El Teatro de la Maestranza acogió este Domingo de Resurrección un acto que, siendo Pregón Taurino , terminó siendo algo muy distinto. No fue un pregón al uso. Ni siquiera, estrictamente, un pregón. Fue una reflexión en voz alta. Una disertación profunda, valiente por momentos, incómoda por otros, pero sostenida siempre en la brillantez de su discurso.Durante cuarenta y cinco minutos, Rubén Amón no vino a anunciar la temporada: vino a interpretarla. Y, sobre todo, vino a situar en el centro de todo a Morante de la Puebla .La escena, de alto voltaje institucional , ya marcaba la dimensión del acto. La presencia de la Infanta Elena; del presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, y del alcalde de la ciudad, José Luis Sanz, junto al Teniente de Hermano Mayor de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, Marcelo Mestre, subrayaba el peso simbólico de la cita.Junto a ellos, una amplia representación institucional con consejeros del Gobierno andaluz, delegados territoriales, miembros de la corporación municipal, autoridades militares y representantes del tejido empresarial y social sevillano completaban una imagen de gran ocasión.No faltaron tampoco nombres propios del mundo del toro: ganaderos de primer nivel, apoderados, empresarios, toreros en activo y retirados, además de una nutrida presencia de aficionados que daban al acto ese pulso auténtico que no se improvisa. El delegado de Fiestas Mayores del Ayuntamiento de Sevilla, Manuel Alés , fue el encargado de abrir el acto con una idea clara: «llega el tiempo de otra pasión sevillana». Una frase que, más allá de lo protocolario, vino a subrayar el respaldo institucional sin complejos a la tauromaquia como parte esencial de la identidad de la ciudad. Habló de alegría, de esperanza, de una Sevilla que celebra la vida también a través del rito taurino.El acompañamiento musical de la Banda Sinfónica Municipal , dirigida por Francisco Javier Gutiérrez Juan, puso los sones clásicos —’Manolete’, ‘España Cañí’, ‘Agüero’— a un acto que pronto abandonaría cualquier previsión formal.Juan del Val, la medida exactaEl encargado de presentar al pregonero fue su colega, Juan del Val , quien firmó una intervención medida, elegante y sin exceso . Recordó el origen de la invitación —en un camerino de ‘El Hormiguero’— y se definió como «su banderillero hoy», en una metáfora bien traída.Reivindicó la figura de Amón como uno de los grandes periodistas de España, destacando su inteligencia, su cultura y su capacidad para moverse con solvencia en cualquier terreno. «Nos da seguridad que alguien tan brillante sea taurino», vino a resumir. Breve y certero, remató con oficio.«Rubén, disfruta»El pregonero arrancó desde la ironía y la conciencia del momento. «Me siento bajo una presión estimulante», confesó antes de compartir la primera frase que se había escrito: «Rubén, disfruta».Brindó su intervención a Curro Vázquez y, a título póstumo, a Ricardo Ortiz, recientemente fallecido en los corrales de Málaga. Y dejó una sentencia que ya queda como una de las frases de la tarde: «Cuanto más vengo a Sevilla, menos me gustan Las Ventas».Porque el discurso transitó constantemente entre Madrid y Sevilla, entre dos formas de entender la tauromaquia. «Claro que Madrid es la primera plaza de España, y claro que Sevilla es la primera del mundo».Morante como centro del universoA partir de ahí, el pregón dejó de ser pregón. Se convirtió en una tesis. En una defensa apasionada —y también intelectual— del fenómeno Morante. Amón habló de trance, de sobreexposición a la belleza , de esa capacidad única de conmover hasta dejar temblando al espectador. «Es un torero insoportable», dijo, en una de esas contradicciones que solo explican lo extraordinario.