Hay preguntas que aparecen de forma repentina, espontánea. Mientras se ve el telediario, mientras se leen las noticias. Mientras se habla con amigos y familiares y conocidos que están sumergidos en esa particular oscuridad. Mientras el dolor propio y ajeno nos muerde la carne. ¿Cómo se supera la muerte de un ser querido? ¿Cómo se habita la falta de una hermana o un marido? ¿Cómo se sobrevive a la habitación vacía de un hijo?Noticia Relacionada De ‘Hamnet’ a ‘Hamlet’, Shakespeare como secundario en la tragedia de su vida Lucía CabanelasEl duelo es un dolor inesperado, a veces punzante, a veces latente. Es una sombra que acecha. Es una bruma furiosa que encadena, uno tras otro, miedos e incertidumbres en forma de interrogantes. Cómo aplacarlo, cómo acallarlo. Cómo evitar, aunque sea por unos instantes, ese eco agudo y ensordecedor que es la ausencia. La respuesta es simple: no hay forma. El dolor no se evita, no se acalla. El dolor no se supera; el dolor se atraviesa. Y se comparte. Esta certeza se ve reflejada con una finura monumental a lo largo de ‘Hamnet», la película dirigida por Chloé Zhao . En concreto, en uno de sus momentos más poderosos cuando, en el teatro, todas las manos se alzan y apuntan en la misma dirección. Cuando todas las manos sostienen una misma mano traspasada por el dolor y la ausencia.La experiencia humana es la experiencia de la mortalidad y cada generación da forma a sus propios códigos. Pero eso no quita que se trate de una emoción primitiva en la que se detiene el tiempo. Que no va hacia adelante, que no vuelve atrás. Que, como anclada por un alfiler, se mantiene en ese instante que es todos los instantes, y donde solo se percibe un vacío mudo.Es una bruma furiosa que encadena, uno tras otro, miedos e incertidumbres en forma de interrogantesMary Oliver escribió unos versos que cartografían este camino que supone la reconciliación con la fugacidad de la vida: «Para vivir en este mundo / debes ser capaz / de hacer tres cosas: / amar lo que es mortal; / sostenerlo / contra tus huesos sabiendo / que tu propia vida depende de ello; / y, cuando llegue el momento de dejarlo ir, / dejarlo ir» .Oliver escribió en otra ocasión que una persona a quien amó le dio una vez una caja llena de oscuridad. Que tardó años en comprender que aquello también era un regalo. Con el dolor, siempre hay amor; nada duele si no se ha amado previamente. Por eso, a veces, lo que necesitamos no es desprendernos de esa caja. No es alejarnos de esa oscuridad.Lo que necesitamos es que alguien nos preste su mano y nos ayude a sostenerla. Hay preguntas que aparecen de forma repentina, espontánea. Mientras se ve el telediario, mientras se leen las noticias. Mientras se habla con amigos y familiares y conocidos que están sumergidos en esa particular oscuridad. Mientras el dolor propio y ajeno nos muerde la carne. ¿Cómo se supera la muerte de un ser querido? ¿Cómo se habita la falta de una hermana o un marido? ¿Cómo se sobrevive a la habitación vacía de un hijo?Noticia Relacionada De ‘Hamnet’ a ‘Hamlet’, Shakespeare como secundario en la tragedia de su vida Lucía CabanelasEl duelo es un dolor inesperado, a veces punzante, a veces latente. Es una sombra que acecha. Es una bruma furiosa que encadena, uno tras otro, miedos e incertidumbres en forma de interrogantes. Cómo aplacarlo, cómo acallarlo. Cómo evitar, aunque sea por unos instantes, ese eco agudo y ensordecedor que es la ausencia. La respuesta es simple: no hay forma. El dolor no se evita, no se acalla. El dolor no se supera; el dolor se atraviesa. Y se comparte. Esta certeza se ve reflejada con una finura monumental a lo largo de ‘Hamnet», la película dirigida por Chloé Zhao . En concreto, en uno de sus momentos más poderosos cuando, en el teatro, todas las manos se alzan y apuntan en la misma dirección. Cuando todas las manos sostienen una misma mano traspasada