Marilyn Monroe nació dos veces: una como Norma Jeane, hace hoy justo un siglo, y otra como la ambición rubia, el objeto sexual más deseado de Hollywood; un mito erótico construido minuciosamente para sostener, y proteger, a una mujer destruida. La primera, la niña, vino al mundo marcada por su condición de hija ilegítima y la ausencia de un padre al que conocía por un retrato y le recordaba a Clark Gable; por la herencia de la locura familiar, por las visitas intermitentes de su madre y las agresiones de su abuela, que intentó asfixiarla con una almohada en la cuna. Desamparada, retraída, se crio entre el orfanato y casas ajenas, la de los vecinos Ida y Albert Bolender, fundamentalistas evangélicos que le prohibían ir al cine, y la de una amiga de su madre, que trabajaba con ella en Hollywood. Víctima de abusos sexuales, tartamudeaba, era reservada, insegura, marginada y, con la adolescencia, también codiciada. La segunda, el mito, fue una obra de ingeniería propia.Marilyn Monroe no fue el invento de un despacho de la 20th Century Fox , como sucedió con otras estrellas como Rita Hayworth, a quien el fundador de Columbia borró su pasado español; fue el escudo protector que Norma Jeane diseñó para sobrevivir y escapar de una infancia triste. Limó sus tacones para lograr su característico vaivén de caderas, estudió cada ángulo de luz y transformó la tartamudez infantil en el jadeo más magnético de la historia del cine. El personaje cobró vida propia y la industria se negó a dejarla salir, atrapando para siempre a Norma Jeane. Ella, bajo el éxito, se revolvía. «Siempre pasaba con el coche por el teatro con mi nombre en la marquesina. Estaba tan emocionada que solo deseaba que hubieran usado Norma Jeane para que todos los niños de la escuela y el orfanato que me ignoraban pudieran verlo», aseguraba en 1948. Pero, de cara al público, siempre fue Marilyn Monroe.«Cuando crezcas serás hermosa, rica y famosa», le dijo su tía Ana Lower, la persona que más creyó en ella. Y lo hizo. Consiguió su sueño, pero Hollywood quiso imponer su relato. «Mentiras, mentiras y más mentiras. Todo lo que se ha dicho de mí son mentiras», le confesó a su amigo, el fotógrafo George Barris, que lo replica en ‘Marilyn Monroe. Cuando crezcas serás hermosa, feliz y famosa’ (Confluencias, 2016). La actriz llegaba tarde a los rodajes, perdía el hilo y olvidaba sus frases, pero sus retrasos, sus bloqueos, respondían a sus neurosis por estar a la altura, a su perfeccionismo obsesivo. También a sus tragedias, a sus divorcios, a su aborto, que iban fracturando ese maniquí perfecto fabricado para triunfar y protegerse. Capaz de brillar en la comedia y sorprender en el drama, fue más que un puñado de buenas películas y una caprichosa actriz que sacaba de quicio a Billy Wilder. Después de ‘Con faldas a lo loco’, el director no quiso volver a coincidir con ella. Dijo: «He discutido con mi médico y mi psiquiatra y me dicen que soy demasiado viejo y demasiado rico para volver a pasar por esto».Se tiñó y alisó el pelo, «típico californiano, más claro en verano y más oscuro en invierno, demasiado rizado», a imagen y semejanza de Jean Harlow porque la mejor amiga de su madre le dijo que se parecían mucho «si no fuera por ese pequeño bulto» de su nariz. Y explotó su voluptuosidad y curvas imitando a la actriz Lana Turner, la primera sex symbol adolescente que apareció en la portada de la revista ‘Life’, tal y como contó el archivista e historiador Roy Turner. Pero, en el fondo, siempre aspiró a que la tomaran en serio. Noticia relacionada No No ¿Fue asesinada? La muerte de Marilyn, caso abierto Fátima Uribarri«Su mayor temor era que la desenmascararan y descubrieran quién era en realidad y que el mundo se enterara de que ella no era esa mujer de la pantalla. Se refugiaba en eso, quería ser otra fantasía«, dice James Glaeg, autor de ‘Casting Norma Jeane’, en el documental ‘Una chica de ensueño. La creación de Marilyn Monroe’, emitido en