Las palabras son —como pocas cosas— una buena muestra de la tradición, que a veces da en la cara con toda la fuerza del mundo: en cierto sentido, tienen vida propia y, a nada que se eche un vistazo a su origen y evolución, reflejan el cambio de la sociedad y sus intereses. Para bien y para mal, claro, por lo que la Academia tiene que limpiar, fijar y dar esplendor.Precisamente, el otro día leía porque sí la deliciosa ‘Vida’ (1743-1758) de Torres Villarroel en la nueva edición de Gómez Canseco para la Biblioteca Clásica de la RAE y en uno de sus «trozos» me topé con el término ‘político’, pero no con su valor de «perteneciente o relativo a la política» (y similares, entradas 1-2) sino como «cortés y urbano», que —aunque parezca mentira— sigue siendo todavía la tercera acepción del diccionario académico. La metamorfosis desde «cosa de ciudad» (así en Nebrija, 1495) hasta la definición que quieran dar hoy en día (¿«desvergonzado con sueldo público»?) es para echarse a temblar, como puede verse con una rápida consulta en el ‘Nuevo tesoro lexicográfico’.Tiene su punto de sorpresa porque la política y la educación parecen ser ya dos mundos radicalmente opuestos: el contraste entre uno y otro constituye verdaderamente una tragedia porque nuestros políticos (‘representantes’) tienen muy poco de políticos (‘corteses’) y el congreso a veces es más una tasca de la peor calaña que una corte acorde a los tiempos. Bueno, salvo que piensen ustedes en la corte de los milagros, para decirlo con Valle-Inclán.Y ya que a algunos les gusta inventar neologismos (el último creo que es ‘fachobulosfera’), tal vez convendría más bien echar un ojo al diccionario —o a cualquier libro— para refrescar la memoria de lo que quieren decir ciertas palabras: de lo que se hace, de lo que se es. Para luego poderse mirar al espejo y esas cosas, digo yo. Las palabras son —como pocas cosas— una buena muestra de la tradición, que a veces da en la cara con toda la fuerza del mundo: en cierto sentido, tienen vida propia y, a nada que se eche un vistazo a su origen y evolución, reflejan el cambio de la sociedad y sus intereses. Para bien y para mal, claro, por lo que la Academia tiene que limpiar, fijar y dar esplendor.Precisamente, el otro día leía porque sí la deliciosa ‘Vida’ (1743-1758) de Torres Villarroel en la nueva edición de Gómez Canseco para la Biblioteca Clásica de la RAE y en uno de sus «trozos» me topé con el término ‘político’, pero no con su valor de «perteneciente o relativo a la política» (y similares, entradas 1-2) sino como «cortés y urbano», que —aunque parezca mentira— sigue siendo todavía la tercera acepción del diccionario académico. La metamorfosis desde «cosa de ciudad» (así en Nebrija, 1495) hasta la definición que quieran dar hoy en día (¿«desvergonzado con sueldo público»?) es para echarse a temblar, como puede verse con una rápida consulta en el ‘Nuevo tesoro lexicográfico’.Tiene su punto de sorpresa porque la política y la educación parecen ser ya dos mundos radicalmente opuestos: el contraste entre uno y otro constituye verdaderamente una tragedia porque nuestros políticos (‘representantes’) tienen muy poco de políticos (‘corteses’) y el congreso a veces es más una tasca de la peor calaña que una corte acorde a los tiempos. Bueno, salvo que piensen ustedes en la corte de los milagros, para decirlo con Valle-Inclán.Y ya que a algunos les gusta inventar neologismos (el último creo que es ‘fachobulosfera’), tal vez convendría más bien echar un ojo al diccionario —o a cualquier libro— para refrescar la memoria de lo que quieren decir ciertas palabras: de lo que se hace, de lo que se es. Para luego poderse mirar al espejo y esas cosas, digo yo.
Las palabras son —como pocas cosas— una buena muestra de la tradición, que a veces da en la cara con toda la fuerza del mundo: en cierto sentido, tienen vida propia y, a nada que se eche un vistazo a su origen y evolución, reflejan … el cambio de la sociedad y sus intereses. Para bien y para mal, claro, por lo que la Academia tiene que limpiar, fijar y dar esplendor.
Precisamente, el otro día leía porque sí la deliciosa ‘Vida’ (1743-1758) de Torres Villarroel en la nueva edición de Gómez Canseco para la Biblioteca Clásica de la RAE y en uno de sus «trozos» me topé con el término ‘político’, pero no con su valor de «perteneciente o relativo a la política» (y similares, entradas 1-2) sino como «cortés y urbano», que —aunque parezca mentira— sigue siendo todavía la tercera acepción del diccionario académico. La metamorfosis desde «cosa de ciudad» (así en Nebrija, 1495) hasta la definición que quieran dar hoy en día (¿«desvergonzado con sueldo público»?) es para echarse a temblar, como puede verse con una rápida consulta en el ‘Nuevo tesoro lexicográfico’.
Tiene su punto de sorpresa porque la política y la educación parecen ser ya dos mundos radicalmente opuestos: el contraste entre uno y otro constituye verdaderamente una tragedia porque nuestros políticos (‘representantes’) tienen muy poco de políticos (‘corteses’) y el congreso a veces es más una tasca de la peor calaña que una corte acorde a los tiempos. Bueno, salvo que piensen ustedes en la corte de los milagros, para decirlo con Valle-Inclán.
Y ya que a algunos les gusta inventar neologismos (el último creo que es ‘fachobulosfera’), tal vez convendría más bien echar un ojo al diccionario —o a cualquier libro— para refrescar la memoria de lo que quieren decir ciertas palabras: de lo que se hace, de lo que se es. Para luego poderse mirar al espejo y esas cosas, digo yo.
RSS de noticias de cultura