«Es el más artista de los toreros valientes y el más valiente de los toreros artistas. Es el alfa y el omega». Para Amón, Morante no es solo un torero. Es una religión. Es lo nunca visto. Y, por tanto, irrepetible.Pero el pregonero fue más allá. Entró en la herida. En lo que no siempre se cuenta. En la enfermedad de Morante, en esa hipersensibilidad que él mismo definió como un estado que lo expone a los límites de la razón y del sentimiento. Habló del torero que se pierde para encontrarse, del hombre que ha tenido que desaparecer para poder volver.Ahí situó uno de los momentos más intensos del discurso: la retirada de Madrid. Aquella tarde en plaza de toros de Las Ventas, que describió como un cuadro de Caravaggio, oscuro, dramático, casi violento en su belleza. Un final que no era un final, sino una caída necesaria. Un descenso para luego ascender.La Portada de ABC y lo que le falta a la fiestaAmón también detuvo su mirada en la portada de ABC de este mismo domingo , dando la razón al maestro —vino a decir— a quien sostiene que eso es, precisamente, lo que le hace falta a la fiesta. Y ahí introdujo otra de las reflexiones más certeras del discurso: el papel de los medios de comunicación . No como un detalle menor, sino como un síntoma. Como el reflejo de lo que hoy necesitan los toros: relato, defensa y presencia mediática.Porque una de las críticas de mayor calado fue esa: el silencio. Y, de manera especial, el de la radiotelevisión pública española. La ausencia de la tauromaquia en la conversación general. Puso como ejemplo Pamplona, donde —según explicó— se habla más de lo accesorio que de lo esencial. Del encierro, pero no de la corrida. «Como si al llegar a chiqueros los toros se esfumaran».Frente a ese vacío, reivindicó el morantismo como una verdad sin estrategia. Como un fenómeno que no necesita marketing porque se sostiene en la emoción. En un tiempo en el que buena parte de los jóvenes consumen la información a través de las redes sociales, se habla constantemente de Morante… precisamente de un torero que ni siquiera cuenta con canales oficiales.Un discurso con aristaEl pregón también tuvo filo político. Sin rodeos. Amón criticó abiertamente lo que considera un ataque de la izquierda política y de ciertos nacionalismos a la tauromaquia. Lo hizo desde una posición personal —reconociéndose antiguo votante socialista— y con un tono directo, sin matices. Más allá de la carga ideológica, el discurso planteó una idea de fondo: la tauromaquia como elemento incómodo para la sociedad contemporánea.«Somos un escándalo» , vino a decir. Y en esa incomodidad situó una de las claves de su supervivencia. Señaló directamente al ministro de Cultura, Ernest Urtasun, en una de las referencias más contundentes: «Le niega la mano al Juli y se la brinda a Otegui». Los jóvenes y el regresoFrente a ese contexto, destacó un fenómeno: el regreso de los jóvenes. No le interesa tanto por qué van, sino por qué vuelven. Y en ese regreso vuelve a aparecer Morante como eje , como figura que atrae, transforma y genera afición. Un morantismo que, según Amón, se expande incluso más allá del conocimiento profundo de la tauromaquia. Como emoción pura.Morante, mito y resurrecciónEl final fue puro arrebato literario. Morante como Picasso. Como Joselito. Como Belmonte . Como los dioses del Olimpo. Como un torero que murió simbólicamente el 12 de octubre de 2025 en Madrid y que resucita este Domingo de Resurrección en Sevilla. «Y si no me creen, vayan a verlo». Ni pregón ni falta que hizo. Y ahí está la clave. Lo de Rubén Amón fue un discurso brillante. De altura. De pensamiento. Pero no fue un pregón. No anunció la temporada ni dibujó sus líneas, ni ordenó el calendario emocional de la afición como dicta la tradición sevillana. No hubo carteles en la palabra ni estructura reconocible en el guion. Y, sin embargo, ocurrió algo más profundo. Porque lo verdaderamente importante no fue lo que dijo, sino lo que provocó.Durante cuarenta y