«No es libros lo que necesitamos, sino algo más: la capacidad de pensar sobre lo que leemos, de cuestionar, de recordar y de vivir con la conciencia de lo que hemos aprendido». La cita podría pertenecer a cualquier escritor o pensador de nuestro tiempo, preocupado no por el número de libros que se venden , que parece haber superado todas las expectativas imaginables, sino por la verdadera capacidad de estos libros de fomentar en el lector una conciencia crítica , imprescindible para sobrevivir -intelectual, moral, físicamente- al acoso de la digitalización. La escribió sin embargo Ray Bradbury en los años cincuenta del pasado siglo, en su extraordinaria distopía ‘Fahrenheit 451’. 451 grados Fahrenheit o 238 grados Celsius, es decir: «La temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde », como reza el subtítulo. Cuando Bradbury publicó en 1953 ‘Fahrenheit 451’, tenía 33 años, y ya era un autor conocido y reconocido en Estados Unidos por sus trabajos pulp y de ciencia ficción, entre ellos el exitoso ‘Crónicas marcianas ‘, que había aparecido en 1950. Lo hizo en la editorial Ballantine Books, de Nueva York, concentrando en una sola novela el argumento de otros relatos anteriores, como Bright Phoenix, que escribió en 1948, aunque no se publicó hasta 1963, o la novela corta ‘El bombero’, que fue portada de la revista ‘Galaxy Science Fiction’ en 1951. Noticia relacionada opinion No No Resurecciones Aldous Huxley, satisfacción versus libertad Carlos AganzoCon ‘Fahrenheit 451’, Bradbury alcanzaría su madurez, y se convertiría en un autor «serio» y universal, con un claro mensaje social y político ante la sociedad de su tiempo. En 1954, la novela ganó el premio de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, y dos años después, en una entrevista en la radio, el escritor confesó que la había escrito preocupado por la gran censura de la era McCarthy , ampliando el foco al modo en que los medios de comunicación de masas, especialmente la televisión, estaban destruyendo el verdadero interés por la literatura.En la televisión, la miniserie de HBO del mismo nombre, de 2018, no consiguió ni mucho menos el eco que logró en su día en el cine la mítica película de Truffaut , de 1966, protagonizada por Oscar Werner como Guy Montag, el bombero que se dedicaba a quemar libros por orden de un gobierno que los consideraba peligrosos, y que en un momento de su vida decidió traicionar su trabajo y quedarse con uno de los volúmenes destinados al fuego. En los 50 y 60, la obra de Bradbury se leyó como la necesidad de una rebeldía intelectual para recuperar valores que la sociedad de masas empezaba a perderY terminó por unirse a un grupo de la resistencia, en el que cada militante se afanaba por aprenderse de memoria una de las grandes obras literarias de la historia, para evitar que se perdieran. Con Julie Christie en el doble papel de Clarisse, la joven que despierta en él la inquietud por el verdadero sentido de su empleo, y de Linda (en la novela Millie), la esposa del bombero, que vive encerrada en su casa con un televisor gigante que ocupa toda una pared del salón. En los años cincuenta y sesenta, la obra de Bradbury se leyó como una contundente crítica sobre la censura , el control de la información, la superficialidad, la alienación del individuo y la necesidad de una rebeldía intelectual para recuperar valores que la sociedad de masas empezaba a perder de manera inquietante. Hoy, ‘Fahrenheit 451’ nos parece una metáfora extraordinaria de nuestra indefensión ante la desinformación en un mundo dominado por las redes sociales, las noticias falsas, el consumo frenético de contenidos audiovisuales banales o la falta de intimidad derivada de una híper conectividad histérica (las «paredes parlantes» de Bradbury), por no hablar de la manipulación de la memoria colectiva o la falta de libertad, en todos los casos. Leída ahora, la modernidad de ‘Fahrenheit 451’ no está quizás en su poder de anticipación, sino en su capacidad de identificar, ya entonces, el principio del fin de este proceso que, apoyado en un desarrollo tecnológico fuera de límite, abunda en la más absoluta deshumanización. «No