La 2 con motivo del centenario. «Es muy difícil escapar de lo que los demás creen que debemos ser. A veces la mirada se convierte en una jaula estrecha y es muy difícil romper o ensanchar esas paredes de la mirada ajena. Le pasó a Marilyn Monroe, que en toda su corta vida trató de demostrar que, más allá de esa presencia y de ese aura, porque era absolutamente magnética, había un ser humano con inquietudes intelectuales», aseguró Alberto Conejero en una entrevista con ABC. El círculo de amistades que frecuentaba la actriz también dice mucho de sus ambiciones más allá del cine. Destacaron, entre otros, el poeta Norman Rosten o Truman Capote, que se inspiró en ella para ‘Desayuno en Tiffany’s’ y le dedicó uno de los relatos de ‘Música para camaleones’: «Es como un colibrí en vuelo: solo la cámara puede congelar su poesía». Marilyn Monroe ni era rubia ni tonta. Le gustaba recitar a Walt Whitman en voz alta y a pintores españoles como Velázquez, Goya y Picasso. Pero, sobre todo, le gustaba leer. Tenía una biblioteca con más de 400 ejemplares, con clásicos como ‘Alicia en el país de las maravillas’ o ‘El gran Gatsby’ y también imprescindibles de la Generación Beat, como ‘En el camino’, de Jack Kerouac. Una colección en la que se alternaban títulos de William Faulkner, Thomas Mann, Laurence Durrell o D.H. Lawrence, el Pulitzer Tennessee Williams, el Nobel Eugene O’Neill, Ernest Hemingway o su tercer marido, Arthur Miller, con biografías, libros de política, historia, filosofía o psicología, Sigmund Freud incluido. También la poesía de Rafael Alberti y Federico García Lorca. Más libros que amantesHay más fotos suyas con libros que semidesnuda, pero no era impostura, como muchos consideraron tras ver sus posados para Eve Arnold con el ‘Ulises’ de James Joyce abierto hacia el final. Cuando la fotógrafa de Magnum le preguntó si de verdad lo estaba leyendo, la protagonista de ‘La tentación vive arriba’ reconoció que no había sido capaz de terminarlo. No fue el único libro que dejó a medias. En su biografía de la actriz, George Barris cuestiona el suicidio de la protagonista de ‘Los caballeros las prefieren rubias’. «Nunca me pareció más feliz (…) Estaba leyendo ‘Matar a un ruiseñor’ esos días. Al final me dijo: ‘Te quiero, te veré el lunes o cuando vengas’. Menos de veinticuatro horas después de esta llamada, Marilyn apareció muerta». Pero ese día murió Norma Jeane, el mito de Marilyn Monroe la sobrevive 64 años después. Marilyn Monroe nació dos veces: una como Norma Jeane, hace hoy justo un siglo, y otra como la ambición rubia, el objeto sexual más deseado de Hollywood; un mito erótico construido minuciosamente para sostener, y proteger, a una mujer destruida. La primera, la niña, vino al mundo marcada por su condición de hija ilegítima y la ausencia de un padre al que conocía por un retrato y le recordaba a Clark Gable; por la herencia de la locura familiar, por las visitas intermitentes de su madre y las agresiones de su abuela, que intentó asfixiarla con una almohada en la cuna. Desamparada, retraída, se crio entre el orfanato y casas ajenas, la de los vecinos Ida y Albert Bolender, fundamentalistas evangélicos que le prohibían ir al cine, y la de una amiga de su madre, que trabajaba con ella en Hollywood. Víctima de abusos sexuales, tartamudeaba, era reservada, insegura, marginada y, con la adolescencia, también codiciada. La segunda, el mito, fue una obra de ingeniería propia.Marilyn Monroe no fue el invento de un despacho de la 20th Century Fox , como sucedió con otras estrellas como Rita Hayworth, a quien el fundador de Columbia borró su pasado español; fue el escudo protector que Norma Jeane diseñó para sobrevivir y escapar de una infancia triste. Limó sus tacones para lograr su característico vaivén de caderas, estudió cada ángulo de luz y transformó la tartamudez infantil en el jadeo más magnético de la historia del cine. El personaje cobró vida propia y la industria se negó a dejarla salir, atrapando para siempre a Norma Jeane. Ella, bajo el éxito, se revolvía. «Siempre pasaba con el coche por el teatro con mi nombre en la marquesina. Estaba tan emocionada que solo deseaba que hubieran usado Norma Jeane para que todos los niños de la escuela y el orfanato que me ignoraban pudieran verlo», aseguraba en 1948. Pero, de cara al público, siempre fue Marilyn Monroe.