cinco minutos, Sevilla se detuvo. Se miró en el espejo de su propia contradicción. Entre la tradición y el cuestionamiento . Entre la defensa y el silencio. Entre la emoción pura y el debate que la rodea. Y en ese ejercicio —poco habitual en tiempos de ruido— el pregón encontró su verdadero sentido.Amón no vino a anunciar lo que va a pasar. Vino a explicar lo que está pasando. Y lo que está pasando tiene nombre propio. Tiene pulso. Tiene temblor. Tiene incluso herida. Porque Morante no es solo un torero en este tiempo. Es una forma de entenderlo . Una manera de sentir la belleza hasta el límite. De incomodar, de desbordar, de no dejar indiferente. De obligar a posicionarse.Quizá por eso el pregón no necesitó serlo. Y Sevilla salió al Paseo de Colón con esa sensación extraña de haber asistido a algo distinto. A un pregón que no fue pregón. A una disertación que terminó siendo declaración. A una defensa sin complejos de la fiesta, pero también a una advertencia.Porque la tauromaquia —vino a decir Rubén Amón— no solo se juega en el ruedo. Se juega en la mirada. En el relato. En la capacidad de emocionar y de explicarse. Y en ese terreno, hoy por hoy, hay un nombre que lo sostiene todo: Morante de la Puebla. El Teatro de la Maestranza acogió este Domingo de Resurrección un acto que, siendo Pregón Taurino , terminó siendo algo muy distinto. No fue un pregón al uso. Ni siquiera, estrictamente, un pregón. Fue una reflexión en voz alta. Una disertación profunda, valiente por momentos, incómoda por otros, pero sostenida siempre en la brillantez de su discurso.Durante cuarenta y cinco minutos, Rubén Amón no vino a anunciar la temporada: vino a interpretarla. Y, sobre todo, vino a situar en el centro de todo a Morante de la Puebla .La escena, de alto voltaje institucional , ya marcaba la dimensión del acto. La presencia de la Infanta Elena; del presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, y del alcalde de la ciudad, José Luis Sanz, junto al Teniente de Hermano Mayor de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, Marcelo Mestre, subrayaba el peso simbólico de la cita.Junto a ellos, una amplia representación institucional con consejeros del Gobierno andaluz, delegados territoriales, miembros de la corporación municipal, autoridades militares y representantes del tejido empresarial y social sevillano completaban una imagen de gran ocasión.No faltaron tampoco nombres propios del mundo del toro: ganaderos de primer nivel, apoderados, empresarios, toreros en activo y retirados, además de una nutrida presencia de aficionados que daban al acto ese pulso auténtico que no se improvisa. El delegado de Fiestas Mayores del Ayuntamiento de Sevilla, Manuel Alés , fue el encargado de abrir el acto con una idea clara: «llega el tiempo de otra pasión sevillana». Una frase que, más allá de lo protocolario, vino a subrayar el respaldo institucional sin complejos a la tauromaquia como parte esencial de la identidad de la ciudad. Habló de alegría, de esperanza, de una Sevilla que celebra la vida también a través del rito taurino.El acompañamiento musical de la Banda Sinfónica Municipal , dirigida por Francisco Javier Gutiérrez Juan, puso los sones clásicos —’Manolete’, ‘España Cañí’, ‘Agüero’— a un acto que pronto abandonaría cualquier previsión formal.Juan del Val, la medida exactaEl encargado de presentar al pregonero fue su colega, Juan del Val , quien firmó una intervención medida, elegante y sin exceso . Recordó el origen de la invitación —en un camerino de ‘El Hormiguero’— y se definió como «su banderillero hoy», en una metáfora bien traída.Reivindicó la figura de Amón como uno de los grandes periodistas de España, destacando su inteligencia, su cultura y su capacidad para moverse con solvencia en cualquier terreno. «Nos da seguridad que alguien tan brillante sea taurino», vino a resumir. Breve y certero, remató con oficio.