En pocos días los peruanos habrán de elegir a un presidente, o a dos candidatos que semanas después se disputarán la presidencia. Yo, que hace muchos años sobrevivo fuera del Perú, y no tengo planes de volver a residir en ese país del que escapé soñando con ser un escritor, me abstendré de votar. Por primera vez en mi vida, ya sesentón, desencantado de la política, he resuelto no votar en primera ni en segunda vuelta. Elijo preservar una saludable independencia, no mancharme, cuidar mi libertad de opinión. En el país donde nací, los políticos se entrometen en el ámbito de nuestras libertades cuando nos obligan a votar, bajo amenaza de cobrarnos una multa, si ejercemos la abstención. Nadie debería imponernos un castigo por inhibirnos de votar. En mi caso, la sanción o la pena ha sido arrastrarme a votar, porque los políticos en quienes he depositado mi confianza, de derechas y de izquierdas, han encontrado la manera de decepcionarme, tarde o temprano.La otra tarde salí a comer con mi madre y con mis suegros, allá lejos, en Lima, la ciudad del polvo y la niebla, donde nací. Cometí el error de preguntarles, sin advertir el peligro, por quién pensaban votar. Sin dudarlo, los tres dijeron que votarán por el candidato de derechas religiosas, el abanderado del Opus Dei, un señor calvo y ventrudo, malhablado y aguantado, que va por calles y plazas insultando y amenazando con palabrotas que no parecen salidas de los sagrados evangelios, un señor que, a la tierna edad de diecinueve años, eligió extrañamente la abstinencia sexual, tal vez por celosa rectitud moral, o porque el sexo le daba miedo. Yo sé lo que es tener miedo al deseo erótico, a las pulsiones de la carne, a la rendición del cuerpo. Lo descubrí a esa misma edad, diecinueve años, cuando, en amores con una chica de la universidad, me enamoré también de un amigo. Avergonzado por esa circunstancia impensada e ingobernable, no se me ocurrió afiliarme al Opus Dei, sino marcharme del gran teatro de la vida, una tentativa autodestructiva, la de tragar todos los somníferos, en la que, por desgracia para mis compatriotas, fracasé. Mi madre y mis suegros votarán entonces por el señor del Opus Dei, porque, según dicen, es un hombre inteligente, que ha hecho mucho dinero. No comparto esa opinión. No me siento representado en modo alguno por el señor del Opus Dei, a pesar de que mi madre milita en esa cofradía. La verdad es que desconfío de cualquier político que se autoflagela, se condena al celibato, se niega al amor en su dimensión más humana y no se atreve a celebrar las íntimas ceremonias del deseo.Por supuesto, podría votar nuevamente por la hija del exdictador, la candidata de derechas populares, quien, a una semana de los comicios, encabeza los sondeos de intención de voto. Debo confesar, como quien confiesa una fechoría, o una felonía, que he votado por esa señora en los tres últimos balotajes presidenciales, procurando impedir el triunfo de un militar nacionalista (que ahora está preso), un empresario agringado (con prisión domiciliaria) y un comunista con sombrero (preso por golpista), habiendo sido mis papeletas de sufragio perfectamente inútiles, pues la candidata que entonces gozaba de mis simpatías perdió las tres veces, a pesar de mi apoyo, o debido a él. Votar por ella en tres elecciones ha sido más que suficiente, en lo que a mí respecta. La recuerdo como una novia antigua a la que he dejado de querer, sin guardarle rencores, el cariño de antaño erosionado por la llovizna del tiempo. No es mi amiga, tampoco mi enemiga. Sus adversarios le reprochan que, tras perder tantas veces, sea terca, obstinada, y aspire por cuarta ocasión a la presidencia. No me molesta que la señora sea porfiada. Supongo que, fuera de la política, su vida carecería de sentido y sería una zombi, como yo una criatura afantasmada si dejase de escribir. A diferencia del candidato del Opus Dei, la hija del exdictador ha sido revolcada, una y otra vez, por las bajas pasiones humanas, y sin embargo no se ha ahogado: su padre quiso matar a su madre; su padre se rebajó a ser dictador, huyó cobardemente, envejeció en la cárcel, murió sin verla elegida presidenta; su hermano pasó a ser su enemigo; su esposo la abandonó para dedicarse a la farándula; y ella misma pasó noches de infamia en la cárcel. Quiero decir: si el candidato del Opus Dei eligió resbalarse