«Cuando crezcas serás hermosa, rica y famosa», le dijo su tía Ana Lower, la persona que más creyó en ella. Y lo hizo. Consiguió su sueño, pero Hollywood quiso imponer su relato. «Mentiras, mentiras y más mentiras. Todo lo que se ha dicho de mí son mentiras», le confesó a su amigo, el fotógrafo George Barris, que lo replica en ‘Marilyn Monroe. Cuando crezcas serás hermosa, feliz y famosa’ (Confluencias, 2016). La actriz llegaba tarde a los rodajes, perdía el hilo y olvidaba sus frases, pero sus retrasos, sus bloqueos, respondían a sus neurosis por estar a la altura, a su perfeccionismo obsesivo. También a sus tragedias, a sus divorcios, a su aborto, que iban fracturando ese maniquí perfecto fabricado para triunfar y protegerse. Capaz de brillar en la comedia y sorprender en el drama, fue más que un puñado de buenas películas y una caprichosa actriz que sacaba de quicio a Billy Wilder. Después de ‘Con faldas a lo loco’, el director no quiso volver a coincidir con ella. Dijo: «He discutido con mi médico y mi psiquiatra y me dicen que soy demasiado viejo y demasiado rico para volver a pasar por esto».Se tiñó y alisó el pelo, «típico californiano, más claro en verano y más oscuro en invierno, demasiado rizado», a imagen y semejanza de Jean Harlow porque la mejor amiga de su madre le dijo que se parecían mucho «si no fuera por ese pequeño bulto» de su nariz. Y explotó su voluptuosidad y curvas imitando a la actriz Lana Turner, la primera sex symbol adolescente que apareció en la portada de la revista ‘Life’, tal y como contó el archivista e historiador Roy Turner. Pero, en el fondo, siempre aspiró a que la tomaran en serio. Noticia relacionada No No ¿Fue asesinada? La muerte de Marilyn, caso abierto Fátima Uribarri«Su mayor temor era que la desenmascararan y descubrieran quién era en realidad y que el mundo se enterara de que ella no era esa mujer de la pantalla. Se refugiaba en eso, quería ser otra fantasía«, dice James Glaeg, autor de ‘Casting Norma Jeane’, en el documental ‘Una chica de ensueño. La creación de Marilyn Monroe’, emitido en La 2 con motivo del centenario. «Es muy difícil escapar de lo que los demás creen que debemos ser. A veces la mirada se convierte en una jaula estrecha y es muy difícil romper o ensanchar esas paredes de la mirada ajena. Le pasó a Marilyn Monroe, que en toda su corta vida trató de demostrar que, más allá de esa presencia y de ese aura, porque era absolutamente magnética, había un ser humano con inquietudes intelectuales», aseguró Alberto Conejero en una entrevista con ABC. El círculo de amistades que frecuentaba la actriz también dice mucho de sus ambiciones más allá del cine. Destacaron, entre otros, el poeta Norman Rosten o Truman Capote, que se inspiró en ella para ‘Desayuno en Tiffany’s’ y le dedicó uno de los relatos de ‘Música para camaleones’: «Es como un colibrí en vuelo: solo la cámara puede congelar su poesía». Marilyn Monroe ni era rubia ni tonta. Le gustaba recitar a Walt Whitman en voz alta y a pintores españoles como Velázquez, Goya y Picasso. Pero, sobre todo, le gustaba leer. Tenía una biblioteca con más de 400 ejemplares, con clásicos como ‘Alicia en el país de las maravillas’ o ‘El gran Gatsby’ y también imprescindibles de la Generación Beat, como ‘En el camino’, de Jack Kerouac. Una colección en la que se alternaban títulos de William Faulkner, Thomas Mann, Laurence Durrell o D.H. Lawrence, el Pulitzer Tennessee Williams, el Nobel Eugene O’Neill, Ernest Hemingway o su tercer marido, Arthur Miller, con biografías, libros de política, historia, filosofía o