«Rubén, disfruta»El pregonero arrancó desde la ironía y la conciencia del momento. «Me siento bajo una presión estimulante», confesó antes de compartir la primera frase que se había escrito: «Rubén, disfruta».Brindó su intervención a Curro Vázquez y, a título póstumo, a Ricardo Ortiz, recientemente fallecido en los corrales de Málaga. Y dejó una sentencia que ya queda como una de las frases de la tarde: «Cuanto más vengo a Sevilla, menos me gustan Las Ventas».Porque el discurso transitó constantemente entre Madrid y Sevilla, entre dos formas de entender la tauromaquia. «Claro que Madrid es la primera plaza de España, y claro que Sevilla es la primera del mundo».Morante como centro del universoA partir de ahí, el pregón dejó de ser pregón. Se convirtió en una tesis. En una defensa apasionada —y también intelectual— del fenómeno Morante. Amón habló de trance, de sobreexposición a la belleza , de esa capacidad única de conmover hasta dejar temblando al espectador. «Es un torero insoportable», dijo, en una de esas contradicciones que solo explican lo extraordinario.«Es el más artista de los toreros valientes y el más valiente de los toreros artistas. Es el alfa y el omega». Para Amón, Morante no es solo un torero. Es una religión. Es lo nunca visto. Y, por tanto, irrepetible.Pero el pregonero fue más allá. Entró en la herida. En lo que no siempre se cuenta. En la enfermedad de Morante, en esa hipersensibilidad que él mismo definió como un estado que lo expone a los límites de la razón y del sentimiento. Habló del torero que se pierde para encontrarse, del hombre que ha tenido que desaparecer para poder volver.Ahí situó uno de los momentos más intensos del discurso: la retirada de Madrid. Aquella tarde en plaza de toros de Las Ventas, que describió como un cuadro de Caravaggio, oscuro, dramático, casi violento en su belleza. Un final que no era un final, sino una caída necesaria. Un descenso para luego ascender.La Portada de ABC y lo que le falta a la fiestaAmón también detuvo su mirada en la portada de ABC de este mismo domingo , dando la razón al maestro —vino a decir— a quien sostiene que eso es, precisamente, lo que le hace falta a la fiesta. Y ahí introdujo otra de las reflexiones más certeras del discurso: el papel de los medios de comunicación . No como un detalle menor, sino como un síntoma. Como el reflejo de lo que hoy necesitan los toros: relato, defensa y presencia mediática.Porque una de las críticas de mayor calado fue esa: el silencio. Y, de manera especial, el de la radiotelevisión pública española. La ausencia de la tauromaquia en la conversación general. Puso como ejemplo Pamplona, donde —según explicó— se habla más de lo accesorio que de lo esencial. Del encierro, pero no de la corrida. «Como si al llegar a chiqueros los toros se esfumaran».Frente a ese vacío, reivindicó el morantismo como una verdad sin estrategia. Como un fenómeno que no necesita marketing porque se sostiene en la emoción. En un tiempo en el que buena parte de los jóvenes consumen la información a través de las redes sociales, se habla constantemente de Morante… precisamente de un torero que ni siquiera cuenta con canales oficiales.Un discurso con aristaEl pregón también tuvo filo político. Sin rodeos. Amón criticó abiertamente lo que considera un ataque de la izquierda política y de ciertos nacionalismos a la tauromaquia. Lo hizo desde una posición personal —reconociéndose antiguo votante socialista— y con un tono directo, sin matices. Más allá de la carga ideológica, el discurso planteó una idea de fondo: la tauromaquia como elemento incómodo para la sociedad contemporánea.