por la vida como un santurrón procaz, la hija del exdictador ha tenido que cargar la cruz del oprobio que le dejó su padre. Por eso he comprendido que, si los peruanos la eligen presidenta, será también un triunfo póstumo de su padre, el exdictador, quien no merece ese honor tardío, pues ningún autócrata debería ser recordado con nostalgia, como si hubiesen sido mejores los tiempos en que nos privaron de nuestras libertades. Ahora bien, ¿una clara mayoría de sus compatriotas repudia a la hija del exdictador? No estoy tan seguro: en los dos últimos balotajes, obtuvo casi nueve millones de votos, perdiendo por una diferencia minúscula.Quien podría dar una sorpresa, pasando a la segunda vuelta, es un comediante genial, el más talentoso del país, a quien he entrevistado muchas veces en mis programas de televisión, él haciendo unas imitaciones prodigiosas, yo doblándome de risa, el público estallando en carcajadas. Ese señor, al que considero mi amigo, y a quien debo muchas horas de felicidad escandalosa en televisión, es querido por mucha gente, como suelen ser queridos los humoristas de todas partes, quienes, gracias a su inventiva, sus ocurrencias, su ingenio y su capacidad de improvisación, nos hacen reír como ningún político sería capaz de hacernos reír. Quiero decir: es mucho más difícil ser un comediante que un político, es mucho más arduo divertir a la gente que asustarla o manipularla o aburrirla, como hacen los políticos profesionales, esa caterva de inútiles, trepadores, buenos para nada. Podría decirse que el comediante no posee suficiente experiencia política. Podría decirse que una cosa es contar chistes y otra bien distinta gobernar un país. Podría decirse que los zapatos de presidente le quedarían grandes. Podría decirse que, al convertirse en político, ha creado un personaje y ahora se imita a sí mismo. Yo lo veo de otra manera. Creo que para triunfar como humorista hay que ser condenadamente inteligente, entender al público, saber seducirlo, saber decirle lo que desea escuchar. Por otra parte, el comediante se ha negado a revelar su preferencia sexual. A diferencia del candidato del Opus Dei, no parece haber elegido el camino de la represión y la castidad, pero, pudorosamente, prefiere no hablar de ello, cómo podríamos no entenderlo. En cuanto a la izquierda, hay por lo menos tres candidatos subiendo afanosamente en las encuestas, y uno de ellos podría auparse en el tren bala del balotaje. Desde lejos, desde una playa en Río Grande, Puerto Rico, donde escribo estas líneas, el más peligroso me parece otro comunista con sombrero, aliado de golpistas, favorecido por los más pobres. Luego se ofrece como curandero un respetado economista y profesor universitario, a quien sus enemigos acusan de haber sido ladrón de bancos. Finalmente conspira por el poder un señor que ha sido ministro de cultura, habla con propiedad, parece haber leído novelas, cosa rara en un político, y no despierta temores de romper el sistema, pues se perfila como un político de izquierda democrática, moderna, progresista. De esos tres espadachines, este último es quien me resulta más estimable, también porque está subido de peso, vive en una playa, llegó tarde al debate y lo hizo en moto.Si bien no iré a votar, veo con simpatía la candidatura de un amigo periodista de toda la vida, quien se ha lucido en los debates como esgrimista de la palabra, así como celebro la valerosa postulación del nieto de un gran expresidente, cuyo esfuerzo ha adecentado la campaña y no ha sido en vano. A juzgar por las encuestas, ninguno pasará al balotaje. Sin embargo, a veces los políticos que pierden son los que, a la postre, acaban ganando. Ellos, el periodista del pelo renegrido y el nieto del político quijotesco, si bien no ganarán la presidencia, han ganado respeto, lo que no es poco. Podría estar ahora mismo en Lima, entrevistando a los candidatos presidenciales en un estudio de televisión. Me ofrecí a todos los canales, sin cobrar honorarios, pero ninguno condescendió a darme tribuna, tal vez porque tengo fama de loco. Por eso he venido a Río Grande, Puerto Rico, donde contemplo el mar encrespado y recuerdo que los hombres solo estamos de paso en la arena, los políticos son fiebres transitorias y las olas espumosas no habrán de detenerse, porque la majestuosidad del mar, como la belleza del arte, son eternas. En