Salíamos de ver ‘Te irás al infierno’, por la curiosidad de asomarse a una producción realizada ya bajo el mandato de Sanae Takaichi, primera ministra de un Japón que se va tornando tradicionalista, si no de escopeta y perro akita. La serie es un monumento al relativismo moral y la meritocracia más inmisericorde, pero de esas cosas se ocupa la crítica especializada. Nos detenemos aquí en la banda sonora de un relato que recorre la segunda mitad del siglo pasado y que junto a su puesta en escena y su vestuario pasa más que por alto la modernidad del país que comercializó la electrónica de consumo o que dejó perplejo a Occidente con la exhibición tecnológica y artística de la Expo de Osaka. Ni rastro de eso. ‘Te irás al infierno’ abunda en la canción ligera, en las melodías de los cincuenta y en la música galante de un tiempo anterior, de baile agarrado, de mis manos en tu cintura y de todo eso, Florida Park con acento japonés y sana intención retrógrada. Salíamos de ver ‘Te irás al infierno’, tarareando una de Nat King Cole, y nos metimos en ‘Leyendas’, también por la banda sonora, a ver qué música le ponían a una serie, esta sí, intachable en cuanto a moralidad, pese a ser británica. Hablamos de moral pública; de puertas adentro la gente hace luego lo que quiere.’Leyendas’ reconstruye la guerra que Margaret Thatcher declaró poco antes de que los propios ‘tories’ pusieran fin a su mandato, necesitada como estaba de medallas que ponerse en la solapa cuando tenía agendado un desfile. El enemigo era la heroína. Caballo, más chutes no, mis manos en tu jeringa y todo eso. A diferencia del Japón amoral de Kazuko Hosoki, personaje real y central de ‘Te irás al infierno’, en ‘Leyendas’ ganan los buenos, pero con su correspondiente trasfondo/trastorno musical: si la banda sonora de la producción nipona, detenida en un tiempo idealizado, no avanza al ritmo de la biografía de Hosoki, la de ‘Leyendas’ está perfectamente sincronizada con la trama, pero sin conexión emocional, valga la licencia, con la droga que despacha. Suenan los Stones Roses, los Cure de ‘The Forest’, Guru Josh, los Manic y, acabáramos, los Happy Mondays. Éxtasis. Júbilo. Elevación. Inmortalidad. Es lo que había y sonaba en los primeros años noventa. El pop que hizo apología explícita o implícita de la heroína pertenece a una época muy anterior a la de ‘Leyendas’, donde se ponen caballo con música fabricada para salivar con MDMA , contradiós toxicológico o recurso narrativo tan desafiante e irreal como el de un pabellón Pepsi de Osaka en el que aún sonara ‘Aquellos ojos verdes’. Salíamos de ver ‘Te irás al infierno’, por la curiosidad de asomarse a una producción realizada ya bajo el mandato de Sanae Takaichi, primera ministra de un Japón que se va tornando tradicionalista, si no de escopeta y perro akita. La serie es un monumento al relativismo moral y la meritocracia más inmisericorde, pero de esas cosas se ocupa la crítica especializada. Nos detenemos aquí en la banda sonora de un relato que recorre la segunda mitad del siglo pasado y que junto a su puesta en escena y su vestuario pasa más que por alto la modernidad del país que comercializó la electrónica de consumo o que dejó perplejo a Occidente con la exhibición tecnológica y artística de la Expo de Osaka. Ni rastro de eso. ‘Te irás al infierno’ abunda en la canción ligera, en las melodías de los cincuenta y en la música galante de un tiempo anterior, de baile agarrado, de mis manos en tu cintura y de todo eso, Florida Park con acento japonés y sana intención retrógrada. Salíamos de ver ‘Te irás al infierno’, tarareando una de Nat King Cole, y nos metimos en ‘Leyendas’, también por la banda sonora, a ver qué música le ponían a una serie, esta sí, intachable en cuanto a moralidad, pese a ser británica. Hablamos de moral pública; de puertas adentro la gente hace luego lo que quiere.’Leyendas’ reconstruye la guerra que