«Somos un escándalo» , vino a decir. Y en esa incomodidad situó una de las claves de su supervivencia. Señaló directamente al ministro de Cultura, Ernest Urtasun, en una de las referencias más contundentes: «Le niega la mano al Juli y se la brinda a Otegui». Los jóvenes y el regresoFrente a ese contexto, destacó un fenómeno: el regreso de los jóvenes. No le interesa tanto por qué van, sino por qué vuelven. Y en ese regreso vuelve a aparecer Morante como eje , como figura que atrae, transforma y genera afición. Un morantismo que, según Amón, se expande incluso más allá del conocimiento profundo de la tauromaquia. Como emoción pura.Morante, mito y resurrecciónEl final fue puro arrebato literario. Morante como Picasso. Como Joselito. Como Belmonte . Como los dioses del Olimpo. Como un torero que murió simbólicamente el 12 de octubre de 2025 en Madrid y que resucita este Domingo de Resurrección en Sevilla. «Y si no me creen, vayan a verlo». Ni pregón ni falta que hizo. Y ahí está la clave. Lo de Rubén Amón fue un discurso brillante. De altura. De pensamiento. Pero no fue un pregón. No anunció la temporada ni dibujó sus líneas, ni ordenó el calendario emocional de la afición como dicta la tradición sevillana. No hubo carteles en la palabra ni estructura reconocible en el guion. Y, sin embargo, ocurrió algo más profundo. Porque lo verdaderamente importante no fue lo que dijo, sino lo que provocó.Durante cuarenta y cinco minutos, Sevilla se detuvo. Se miró en el espejo de su propia contradicción. Entre la tradición y el cuestionamiento . Entre la defensa y el silencio. Entre la emoción pura y el debate que la rodea. Y en ese ejercicio —poco habitual en tiempos de ruido— el pregón encontró su verdadero sentido.Amón no vino a anunciar lo que va a pasar. Vino a explicar lo que está pasando. Y lo que está pasando tiene nombre propio. Tiene pulso. Tiene temblor. Tiene incluso herida. Porque Morante no es solo un torero en este tiempo. Es una forma de entenderlo . Una manera de sentir la belleza hasta el límite. De incomodar, de desbordar, de no dejar indiferente. De obligar a posicionarse.Quizá por eso el pregón no necesitó serlo. Y Sevilla salió al Paseo de Colón con esa sensación extraña de haber asistido a algo distinto. A un pregón que no fue pregón. A una disertación que terminó siendo declaración. A una defensa sin complejos de la fiesta, pero también a una advertencia.Porque la tauromaquia —vino a decir Rubén Amón— no solo se juega en el ruedo. Se juega en la mirada. En el relato. En la capacidad de emocionar y de explicarse. Y en ese terreno, hoy por hoy, hay un nombre que lo sostiene todo: Morante de la Puebla.
El Teatro de la Maestranza acogió este Domingo de Resurrección un acto que, siendo Pregón Taurino, terminó siendo algo muy distinto. No fue un pregón al uso. Ni siquiera, estrictamente, un pregón. Fue una reflexión en voz alta. Una disertación profunda, valiente por momentos, … incómoda por otros, pero sostenida siempre en la brillantez de su discurso.
Durante cuarenta y cinco minutos, Rubén Amón no vino a anunciar la temporada: vino a interpretarla. Y, sobre todo, vino a situar en el centro de todo a Morante de la Puebla.
La escena, de alto voltaje institucional, ya marcaba la dimensión del acto. La presencia de la Infanta Elena; del presidente de la Junta de Andalucía, Juan Manuel Moreno Bonilla, y del alcalde de la ciudad, José Luis Sanz, junto al Teniente de Hermano Mayor de la Real Maestranza de Caballería de Sevilla, Marcelo Maestre, subrayaba el peso simbólico de la cita.
Junto a ellos, una amplia representación institucional con consejeros del Gobierno andaluz, delegados territoriales, miembros de la corporación municipal, autoridades militares y representantes del tejido empresarial y social sevillano completaban una imagen de gran ocasión.
No faltaron tampoco nombres propios del mundo del toro: ganaderos de primer nivel, apoderados, empresarios, toreros en activo y retirados, además de una nutrida presencia de aficionados que daban al acto ese pulso auténtico que no se improvisa.
