Son las diez de la mañana en Nueva York. Rufus Wainwright comparece puntual a la videollamada para esta entrevista, pero deja la cámara desconectada. “Aquí todavía es temprano y aún no estoy visible”, dice su voz desde la zona oscura de la pantalla donde aparece su nombre. Está inmerso en una breve residencia en el café del hotel Carlyle, donde, durante cinco días, interpreta canciones que aparecen en I’m a Stranger Here Myself. Wainwright Does Weill, su reciente disco de versiones grabado en directo con la Pacific Jazz Orchestra. “Descubrí la música de Weill con 13 años. En realidad, lo que vi fue una portada en la que una mujer, con una imagen muy poderosa y unos dientes horribles, fumaba un cigarro. Era Lotte Lenya. Compré el disco por aquella portada. Luego, al escucharlo en casa, caí rendido ante las ambientaciones musicales creadas por Weill”.
Son las diez de la mañana en Nueva York. Rufus Wainwright comparece puntual a la videollamada para esta entrevista, pero deja la cámara desconectada. “Aquí todavía es temprano y aún no estoy visible”, dice su voz desde la zona oscura de la pantalla donde aparece su nombre. Está inmerso en una breve residencia en el café del hotel Carlyle, donde, durante cinco días, interpreta canciones que aparecen en I’m a Stranger Here Myself. Wainwright Does Weill, su reciente disco de versiones grabado en directo con la Pacific Jazz Orchestra. “Descubrí la música de Weill con 13 años. En realidad, lo que vi fue una portada en la que una mujer, con una imagen muy poderosa y unos dientes horribles, fumaba un cigarro. Era Lotte Lenya. Compré el disco por aquella portada. Luego, al escucharlo en casa, caí rendido ante las ambientaciones musicales creadas por Weill”. Seguir leyendo
Son las diez de la mañana en Nueva York. Rufus Wainwright comparece puntual a la videollamada para esta entrevista, pero deja la cámara desconectada. “Aquí todavía es temprano y aún no estoy visible”, dice su voz desde la zona oscura de la pantalla donde aparece su nombre. Está inmerso en una breve residencia en el café del hotel Carlyle, donde, durante cinco días, interpreta canciones que aparecen en I’m a Stranger Here Myself. Wainwright Does Weill, su reciente disco de versiones grabado en directo con la Pacific Jazz Orchestra. “Descubrí la música de Weill con 13 años. En realidad, lo que vi fue una portada en la que una mujer, con una imagen muy poderosa y unos dientes horribles, fumaba un cigarro. Era Lotte Lenya. Compré el disco por aquella portada. Luego, al escucharlo en casa, caí rendido ante las ambientaciones musicales creadas por Weill”.
“Me gustaría grabar un disco en francés. Y otro en italiano con versiones de Mina. Soy muy fan suyo y fantaseo con la idea”
Wainwright no es el primer artista proveniente del pop fascinado por el poder evocador del compositor alemán, que inició su carrera en la Alemania de entreguerras y tuvo que exiliarse en París y, posteriormente, en Nueva York. Lou Reed, Marianne Faithfull, Nick Cave y Marc Almond se lo llevaron a su terreno, y mucho antes que ellos, Rubén Blades edificó la archipopular ‘Pedro Navaja’ inspirándose en su ‘Mack the Knife’. “En sus letras, Weill hablaba de los marginados de su época, pero además sus canciones tenían un cierto deje pop, incluso un toque de rock & roll. Por eso me divierte tanto cantarlo. Tiene un sentido de la melodía que de repente te derrite el corazón, pero también puede ser seco, duro”.
