Vivimos tiempos electorales —han pasado ya las autonómicas extremeñas, también las castellanoleonesas y se aproximan las andaluzas—. Conviene hacer un repaso a la biblioteca en los asuntos referidos a la propaganda, la persuasión y otras artes disuasorias. En aquella novela ‘Les Liaisons dangereuses’ (1782) , Laclos mostraba las argucias de la marquesa de Merteuil y del vizconde Valmont. Ambos utilizaban la seducción, el halago y la manipulación para inducir una conducta en los otros. Lo hacían a través de cartas. En vísperas de la Revolución Francesa , aquella novela reflejaba —y refleja también hoy— que el poder ya no es político sino psicológico. No existe una única forma de conseguir determinadas torsiones del ánimo y la voluntad. Las hay también austeras. Un buen ejemplo es la novela ‘Persuasión’, de Jane Austen . Aquí la sugestión equivale a una fuerza social cotidiana. La novela pertenece al realismo temprano inglés y se centra en la vida interior, la moral y las relaciones sociales. Su protagonista, Anne Elliot, tiene 27 años: es sensible, reflexiva y discreta, y acaba marcada por haber sido persuadida en su juventud para renunciar al amor que realmente deseaba. Es alguien moldeado por la opinión de otros —familia, sociedad, autoridad—. No encarna ni la seducción de Laclos ni el balazo de la propaganda, sino el lento riego del lenguaje y las formas. Si de propaganda hablamos, habrá que buscarla en sus aborrecibles versiones literarias. Julio Cortázar y Eduardo Galeano son dos autores en los que toma forma la retahíla de la propagación. El ‘erre que erre’ de ‘Las venas abiertas de América Latina’, o la perpetración formal de ‘El Libro de Manuel’. Sin embargo, en ese baile entre persuasión y propaganda cabe una estantería entera dedicada a las campañas electorales. Hay novelas que exploran el mundo del poder político desde perspectivas muy distintas, pero coinciden en mostrar sus contradicciones y efectos humanos. En ‘Mauricio o las elecciones primarias’ de Eduardo Mendoza , un personaje ingenuo sirve para retratar con ironía la superficialidad de la política urbana; ‘El disputado voto del señor Cayo’, de Miguel Delibes, contrapone la política institucional con la sabiduría rural, pero ya en ‘La conjura contra América’, de Philip Roth , o ‘Sumisión’, de Michel Houellebecq , la novela se convierte en plataforma para escenificar cómo las elecciones no solo deciden gobiernos, sino que revelan las tensiones profundas de la sociedad. Sólo basta repasar las baldas para comprobarlo. Vivimos tiempos electorales —han pasado ya las autonómicas extremeñas, también las castellanoleonesas y se aproximan las andaluzas—. Conviene hacer un repaso a la biblioteca en los asuntos referidos a la propaganda, la persuasión y otras artes disuasorias. En aquella novela ‘Les Liaisons dangereuses’ (1782) , Laclos mostraba las argucias de la marquesa de Merteuil y del vizconde Valmont. Ambos utilizaban la seducción, el halago y la manipulación para inducir una conducta en los otros. Lo hacían a través de cartas. En vísperas de la Revolución Francesa , aquella novela reflejaba —y refleja también hoy— que el poder ya no es político sino psicológico. No existe una única forma de conseguir determinadas torsiones del ánimo y la voluntad. Las hay también austeras. Un buen ejemplo es la novela ‘Persuasión’, de Jane Austen . Aquí la sugestión equivale a una fuerza social cotidiana. La novela pertenece al realismo temprano inglés y se centra en la vida interior, la moral y las relaciones sociales. Su protagonista, Anne Elliot, tiene 27 años: es sensible, reflexiva y discreta, y acaba marcada por haber sido persuadida en su juventud para renunciar al amor que realmente deseaba. Es alguien moldeado por la opinión de otros —familia, sociedad, autoridad—. No encarna ni la seducción