Reza el dicho que tengas cuidado con lo que deseas porque se puede hacer realidad, aunque tampoco resulta del todo claro qué pretendía nuestra protagonista cuando se instaló la app de Instagram. Esto es lo que sí podemos afirmar con seguridad: Natalie, Nattie, es una cristiana devota y un ama de casa orgullosa. Inteligente, tanto como para entender que poco se puede aprender en la universidad. Bien desposada, no, fenomenalmente desposada con el benjamín de un senador presidenciable. Presidenciable nada menos que al faro de Estados Unidos.
Reza el dicho que tengas cuidado con lo que deseas porque se puede hacer realidad, aunque tampoco resulta del todo claro qué pretendía nuestra protagonista cuando se instaló la app de Instagram. Esto es lo que sí podemos afirmar con seguridad: Natalie, Nattie, es una cristiana devota y un ama de casa orgullosa. Inteligente, tanto como para entender que poco se puede aprender en la universidad. Bien desposada, no, fenomenalmente desposada con el benjamín de un senador presidenciable. Presidenciable nada menos que al faro de Estados Unidos. Seguir leyendo
Reza el dicho que tengas cuidado con lo que deseas porque se puede hacer realidad, aunque tampoco resulta del todo claro qué pretendía nuestra protagonista cuando se instaló la app de Instagram. Esto es lo que sí podemos afirmar con seguridad: Natalie, Nattie, es una cristiana devota y un ama de casa orgullosa. Inteligente, tanto como para entender que poco se puede aprender en la universidad. Bien desposada, no, fenomenalmente desposada con el benjamín de un senador presidenciable. Presidenciable nada menos que al faro de Estados Unidos.
Todo esto lo sabemos —debe ser cierto, porque lo vemos— y sabemos también que, amasados una cantidad nada desdeñable de panes y varios millones de seguidores en su cuenta abierta a las bondades cotidianas de la vida bucólica en un rancho de las montañas de Idaho, contratada una productora, dos niñeras y engendrados cinco hijos de nombres recatados y con un sexto en el horno, Nattie se despierta una buena mañana (en realidad, no tanto) en el año de Dios de 1855. Sí, el mismo pasado de indios y vaqueros y de la fiebre del oro (y de la viruela, y las tormentas de arena) que con tanta añoranza recreaba en sus posts.
Hay búsqueda de sentido en la religión y los roles de género; hay manosfera y posfeminismo; hay facciones políticas antagónicas
Yesteryear es uno de esos libros que asemejan tratados de un momento y un lugar. En este caso, nuestro desquiciado siglo XXI y el no menos trastornado Estados Unidos de Trump, el fanatismo y la regresión. Un país con el que, por muchos océanos de distancia que nos separen, resulta inevitable compararse en el espejo de internet, convertido, todo apunta que irremediablemente, en igualador de todas las cosas. Su autora, Caro Claire Burke, debuta aquí en la novela, pero acredita sobrada experiencia en la escritura online. Se nota, y mucho, que se desenvuelve con soltura en los entresijos de la Red. Por lo que narra y por cómo lo narra, con una cadencia audiovisual tan patente como para que Anne Hathaway ya haya adquirido los derechos para ponerle cara a Natalie en el cine.
Burke parte del fenómeno pospandémico de las influencers tradwife —mujeres que interpretan, o que performan, el papel de ama-de-casa-tradicional, una madre creyente y trabajadora incansable del hogar, que nunca cocina con aditivos y siempre luce impecables, pese a tanta faena, los vestidos de estética cottagecore que le envían las marcas para que los promocione subrepticiamente— para meterse en el ojo del huracán de las guerras culturales y contar lo que se otea desde allí dentro. Lo que nos muestra marea: hay búsqueda de sentido y pertenencia en la religión y los roles de género, espacios acotados donde a priori se antoja más complicado desorientarse; hay manosfera versus posfeminismo; hay facciones políticas irreconciliables porque sí y, sobrevolándolos a todos, el control inescapable de las redes sociales, ese panóptico donde cada individuo, desde el supuesto anonimato de su smartphone, se ha alistado voluntariamente como vigilante y francotirador.
Pero, como ocurre en la realidad diseñada de Instagram, Yesteryear esconde más de lo que salta a la vista. Como una red subterránea de afluentes, emergen temas aparentemente secundarios cuyas consecuencias quizá no vislumbramos del todo: la idealización de la maternidad; el aislamiento y la sobreexposición, a veces solapados; la ética de la alimentación; la dependencia de los psicofármacos… La novela habla de gente que promueve la leche sin pasteurizar y deja morir una tras otra a sus vacas. De familias que levantan sus legados sobre cementerios de secretos. De cerebros anestesiados, del desafío de ser honesto en un sistema podrido, de la trampa, del cartón, de la apariencia como toda aspiración vital. De mujeres convertidas en sus propias jefas que, atrapadas por y cómplices del capitalismo, piensan que el feminismo juega en su contra.

Nattie y Caleb se conocen en una iglesia, la de Harvard, ese nido de corrupción atestado de mujeres como Reena, su compañera de cuarto, autoproclamadas feministas que se acuestan con cualquiera y se contentan —¡sueñan!— con ingresar en corporaciones conducidas por hombres donde indefectiblemente serán tratadas como inferiores, dejándose la salud, perdiendo la oportunidad —¡el mandato!— de cumplir su destino biológico. Así es Reena y así son las “Mujeres Enfadadas”. Las mujeres que detestan a Natalie, las mujeres que ella…
No es que a ella le importe no tener amigas, para nada, sabe, siente, que sus hijos y su marido son más que suficientes, a veces podría decirse que demasiado. Tanto que, cuando a los 19 años llega Clementine, no acierta a gestionar esas emociones, esos rechazos, ese atisbo de maldad que intuye en el bebé, que por supuesto nunca mencionará. Sonríe, se dirá, sigue, estás construyendo la familia perfecta, la vida perfecta, aunque resulte evidente que tu marido, ahora que le conoces un poco, carece de ambiciones y, no nos engañemos, de inteligencia. ¿No debería haber nacido ella hombre y él mujer?
No juzgarás los designios del Señor. Aunque, después de todo, ¿qué busca el Señor mandando a Natalie al Rancho de los Viejos Tiempos? Todo se explicará a su debido tiempo. El giro final lo pondrá todo y a todos en su lugar. A Nattie, a su madre piadosa y su hermana descarriada, a Caleb y su padre presidenciable y, sobre todo, a los hijos de ambos. Esos niños que crecieron sin acudir a la escuela, que aprendieron a recitar los 10 mandamientos antes de conocer lo que es un océano. Y que, por primera vez en la historia, forman parte de una generación criada no solo detrás sino también delante de una pantalla, expuestos al escrutinio de cualquier extraño. Porque ya sabemos que el pasado no fue tan romántico y el presente no pinta del todo halagüeño, pero ¿qué clase de futuro les quedará a estos hijos de internet?

Caro Claire Burke
Traducción de Mar García Puig
AdN, 2026
488 páginas. 21,95 euros
EL PAÍS