El delegado de Fiestas Mayores del Ayuntamiento de Sevilla, Manuel Alés, fue el encargado de abrir el acto con una idea clara: «llega el tiempo de otra pasión sevillana». Una frase que, más allá de lo protocolario, vino a subrayar el respaldo institucional sin complejos a la tauromaquia como parte esencial de la identidad de la ciudad. Habló de alegría, de esperanza, de una Sevilla que celebra la vida también a través del rito taurino.
El acompañamiento musical de la Banda Sinfónica Municipal, dirigida por Francisco Javier Gutiérrez Juan, puso los sones clásicos —’Manolete’, ‘España cañí’, ‘Agüero’— a un acto que pronto abandonaría cualquier previsión formal.
Juan del Val, la medida exacta
El encargado de presentar al pregonero fue su colega, Juan del Val, quien firmó una intervención medida, elegante y sin exceso. Recordó el origen de la invitación —en un camerino de ‘El Hormiguero’— y se definió como «su banderillero hoy», en una metáfora bien traída.
Reivindicó la figura de Amón como uno de los grandes periodistas de España, destacando su inteligencia, su cultura y su capacidad para moverse con solvencia en cualquier terreno. «Nos da seguridad que alguien tan brillante sea taurino», vino a resumir. Breve y certero, remató con oficio.
«Rubén, disfruta»
El pregonero arrancó desde la ironía y la conciencia del momento. «Me siento bajo una presión estimulante», confesó antes de compartir la primera frase que se había escrito: «Rubén, disfruta».
Brindó su intervención a Curro Vázquez y, a título póstumo, a Ricardo Ortiz, recientemente fallecido en los corrales de Málaga. Y dejó una sentencia que ya queda como una de las frases de la tarde: «Cuanto más vengo a Sevilla, menos me gustan Las Ventas».
Porque el discurso transitó constantemente entre Madrid y Sevilla, entre dos formas de entender la tauromaquia. «Claro que Madrid es la primera plaza de España, y claro que Sevilla es la primera del mundo».
Morante como centro del universo
A partir de ahí, el pregón dejó de ser pregón. Se convirtió en una tesis. En una defensa apasionada —y también intelectual— del fenómeno Morante. Amón habló de trance, de sobreexposición a la belleza, de esa capacidad única de conmover hasta dejar temblando al espectador. «Es un torero insoportable», dijo, en una de esas contradicciones que solo explican lo extraordinario.
«Es el más artista de los toreros valientes y el más valiente de los toreros artistas. Es el alfa y el omega». Para Amón, Morante no es solo un torero. Es una religión. Es lo nunca visto. Y, por tanto, irrepetible.
Pero el pregonero fue más allá. Entró en la herida. En lo que no siempre se cuenta. En la enfermedad de Morante, en esa hipersensibilidad que él mismo definió como un estado que lo expone a los límites de la razón y del sentimiento. Habló del torero que se pierde para encontrarse, del hombre que ha tenido que desaparecer para poder volver.
Ahí situó uno de los momentos más intensos del discurso: la retirada de Madrid. Aquella tarde en plaza de toros de Las Ventas, que describió como un cuadro de Caravaggio, oscuro, dramático, casi violento en su belleza. Un final que no era un final, sino una caída necesaria. Un descenso para luego ascender.
La Portada de ABC y lo que le falta a la fiesta
Amón también detuvo su mirada en la portada de ABC de este mismo domingo, dando la razón al maestro —vino a decir— a quien sostiene que eso es, precisamente, lo que le hace falta a la fiesta.
Y ahí introdujo otra de las reflexiones más certeras del discurso: el papel de los medios de comunicación. No como un detalle menor, sino como un síntoma. Como el reflejo de lo que hoy necesitan los toros: relato, defensa y presencia mediática.