Margaret Thatcher declaró poco antes de que los propios ‘tories’ pusieran fin a su mandato, necesitada como estaba de medallas que ponerse en la solapa cuando tenía agendado un desfile. El enemigo era la heroína. Caballo, más chutes no, mis manos en tu jeringa y todo eso. A diferencia del Japón amoral de Kazuko Hosoki, personaje real y central de ‘Te irás al infierno’, en ‘Leyendas’ ganan los buenos, pero con su correspondiente trasfondo/trastorno musical: si la banda sonora de la producción nipona, detenida en un tiempo idealizado, no avanza al ritmo de la biografía de Hosoki, la de ‘Leyendas’ está perfectamente sincronizada con la trama, pero sin conexión emocional, valga la licencia, con la droga que despacha. Suenan los Stones Roses, los Cure de ‘The Forest’, Guru Josh, los Manic y, acabáramos, los Happy Mondays. Éxtasis. Júbilo. Elevación. Inmortalidad. Es lo que había y sonaba en los primeros años noventa. El pop que hizo apología explícita o implícita de la heroína pertenece a una época muy anterior a la de ‘Leyendas’, donde se ponen caballo con música fabricada para salivar con MDMA , contradiós toxicológico o recurso narrativo tan desafiante e irreal como el de un pabellón Pepsi de Osaka en el que aún sonara ‘Aquellos ojos verdes’.

Salíamos de ver ‘Te irás al infierno’, por la curiosidad de asomarse a una producción realizada ya bajo el mandato de Sanae Takaichi, primera ministra de un Japón que se va tornando tradicionalista, si no de escopeta y perro akita. La serie es un … monumento al relativismo moral y la meritocracia más inmisericorde, pero de esas cosas se ocupa la crítica especializada. Nos detenemos aquí en la banda sonora de un relato que recorre la segunda mitad del siglo pasado y que junto a su puesta en escena y su vestuario pasa más que por alto la modernidad del país que comercializó la electrónica de consumo o que dejó perplejo a Occidente con la exhibición tecnológica y artística de la Expo de Osaka. Ni rastro de eso. ‘Te irás al infierno’ abunda en la canción ligera, en las melodías de los cincuenta y en la música galante de un tiempo anterior, de baile agarrado, de mis manos en tu cintura y de todo eso, Florida Park con acento japonés y sana intención retrógrada. Salíamos de ver ‘Te irás al infierno’, tarareando una de Nat King Cole, y nos metimos en ‘Leyendas’, también por la banda sonora, a ver qué música le ponían a una serie, esta sí, intachable en cuanto a moralidad, pese a ser británica. Hablamos de moral pública; de puertas adentro la gente hace luego lo que quiere.
‘Leyendas’ reconstruye la guerra que Margaret Thatcher declaró poco antes de que los propios ‘tories’ pusieran fin a su mandato, necesitada como estaba de medallas que ponerse en la solapa cuando tenía agendado un desfile. El enemigo era la heroína. Caballo, más chutes no, mis manos en tu jeringa y todo eso. A diferencia del Japón amoral de Kazuko Hosoki, personaje real y central de ‘Te irás al infierno’, en ‘Leyendas’ ganan los buenos, pero con su correspondiente trasfondo/trastorno musical: si la banda sonora de la producción nipona, detenida en un tiempo idealizado, no avanza al ritmo de la biografía de Hosoki, la de ‘Leyendas’ está perfectamente sincronizada con la trama, pero sin conexión emocional, valga la licencia, con la droga que despacha. Suenan los Stones Roses, los Cure de ‘The Forest’, Guru Josh, los Manic y, acabáramos, los Happy Mondays. Éxtasis. Júbilo. Elevación. Inmortalidad. Es lo que había y sonaba en los primeros años noventa.
El pop que hizo apología explícita o implícita de la heroína pertenece a una época muy anterior a la de ‘Leyendas’, donde se ponen caballo con música fabricada para salivar con MDMA, contradiós toxicológico o recurso narrativo tan desafiante e irreal como el de un pabellón Pepsi de Osaka en el que aún sonara ‘Aquellos ojos verdes’.
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