cuando en realidad rezan y sacuden el periódico para espantar los nervios. «A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón…». Todos los meses de julio, Chapu corre los ocho encierros de San Fermín. Así lo dejó por escrito en las páginas de ‘7 de julio’, una mezcla prodigiosa de crónica, ensayo y dietario publicada por Libros del K.O que hoy conviene abrir de par en par antes de que la Plaza Consistorial encienda la mecha y se tiña de carmesí después de que todo el mundo se anude el pañuelo rojo al cuello, evocando el martirio del santo —murió decapitado—. «Cuanto más corres, más miedo tienes. Se acumula en las venas, como un metal pesado que contamina el cerebro», escribe Chapu Apaolaza en el segundo capítulo de 7 de julio . Los temores son tenaces, escribe. Quizá sea esa la razón por la que los corredores de los Sanfermines blanden el periódico en el aire, para «sacudirse el miedo por la mano». Al leer las páginas de este libro, se pregunta quien nada de esto sabe cuál es la cogida más grave a la que se enfrenta un corredor: ¿la del animal que pesa media tonelada o la de la bestia que lleva dentro? Sí, esa versión mostrenca de nosotros mismos que empuja a los mozos a buscar la vida en el lugar donde podrían perderla. «Correr en la cuesta es comerle la boca a la bestia, es asomarse a un volcán en erupción a echar una meada», escribe Apaolaza para explicar al lector qué es y qué sienten los que bajan en menos de 15 segundos los 125 metros de Santo Domingo, esa cuesta en la que los hombres avanzan encajonados en la estrecha calzada, «dándole ventaja a la desgracia». ¿Por qué? Lo hacen para vencer. Para dar la batalla contra sus propios temores y ganar, así sea solo ocho días al año.En ‘7 de julio’ —un libro que se relee a gusto, porque no envejece ni pierde un gramo de músculo— Chapu Apaolaza pasea al lector por las vísceras del encierro, pero también le enseña sus estampas y costumbres: el doblador a las puertas de la plaza o el matador que toma la alternativa con un toro y se corta la coleta en el siguiente, también al que vende el periódico que blandirán los mozos, la historia de quienes bailan con la Pamplonesa en los tendidos de sol, empapados de sangría, vida y borrachera, y también de los que se levantan pronto, muertos de miedo y ganas, para echar a correr delante de las astas de su propia vida. A las seis en punto de una mañana del 7 de julio de 1992, Paco Apaolaza (1947-1998) entró en la habitación de su hijo. «Levanta, Chapulí. Vístete de limpio, que nos vamos a correr el encierro» . El chico espabiló y saltó de la cama tibia y segura. Había cumplido años la víspera. Por eso no hay error al afirmar que Chapu Apaolaza (1977) corrió su primer encierro a los 15 años y un día. «Hoy es el día en que menos miedo vas a tener nunca, porque aún no sabes cómo es», le dijo su padre. Aquella fecha, muy temprano, acudió con su padre a la calle en la que comenzaban a juntarse un grupo de personas que cantan, cuando en realidad rezan y sacuden el periódico para espantar los nervios. «A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón…». Todos los meses de julio, Chapu corre los ocho encierros de San Fermín. Así lo dejó por escrito en las páginas de ‘7 de julio’, una mezcla prodigiosa de crónica, ensayo y dietario publicada por Libros del K.O que hoy conviene abrir de par en par antes de que la Plaza Consistorial encienda la mecha y se tiña de carmesí después de que todo el mundo se anude el pañuelo rojo al cuello, evocando el martirio del santo —murió decapitado—. «Cuanto más corres, más miedo tienes. Se acumula en las venas, como un metal pesado que contamina el cerebro», escribe Chapu Apaolaza en el segundo capítulo de 7 de julio . Los temores son tenaces, escribe. Quizá sea esa la razón por la que los corredores de los Sanfermines blanden el periódico en el aire, para «sacudirse el miedo por la mano». Al leer las páginas de este libro, se pregunta quien nada de esto sabe cuál es la cogida más grave a la que se enfrenta un corredor: ¿la del animal que pesa media tonelada o la de la bestia que lleva dentro? Sí, esa versión mostrenca de nosotros mismos que empuja a los mozos a buscar la vida en el lugar donde podrían perderla. «Correr en la cuesta es comerle la boca a la bestia, es asomarse a un volcán en erupción a echar una meada», escribe Apaolaza para explicar al lector qué es y qué sienten los que bajan en menos de 15 segundos los 125 metros de Santo Domingo, esa cuesta en la que los hombres avanzan encajonados en la estrecha calzada, «dándole ventaja a la desgracia». ¿Por qué? Lo hacen para vencer. Para dar la batalla contra sus propios temores y ganar, así sea solo ocho días al año.En ‘7 de julio’ —un libro que se relee a gusto, porque no envejece ni pierde un gramo de músculo— Chapu Apaolaza pasea al lector por las vísceras del encierro, pero también le enseña sus estampas y costumbres: el doblador a las puertas de la plaza o el matador que toma la alternativa con un toro y se corta la coleta en el siguiente, también al que vende el periódico que blandirán los mozos, la historia de quienes bailan con la Pamplonesa en los tendidos de sol, empapados de sangría, vida y borrachera, y también de los que se levantan pronto, muertos de miedo y ganas, para echar a correr delante de las astas de su propia vida.
