Para Emilia Pardo Bazán el verano es «la época del año en que se impone la vida trashumante». A finales del XIX, el ocio de las clases altas durante esta época del año implicaba trasladar durante semanas parte de la vida familiar y social a balnearios y ciudades del norte. Emilia Pardo Bazán conocía muy bien aquellas costumbres y supo sacar provecho de ellas para alimentar una crónica minuciosa en su prosa periodística. Buena parte del verano de la escritora transcurría en Galicia. Pasaba temporadas en Meirás, La Toja y Mondariz. A este último dedicó en 1899 un artículo donde retrató el balneario como centro de una nueva costumbre social: desplazarse durante los meses cálidos a establecimientos termales para alternar la cura médica con el ocio. «No concibo veraneo más agradable que el que ofrece Mondariz», un espacio de la provincia de Pontevedra característico por sus aguas naturales y consagrado ya desde aquel momento al descanso y el retiro. Emilia Pardo Bazán utilizó también ese ambiente como materia narrativa en ‘Pilarito’, un relato que escenifica las costumbres de comienzos de siglo a través de una descripción de conjunto. La acción se sitúa en los días anteriores a la fiesta de la Virgen del Carmen, el 16 de julio, en pleno verano. Su protagonista, Pilarito, es una muchacha que todavía no ha cumplido los dieciséis años, y que aparece cada día con nuevos vestidos. Como ella, el resto de las mujeres que descansan en el balneario exhiben sus mejores ropas: perlas, brillantes, sedas y mantillas. El cuento permite reconstruir aspectos muy concretos del veraneo acomodado de la época: fiestas religiosas, paseos por el parque, reuniones, vestidos y relaciones sociales. «Las tardes eran sosegadas y cálidas; las noches, de luna». Además de Mondariz, Meirás fue también un espacio estival para doña Emilia. Pasaba temporadas en aquella parroquia gallega, en la cual se dedicó a preparar notas y apuntes. Hizo lo mismo en La Toja, de cuyas aguas y lodos dio buena cuenta en muchas de sus piezas en prosa. El verano es también enclave dentro de la correspondencia que mantuvo con Benito Pérez Galdós. En la edición epistolar ‘Miquiño mío’, publicada por Turner, el verano aparece ligado a una geografía muy concreta: «Granja de Meirás», «Mondariz» y «Santander», este último, el lugar donde el autor de ‘Los episodios nacionales’ pasaba sus días de descanso. Del verano gallego, Emilia Pardo Bazán pasa al castizo. A este dedicó varias entregas de ‘La vida contemporánea’, la sección periodística fija que mantuvo en el semanario ‘La Ilustración Artística’ durante casi diez años, desde 1895 hasta 1916. Entre muchas otras cosas -se conservan más de 500 publicaciones-escribió sobre el Rastro, San Isidro o el Teatro Real durante los meses de calor y la forma en la que este afectaba la vida urbana. Costumbres, formas de alimentarse o dar un paseo aparecen descritas en textos como ‘Alimentos refrescantes’, del 8 de julio de 1912 o ‘Cuestión de ropa. San Lorenzo mártir’, publicado el 20 de agosto de 1900. El verano no es únicamente sociológico o periodístico en la obra de Pardo Bazán. Echa mano de él como fuerza existencial en su novela ‘Insolación’, en cuyas páginas la autora narra cómo en un caluroso San Isidro, la marquesa Asís sufre los efectos del alcohol bajo el sol abrasador de Madrid y vive una experiencia amorosa que rompe las convenciones impuestas a una viuda de su clase. También hay estío, pero nada de hastío, en sus novelas gallegas ‘Los pazos de Ulloa y, sobre todo, ‘La madre naturaleza’. Para Emilia Pardo Bazán el verano es «la época del año en que se impone la vida trashumante». A finales del XIX, el ocio de las clases altas durante esta época del año implicaba trasladar durante semanas parte de la vida familiar y social a balnearios y ciudades del norte. Emilia Pardo Bazán conocía muy bien aquellas costumbres y supo sacar provecho de ellas para alimentar una crónica minuciosa en su prosa periodística. Buena parte del verano de la escritora transcurría en Galicia. Pasaba temporadas en Meirás, La Toja y Mondariz. A este último dedicó en 1899 un artículo donde retrató el balneario como centro de una nueva costumbre social: desplazarse durante los meses cálidos a establecimientos termales para alternar la cura médica con el ocio. «No concibo veraneo más agradable que el que ofrece Mondariz», un espacio de la provincia de Pontevedra característico por sus aguas naturales y consagrado ya desde aquel momento al descanso y el retiro. Emilia Pardo Bazán utilizó también ese ambiente como materia narrativa en ‘Pilarito’, un relato que escenifica las costumbres de comienzos de siglo a través de una descripción de conjunto. La acción se sitúa en los días anteriores a la fiesta de la Virgen del Carmen, el 16 de julio, en pleno verano. Su protagonista, Pilarito, es una muchacha que todavía no ha cumplido los dieciséis años, y que aparece cada día con nuevos vestidos. Como ella, el resto de las mujeres que descansan en el balneario exhiben sus mejores ropas: perlas, brillantes, sedas y mantillas. El cuento permite reconstruir aspectos muy concretos del veraneo acomodado de la época: fiestas religiosas, paseos por el parque, reuniones, vestidos y relaciones sociales. «Las tardes eran sosegadas y cálidas; las noches, de luna». Además de Mondariz, Meirás fue también