‘Éramos unos niños’, publicado en 2010, sigue siendo quizá la mejor puerta de entrada al universo de Patti Smith : esas páginas no solo hablan de una época, sino de una manera de entender la creación, la amistad y la fidelidad a una vocación. Que ahora, a las puertas de los 80 años, haya recibido el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026 no significa tanto una consagración tardía cuanto la confirmación de algo más infrecuente: que su obra continúa viva, dialogando con el presente e interpelando a nuevas generaciones.El libro reconstruye su juventud en el Nueva York de finales de los sesenta y setenta junto a Robert Mapplethorpe . Llegan sin dinero, sin contactos, con una intuición casi obstinada: quieren ser artistas. Viven en pensiones, encadenan trabajos precarios y acaban en el Chelsea Hotel , donde la vida y la creación se confunden. No hay épica del triunfo, sino una narración honesta sobre la incertidumbre, el hambre y la persistencia.Más que una biografía, es un relato de formación. Smith evita la nostalgia fácil y se concentra en algo más incómodo: el coste de sostener una vocación cuando no hay garantías. Mapplethorpe encuentra su lenguaje en la fotografía; ella, en la escritura y la música. Su relación amorosa cambia, se redefine, pero no desaparece del todo: queda una lealtad profunda, una especie de pacto que trasciende las categorías.Noticia relacionada opinion No No Patti Smith: Vagando por el campo helado Eduardo JordáAhí emerge una de las ideas más fértiles del libro: el amor como forma no estable, sino como un impulso que permite a cada uno convertirse en quien es. En un tiempo que tiende a etiquetarlo todo, esta ambigüedad resulta esencial. No todo necesita definirse para ser verdadero. Y en ese proceso, Patti Smith construye también una forma de feminismo que no necesita proclamarse para ser transformador. Se abre paso en un entorno dominado por hombres sin pedir permiso, sin suavizar su ambición, sin reducir su voz. No responde al molde ni lo combate frontalmente: lo desborda. Su manera de estar —libre, indisciplinada, ferozmente fiel a sí misma— amplía la noción de lo posible.Para quienes empiezan a construir su camino, ‘Éramos unos niños’ ofrece una lección incómoda pero necesaria: crear no es producir ni mostrarse, es resistir . Resistir la duda, la precariedad, la falta de reconocimiento. Sostener una intuición incluso cuando no ofrece resultados inmediatos. En una cultura dominada por la visibilidad, esta defensa de la paciencia adquiere un peso especial. También hay en el libro una reivindicación de la mirada. A través de Mapplethorpe, la fotografía aparece como una forma de atención radical: mirar implica comprometerse, dejarse afectar. Frente a un mundo saturado de imágenes rápidas, esa idea funciona casi como una resistencia.El reconocimiento de este premio no mira al pasado de Smith, sino a la vigencia de su propuesta . Su obra sigue ofreciendo un marco desde donde pensar la creación como algo más que un producto: como una forma de vida. ‘Éramos unos niños’ no da respuestas ni descubre caminos seguros. Propone, en cambio, una exigencia: vivir con intensidad, crear sin garantías, amar sin moldes. Y sostener, incluso cuando todo empuja a lo contrario, una fidelidad insobornable a la propia voz. ‘Éramos unos niños’, publicado en 2010, sigue siendo quizá la mejor puerta de entrada al universo de Patti Smith : esas páginas no solo hablan de una época, sino de una manera de entender la creación, la amistad y la fidelidad a una vocación. Que ahora, a las puertas de los 80 años, haya recibido el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026 no significa tanto una consagración tardía cuanto la confirmación de algo más infrecuente: que su obra continúa viva, dialogando con el presente e interpelando a nuevas generaciones.El libro reconstruye su juventud en el Nueva York de finales de los sesenta y setenta junto a Robert Mapplethorpe . Llegan sin dinero, sin contactos, con una intuición casi obstinada: quieren ser artistas. Viven en pensiones, encadenan trabajos precarios y acaban en el Chelsea Hotel , donde la vida y la creación se confunden. No hay épica del triunfo, sino una narración honesta sobre la incertidumbre, el hambre y la persistencia.Más que una biografía, es un relato de formación. Smith evita la nostalgia fácil y se concentra en algo más incómodo: el coste de sostener una vocación cuando no hay garantías. Mapplethorpe encuentra su lenguaje en la fotografía; ella, en la escritura y la música. Su relación amorosa cambia, se redefine, pero no desaparece del todo: queda una lealtad profunda, una especie de pacto que trasciende las categorías.Noticia relacionada opinion No No Patti Smith: Vagando por el campo helado Eduardo JordáAhí emerge una de las ideas más fértiles del libro: el amor como forma no estable, sino como un impulso que permite a cada uno convertirse en quien es. En un tiempo que tiende a etiquetarlo