Wainwright es un músico al que le gusta retarse con proyectos ajenos al pop, óperas y álbumes de clásica editados en sellos como Deutsche Grammophon o Warner Classics. En esa faceta encajan otros dos proyectos recientes, Opening Night, musical basado en la película Noche de estreno, de John Cassavetes, y una obra clásica titulada Dream Requiem, cantada por la soprano Anna Prohaska y narrada por Meryl Streep. “Es como si estuviera poseído por una necesidad animal de devorar a cualquier otro ser vivo de este bosque. Y no se trata exactamente de mí, sino de mi lado artístico, que es extremadamente curioso y siempre tiene apetito. A veces me despierto y digo: Dios mío, ¡estoy cantando a Judy Garland! O bien: ¡He escrito una ópera! ¿Cómo he sido capaz? Cuando era más joven permitía que esta necesidad mía dominara mi vida, y estaba bien, porque podía dedicar tiempo y energía a crear muchas cosas. Ahora que soy más viejo empiezo a plantearme si no debería tomármelo con más calma”.
Cuesta trabajo visualizar a Wainwright en calma y tranquilidad. Desde 2003, año en el que se ganó un puesto de honor en la música popular con su tercer álbum, Want One, tras dos notabilísimos discos previos como Rufus Wainwright (1998) y Poses (2001), ese impulso creativo lo ha mantenido enlazando giras y discos de lo más dispares. Ni siquiera el confinamiento de 2020 permitió un parón. “Se cancelaron las giras previstas para el disco Unfollow the Rules y, de repente, me vi con un montón de tiempo para centrarme en otros asuntos. La covid fue terrible, pero a mí me permitió sentarme en mi salón y pensar en mis cosas. Le saqué mucho partido a ese periodo. De ahí salieron Dream Requiem, Opening Night y Wainwright Does Weill”.
Eso nos lleva de nuevo a su fascinación por el cancionero de Weill. “La gran mayoría de sus composiciones son muy teatrales, no basta con que intentes cantarlas, has de meterte en ellas, implicarte emocionalmente. Y no hace falta ser un gran cantante para versionarlas. Lotte Lenya no lo era, pero tenía mucho carácter. Ahí está el reto. No puedes fingir, tienes que vivir el drama”. Un drama que persigue a muchos de sus personajes y que no es ajeno al momento histórico —el antes y el después de las dos guerras mundiales— en el que vivió. “En los años veinte vivió en Berlín y estuvo inmerso en un ambiente muy comprometido políticamente, lo que le llevó a trabajar con un marxista como Bertolt Brecht. Eran artistas preocupados por la realidad que se vivía en el mundo y creo que ahora mismo necesitamos algo así. Un grupo de artistas que señalen las atrocidades que se están cometiendo. En cualquier caso, tanto si eres artista como si no, creo que hay que hacer lo posible para combatirlas. Todo debemos aportar algo”.
A Wainwright le resulta curioso verse cantando a Weill a sus 52 años, que fue la edad en la que el compositor falleció, dejando un impresionante legado artístico, con obras escritas en alemán, francés e inglés. Como Weill, Wainwright no tiene miedo a mezclar géneros o de ir saltando de uno en otro. “Me identifico con esa visión musical tan variopinta. Leonard Bernstein y George Gershwin también eran así, así que, qué quieres que te diga, no estoy en mala compañía. Weill nunca se centró en una sola cosa. Hay gente a la que la idea de encasillarse en un solo estilo le agobia, yo soy uno de ellos”.
Aclarado esto, Wainwright anuncia su regreso al pop. “A eso es a lo que estoy dedicado ahora mismo, a escribir y grabar canciones que lleguen con facilidad a la gente. Tengo ideas para un musical escrito por mí, pero, de momento, mi objetivo es ese. Además, ya no me quedan estilos musicales que me apetezca explorar”. Entonces calla durante unos segundos, como si acabara de acordarse de algo, y luego prosigue. “Bueno, me gustaría grabar un disco en francés. Y otro con versiones de Mina. Soy muy fan suyo y a menudo fantaseo con la idea de versionarla. Cantaría en italiano, claro. Esa es la única aventura en la que me enfrascaría, pero dudo que lo haga. Ahora he de terminar mi disco pop”. Todo eso, y ni siquiera son las once de la mañana.

Rufus Wainwright And The Pacific Jazz Orchestra
Thirty Tigers / Popstock!
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