La dimensión visual ha sido, históricamente, una herramienta esencial tanto para ejercer el poder como para cuestionarlo. Cuando surgió la política de masas, el arte y las distintas formas de expresión estética han ido adquiriendo una creciente relevancia política. Mediante la indumentaria y la estética interpretamos -no siempre de manera consciente- códigos, símbolos y mensajes repletos de significado político.
La dimensión visual ha sido, históricamente, una herramienta esencial tanto para ejercer el poder como para cuestionarlo. Cuando surgió la política de masas, el arte y las distintas formas de expresión estética han ido adquiriendo una creciente relevancia política. Mediante la indumentaria y la estética interpretamos -no siempre de manera consciente- códigos, símbolos y mensajes repletos de significado político. Seguir leyendo
La dimensión visual ha sido, históricamente, una herramienta esencial tanto para ejercer el poder como para cuestionarlo. Cuando surgió la política de masas, el arte y las distintas formas de expresión estética han ido adquiriendo una creciente relevancia política. Mediante la indumentaria y la estética interpretamos -no siempre de manera consciente- códigos, símbolos y mensajes repletos de significado político.
De esto habla la socióloga y ensayista Olivia Muñoz-Rojas en Golpes de vista (Paidós, 2026), donde asegura que la política se construye en los parlamentos, en los escenarios de conflicto, y en el espectro de las imágenes y de las representaciones. El poder también se hace visible, pues se representa, se legitima y se presenta como algo natural a través de determinados códigos visuales. Porque la estética política no se limita a representar ideas: también puede contribuir a difundir y consolidar ideologías, legitimar formas de autoridad, generar adhesiones y construir identidades colectivas.

El poder del pantalón
En el libro, la autora habla del pantalón como emblema de masculinidad y poder. Bajo el gobierno de Napoleón, la Prefectura de París prohibió el travestismo y que las mujeres lucieran vestimenta masculina sin una autorización especial. ¿La manera de obtenerla? Alegando motivos médicos o profesionales siempre bajo el criterio de la Prefectura.
No es de extrañar que el pantalón se erigiera como una prenda clave en la agenda feminista. Oscarsson comenta que en contraste con las limitaciones de movilidad y agilidad que imponían miriñaques, polisones y corsés, la mujer que llevara pantalones destilaba un aura de masculinidad y, en consecuencia, de poder. “Así las cosas, era casi inevitable que el pantalón se transformara en un igualador de género y en el arma política que fue durante mucho tiempo en el contexto de las luchas feministas, particularmente en Occidente”, asegura. “En términos de emancipación de los géneros, hoy en día el papel del pantalón sería el de la falda para los hombres. Del mismo modo que las mujeres hemos conquistado códigos tradicionalmente masculinos al ‘masculinizarnos’, falta este movimiento en la dirección contraria para que los hombres puedan apropiarse con la misma libertad de códigos tradicionalmente femeninos”, explica a S Moda.

Asegura que en gran medida, para las mujeres la igualdad ha consistido en ocupar el espacio público con los códigos masculinos. Conforme van escalando en el poder, se van pareciendo más a los hombres o a lo que se entiende como ‘el código masculino’. En Golpes de vista recalca el potencial que la falda tiene de transformarse en un nuevo símbolo de la lucha por la igualdad de género, pues hasta que las faldas y el maquillaje no se normalicen entre los hombres en Occidente, no se habrá alcanzado la plena emancipación estética de los géneros.
Un armario para cada ideario
Leticia García, jefa de moda de S Moda, recalca que la moda moldea la identidad. “Cuando un grupo se siente fuera del sistema, lo primero que hace para significar que se opone al sistema es pensar en qué se va a poner. Y entonces existe toda una codificación que funciona como oposición al sistema y reconocimiento dentro de la propia comunidad. Después, la moda se encarga de fagocitar esos símbolos y los vacía de contenido”, asegura. Porque, ¿cuándo una estética de resistencia deja de ser resistencia y se convierte en mercancía? ¿Cuánto tiempo puede ser algo subversivo? Olivia Muñoz-Rojas Oscarsson considera que en el contexto español hay una notable diferencia entre algunos líderes de la nueva izquierda, que se han ido volviendo más conformistas en su estética, y los que han mantenido una coherencia entre sus opciones estéticas, su discurso y su trabajo político.
“Eso no quiere decir que no puedas salirte de esos códigos y evolucionar, pero hay cierta asimetría entre la izquierda y la derecha en ese sentido. A las ideologías que se presentan como cercanas al pueblo llano y que hacen de la sencillez parte de su identidad, les resulta más difícil incorporar signos muy vistosos o asociados al lujo que tradicionalmente se han asociado a las élites. Sin embargo, a las ideologías más conservadoras les cuesta menos incorporar potencialmente elementos procedentes de las clases populares”, explica.
Porque si un político de derechas apareciera con un bolso de tela, probablemente generaría sorpresa e incluso simpatía. “Apropiarse de códigos populares puede servir precisamente para construir esa cercanía con la gente. Sin embargo, si quien se presenta como cercano al pueblo empieza a utilizar una estética que se asocia con las élites, se percibe como una traición”, apostilla.