pocos días los peruanos habrán de elegir a un presidente, o a dos candidatos que semanas después se disputarán la presidencia. Yo, que hace muchos años sobrevivo fuera del Perú, y no tengo planes de volver a residir en ese país del que escapé soñando con ser un escritor, me abstendré de votar. Por primera vez en mi vida, ya sesentón, desencantado de la política, he resuelto no votar en primera ni en segunda vuelta. Elijo preservar una saludable independencia, no mancharme, cuidar mi libertad de opinión. En el país donde nací, los políticos se entrometen en el ámbito de nuestras libertades cuando nos obligan a votar, bajo amenaza de cobrarnos una multa, si ejercemos la abstención. Nadie debería imponernos un castigo por inhibirnos de votar. En mi caso, la sanción o la pena ha sido arrastrarme a votar, porque los políticos en quienes he depositado mi confianza, de derechas y de izquierdas, han encontrado la manera de decepcionarme, tarde o temprano.La otra tarde salí a comer con mi madre y con mis suegros, allá lejos, en Lima, la ciudad del polvo y la niebla, donde nací. Cometí el error de preguntarles, sin advertir el peligro, por quién pensaban votar. Sin dudarlo, los tres dijeron que votarán por el candidato de derechas religiosas, el abanderado del Opus Dei, un señor calvo y ventrudo, malhablado y aguantado, que va por calles y plazas insultando y amenazando con palabrotas que no parecen salidas de los sagrados evangelios, un señor que, a la tierna edad de diecinueve años, eligió extrañamente la abstinencia sexual, tal vez por celosa rectitud moral, o porque el sexo le daba miedo. Yo sé lo que es tener miedo al deseo erótico, a las pulsiones de la carne, a la rendición del cuerpo. Lo descubrí a esa misma edad, diecinueve años, cuando, en amores con una chica de la universidad, me enamoré también de un amigo. Avergonzado por esa circunstancia impensada e ingobernable, no se me ocurrió afiliarme al Opus Dei, sino marcharme del gran teatro de la vida, una tentativa autodestructiva, la de tragar todos los somníferos, en la que, por desgracia para mis compatriotas, fracasé. Mi madre y mis suegros votarán entonces por el señor del Opus Dei, porque, según dicen, es un hombre inteligente, que ha hecho mucho dinero. No comparto esa opinión. No me siento representado en modo alguno por el señor del Opus Dei, a pesar de que mi madre milita en esa cofradía. La verdad es que desconfío de cualquier político que se autoflagela, se condena al celibato, se niega al amor en su dimensión más humana y no se atreve a celebrar las íntimas ceremonias del deseo.Por supuesto, podría votar nuevamente por la hija del exdictador, la candidata de derechas populares, quien, a una semana de los comicios, encabeza los sondeos de intención de voto. Debo confesar, como quien confiesa una fechoría, o una felonía, que he votado por esa señora en los tres últimos balotajes presidenciales, procurando impedir el triunfo de un militar nacionalista (que ahora está preso), un empresario agringado (con prisión domiciliaria) y un comunista con sombrero (preso por golpista), habiendo sido mis papeletas de sufragio perfectamente inútiles, pues la candidata que entonces gozaba de mis simpatías perdió las tres veces, a pesar de mi apoyo, o debido a él. Votar por ella en tres elecciones ha sido más que suficiente, en lo que a mí respecta. La recuerdo como una novia antigua a la que he dejado de querer, sin guardarle rencores, el cariño de antaño erosionado por la llovizna del tiempo. No es mi amiga, tampoco mi enemiga. Sus adversarios le reprochan que, tras perder tantas veces, sea terca, obstinada, y aspire por cuarta ocasión a la presidencia. No me molesta que la señora sea porfiada. Supongo que, fuera de la política, su vida carecería de sentido y sería una zombi, como yo una criatura afantasmada si dejase de escribir. A diferencia del candidato del Opus Dei, la hija del exdictador ha sido revolcada, una y otra vez, por las bajas pasiones humanas, y sin embargo no se ha ahogado: su padre quiso matar a su madre; su padre se rebajó a ser dictador, huyó cobardemente, envejeció en la cárcel, murió sin verla elegida presidenta; su hermano pasó a ser su enemigo; su esposo la abandonó para dedicarse a la farándula; y ella misma pasó noches de infamia en la cárcel. Quiero decir: si el candidato del Opus Dei eligió resbalarse