psicología, Sigmund Freud incluido. También la poesía de Rafael Alberti y Federico García Lorca. Más libros que amantesHay más fotos suyas con libros que semidesnuda, pero no era impostura, como muchos consideraron tras ver sus posados para Eve Arnold con el ‘Ulises’ de James Joyce abierto hacia el final. Cuando la fotógrafa de Magnum le preguntó si de verdad lo estaba leyendo, la protagonista de ‘La tentación vive arriba’ reconoció que no había sido capaz de terminarlo. No fue el único libro que dejó a medias. En su biografía de la actriz, George Barris cuestiona el suicidio de la protagonista de ‘Los caballeros las prefieren rubias’. «Nunca me pareció más feliz (…) Estaba leyendo ‘Matar a un ruiseñor’ esos días. Al final me dijo: ‘Te quiero, te veré el lunes o cuando vengas’. Menos de veinticuatro horas después de esta llamada, Marilyn apareció muerta». Pero ese día murió Norma Jeane, el mito de Marilyn Monroe la sobrevive 64 años después.
Marilyn Monroe nació dos veces: una como Norma Jeane, hace hoy justo un siglo, y otra como la ambición rubia, el objeto sexual más deseado de Hollywood; un mito erótico construido minuciosamente para sostener, y proteger, a una mujer destruida. La primera, la niña, … vino al mundo marcada por su condición de hija ilegítima y la ausencia de un padre al que conocía por un retrato y le recordaba a Clark Gable; por la herencia de la locura familiar, por las visitas intermitentes de su madre y las agresiones de su abuela, que intentó asfixiarla con una almohada en la cuna. Desamparada, retraída, se crio entre el orfanato y casas ajenas, la de los vecinos Ida y Albert Bolender, fundamentalistas evangélicos que le prohibían ir al cine, y la de una amiga de su madre, que trabajaba con ella en Hollywood. Víctima de abusos sexuales, tartamudeaba, era reservada, insegura, marginada y, con la adolescencia, también codiciada. La segunda, el mito, fue una obra de ingeniería propia.
Marilyn Monroe no fue el invento de un despacho de la 20th Century Fox, como sucedió con otras estrellas como Rita Hayworth, a quien el fundador de Columbia borró su pasado español; fue el escudo protector que Norma Jeane diseñó para sobrevivir y escapar de una infancia triste. Limó sus tacones para lograr su característico vaivén de caderas, estudió cada ángulo de luz y transformó la tartamudez infantil en el jadeo más magnético de la historia del cine. El personaje cobró vida propia y la industria se negó a dejarla salir, atrapando para siempre a Norma Jeane. Ella, bajo el éxito, se revolvía. «Siempre pasaba con el coche por el teatro con mi nombre en la marquesina. Estaba tan emocionada que solo deseaba que hubieran usado Norma Jeane para que todos los niños de la escuela y el orfanato que me ignoraban pudieran verlo», aseguraba en 1948. Pero, de cara al público, siempre fue Marilyn Monroe.
«Cuando crezcas serás hermosa, rica y famosa», le dijo su tía Ana Lower, la persona que más creyó en ella. Y lo hizo. Consiguió su sueño, pero Hollywood quiso imponer su relato. «Mentiras, mentiras y más mentiras. Todo lo que se ha dicho de mí son mentiras», le confesó a su amigo, el fotógrafo George Barris, que lo replica en ‘Marilyn Monroe. Cuando crezcas serás hermosa, feliz y famosa’ (Confluencias, 2016). La actriz llegaba tarde a los rodajes, perdía el hilo y olvidaba sus frases, pero sus retrasos, sus bloqueos, respondían a sus neurosis por estar a la altura, a su perfeccionismo obsesivo. También a sus tragedias, a sus divorcios, a su aborto, que iban fracturando ese maniquí perfecto fabricado para triunfar y protegerse. Capaz de brillar en la comedia y sorprender en el drama, fue más que un puñado de buenas películas y una caprichosa actriz que sacaba de quicio a Billy Wilder. Después de ‘Con faldas a lo loco’, el director no quiso volver a coincidir con ella. Dijo: «He discutido con mi médico y mi psiquiatra y me dicen que soy demasiado viejo y demasiado rico para volver a pasar por esto».