Imposible no recordar entonces el escándalo que se generó cuando muchos creyeron que Irene Montero tenía un bolso de Louis Vuitton. El tuitero @JuanfraEscuder criticó a la política con tal voracidad que Nuria Labari le dedicó una columna. “Para personas como JuanFran, lo mínimo que podría hacer la ministra Monteropara defender las ideas que pregona es ser pobre de solemnidad y si no puede serlo —con un sueldo de ministra va a ser difícil—, esforzarse al menos en parecerlo. Ser de izquierdas y comprarse un luisvui es para hombres como JuanFran tan rastrero como nacer varón y ser feminista, pura incongruencia”, dijo.

Y como señala Oscarsson en este debate interminable, el significado político no está en el bolso, sino en el sistema de significados en el que está insertado y en las expectativas que el propio discurso político de cada uno ha creado. ¿Cuándo se empiezan a asociar determinados rasgos estéticos con uno y otro lado del espectro político? El libro comienza señalando que fue en las grandes revoluciones atlánticas donde se fraguaron muchas de las tendencias contemporáneas en las que está presente la distinción entre pueblo y élite, entre la izquierda y la derecha. La socióloga alaba al alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, por su capacidad para llevar looks que no se adhieren a una ideología. “Lo que ha hecho es un buen aprendizaje para la izquierda y para la nueva izquierda al defender una mayor flexibilidad y tolerancia. No hay que caer en estos tópicos fáciles de cayetanos/perroflautas, advierte. “Desde una posición de izquierdas, Mamdani ha recuperado el traje y la corbata sin dejar de utilizar otras prendas vinculadas a su herencia india y ugandesa. En otros contextos, se pone su gorra de béisbol y una camiseta y transmite informalidad. Se apropia del código tradicional sin renunciar a otros. Aunque el armario tiene que guardar cierta coherencia con el ideario, eso no quiere decir que sea una correspondencia automática: no hay prendas intrínsecamente de izquierdas o de derechas”, asegura.

La impunidad estilística del poder
La autora explica en su escrito cómo a las pocas semanas de iniciarse el segundo mandato de Trump, causó polémica el contraste entre la interpelación que recibió el presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, del presidente de Estados Unidos y miembros de su gabinete por no asistir de traje a la reunión entre ambos mandatarios en la Casa Blanca y la libertad con la que Elon Musk apareció pocos días antes en la primera reunión del nuevo gabinete de Trump, vestido de vaqueros y gorra negra. “Quedaba claro que, en la lógica de Trump, quien tiene poder y dinero puede vestir como guste”, escribe. “El poder puede dar una cierta impunidad estilística precisamente porque no todos tienen el mismo poder para ser informales. La informalidad no significa necesariamente que no haya jerarquía. Musk puede entrar con vaqueros y camiseta en una sala porque su posición le permite presentarse como una excepción. Pero Zelensky, a pesar de ser el presidente de un país, estaba en una posición de dependencia frente a Estados Unidos, por lo que no se le daba la misma libertad. En un contexto formal, saltarse el código puede ser o un privilegio de quien está arriba o un gesto subversivo de quien está abajo. Lo que cambia es la posición de poder desde la que se transgrede ese código”, matiza.

Para terminar, explica que ante el giro giro reaccionario y el movimiento MAGA, las tradwives, con su estética recatada y asociada a determinados sectores religiosos y conservadores, conviven con una feminidad muy sexualizada. Las mujeres del séquito de Donald Trump cuentan con un fondo de armario repleto de vestidos hiperfemeninos, pero Olivia no considera que sea contradictorio que dos estilos tan diferentes compartan espacio e ideología. Asegura que en el imaginario conservador -y no tan conservador-, han convivido históricamente dos modelos de feminidad: el de la mujer recatada virginal maternal y el de la mujer hipersexualizada y sexualmente disponible. “Esa dualidad vuelve a aparecer hoy en el universo MAGA, donde está el referente de la tradwife que convive con mujeres que llevan vestidos muy ceñidos, con melenas muy trabajadas y una estética muy retocada. No son necesariamente dos modelos incompatibles, sino dos formas de construir una feminidad muy diferenciada de la masculinidad”, dice la ensayista, que considera que comprender la forma en la que miramos es preciso entender también cómo somos gobernados.
EL PAÍS
