Si en el vaso de una batidora se añaden fresas, dos lonchas de bacon, una hoja de lechuga, cerveza y un dinosaurio de plástico, tres minutos a máxima velocidad, se obtiene un engrudo sin sentido listo para tirar a la basura. Sidosa es su homólogo en producto audiovisual: en una hora y media de metraje han puesto un episodio de ‘ Lo de Évole ‘, el corto de un alumno de la ECAM aspirante a director de culto, un chin de Strawberry Shortcake, Testimonios de ‘La Hora Chanante’, un poco de narcisismo y una niña prodigio del tardofranquismo devenida en gerontomusa de la izquierda ‘woke’. Empieza, como no podía ser de otra manera, con una sucesión de planos inconexos que solo sirven para que el autor sienta que está haciendo alta cultura. De la de pensar mucho y farfullar sobre metáforas, alegorías y simbolismos. En realidad empieza cuando le pinchan en el culo y le cuenta a la enfermera Tere que lo va a decir. Lo prosaico se impone a lo poético. Ella se preocupa, porque no quiere que sufra, le pregunta si se lo ha pensado bien, si está seguro, y están un rato hablando, mohínos, como si tener sida hoy fuese tener sida en los ochenta. Después se lo cuenta a Évole. Y luego a su médico, y al que le hace los monigotes de plástico, a la modista y a una señora con el pelo rosa. Esto me hace pensar que no tiene muchos amigos ni una relación muy cercana con su familia. En casa de Eduardo Casanova, todo es rosa y está él por todas partes: en fotos, en un busto, en dibujos, en muñecos, en camisetas… Esto nos define la película entera (y a su protagonista) porque, no se dejen engañar por el título, esto no va de sida, ni de divulgación, ni de ayudar a otros a que no se sientan estigmatizados, ni de una historia personal de superación. Esto va únicamente de Eduardo Casanova hablando de Eduardo Casanova, encantado de haber conocido a Eduardo Casanova. Y es el sida como podría haber sido un catarro, una boda o un desengaño amoroso. Va de eso y de Jordi Évole tratando de rentabilizarlo económica y mediáticamente. Tedioso y nada sutilA Casanova le da apuro que quede demasiado dramático. Por eso en lugar de decirlo simplemente en una entrevista, normalizándolo, hace una película de hora y media. Y quiere apropiarse de la palabra sidosa y por eso se titula así. La sutilidad no va con Eduardo Casanova. Se suceden las conversaciones intrascendentes, la cinta no avanza, todo es tedioso. El mundo empieza a parecerme un lugar hostil. Y entonces aparece una rubia embadurnada de rosa y vestida de época, que más tarde vomitará más cosa rosa. Y luego Casanova va a la peluquería y sigue hablando de lo mismo que lleva hablando desde que todo empezó. Y al final sale Ana Belén cantando ‘La vie en rose’ y por primera vez veo luz al final del túnel porque parece que va a terminar y eso me devuelve la esperanza un poco. Estoy preparando un guión para una película, quiero que lo sepan. Se titulará ‘Padrostrum’. A Rubén Arranz le parece una gran idea y él, de estas cosas, entiende. Sale al principio, cuando voy a su casa, tristona, y le cuento que me he hecho daño arrancándome un padrastro mientras me mordía las uñas. Reaccionará con templanza (primer plano de sus gafas) y estará muy orgulloso de mí (primer plano de su calva). Reflexionaremos juntos ante la cámara sobre la fragilidad de la vida y lo incomprensible de la existencia de ensaladas tibias con queso de cabra en restaurantes caros. Aparecerán imágenes aleatorias de películas viejas, de informativos antiguos, de fotografías de columnistas literarios y una radiografía de cuando me hice un esguince. Sonará música clásica. En algún momento lloraré en silencio. O vomitaré purpurina. No sé, lo que mejor me parezca. Saldrá Raphael cantando el porompompero al final. Fundido a negro. Ovación en pie. No quiero exagerar, pero me veo recogiendo un Goya. Si