
He sido un derrochador sin complejo de culpa en todas las aficiones, caprichos, perversiones, vicios que me ofrecía la existencia. Un desastre gozoso. Pero buscándome la vida sin dependencias familiares o halagos a los jefes. Me siento orgulloso de que nunca le fallé a amistades cuyas circunstancias eran pura desgracia, económica o anímica. Ahora, en mi vejez, ante una relativa penuria, he aprendido a cortarme ante diversos gastos, aunque sean nimios. Por ejemplo, me olvido de comprar periódicos. La boca y frecuentemente la ira se me abren excesivamente ante lo eternamente previsible, adoctrinado, mediocre, sin prosa ni poesía, incapaz de contar historias inventadas o reales, funcionarial, burocrática, siguiendo perrunamente las consignas de los que paguen la nómina.
Todavía soy capaz de que me asalten convulsiones al constatar en esa viñeta aullidos contra la mediocridad
Artículos estrictamente de opinión que responden al estilo propio del autor. Estos textos de opinión han de basarse en datos verificados y ser respetuosos con las personas aunque se critiquen sus actos. Todas las columnas de opinión de personas ajenas a la Redacción de EL PAÍS llevarán, tras la última línea, un pie de autor —por conocido que éste sea— donde se indique el cargo, título, militancia política (en su caso) u ocupación principal, o la que esté o estuvo relacionada con el tema abordado
Todavía soy capaz de que me asalten convulsiones al constatar en esa viñeta aullidos contra la mediocridad


He sido un derrochador sin complejo de culpa en todas las aficiones, caprichos, perversiones, vicios que me ofrecía la existencia. Un desastre gozoso. Pero buscándome la vida sin dependencias familiares o halagos a los jefes. Me siento orgulloso de que nunca le fallé a amistades cuyas circunstancias eran pura desgracia, económica o anímica. Ahora, en mi vejez, ante una relativa penuria, he aprendido a cortarme ante diversos gastos, aunque sean nimios. Por ejemplo, me olvido de comprar periódicos. La boca y frecuentemente la ira se me abren excesivamente ante lo eternamente previsible, adoctrinado, mediocre, sin prosa ni poesía, incapaz de contar historias inventadas o reales, funcionarial, burocrática, siguiendo perrunamente las consignas de los que paguen la nómina.
Pero en medio de tanta organizada mediocridad, siguen existiendo personajes con poder magnético hacia lo que lleva su firma. Son un cotidiano consuelo. Cuando solo me fijo en mis paseos mañaneros en la mirada acuosa o sufriente o resignada de ancianos andando dificultosamente en soledad, o los más pudientes acompañados por una asistente latinoamericana, y también de una jauría madura o joven, pero eternamente invasiva y maleducada, follando sin descanso con sus putos teléfonos, atropellando a todo lo que venga en frente de su droga, me consuelo porque después voy a observar una viñeta que me otorga no solo desahogo, también un poco de felicidad, aunque siempre sea amarga.
En medio de mi nihilismo patético y llorón, todavía soy capaz de que me asalten convulsiones al constatar en esa viñeta aullidos contra la mediocridad ambiental e ideológica, contra los farsantes que se buscan inmejorablemente la existencia ataviados con máscaras de izquierdas o de derechas.
Por supuesto, estoy hablando con admiración y gratitud, pero también con sentido de la supervivencia, del placer semiamargo que me proporciona cotidianamente un artista que firma El Roto. La de ayer, como casi siempre, me deja noqueado. También muy agradecido. Un pobre hombre, con gesto desesperado, exclama: “Si reacciono me llaman reaccionario, y si no reacciono, sumiso y manipulable”. Y en texto tan corto, El Roto me transmite absoluta lucidez. Supongo que también les ocurre a muchas personas, insumisas, no idiotizadas, agradecidas ante alguien que transmite inmejorablemente lo que ellas sienten.
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo
¿Quieres añadir otro usuario a tu suscripción?
Añadir usuarioContinuar leyendo aquí
Si continúas leyendo en este dispositivo, no se podrá leer en el otro.
Flecha
Tu suscripción se está usando en otro dispositivo y solo puedes acceder a EL PAÍS desde un dispositivo a la vez.
Si quieres compartir tu cuenta, cambia tu suscripción a la modalidad Premium, así podrás añadir otro usuario. Cada uno accederá con su propia cuenta de email, lo que os permitirá personalizar vuestra experiencia en EL PAÍS.
¿Tienes una suscripción de empresa? Accede aquí para contratar más cuentas.
En el caso de no saber quién está usando tu cuenta, te recomendamos cambiar tu contraseña aquí.
Si decides continuar compartiendo tu cuenta, este mensaje se mostrará en tu dispositivo y en el de la otra persona que está usando tu cuenta de forma indefinida, afectando a tu experiencia de lectura. Puedes consultar aquí los términos y condiciones de la suscripción digital.
Rellena tu nombre y apellido para comentarcompletar datos
Archivado En
Feed MRSS-S Noticias