todo, esta ambigüedad resulta esencial. No todo necesita definirse para ser verdadero. Y en ese proceso, Patti Smith construye también una forma de feminismo que no necesita proclamarse para ser transformador. Se abre paso en un entorno dominado por hombres sin pedir permiso, sin suavizar su ambición, sin reducir su voz. No responde al molde ni lo combate frontalmente: lo desborda. Su manera de estar —libre, indisciplinada, ferozmente fiel a sí misma— amplía la noción de lo posible.Para quienes empiezan a construir su camino, ‘Éramos unos niños’ ofrece una lección incómoda pero necesaria: crear no es producir ni mostrarse, es resistir . Resistir la duda, la precariedad, la falta de reconocimiento. Sostener una intuición incluso cuando no ofrece resultados inmediatos. En una cultura dominada por la visibilidad, esta defensa de la paciencia adquiere un peso especial. También hay en el libro una reivindicación de la mirada. A través de Mapplethorpe, la fotografía aparece como una forma de atención radical: mirar implica comprometerse, dejarse afectar. Frente a un mundo saturado de imágenes rápidas, esa idea funciona casi como una resistencia.El reconocimiento de este premio no mira al pasado de Smith, sino a la vigencia de su propuesta . Su obra sigue ofreciendo un marco desde donde pensar la creación como algo más que un producto: como una forma de vida. ‘Éramos unos niños’ no da respuestas ni descubre caminos seguros. Propone, en cambio, una exigencia: vivir con intensidad, crear sin garantías, amar sin moldes. Y sostener, incluso cuando todo empuja a lo contrario, una fidelidad insobornable a la propia voz.
‘Éramos unos niños’, publicado en 2010, sigue siendo quizá la mejor puerta de entrada al universo de Patti Smith: esas páginas no solo hablan de una época, sino de una manera de entender la creación, la amistad y la fidelidad a una vocación. … Que ahora, a las puertas de los 80 años, haya recibido el Premio Princesa de Asturias de las Artes 2026 no significa tanto una consagración tardía cuanto la confirmación de algo más infrecuente: que su obra continúa viva, dialogando con el presente e interpelando a nuevas generaciones.
El libro reconstruye su juventud en el Nueva York de finales de los sesenta y setenta junto a Robert Mapplethorpe. Llegan sin dinero, sin contactos, con una intuición casi obstinada: quieren ser artistas. Viven en pensiones, encadenan trabajos precarios y acaban en el Chelsea Hotel, donde la vida y la creación se confunden. No hay épica del triunfo, sino una narración honesta sobre la incertidumbre, el hambre y la persistencia.
Más que una biografía, es un relato de formación. Smith evita la nostalgia fácil y se concentra en algo más incómodo: el coste de sostener una vocación cuando no hay garantías. Mapplethorpe encuentra su lenguaje en la fotografía; ella, en la escritura y la música. Su relación amorosa cambia, se redefine, pero no desaparece del todo: queda una lealtad profunda, una especie de pacto que trasciende las categorías.
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Eduardo Jordá
Ahí emerge una de las ideas más fértiles del libro: el amor como forma no estable, sino como un impulso que permite a cada uno convertirse en quien es. En un tiempo que tiende a etiquetarlo todo, esta ambigüedad resulta esencial. No todo necesita definirse para ser verdadero. Y en ese proceso, Patti Smith construye también una forma de feminismo que no necesita proclamarse para ser transformador. Se abre paso en un entorno dominado por hombres sin pedir permiso, sin suavizar su ambición, sin reducir su voz. No responde al molde ni lo combate frontalmente: lo desborda. Su manera de estar —libre, indisciplinada, ferozmente fiel a sí misma— amplía la noción de lo posible.
Para quienes empiezan a construir su camino, ‘Éramos unos niños’ ofrece una lección incómoda pero necesaria: crear no es producir ni mostrarse, es resistir. Resistir la duda, la precariedad, la falta de reconocimiento. Sostener una intuición incluso cuando no ofrece resultados inmediatos. En una cultura dominada por la visibilidad, esta defensa de la paciencia adquiere un peso especial. También hay en el libro una reivindicación de la mirada. A través de Mapplethorpe, la fotografía aparece como una forma de atención radical: mirar implica comprometerse, dejarse afectar. Frente a un mundo saturado de imágenes rápidas, esa idea funciona casi como una resistencia.
El reconocimiento de este premio no mira al pasado de Smith, sino a la vigencia de su propuesta. Su obra sigue ofreciendo un marco desde donde pensar la creación como algo más que un producto: como una forma de vida. ‘Éramos unos niños’ no da respuestas ni descubre caminos seguros. Propone, en cambio, una exigencia: vivir con intensidad, crear sin garantías, amar sin moldes. Y sostener, incluso cuando todo empuja a lo contrario, una fidelidad insobornable a la propia voz.
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