por la vida como un santurrón procaz, la hija del exdictador ha tenido que cargar la cruz del oprobio que le dejó su padre. Por eso he comprendido que, si los peruanos la eligen presidenta, será también un triunfo póstumo de su padre, el exdictador, quien no merece ese honor tardío, pues ningún autócrata debería ser recordado con nostalgia, como si hubiesen sido mejores los tiempos en que nos privaron de nuestras libertades. Ahora bien, ¿una clara mayoría de sus compatriotas repudia a la hija del exdictador? No estoy tan seguro: en los dos últimos balotajes, obtuvo casi nueve millones de votos, perdiendo por una diferencia minúscula.Quien podría dar una sorpresa, pasando a la segunda vuelta, es un comediante genial, el más talentoso del país, a quien he entrevistado muchas veces en mis programas de televisión, él haciendo unas imitaciones prodigiosas, yo doblándome de risa, el público estallando en carcajadas. Ese señor, al que considero mi amigo, y a quien debo muchas horas de felicidad escandalosa en televisión, es querido por mucha gente, como suelen ser queridos los humoristas de todas partes, quienes, gracias a su inventiva, sus ocurrencias, su ingenio y su capacidad de improvisación, nos hacen reír como ningún político sería capaz de hacernos reír. Quiero decir: es mucho más difícil ser un comediante que un político, es mucho más arduo divertir a la gente que asustarla o manipularla o aburrirla, como hacen los políticos profesionales, esa caterva de inútiles, trepadores, buenos para nada. Podría decirse que el comediante no posee suficiente experiencia política. Podría decirse que una cosa es contar chistes y otra bien distinta gobernar un país. Podría decirse que los zapatos de presidente le quedarían grandes. Podría decirse que, al convertirse en político, ha creado un personaje y ahora se imita a sí mismo. Yo lo veo de otra manera. Creo que para triunfar como humorista hay que ser condenadamente inteligente, entender al público, saber seducirlo, saber decirle lo que desea escuchar. Por otra parte, el comediante se ha negado a revelar su preferencia sexual. A diferencia del candidato del Opus Dei, no parece haber elegido el camino de la represión y la castidad, pero, pudorosamente, prefiere no hablar de ello, cómo podríamos no entenderlo. En cuanto a la izquierda, hay por lo menos tres candidatos subiendo afanosamente en las encuestas, y uno de ellos podría auparse en el tren bala del balotaje. Desde lejos, desde una playa en Río Grande, Puerto Rico, donde escribo estas líneas, el más peligroso me parece otro comunista con sombrero, aliado de golpistas, favorecido por los más pobres. Luego se ofrece como curandero un respetado economista y profesor universitario, a quien sus enemigos acusan de haber sido ladrón de bancos. Finalmente conspira por el poder un señor que ha sido ministro de cultura, habla con propiedad, parece haber leído novelas, cosa rara en un político, y no despierta temores de romper el sistema, pues se perfila como un político de izquierda democrática, moderna, progresista. De esos tres espadachines, este último es quien me resulta más estimable, también porque está subido de peso, vive en una playa, llegó tarde al debate y lo hizo en moto.Si bien no iré a votar, veo con simpatía la candidatura de un amigo periodista de toda la vida, quien se ha lucido en los debates como esgrimista de la palabra, así como celebro la valerosa postulación del nieto de un gran expresidente, cuyo esfuerzo ha adecentado la campaña y no ha sido en vano. A juzgar por las encuestas, ninguno pasará al balotaje. Sin embargo, a veces los políticos que pierden son los que, a la postre, acaban ganando. Ellos, el periodista del pelo renegrido y el nieto del político quijotesco, si bien no ganarán la presidencia, han ganado respeto, lo que no es poco. Podría estar ahora mismo en Lima, entrevistando a los candidatos presidenciales en un estudio de televisión. Me ofrecí a todos los canales, sin cobrar honorarios, pero ninguno condescendió a darme tribuna, tal vez porque tengo fama de loco. Por eso he venido a Río Grande, Puerto Rico, donde contemplo el mar encrespado y recuerdo que los hombres solo estamos de paso en la arena, los políticos son fiebres transitorias y las olas espumosas no habrán de detenerse, porque la majestuosidad del mar, como la belleza del arte, son eternas.