es libros lo que necesitamos, sino algo más: la capacidad de pensar sobre lo que leemos, de cuestionar, de recordar y de vivir con la conciencia de lo que hemos aprendido». La cita podría pertenecer a cualquier escritor o pensador de nuestro tiempo, preocupado no por el número de libros que se venden , que parece haber superado todas las expectativas imaginables, sino por la verdadera capacidad de estos libros de fomentar en el lector una conciencia crítica , imprescindible para sobrevivir -intelectual, moral, físicamente- al acoso de la digitalización. La escribió sin embargo Ray Bradbury en los años cincuenta del pasado siglo, en su extraordinaria distopía ‘Fahrenheit 451’. 451 grados Fahrenheit o 238 grados Celsius, es decir: «La temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde », como reza el subtítulo. Cuando Bradbury publicó en 1953 ‘Fahrenheit 451’, tenía 33 años, y ya era un autor conocido y reconocido en Estados Unidos por sus trabajos pulp y de ciencia ficción, entre ellos el exitoso ‘Crónicas marcianas ‘, que había aparecido en 1950. Lo hizo en la editorial Ballantine Books, de Nueva York, concentrando en una sola novela el argumento de otros relatos anteriores, como Bright Phoenix, que escribió en 1948, aunque no se publicó hasta 1963, o la novela corta ‘El bombero’, que fue portada de la revista ‘Galaxy Science Fiction’ en 1951. Noticia relacionada opinion No No Resurecciones Aldous Huxley, satisfacción versus libertad Carlos AganzoCon ‘Fahrenheit 451’, Bradbury alcanzaría su madurez, y se convertiría en un autor «serio» y universal, con un claro mensaje social y político ante la sociedad de su tiempo. En 1954, la novela ganó el premio de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, y dos años después, en una entrevista en la radio, el escritor confesó que la había escrito preocupado por la gran censura de la era McCarthy , ampliando el foco al modo en que los medios de comunicación de masas, especialmente la televisión, estaban destruyendo el verdadero interés por la literatura.En la televisión, la miniserie de HBO del mismo nombre, de 2018, no consiguió ni mucho menos el eco que logró en su día en el cine la mítica película de Truffaut , de 1966, protagonizada por Oscar Werner como Guy Montag, el bombero que se dedicaba a quemar libros por orden de un gobierno que los consideraba peligrosos, y que en un momento de su vida decidió traicionar su trabajo y quedarse con uno de los volúmenes destinados al fuego. En los 50 y 60, la obra de Bradbury se leyó como la necesidad de una rebeldía intelectual para recuperar valores que la sociedad de masas empezaba a perderY terminó por unirse a un grupo de la resistencia, en el que cada militante se afanaba por aprenderse de memoria una de las grandes obras literarias de la historia, para evitar que se perdieran. Con Julie Christie en el doble papel de Clarisse, la joven que despierta en él la inquietud por el verdadero sentido de su empleo, y de Linda (en la novela Millie), la esposa del bombero, que vive encerrada en su casa con un televisor gigante que ocupa toda una pared del salón. En los años cincuenta y sesenta, la obra de Bradbury se leyó como una contundente crítica sobre la censura , el control de la información, la superficialidad, la alienación del individuo y la necesidad de una rebeldía intelectual para recuperar valores que la sociedad de masas empezaba a perder de manera inquietante. Hoy, ‘Fahrenheit 451’ nos parece una metáfora extraordinaria de nuestra indefensión ante la desinformación en un mundo dominado por las redes sociales, las noticias falsas, el consumo frenético de contenidos audiovisuales banales o la falta de intimidad derivada de una híper conectividad histérica (las «paredes parlantes» de Bradbury), por no hablar de la manipulación de la memoria colectiva o la falta de libertad, en todos los casos. Leída ahora, la modernidad de ‘Fahrenheit 451’ no está quizás en su poder de anticipación, sino en su capacidad de identificar, ya entonces, el principio del fin de este proceso que, apoyado en un desarrollo tecnológico fuera de límite, abunda en la más absoluta deshumanización.
