Envidia: tristeza o pesar del bien ajeno, dice el diccionario de la Real Academia. Más que tristeza o pesar, muchos invitamos a la docta institución a incluir la palabra “rabia” y cambiar así la definición: rabia ante el bien ajeno. Si a eso le unimos España, sale algo más explosivo: envidia española. Es decir, toda esa rabia, esa tristeza, ese pesar, incluso dolor, ante lo que contemplamos brillar sin que sepamos reconocerlo y mucho menos disfrutarlo.
La envidia española la quiere clavar en su cruz, pero ver a esta enviada del cielo en viernes santo desata un fervor preferible a cualquier procesión
Envidia: tristeza o pesar del bien ajeno, dice el diccionario de la Real Academia. Más que tristeza o pesar, muchos invitamos a la docta institución a incluir la palabra “rabia” y cambiar así la definición: rabia ante el bien ajeno. Si a eso le unimos España, sale algo más explosivo: envidia española. Es decir, toda esa rabia, esa tristeza, ese pesar, incluso dolor, ante lo que contemplamos brillar sin que sepamos reconocerlo y mucho menos disfrutarlo.
Envidia española pues es lo que manifiesta un porrón de gente ante ese milagro moreno, derroche de encanto y talento asombroso llamado Rosalía. En todos los frentes posibles. En el mediático y el redil, véase en este caso las redes. Que si es puro marketing —¡Marketing—, canta en playback, que si porque hay que hablar tanto de ella, comentan algunos con un tufillo de desprecio… O bailarines a quienes se les ha pasado el arroz: que si cuanto duele verla con ese tutú, que si no domina la técnica de ponerse en puntillas…
Y así se suceden interminables sinrazones de haters frustrados, incluso famosos, que la crujen sin venir a cuento. Ajenos e insensibles a todos los moldes que ella ha destrozado a cada paso con su incesante inconformismo, sin ser conscientes de que su camino no tiene precedentes. Esa es una de las claves que sus detractores ningunean. El hecho de que Rosalía haya sabido beber de todos lados con una sabiduría, una curiosidad infinita y un esfuerzo sin tregua por aprender lo que le conviene para reinventar o cuestionar todos los campos de su mundo: desde el marketing y la promoción a la concepción de cualquiera de sus discos y sus giras en escena. Así ha levantado ella sola, a base de un desafío radical, un nuevo paradigma de la cultura popular y, a la vez, del arte con mayúsculas.
Tampoco terminaríamos de contar infinitas muestras de halagos y deslumbramientos. Como está que leen o algunas de especialistas en arias variadas, con infinitos análisis de su pericia con la voz por parte de logopedas o análisis de expertos en Historia del Arte como Israel Barranco para dar prueba de que lo suyo trasciende la música. Pero es que cuando en una mesa o una conversación proliferan los ataques ante lo que para mí supone la mayor muestra de talento artístico a nivel mundial de los últimos años, no solo en la música, he decidido emplear un argumento que quita a cualquiera las ganas de seguir metiendo cizaña delante de mí. Les invito a que prueben con esto y me sigan.
Me he entregado al dogma y proclamo: sí, creo que Rosalía es la auténtica mesías que el mundo estaba esperando. Que ese concepto neutro y difuso al que llamamos Dios y un día mandó bajar a la Tierra con barba y hecho hombre a su hijo, según las Escrituras, es decir, según esa obra maestra de la literatura que son los Evangelios, ha decidido encarnarse en mujer, descender de los cielos a España —dónde va a parar, ahí el todopoderoso ha demostrado buen tino: mola esto mucho más que Israel— y llamarse Rosalía.
Fe palpable
Así cesan de salir impropios de todas las bocas que no vienen a cuento y se pierden en puras descalificaciones vacuas sin otro motivo que ese, la pura envidia. Uno, que es ateo y sin síntomas de ir a cambiar a estas alturas, en algo tiene que creer. Pues en Rosalía tengo fe. Porque defiendo el arte como modo de salvación elevado y palpable. Para este mundo, nada de trascendencias a otras difusas dimensiones. El más allá no me interesa. Solo el más acá. Sobre todo después de haberla visto en el Movistar Arena de Madrid el pasado viernes santo, un día propicio para las revelaciones de altura.
Lo había intuido hace tiempo. Pero aquella pasada noche, ¿qué vi? Nos podríamos atener a lo que un profético Jon Landau pronosticó en 1974 al acudir a un concierto en el Harvard Square Theatre de Cambridge (Massachusetts): “He visto el futuro del rock and roll y su nombre es Bruce Springsteen“. No le faltaba razón al crítico estadounidense. Pero es que lo de Rosalía salta la barrera de cualquier género musical: se aproxima sin complejos al concepto wagneriano de espectáculo total. Ella es hoy, en pleno siglo XXI, quien mejor encarna la visión que Richard Wagner concibió para la ópera en el XIX.