En pocos días los peruanos habrán de elegir a un presidente, o a dos candidatos que semanas después se disputarán la presidencia. Yo, que hace muchos años sobrevivo fuera del Perú, y no tengo planes de volver a residir en ese país del que escapé … soñando con ser un escritor, me abstendré de votar. Por primera vez en mi vida, ya sesentón, desencantado de la política, he resuelto no votar en primera ni en segunda vuelta. Elijo preservar una saludable independencia, no mancharme, cuidar mi libertad de opinión. En el país donde nací, los políticos se entrometen en el ámbito de nuestras libertades cuando nos obligan a votar, bajo amenaza de cobrarnos una multa, si ejercemos la abstención. Nadie debería imponernos un castigo por inhibirnos de votar. En mi caso, la sanción o la pena ha sido arrastrarme a votar, porque los políticos en quienes he depositado mi confianza, de derechas y de izquierdas, han encontrado la manera de decepcionarme, tarde o temprano.
La otra tarde salí a comer con mi madre y con mis suegros, allá lejos, en Lima, la ciudad del polvo y la niebla, donde nací. Cometí el error de preguntarles, sin advertir el peligro, por quién pensaban votar. Sin dudarlo, los tres dijeron que votarán por el candidato de derechas religiosas, el abanderado del Opus Dei, un señor calvo y ventrudo, malhablado y aguantado, que va por calles y plazas insultando y amenazando con palabrotas que no parecen salidas de los sagrados evangelios, un señor que, a la tierna edad de diecinueve años, eligió extrañamente la abstinencia sexual, tal vez por celosa rectitud moral, o porque el sexo le daba miedo. Yo sé lo que es tener miedo al deseo erótico, a las pulsiones de la carne, a la rendición del cuerpo. Lo descubrí a esa misma edad, diecinueve años, cuando, en amores con una chica de la universidad, me enamoré también de un amigo. Avergonzado por esa circunstancia impensada e ingobernable, no se me ocurrió afiliarme al Opus Dei, sino marcharme del gran teatro de la vida, una tentativa autodestructiva, la de tragar todos los somníferos, en la que, por desgracia para mis compatriotas, fracasé. Mi madre y mis suegros votarán entonces por el señor del Opus Dei, porque, según dicen, es un hombre inteligente, que ha hecho mucho dinero. No comparto esa opinión. No me siento representado en modo alguno por el señor del Opus Dei, a pesar de que mi madre milita en esa cofradía. La verdad es que desconfío de cualquier político que se autoflagela, se condena al celibato, se niega al amor en su dimensión más humana y no se atreve a celebrar las íntimas ceremonias del deseo.
Por supuesto, podría votar nuevamente por la hija del exdictador, la candidata de derechas populares, quien, a una semana de los comicios, encabeza los sondeos de intención de voto. Debo confesar, como quien confiesa una fechoría, o una felonía, que he votado por esa señora en los tres últimos balotajes presidenciales, procurando impedir el triunfo de un militar nacionalista (que ahora está preso), un empresario agringado (con prisión domiciliaria) y un comunista con sombrero (preso por golpista), habiendo sido mis papeletas de sufragio perfectamente inútiles, pues la candidata que entonces gozaba de mis simpatías perdió las tres veces, a pesar de mi apoyo, o debido a él. Votar por ella en tres elecciones ha sido más que suficiente, en lo que a mí respecta. La recuerdo como una novia antigua a la que he dejado de querer, sin guardarle rencores, el cariño de antaño erosionado por la llovizna del tiempo. No es mi amiga, tampoco mi enemiga. Sus adversarios le reprochan que, tras perder tantas veces, sea terca, obstinada, y aspire por cuarta ocasión a la presidencia. No me molesta que la señora sea porfiada. Supongo que, fuera de la política, su vida carecería de sentido y sería una zombi, como yo una criatura afantasmada si dejase de escribir.