de Laclos ni el balazo de la propaganda, sino el lento riego del lenguaje y las formas. Si de propaganda hablamos, habrá que buscarla en sus aborrecibles versiones literarias. Julio Cortázar y Eduardo Galeano son dos autores en los que toma forma la retahíla de la propagación. El ‘erre que erre’ de ‘Las venas abiertas de América Latina’, o la perpetración formal de ‘El Libro de Manuel’. Sin embargo, en ese baile entre persuasión y propaganda cabe una estantería entera dedicada a las campañas electorales. Hay novelas que exploran el mundo del poder político desde perspectivas muy distintas, pero coinciden en mostrar sus contradicciones y efectos humanos. En ‘Mauricio o las elecciones primarias’ de Eduardo Mendoza , un personaje ingenuo sirve para retratar con ironía la superficialidad de la política urbana; ‘El disputado voto del señor Cayo’, de Miguel Delibes, contrapone la política institucional con la sabiduría rural, pero ya en ‘La conjura contra América’, de Philip Roth , o ‘Sumisión’, de Michel Houellebecq , la novela se convierte en plataforma para escenificar cómo las elecciones no solo deciden gobiernos, sino que revelan las tensiones profundas de la sociedad. Sólo basta repasar las baldas para comprobarlo.

Vivimos tiempos electorales —han pasado ya las autonómicas extremeñas, también las castellanoleonesas y se aproximan las andaluzas—. Conviene hacer un repaso a la biblioteca en los asuntos referidos a la propaganda, la persuasión y otras artes disuasorias. En aquella novela ‘Les Liaisons dangereuses’ (1782) … , Laclos mostraba las argucias de la marquesa de Merteuil y del vizconde Valmont. Ambos utilizaban la seducción, el halago y la manipulación para inducir una conducta en los otros. Lo hacían a través de cartas. En vísperas de la Revolución Francesa, aquella novela reflejaba —y refleja también hoy— que el poder ya no es político sino psicológico. No existe una única forma de conseguir determinadas torsiones del ánimo y la voluntad. Las hay también austeras. Un buen ejemplo es la novela ‘Persuasión’, de Jane Austen. Aquí la sugestión equivale a una fuerza social cotidiana. La novela pertenece al realismo temprano inglés y se centra en la vida interior, la moral y las relaciones sociales. Su protagonista, Anne Elliot, tiene 27 años: es sensible, reflexiva y discreta, y acaba marcada por haber sido persuadida en su juventud para renunciar al amor que realmente deseaba. Es alguien moldeado por la opinión de otros —familia, sociedad, autoridad—. No encarna ni la seducción de Laclos ni el balazo de la propaganda, sino el lento riego del lenguaje y las formas. Si de propaganda hablamos, habrá que buscarla en sus aborrecibles versiones literarias. Julio Cortázar y Eduardo Galeano son dos autores en los que toma forma la retahíla de la propagación. El ‘erre que erre’ de ‘Las venas abiertas de América Latina’, o la perpetración formal de ‘El Libro de Manuel’. Sin embargo, en ese baile entre persuasión y propaganda cabe una estantería entera dedicada a las campañas electorales. Hay novelas que exploran el mundo del poder político desde perspectivas muy distintas, pero coinciden en mostrar sus contradicciones y efectos humanos. En ‘Mauricio o las elecciones primarias’ de Eduardo Mendoza, un personaje ingenuo sirve para retratar con ironía la superficialidad de la política urbana; ‘El disputado voto del señor Cayo’, de Miguel Delibes, contrapone la política institucional con la sabiduría rural, pero ya en ‘La conjura contra América’, de Philip Roth, o ‘Sumisión’, de Michel Houellebecq, la novela se convierte en plataforma para escenificar cómo las elecciones no solo deciden gobiernos, sino que revelan las tensiones profundas de la sociedad. Sólo basta repasar las baldas para comprobarlo.
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