En Lux, muchas de sus composiciones, aparte de explorar influencias barrocas y románticas, siguen la regla de ruptura que supuso el conocido como acorde de Tristán. Desde Sexo, violencia y llantas a Berghain, de Mio Cristo Piange Diamanti a La yugular y Magnolias, las enseñanzas del genio demoniaco alemán se manifiestan como uno de los referentes que han pasado desapercibidos en la manera de componer de la catalana.
Apenas unas notas rompían desde el principio de la obra maestra wagneriana la expectativa colectiva de la emoción y sumían durante cinco horas al espectador en un universo sonoro, visual y filosófico sobre el amor. Eso logró en Tristán e Isolda. Lo sostenía en base a un perpetuo coitus interruptus que multiplicaba en todos ese sentimiento moderno de ansiedad sistemática del que Wagner fue precursor consciente en la ópera: predijo así una emoción clave para el futuro en medio de un aroma excelso de apocalipsis, plasmada también en la concepción de El anillo del nibelungo, su imponente y revolucionaria tetralogía.
Rosalía ha sabido en Lux utilizar esas herramientas. Pero lejos de una profecía infernal, rebelde ante una atmósfera presente de distopías, las ha revertido y tornado en pura belleza, entusiasmo y celebración de vida. En deslumbramiento, en buena nueva más que en un derroche de nihilismo. En la concepción de un universo sonoro magistral y riquísimo a desarrollar después en gira dentro de un espectáculo total. Es ópera, es danza, es música de una calidad extraordinaria e impura, que mezcla todas las tendencias para conseguir un sello propio, originalísimo, inalcanzable en frescura, audacia y ejecución para otros de sus contemporáneos.
Ha superado con creces y en base a una riquísima propuesta cultural lo que puedan haber representado Beyoncé, Shakira, por supuesto Taylor Swift, Billie Eilish o Madonna, ¿quién se acuerda ya de Madonna? Tan solo juegan en su liga Björk o Lady Gaga. Se asemeja más a una reencarnación de Prince que a cualquier otra cosa.
Rosalía es la gran diva trascendente de nuestro tiempo, el signo de una época. Es una Gioconda flamenca y a la vez una cristalización de Babel al cantar en idiomas dominantes —inglés, alemán, italiano, español— y dolientes, como el árabe o el ucraniano. Una María Calas Motomami. Una sana herejía entonada a ritmo de bachata o cantada por bulerías. Un grito tornado en perfección vocal que exhala belleza radical en pos de lo sublime, algo tan extraño en estos tiempos. Un dechado de dominio iconográfico, capaz de subvertir en puro juego referentes de la pintura universal y en movimiento rastros de Goya, Velázquez o Degas coreografiados. Alguien que nos conduce a la esperanza en la creación pura por la senda del conocimiento de la tradición sacra y pagana a la vez.
Letras y mística
En la poesía merece que hagamos un punto y aparte. Se nota en ella cada vez más el trabajo y las mejores referencias, pero también un talento natural para lograr de manera calculada, medida y espontánea letras donde se adentra a la vez en la mística y la búsqueda de metáforas cuánticas, como es el caso de La yugular: “Yo quepo en un haiku y un haiku ocupa un país”. Sacude con ellas el pálpito de un tiempo por donde se cruzan ecos de sus pilares metafísicos, lorquianos o deudores de Rimbaud junto a pensadores y narradores modernísimos como Byung-Chul Hahn y Benjamín Labatut, además de sus lecturas de Simone Weil o Chris Kraus.
Y desde luego, en la música, con la desprejuiciada y descarada utilización de todo tipo de referentes hacia un genuino cruce de elementos flamencos, electrónicos y sinfónicos al tiempo. Así marca la senda de la creatividad contemporánea en un todo que une su universo sonoro con los lenguajes visuales, la dramaturgia y la teatralidad de un confesionario. Allí desembocan todos a la vez en puro sentido del espectáculo y una gran capacidad a la hora de hacer crujir las emociones para conformar su propia manifestación vivísima de arte total.
Cuando el mundo está gobernado por algunos patanes a los que otros dicen amén frívolamente en su camino a la destrucción. Cuando un ogro propone aumentar el gasto militar de su imperio en un 40% en perjuicio de cualquier atisbo de protección para sus conciudadanos y sus secuaces en el Pentágono claman por la letalidad a escala planetaria. Cuando junto a él, Putin y Netanyahu ganan la partida o por las calles de España, en Semana Santa, a Cristo lo llevan en volandas los descendientes del golpista Millán Astray en legión al son de un himno delirante como El novio de la muerte, en vez de en esas procesiones y manifestaciones de fervor, muchos creemos en la vida, en la belleza, en el arte como medio para ver la luz y abatir la tiniebla amenazante. Como barricada y frontera ante el apetito de destrucción, como fin para salvarnos en mitad de esta pira satánica que amenaza con aniquilarnos sin remedio a todos, creo, sí, y mucho, en Rosalía.
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