A las seis en punto de una mañana del 7 de julio de 1992, Paco Apaolaza (1947-1998) entró en la habitación de su hijo. «Levanta, Chapulí. Vístete de limpio, que nos vamos a correr el encierro». El chico espabiló y saltó de la … cama tibia y segura. Había cumplido años la víspera. Por eso no hay error al afirmar que Chapu Apaolaza (1977) corrió su primer encierro a los 15 años y un día. «Hoy es el día en que menos miedo vas a tener nunca, porque aún no sabes cómo es», le dijo su padre. Aquella fecha, muy temprano, acudió con su padre a la calle en la que comenzaban a juntarse un grupo de personas que cantan, cuando en realidad rezan y sacuden el periódico para espantar los nervios. «A San Fermín pedimos, por ser nuestro patrón…».
Todos los meses de julio, Chapu corre los ocho encierros de San Fermín. Así lo dejó por escrito en las páginas de ‘7 de julio’, una mezcla prodigiosa de crónica, ensayo y dietario publicada por Libros del K.O que hoy conviene abrir de par en par antes de que la Plaza Consistorial encienda la mecha y se tiña de carmesí después de que todo el mundo se anude el pañuelo rojo al cuello, evocando el martirio del santo —murió decapitado—. «Cuanto más corres, más miedo tienes. Se acumula en las venas, como un metal pesado que contamina el cerebro», escribe Chapu Apaolaza en el segundo capítulo de 7 de julio. Los temores son tenaces, escribe. Quizá sea esa la razón por la que los corredores de los Sanfermines blanden el periódico en el aire, para «sacudirse el miedo por la mano».
Al leer las páginas de este libro, se pregunta quien nada de esto sabe cuál es la cogida más grave a la que se enfrenta un corredor: ¿la del animal que pesa media tonelada o la de la bestia que lleva dentro? Sí, esa versión mostrenca de nosotros mismos que empuja a los mozos a buscar la vida en el lugar donde podrían perderla. «Correr en la cuesta es comerle la boca a la bestia, es asomarse a un volcán en erupción a echar una meada», escribe Apaolaza para explicar al lector qué es y qué sienten los que bajan en menos de 15 segundos los 125 metros de Santo Domingo, esa cuesta en la que los hombres avanzan encajonados en la estrecha calzada, «dándole ventaja a la desgracia». ¿Por qué? Lo hacen para vencer. Para dar la batalla contra sus propios temores y ganar, así sea solo ocho días al año.
En ‘7 de julio’ —un libro que se relee a gusto, porque no envejece ni pierde un gramo de músculo— Chapu Apaolaza pasea al lector por las vísceras del encierro, pero también le enseña sus estampas y costumbres: el doblador a las puertas de la plaza o el matador que toma la alternativa con un toro y se corta la coleta en el siguiente, también al que vende el periódico que blandirán los mozos, la historia de quienes bailan con la Pamplonesa en los tendidos de sol, empapados de sangría, vida y borrachera, y también de los que se levantan pronto, muertos de miedo y ganas, para echar a correr delante de las astas de su propia vida.
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