«No es libros lo que necesitamos, sino algo más: la capacidad de pensar sobre lo que leemos, de cuestionar, de recordar y de vivir con la conciencia de lo que hemos aprendido». La cita podría pertenecer a cualquier escritor o pensador de nuestro tiempo, … preocupado no por el número de libros que se venden, que parece haber superado todas las expectativas imaginables, sino por la verdadera capacidad de estos libros de fomentar en el lector una conciencia crítica, imprescindible para sobrevivir -intelectual, moral, físicamente- al acoso de la digitalización.
La escribió sin embargo Ray Bradbury en los años cincuenta del pasado siglo, en su extraordinaria distopía ‘Fahrenheit 451’. 451 grados Fahrenheit o 238 grados Celsius, es decir: «La temperatura a la que el papel de los libros se inflama y arde», como reza el subtítulo.
Cuando Bradbury publicó en 1953 ‘Fahrenheit 451’, tenía 33 años, y ya era un autor conocido y reconocido en Estados Unidos por sus trabajos pulp y de ciencia ficción, entre ellos el exitoso ‘Crónicas marcianas‘, que había aparecido en 1950. Lo hizo en la editorial Ballantine Books, de Nueva York, concentrando en una sola novela el argumento de otros relatos anteriores, como Bright Phoenix, que escribió en 1948, aunque no se publicó hasta 1963, o la novela corta ‘El bombero’, que fue portada de la revista ‘Galaxy Science Fiction’ en 1951.
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Con ‘Fahrenheit 451’, Bradbury alcanzaría su madurez, y se convertiría en un autor «serio» y universal, con un claro mensaje social y político ante la sociedad de su tiempo. En 1954, la novela ganó el premio de la Academia Estadounidense de las Artes y las Letras, y dos años después, en una entrevista en la radio, el escritor confesó que la había escrito preocupado por la gran censura de la eraMcCarthy, ampliando el foco al modo en que los medios de comunicación de masas, especialmente la televisión, estaban destruyendo el verdadero interés por la literatura.
En la televisión, la miniserie de HBO del mismo nombre, de 2018, no consiguió ni mucho menos el eco que logró en su día en el cine la mítica película de Truffaut, de 1966, protagonizada por Oscar Werner como Guy Montag, el bombero que se dedicaba a quemar libros por orden de un gobierno que los consideraba peligrosos, y que en un momento de su vida decidió traicionar su trabajo y quedarse con uno de los volúmenes destinados al fuego.
En los 50 y 60, la obra de Bradbury se leyó como la necesidad de una rebeldía intelectual para recuperar valores que la sociedad de masas empezaba a perder
Y terminó por unirse a un grupo de la resistencia, en el que cada militante se afanaba por aprenderse de memoria una de las grandes obras literarias de la historia, para evitar que se perdieran. Con Julie Christie en el doble papel de Clarisse, la joven que despierta en él la inquietud por el verdadero sentido de su empleo, y de Linda (en la novela Millie), la esposa del bombero, que vive encerrada en su casa con un televisor gigante que ocupa toda una pared del salón.
En los años cincuenta y sesenta, la obra de Bradbury se leyó como una contundente crítica sobre la censura, el control de la información, la superficialidad, la alienación del individuo y la necesidad de una rebeldía intelectual para recuperar valores que la sociedad de masas empezaba a perder de manera inquietante.
Hoy, ‘Fahrenheit 451’ nos parece una metáfora extraordinaria de nuestra indefensión ante la desinformación en un mundo dominado por las redes sociales, las noticias falsas, el consumo frenético de contenidos audiovisuales banales o la falta de intimidad derivada de una híper conectividad histérica (las «paredes parlantes» de Bradbury), por no hablar de la manipulación de la memoria colectiva o la falta de libertad, en todos los casos. Leída ahora, la modernidad de ‘Fahrenheit 451’ no está quizás en su poder de anticipación, sino en su capacidad de identificar, ya entonces, el principio del fin de este proceso que, apoyado en un desarrollo tecnológico fuera de límite, abunda en la más absoluta deshumanización.
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