A diferencia del candidato del Opus Dei, la hija del exdictador ha sido revolcada, una y otra vez, por las bajas pasiones humanas, y sin embargo no se ha ahogado: su padre quiso matar a su madre; su padre se rebajó a ser dictador, huyó cobardemente, envejeció en la cárcel, murió sin verla elegida presidenta; su hermano pasó a ser su enemigo; su esposo la abandonó para dedicarse a la farándula; y ella misma pasó noches de infamia en la cárcel. Quiero decir: si el candidato del Opus Dei eligió resbalarse por la vida como un santurrón procaz, la hija del exdictador ha tenido que cargar la cruz del oprobio que le dejó su padre. Por eso he comprendido que, si los peruanos la eligen presidenta, será también un triunfo póstumo de su padre, el exdictador, quien no merece ese honor tardío, pues ningún autócrata debería ser recordado con nostalgia, como si hubiesen sido mejores los tiempos en que nos privaron de nuestras libertades. Ahora bien, ¿una clara mayoría de sus compatriotas repudia a la hija del exdictador? No estoy tan seguro: en los dos últimos balotajes, obtuvo casi nueve millones de votos, perdiendo por una diferencia minúscula.
Quien podría dar una sorpresa, pasando a la segunda vuelta, es un comediante genial, el más talentoso del país, a quien he entrevistado muchas veces en mis programas de televisión, él haciendo unas imitaciones prodigiosas, yo doblándome de risa, el público estallando en carcajadas. Ese señor, al que considero mi amigo, y a quien debo muchas horas de felicidad escandalosa en televisión, es querido por mucha gente, como suelen ser queridos los humoristas de todas partes, quienes, gracias a su inventiva, sus ocurrencias, su ingenio y su capacidad de improvisación, nos hacen reír como ningún político sería capaz de hacernos reír. Quiero decir: es mucho más difícil ser un comediante que un político, es mucho más arduo divertir a la gente que asustarla o manipularla o aburrirla, como hacen los políticos profesionales, esa caterva de inútiles, trepadores, buenos para nada. Podría decirse que el comediante no posee suficiente experiencia política. Podría decirse que una cosa es contar chistes y otra bien distinta gobernar un país. Podría decirse que los zapatos de presidente le quedarían grandes. Podría decirse que, al convertirse en político, ha creado un personaje y ahora se imita a sí mismo. Yo lo veo de otra manera. Creo que para triunfar como humorista hay que ser condenadamente inteligente, entender al público, saber seducirlo, saber decirle lo que desea escuchar. Por otra parte, el comediante se ha negado a revelar su preferencia sexual. A diferencia del candidato del Opus Dei, no parece haber elegido el camino de la represión y la castidad, pero, pudorosamente, prefiere no hablar de ello, cómo podríamos no entenderlo.
En cuanto a la izquierda, hay por lo menos tres candidatos subiendo afanosamente en las encuestas, y uno de ellos podría auparse en el tren bala del balotaje. Desde lejos, desde una playa en Río Grande, Puerto Rico, donde escribo estas líneas, el más peligroso me parece otro comunista con sombrero, aliado de golpistas, favorecido por los más pobres. Luego se ofrece como curandero un respetado economista y profesor universitario, a quien sus enemigos acusan de haber sido ladrón de bancos. Finalmente conspira por el poder un señor que ha sido ministro de cultura, habla con propiedad, parece haber leído novelas, cosa rara en un político, y no despierta temores de romper el sistema, pues se perfila como un político de izquierda democrática, moderna, progresista. De esos tres espadachines, este último es quien me resulta más estimable, también porque está subido de peso, vive en una playa, llegó tarde al debate y lo hizo en moto.
Si bien no iré a votar, veo con simpatía la candidatura de un amigo periodista de toda la vida, quien se ha lucido en los debates como esgrimista de la palabra, así como celebro la valerosa postulación del nieto de un gran expresidente, cuyo esfuerzo ha adecentado la campaña y no ha sido en vano. A juzgar por las encuestas, ninguno pasará al balotaje. Sin embargo, a veces los políticos que pierden son los que, a la postre, acaban ganando. Ellos, el periodista del pelo renegrido y el nieto del político quijotesco, si bien no ganarán la presidencia, han ganado respeto, lo que no es poco.
Podría estar ahora mismo en Lima, entrevistando a los candidatos presidenciales en un estudio de televisión. Me ofrecí a todos los canales, sin cobrar honorarios, pero ninguno condescendió a darme tribuna, tal vez porque tengo fama de loco. Por eso he venido a Río Grande, Puerto Rico, donde contemplo el mar encrespado y recuerdo que los hombres solo estamos de paso en la arena, los políticos son fiebres transitorias y las olas espumosas no habrán de detenerse, porque la majestuosidad del mar, como la belleza del arte, son eternas.
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