Qué ganas tenían de que las tocara. Y qué ganas tenía él de tocarlas. Con un estampado con la bandera de Panamá, las maracas esperaban colgadas de un micrófono en el centro del escenario a que Rubén Blades las zarandeara al ritmo de su salsa. No tardó más de dos minutos en hacerlo, vestido de negro, con su sombrero pork pie y gafas de sol. Era el inicio del concierto del panameño anoche en las Noches del Botánico de Madrid, que entre el ajetreo de maracas y el baile —mucho baile— se convirtió pronto en una oda a Latinoamérica y a su gente; a la migración, las raíces y la cultura compartida.
Qué ganas tenían de que las tocara. Y qué ganas tenía él de tocarlas. Con un estampado con la bandera de Panamá, las maracas esperaban colgadas de un micrófono en el centro del escenario a que Rubén Blades las zarandeara al ritmo de su salsa. No tardó más de dos minutos en hacerlo, vestido de negro, con su sombrero pork pie y gafas de sol. Era el inicio del concierto del panameño anoche en las Noches del Botánico de Madrid, que entre el ajetreo de maracas y el baile —mucho baile— se convirtió pronto en una oda a Latinoamérica y a su gente; a la migración, las raíces y la cultura compartida. Seguir leyendo
Qué ganas tenían de que las tocara. Y qué ganas tenía él de tocarlas. Con un estampado con la bandera de Panamá, las maracas esperaban colgadas de un micrófono en el centro del escenario a que Rubén Blades las zarandeara al ritmo de su salsa. No tardó más de dos minutos en hacerlo, vestido de negro, con su sombrero pork pie y gafas de sol. Era el inicio del concierto del panameño anoche en las Noches del Botánico de Madrid, que entre el ajetreo de maracas y el baile —mucho baile— se convirtió pronto en una oda a Latinoamérica y a su gente; a la migración, las raíces y la cultura compartida.
Lo avisaba el escritor colombiano Juan Gabriel Vásquez a las puertas del recinto minutos antes del espectáculo: “Rubén Blades ha sido uno de los grandes cronistas de la América Latina del último medio siglo. Su música hoy es más importante que nunca porque el mundo le ha dado un alcance y una urgencia ética, convirtiéndola en un lugar de resistencia a los peores impulsos de la nueva política reaccionaria”. Y hasta ahí llegaron 4.000 personas, que llenaron el lugar, con la misma idea. Si a algunos artistas les reprochan en mitad de un concierto sus reivindicaciones políticas, a Blades se las exigen. “Culturalmente”, explicaba la colombiana afincada en Madrid Irene Arzuaga, “su discurso político irrumpió como un tren. Fue brutal”. “Ha contado nuestras historias y nuestra idiosincrasia. Y sus canciones de los años 70 están más vigentes que nunca”, complementaba la peruana Karen Vázquez, de 44 años.

El músico respondió a esa urgencia con un repertorio lleno de su salsa más comprometida y con su habitual oratoria entre canciones. Apenas al empezar, pasó lista —como hace desde hace décadas, en un gesto que emuló Bad Bunny en la Super Bowl— nombrando a los países latinoamericanos para arrancar un “¡presente!” de su público y dibujar, de paso, su variedad: muchos venezolanos, peruanos y colombianos; menos cantidad de mexicanos, chilenos y puertorriqueños.
En la primera mitad sonaron País portátil, una crítica a la corrupción y a la pérdida de identidad; Prohibido olvidar o la conmovedora Todos vuelven, un canto al desarraigo y al retorno a las raíces. “Soy emigrante” —”¡y yo!”, gritó alguien con orgullo desde el público—, contó Blades. “Me fui de Panamá en el 74 por un problema que tuvo mi papá con la dictadura. Estudié Leyes, yo no iba a ser cantante. Mucha gente piensa que en Latinoamérica pensamos: ‘Ay, Dios mío, cuándo aprendo a caminar para irme de aquí’. No, nos vamos porque los gobiernos nos fuerzan”. Llamó a la participación de la ciudadanía para solventar la situación política —“lo que pasa es culpa nuestra”— y recordó también a los damnificados por los incendios en España y a las víctimas de los terremotos en Venezuela.
Hubo espacio incluso para un homenaje a los grandes artistas fallecidos que lo han inspirado. Con Todos vuelven proyectó, a manera de In memoriam, los rostros de algunos de ellos: desde Celia Cruz hasta Héctor Lavoe, Ismael Rivera, Tito Puente, Paco de Lucía o el propio Willie Colón, con quien nunca se reconcilió públicamente.
La fortísima carga política y social se aligeró en la segunda mitad. Sonaron algunas de sus canciones más recientes, como Fotografías, La belleza del son o Arayué y salió la personalidad más divertida del cantante. Bailó casi tanto como la gente, fue cercano con su público, repartió botellines de agua a la primera fila, bromeó con las declaraciones de amor —“me amas porque no vives conmigo”, le soltó a alguien del público— y jugueteó con su grupo: la Roberto Delgado Big Band, a la que cedió constantemente el protagonismo, pidiendo aplausos para sus músicos durante todo el concierto. “No me gusta cuando se piensa que el éxito es cosa de uno solo. Hay muchos más que no han tenido las mismas oportunidades y mucho más talentosos que yo. Como es el caso de esta banda”, contó.

Para cuando el lugar entero cantaba al unísono Pedro Navaja, una hora y tres cuartos después del primer meneo de maracas, aquello era un festival de bailes compartidos y cuerpos cada vez más pegados. También había caído ya más de una lágrima. “Estoy totalmente conmovida”, reconocía la venezolana Carina Martín, de 43 años, “lo sigo desde niña y esto me hace sentir más cerca de casa”.
¿Y se pudo disfrutar del concierto sin ser latinoamericano? Por supuesto. Los había como Ricardo Rivera, “de Madrid de toda la vida”, que disfrutaba de “la cultura latina, los ambientes de la gente capaz de contagiar su frescura”. O como Pedro Rodríguez y Elena Carballo, cuadragenarios que viajaron desde Galicia al concierto. “Maravilloso”, decía ella, “muy emocionante y totalmente ecuménico. Dices: ‘Ostras’. Te sientes muy identificado con Latinoamérica y empatizas”. Y él complementaba: “Además son buenísimos. Él, la banda, un nivel estratosférico y un entorno magnífico. Maravilloso y francamente emocionante”.
Blades, siempre defensor de ”tocar largo”, se ahorró las falsas despedidas y los bises y encadenó 18 canciones en las dos horas de las que disponía para tocar. “Si no terminamos ya nos echan”, dijo antes de despedirse con Parao, una canción que escribió en 2002, pero ahora con un arreglo flamenco de Niño Josele, que subió con él a tocar la guitarra, en un momento delicado y con la luna llena coronando la noche. “Si yo he vivido parao, ay, que me entierren parao / La vida me ha restregado, pero jamás me ha planchado”, cantó pausado. Terminó a las 11, puntual, y salió del escenario casi sin decir adiós. El público, acostumbrado a esas falsas y largas despedidas, no supo bien cómo reaccionar cuando desde el sonido local anunciaron que el concierto había terminado.
Al músico no le dio tiempo ni de amenazar, como había hecho en su concierto en Barcelona un par de días antes —“Uno debe organizarse la vida cuando hay más por detrás que por delante”, dijo antes de decir que en todo caso volvería de turista—, con su retiro de los escenarios. Y menos mal, porque como decía la venezolana Martín saliendo del lugar, “más lágrimas hubieran saltado”.
EL PAÍS