en el vaso de una batidora se añaden fresas, dos lonchas de bacon, una hoja de lechuga, cerveza y un dinosaurio de plástico, tres minutos a máxima velocidad, se obtiene un engrudo sin sentido listo para tirar a la basura. Sidosa es su homólogo en producto audiovisual: en una hora y media de metraje han puesto un episodio de ‘ Lo de Évole ‘, el corto de un alumno de la ECAM aspirante a director de culto, un chin de Strawberry Shortcake, Testimonios de ‘La Hora Chanante’, un poco de narcisismo y una niña prodigio del tardofranquismo devenida en gerontomusa de la izquierda ‘woke’. Empieza, como no podía ser de otra manera, con una sucesión de planos inconexos que solo sirven para que el autor sienta que está haciendo alta cultura. De la de pensar mucho y farfullar sobre metáforas, alegorías y simbolismos. En realidad empieza cuando le pinchan en el culo y le cuenta a la enfermera Tere que lo va a decir. Lo prosaico se impone a lo poético. Ella se preocupa, porque no quiere que sufra, le pregunta si se lo ha pensado bien, si está seguro, y están un rato hablando, mohínos, como si tener sida hoy fuese tener sida en los ochenta. Después se lo cuenta a Évole. Y luego a su médico, y al que le hace los monigotes de plástico, a la modista y a una señora con el pelo rosa. Esto me hace pensar que no tiene muchos amigos ni una relación muy cercana con su familia. En casa de Eduardo Casanova, todo es rosa y está él por todas partes: en fotos, en un busto, en dibujos, en muñecos, en camisetas… Esto nos define la película entera (y a su protagonista) porque, no se dejen engañar por el título, esto no va de sida, ni de divulgación, ni de ayudar a otros a que no se sientan estigmatizados, ni de una historia personal de superación. Esto va únicamente de Eduardo Casanova hablando de Eduardo Casanova, encantado de haber conocido a Eduardo Casanova. Y es el sida como podría haber sido un catarro, una boda o un desengaño amoroso. Va de eso y de Jordi Évole tratando de rentabilizarlo económica y mediáticamente. Tedioso y nada sutilA Casanova le da apuro que quede demasiado dramático. Por eso en lugar de decirlo simplemente en una entrevista, normalizándolo, hace una película de hora y media. Y quiere apropiarse de la palabra sidosa y por eso se titula así. La sutilidad no va con Eduardo Casanova. Se suceden las conversaciones intrascendentes, la cinta no avanza, todo es tedioso. El mundo empieza a parecerme un lugar hostil. Y entonces aparece una rubia embadurnada de rosa y vestida de época, que más tarde vomitará más cosa rosa. Y luego Casanova va a la peluquería y sigue hablando de lo mismo que lleva hablando desde que todo empezó. Y al final sale Ana Belén cantando ‘La vie en rose’ y por primera vez veo luz al final del túnel porque parece que va a terminar y eso me devuelve la esperanza un poco. Estoy preparando un guión para una película, quiero que lo sepan. Se titulará ‘Padrostrum’. A Rubén Arranz le parece una gran idea y él, de estas cosas, entiende. Sale al principio, cuando voy a su casa, tristona, y le cuento que me he hecho daño arrancándome un padrastro mientras me mordía las uñas. Reaccionará con templanza (primer plano de sus gafas) y estará muy orgulloso de mí (primer plano de su calva). Reflexionaremos juntos ante la cámara sobre la fragilidad de la vida y lo incomprensible de la existencia de ensaladas tibias con queso de cabra en restaurantes caros. Aparecerán imágenes aleatorias de películas viejas, de informativos antiguos, de fotografías de columnistas literarios y una radiografía de cuando me hice un esguince. Sonará música clásica. En algún momento lloraré en silencio. O vomitaré purpurina. No sé, lo que mejor me parezca. Saldrá Raphael cantando el porompompero al final. Fundido a negro. Ovación en pie. No quiero exagerar, pero me veo recogiendo un Goya.
