Las segundas viviendas se convierten con facilidad en las primeras cuando uno tiene tiempo para sí mismo. La vida diaria corre, va con demasiada prisa a la hora de pasar de una página a otra. Somos lectores que pasan con rapidez de la información política a la cultura y de los editoriales a las entrevistas o las últimas columnas. Vivir es un sinvivir, pero llegan unos días de vacaciones y nos esperan muchas cosas en la lentitud cultivada de la segunda vivienda. Por ejemplo, las cosas de ella. En su escritorio, en su estantería, me saludan novelas de John Irving, Sue Grafton, Ramiro Pinilla, Claudia Piñeiro, Coetzee o un ensayo sobre la Guerra Civil y la represión en el pueblo de Rota. En el cajón de su mesa de trabajo, frente a los pinares, la luz de la bahía y el cenicero, hay dos plumas, unos caramelos de menta, una receta del centro de salud a nombre de nuestra hija y un abanico.
Las segundas viviendas se convierten con facilidad en las primeras cuando uno tiene tiempo para sí mismo
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Las segundas viviendas se convierten con facilidad en las primeras cuando uno tiene tiempo para sí mismo

Las segundas viviendas se convierten con facilidad en las primeras cuando uno tiene tiempo para sí mismo. La vida diaria corre, va con demasiada prisa a la hora de pasar de una página a otra. Somos lectores que pasan con rapidez de la información política a la cultura y de los editoriales a las entrevistas o las últimas columnas. Vivir es un sinvivir, pero llegan unos días de vacaciones y nos esperan muchas cosas en la lentitud cultivada de la segunda vivienda. Por ejemplo, las cosas de ella. En su escritorio, en su estantería, me saludan novelas de John Irving, Sue Grafton, Ramiro Pinilla, Claudia Piñeiro, Coetzee o un ensayo sobre la Guerra Civil y la represión en el pueblo de Rota. En el cajón de su mesa de trabajo, frente a los pinares, la luz de la bahía y el cenicero, hay dos plumas, unos caramelos de menta, una receta del centro de salud a nombre de nuestra hija y un abanico.
En su cocina, están los platos de su vajilla y las fuentes que llenaba con sus croquetas y sus huevos con patatas para recibir a amigos. El murmullo de su fuente entona Pongamos que hablo de Madrid, de Joaquín Sabina, o La estrella, de Enrique Morente. En su salón y en su jardín, preguntan por ella su limonero, sus ipomeas, su televisor, el sofá desamparado, algunos cuadros de pintores amigos y alguna fotografía que conservan escenas de otro tiempo que se esfuerzan por pertenecer a este tiempo. Como el cepillo de dientes y el peine en su lado del cuarto de baño, vigilantes por la posible llegada de las hormigas a través de la ventana. Y la cuchilla para la depilación mira hacia sus cajones del dormitorio, hacia la soledad de su ropa interior, sus bañadores, sus batas y sus bolsos de playa, sus sandalias y sus sombreros para defenderse del sol. Todo en su sitio. Así que la segunda vivienda se convierte en la primera. Ahí están su ventilador, su almohada, su lámpara, su cuaderno de notas, su radio…
Y yo.
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