por el dolor y la ausencia.La experiencia humana es la experiencia de la mortalidad y cada generación da forma a sus propios códigos. Pero eso no quita que se trate de una emoción primitiva en la que se detiene el tiempo. Que no va hacia adelante, que no vuelve atrás. Que, como anclada por un alfiler, se mantiene en ese instante que es todos los instantes, y donde solo se percibe un vacío mudo.Es una bruma furiosa que encadena, uno tras otro, miedos e incertidumbres en forma de interrogantesMary Oliver escribió unos versos que cartografían este camino que supone la reconciliación con la fugacidad de la vida: «Para vivir en este mundo / debes ser capaz / de hacer tres cosas: / amar lo que es mortal; / sostenerlo / contra tus huesos sabiendo / que tu propia vida depende de ello; / y, cuando llegue el momento de dejarlo ir, / dejarlo ir» .Oliver escribió en otra ocasión que una persona a quien amó le dio una vez una caja llena de oscuridad. Que tardó años en comprender que aquello también era un regalo. Con el dolor, siempre hay amor; nada duele si no se ha amado previamente. Por eso, a veces, lo que necesitamos no es desprendernos de esa caja. No es alejarnos de esa oscuridad.Lo que necesitamos es que alguien nos preste su mano y nos ayude a sostenerla. Hay preguntas que aparecen de forma repentina, espontánea. Mientras se ve el telediario, mientras se leen las noticias. Mientras se habla con amigos y familiares y conocidos que están sumergidos en esa particular oscuridad. Mientras el dolor propio y ajeno nos muerde la carne. ¿Cómo se supera la muerte de un ser querido? ¿Cómo se habita la falta de una hermana o un marido? ¿Cómo se sobrevive a la habitación vacía de un hijo?Noticia Relacionada De ‘Hamnet’ a ‘Hamlet’, Shakespeare como secundario en la tragedia de su vida Lucía CabanelasEl duelo es un dolor inesperado, a veces punzante, a veces latente. Es una sombra que acecha. Es una bruma furiosa que encadena, uno tras otro, miedos e incertidumbres en forma de interrogantes. Cómo aplacarlo, cómo acallarlo. Cómo evitar, aunque sea por unos instantes, ese eco agudo y ensordecedor que es la ausencia. La respuesta es simple: no hay forma. El dolor no se evita, no se acalla. El dolor no se supera; el dolor se atraviesa. Y se comparte. Esta certeza se ve reflejada con una finura monumental a lo largo de ‘Hamnet», la película dirigida por Chloé Zhao . En concreto, en uno de sus momentos más poderosos cuando, en el teatro, todas las manos se alzan y apuntan en la misma dirección. Cuando todas las manos sostienen una misma mano traspasada por el dolor y la ausencia.La experiencia humana es la experiencia de la mortalidad y cada generación da forma a sus propios códigos. Pero eso no quita que se trate de una emoción primitiva en la que se detiene el tiempo. Que no va hacia adelante, que no vuelve atrás. Que, como anclada por un alfiler, se mantiene en ese instante que es todos los instantes, y donde solo se percibe un vacío mudo.Es una bruma furiosa que encadena, uno tras otro, miedos e incertidumbres en forma de interrogantesMary Oliver escribió unos versos que cartografían este camino que supone la reconciliación con la fugacidad de la vida: «Para vivir en este mundo / debes ser capaz / de hacer tres cosas: / amar lo que es mortal; / sostenerlo / contra tus huesos sabiendo / que tu propia vida depende de ello; / y, cuando llegue el momento de dejarlo ir, / dejarlo ir» .Oliver escribió en otra ocasión que una persona a quien amó le dio una vez una caja llena de oscuridad. Que tardó años en comprender que aquello también era un regalo. Con el dolor, siempre hay amor; nada duele si no se ha amado previamente. Por eso, a veces, lo que necesitamos no es desprendernos de esa caja. No es alejarnos de esa oscuridad.Lo que necesitamos es que alguien nos preste su mano y nos ayude a sostenerla. RSS de noticias de cultura