Se tiñó y alisó el pelo, «típico californiano, más claro en verano y más oscuro en invierno, demasiado rizado», a imagen y semejanza de Jean Harlow porque la mejor amiga de su madre le dijo que se parecían mucho «si no fuera por ese pequeño bulto» de su nariz. Y explotó su voluptuosidad y curvas imitando a la actriz Lana Turner, la primera sex symbol adolescente que apareció en la portada de la revista ‘Life’, tal y como contó el archivista e historiador Roy Turner. Pero, en el fondo, siempre aspiró a que la tomaran en serio.
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¿Fue asesinada?
Fátima Uribarri
«Su mayor temor era que la desenmascararan y descubrieran quién era en realidad y que el mundo se enterara de que ella no era esa mujer de la pantalla. Se refugiaba en eso, quería ser otra fantasía«, dice James Glaeg, autor de ‘Casting Norma Jeane’, en el documental ‘Una chica de ensueño. La creación de Marilyn Monroe’, emitido en La 2 con motivo del centenario. «Es muy difícil escapar de lo que los demás creen que debemos ser. A veces la mirada se convierte en una jaula estrecha y es muy difícil romper o ensanchar esas paredes de la mirada ajena. Le pasó a Marilyn Monroe, que en toda su corta vida trató de demostrar que, más allá de esa presencia y de ese aura, porque era absolutamente magnética, había un ser humano con inquietudes intelectuales», aseguró Alberto Conejero en una entrevista con ABC. El círculo de amistades que frecuentaba la actriz también dice mucho de sus ambiciones más allá del cine. Destacaron, entre otros, el poeta Norman Rosten o Truman Capote, que se inspiró en ella para ‘Desayuno en Tiffany’s’ y le dedicó uno de los relatos de ‘Música para camaleones’: «Es como un colibrí en vuelo: solo la cámara puede congelar su poesía».
Marilyn Monroe ni era rubia ni tonta. Le gustaba recitar a Walt Whitman en voz alta y a pintores españoles como Velázquez, Goya y Picasso. Pero, sobre todo, le gustaba leer. Tenía una biblioteca con más de 400 ejemplares, con clásicos como ‘Alicia en el país de las maravillas’ o ‘El gran Gatsby’ y también imprescindibles de la Generación Beat, como ‘En el camino’, de Jack Kerouac. Una colección en la que se alternaban títulos de William Faulkner, Thomas Mann, Laurence Durrell o D.H. Lawrence, el Pulitzer Tennessee Williams, el Nobel Eugene O’Neill, Ernest Hemingway o su tercer marido, Arthur Miller, con biografías, libros de política, historia, filosofía o psicología, Sigmund Freud incluido. También la poesía de Rafael Alberti y Federico García Lorca.
Más libros que amantes
Hay más fotos suyas con libros que semidesnuda, pero no era impostura, como muchos consideraron tras ver sus posados para Eve Arnold con el ‘Ulises’ de James Joyce abierto hacia el final. Cuando la fotógrafa de Magnum le preguntó si de verdad lo estaba leyendo, la protagonista de ‘La tentación vive arriba’ reconoció que no había sido capaz de terminarlo.
No fue el único libro que dejó a medias. En su biografía de la actriz, George Barris cuestiona el suicidio de la protagonista de ‘Los caballeros las prefieren rubias’. «Nunca me pareció más feliz (…) Estaba leyendo ‘Matar a un ruiseñor’ esos días. Al final me dijo: ‘Te quiero, te veré el lunes o cuando vengas’. Menos de veinticuatro horas después de esta llamada, Marilyn apareció muerta». Pero ese día murió Norma Jeane, el mito de Marilyn Monroe la sobrevive 64 años después.
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