Porque una de las críticas de mayor calado fue esa: el silencio. Y, de manera especial, el de la radiotelevisión pública española. La ausencia de la tauromaquia en la conversación general. Puso como ejemplo Pamplona, donde —según explicó— se habla más de lo accesorio que de lo esencial. Del encierro, pero no de la corrida. «Como si al llegar a chiqueros los toros se esfumaran».
Frente a ese vacío, reivindicó el morantismo como una verdad sin estrategia. Como un fenómeno que no necesita marketing porque se sostiene en la emoción. En un tiempo en el que buena parte de los jóvenes consumen la información a través de las redes sociales, se habla constantemente de Morante… precisamente de un torero que ni siquiera cuenta con canales oficiales.
Un discurso con arista
El pregón también tuvo filo político. Sin rodeos. Amón criticó abiertamente lo que considera un ataque de la izquierda política y de ciertos nacionalismos a la tauromaquia. Lo hizo desde una posición personal —reconociéndose antiguo votante socialista— y con un tono directo, sin matices. Más allá de la carga ideológica, el discurso planteó una idea de fondo: la tauromaquia como elemento incómodo para la sociedad contemporánea.
«Somos un escándalo», vino a decir. Y en esa incomodidad situó una de las claves de su supervivencia. Señaló directamente al ministro de Cultura, Ernest Urtasun, en una de las referencias más contundentes: «Le niega la mano al Juli y se la brinda a Otegui».
Los jóvenes y el regreso
Frente a ese contexto, destacó un fenómeno: el regreso de los jóvenes. No le interesa tanto por qué van, sino por qué vuelven. Y en ese regreso vuelve a aparecer Morante como eje, como figura que atrae, transforma y genera afición. Un morantismo que, según Amón, se expande incluso más allá del conocimiento profundo de la tauromaquia. Como emoción pura.
Morante, mito y resurrección
El final fue puro arrebato literario. Morante como Picasso. Como Joselito. Como Belmonte. Como los dioses del Olimpo. Como un torero que murió simbólicamente el 12 de octubre de 2025 en Madrid y que resucita este Domingo de Resurrección en Sevilla. «Y si no me creen, vayan a verlo».
Ni pregón ni falta que hizo. Y ahí está la clave. Lo de Rubén Amón fue un discurso brillante. De altura. De pensamiento. Pero no fue un pregón. No anunció la temporada ni dibujó sus líneas, ni ordenó el calendario emocional de la afición como dicta la tradición sevillana. No hubo carteles en la palabra ni estructura reconocible en el guion. Y, sin embargo, ocurrió algo más profundo. Porque lo verdaderamente importante no fue lo que dijo, sino lo que provocó.
Durante cuarenta y cinco minutos, Sevilla se detuvo. Se miró en el espejo de su propia contradicción. Entre la tradición y el cuestionamiento. Entre la defensa y el silencio. Entre la emoción pura y el debate que la rodea. Y en ese ejercicio —poco habitual en tiempos de ruido— el pregón encontró su verdadero sentido.
Amón no vino a anunciar lo que va a pasar. Vino a explicar lo que está pasando. Y lo que está pasando tiene nombre propio. Tiene pulso. Tiene temblor. Tiene incluso herida. Porque Morante no es solo un torero en este tiempo. Es una forma de entenderlo. Una manera de sentir la belleza hasta el límite. De incomodar, de desbordar, de no dejar indiferente. De obligar a posicionarse.
Quizá por eso el pregón no necesitó serlo. Y Sevilla salió al Paseo de Colón con esa sensación extraña de haber asistido a algo distinto. A un pregón que no fue pregón. A una disertación que terminó siendo declaración. A una defensa sin complejos de la fiesta, pero también a una advertencia.
Porque la tauromaquia —vino a decir Rubén Amón— no solo se juega en el ruedo. Se juega en la mirada. En el relato. En la capacidad de emocionar y de explicarse. Y en ese terreno, hoy por hoy, hay un nombre que lo sostiene todo: Morante de la Puebla.
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