Si en el vaso de una batidora se añaden fresas, dos lonchas de bacon, una hoja de lechuga, cerveza y un dinosaurio de plástico, tres minutos a máxima velocidad, se obtiene un engrudo sin sentido listo para tirar a la basura. Sidosa es su homólogo … en producto audiovisual: en una hora y media de metraje han puesto un episodio de ‘Lo de Évole‘, el corto de un alumno de la ECAM aspirante a director de culto, un chin de Strawberry Shortcake, Testimonios de ‘La Hora Chanante’, un poco de narcisismo y una niña prodigio del tardofranquismo devenida en gerontomusa de la izquierda ‘woke’.
Empieza, como no podía ser de otra manera, con una sucesión de planos inconexos que solo sirven para que el autor sienta que está haciendo alta cultura. De la de pensar mucho y farfullar sobre metáforas, alegorías y simbolismos. En realidad empieza cuando le pinchan en el culo y le cuenta a la enfermera Tere que lo va a decir. Lo prosaico se impone a lo poético. Ella se preocupa, porque no quiere que sufra, le pregunta si se lo ha pensado bien, si está seguro, y están un rato hablando, mohínos, como si tener sida hoy fuese tener sida en los ochenta. Después se lo cuenta a Évole. Y luego a su médico, y al que le hace los monigotes de plástico, a la modista y a una señora con el pelo rosa. Esto me hace pensar que no tiene muchos amigos ni una relación muy cercana con su familia.
En casa de Eduardo Casanova, todo es rosa y está él por todas partes: en fotos, en un busto, en dibujos, en muñecos, en camisetas… Esto nos define la película entera (y a su protagonista) porque, no se dejen engañar por el título, esto no va de sida, ni de divulgación, ni de ayudar a otros a que no se sientan estigmatizados, ni de una historia personal de superación. Esto va únicamente de Eduardo Casanova hablando de Eduardo Casanova, encantado de haber conocido a Eduardo Casanova. Y es el sida como podría haber sido un catarro, una boda o un desengaño amoroso. Va de eso y de Jordi Évole tratando de rentabilizarlo económica y mediáticamente.
Tedioso y nada sutil
A Casanova le da apuro que quede demasiado dramático. Por eso en lugar de decirlo simplemente en una entrevista, normalizándolo, hace una película de hora y media. Y quiere apropiarse de la palabra sidosa y por eso se titula así. La sutilidad no va con Eduardo Casanova. Se suceden las conversaciones intrascendentes, la cinta no avanza, todo es tedioso. El mundo empieza a parecerme un lugar hostil. Y entonces aparece una rubia embadurnada de rosa y vestida de época, que más tarde vomitará más cosa rosa. Y luego Casanova va a la peluquería y sigue hablando de lo mismo que lleva hablando desde que todo empezó. Y al final sale Ana Belén cantando ‘La vie en rose’ y por primera vez veo luz al final del túnel porque parece que va a terminar y eso me devuelve la esperanza un poco.
Estoy preparando un guión para una película, quiero que lo sepan. Se titulará ‘Padrostrum’. A Rubén Arranz le parece una gran idea y él, de estas cosas, entiende. Sale al principio, cuando voy a su casa, tristona, y le cuento que me he hecho daño arrancándome un padrastro mientras me mordía las uñas. Reaccionará con templanza (primer plano de sus gafas) y estará muy orgulloso de mí (primer plano de su calva). Reflexionaremos juntos ante la cámara sobre la fragilidad de la vida y lo incomprensible de la existencia de ensaladas tibias con queso de cabra en restaurantes caros. Aparecerán imágenes aleatorias de películas viejas, de informativos antiguos, de fotografías de columnistas literarios y una radiografía de cuando me hice un esguince. Sonará música clásica. En algún momento lloraré en silencio. O vomitaré purpurina. No sé, lo que mejor me parezca. Saldrá Raphael cantando el porompompero al final. Fundido a negro. Ovación en pie. No quiero exagerar, pero me veo recogiendo un Goya.
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