Dicen que en España se entierra muy bien, aludiendo a la aspereza que reservamos para los vivos, que redimimos en elegías ante sus féretros. No fue el caso de Soledad Gallego-Díaz, Sol, tan llorada en su muerte como admirada y amada en vida, y no es poco consuelo saber que lo supo, que recibió muestras inequívocas del cariño de la profesión a la que se entregó por entero. Todo halago se queda corto. Toda muestra de duelo parece sobria. Como ella, sobria entre las sobrias, hubiese preferido.
Su legado se levanta sobre la impugnación radical de lo que se ha llamado posverdad
Dicen que en España se entierra muy bien, aludiendo a la aspereza que reservamos para los vivos, que redimimos en elegías ante sus féretros. No fue el caso de Soledad Gallego-Díaz, Sol, tan llorada en su muerte como admirada y amada en vida, y no es poco consuelo saber que lo supo, que recibió muestras inequívocas del cariño de la profesión a la que se entregó por entero. Todo halago se queda corto. Toda muestra de duelo parece sobria. Como ella, sobria entre las sobrias, hubiese preferido.
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