A veces, la resistencia consiste simplemente en cruzar los brazos. El 13 de junio de 1936, hace ahora 90 años, Hitler visitó el astillero Blohm und Voss de Hamburgo. El dictador todavía no había alcanzado el zenit de su poder y la intensidad de la represión había bajado un poco porque se aproximaban los Juegos Olímpicos de Berlín —uno de los momentos más vergonzosos de Occidente, cuando las democracias del mundo le bailaron el agua a un régimen racista y antisemita, que ya había aprobado las leyes de Núremberg, el primer paso hacia el Holocausto—. Sin embargo, muchas costumbres habían cambiado en Alemania: ya no se decía buenos días, sino Heil, Hitler, algo así como “larga vida a Hitler”. No hacerlo era sospechoso y, sobre todo, muy peligroso, como lo era no celebrar el cumpleaños del tirano, no tener un retrato suyo bien visible en casa o mantener a judíos como amigos. Estos mínimos gestos podían convertir a alguien en sospechoso y acabar en alguno de los seis campos de concentración que las SS mantenían en Alemania: Dachau, Sachsenburg, Lichtenburg, Columbia-Haus, Esterwegen y Sachsenhausen.
La resistencia puede significar negarse a hacer un saludo nazi, cambiar de bando ante el desencanto o sacar un periódico en medio de un golpe de Estado, como hizo EL PAÍS el 23-F
A veces, la resistencia consiste simplemente en cruzar los brazos. El 13 de junio de 1936, hace ahora 90 años, Hitler visitó el astillero Blohm und Voss de Hamburgo. El dictador todavía no había alcanzado el zenit de su poder y la intensidad de la represión había bajado un poco porque se aproximaban los Juegos Olímpicos de Berlín —uno de los momentos más vergonzosos de Occidente, cuando las democracias del mundo le bailaron el agua a un régimen racista y antisemita, que ya había aprobado las leyes de Núremberg, el primer paso hacia el Holocausto—. Sin embargo, muchas costumbres habían cambiado en Alemania: ya no se decía buenos días, sino Heil, Hitler, algo así como “larga vida a Hitler”. No hacerlo era sospechoso y, sobre todo, muy peligroso, como lo era no celebrar el cumpleaños del tirano, no tener un retrato suyo bien visible en casa o mantener a judíos como amigos. Estos mínimos gestos podían convertir a alguien en sospechoso y acabar en alguno de los seis campos de concentración que las SS mantenían en Alemania: Dachau, Sachsenburg, Lichtenburg, Columbia-Haus, Esterwegen y Sachsenhausen.
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