un espacio estival para doña Emilia. Pasaba temporadas en aquella parroquia gallega, en la cual se dedicó a preparar notas y apuntes. Hizo lo mismo en La Toja, de cuyas aguas y lodos dio buena cuenta en muchas de sus piezas en prosa. El verano es también enclave dentro de la correspondencia que mantuvo con Benito Pérez Galdós. En la edición epistolar ‘Miquiño mío’, publicada por Turner, el verano aparece ligado a una geografía muy concreta: «Granja de Meirás», «Mondariz» y «Santander», este último, el lugar donde el autor de ‘Los episodios nacionales’ pasaba sus días de descanso. Del verano gallego, Emilia Pardo Bazán pasa al castizo. A este dedicó varias entregas de ‘La vida contemporánea’, la sección periodística fija que mantuvo en el semanario ‘La Ilustración Artística’ durante casi diez años, desde 1895 hasta 1916. Entre muchas otras cosas -se conservan más de 500 publicaciones-escribió sobre el Rastro, San Isidro o el Teatro Real durante los meses de calor y la forma en la que este afectaba la vida urbana. Costumbres, formas de alimentarse o dar un paseo aparecen descritas en textos como ‘Alimentos refrescantes’, del 8 de julio de 1912 o ‘Cuestión de ropa. San Lorenzo mártir’, publicado el 20 de agosto de 1900. El verano no es únicamente sociológico o periodístico en la obra de Pardo Bazán. Echa mano de él como fuerza existencial en su novela ‘Insolación’, en cuyas páginas la autora narra cómo en un caluroso San Isidro, la marquesa Asís sufre los efectos del alcohol bajo el sol abrasador de Madrid y vive una experiencia amorosa que rompe las convenciones impuestas a una viuda de su clase. También hay estío, pero nada de hastío, en sus novelas gallegas ‘Los pazos de Ulloa y, sobre todo, ‘La madre naturaleza’.
Para Emilia Pardo Bazán el verano es «la época del año en que se impone la vida trashumante». A finales del XIX, el ocio de las clases altas durante esta época del año implicaba trasladar durante semanas parte de la vida familiar y social a … balnearios y ciudades del norte. Emilia Pardo Bazán conocía muy bien aquellas costumbres y supo sacar provecho de ellas para alimentar una crónica minuciosa en su prosa periodística. Buena parte del verano de la escritora transcurría en Galicia. Pasaba temporadas en Meirás, La Toja y Mondariz. A este último dedicó en 1899 un artículo donde retrató el balneario como centro de una nueva costumbre social: desplazarse durante los meses cálidos a establecimientos termales para alternar la cura médica con el ocio. «No concibo veraneo más agradable que el que ofrece Mondariz», un espacio de la provincia de Pontevedra característico por sus aguas naturales y consagrado ya desde aquel momento al descanso y el retiro.
Emilia Pardo Bazán utilizó también ese ambiente como materia narrativa en ‘Pilarito’, un relato que escenifica las costumbres de comienzos de siglo a través de una descripción de conjunto. La acción se sitúa en los días anteriores a la fiesta de la Virgen del Carmen, el 16 de julio, en pleno verano. Su protagonista, Pilarito, es una muchacha que todavía no ha cumplido los dieciséis años, y que aparece cada día con nuevos vestidos. Como ella, el resto de las mujeres que descansan en el balneario exhiben sus mejores ropas: perlas, brillantes, sedas y mantillas. El cuento permite reconstruir aspectos muy concretos del veraneo acomodado de la época: fiestas religiosas, paseos por el parque, reuniones, vestidos y relaciones sociales. «Las tardes eran sosegadas y cálidas; las noches, de luna». Además de Mondariz, Meirás fue también un espacio estival para doña Emilia. Pasaba temporadas en aquella parroquia gallega, en la cual se dedicó a preparar notas y apuntes. Hizo lo mismo en La Toja, de cuyas aguas y lodos dio buena cuenta en muchas de sus piezas en prosa.
El verano es también enclave dentro de la correspondencia que mantuvo con Benito Pérez Galdós. En la edición epistolar ‘Miquiño mío’, publicada por Turner, el verano aparece ligado a una geografía muy concreta: «Granja de Meirás», «Mondariz» y «Santander», este último, el lugar donde el autor de ‘Los episodios nacionales’ pasaba sus días de descanso. Del verano gallego, Emilia Pardo Bazán pasa al castizo. A este dedicó varias entregas de ‘La vida contemporánea’, la sección periodística fija que mantuvo en el semanario ‘La Ilustración Artística’ durante casi diez años, desde 1895 hasta 1916. Entre muchas otras cosas -se conservan más de 500 publicaciones-escribió sobre el Rastro, San Isidro o el Teatro Real durante los meses de calor y la forma en la que este afectaba la vida urbana.
Costumbres, formas de alimentarse o dar un paseo aparecen descritas en textos como ‘Alimentos refrescantes’, del 8 de julio de 1912 o ‘Cuestión de ropa. San Lorenzo mártir’, publicado el 20 de agosto de 1900. El verano no es únicamente sociológico o periodístico en la obra de Pardo Bazán. Echa mano de él como fuerza existencial en su novela ‘Insolación’, en cuyas páginas la autora narra cómo en un caluroso San Isidro, la marquesa Asís sufre los efectos del alcohol bajo el sol abrasador de Madrid y vive una experiencia amorosa que rompe las convenciones impuestas a una viuda de su clase. También hay estío, pero nada de hastío, en sus novelas gallegas ‘Los pazos de Ulloa y, sobre todo, ‘La madre naturaleza’.
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