«Siempre al amador cobarde le llega el remedio tarde». Hace más de cuatro siglos, un autor anónimo escribió unas coplas de amor que comenzaban con este verso e introdujo el papel, hecho a mano, en un mechinal del zaguán del convento de Santa Clara de Toledo. El enamorado, que quizá ardía en fuego, como decía su escrito, por alguna novicia o monja clarisa, dejó otras cartas insertas en el mismo muro. Allí permanecieron ocultas durante siglos hasta que fueron descubiertas durante las obras de recuperación de este espacio impulsadas por el Consorcio de la Ciudad de Toledo en 2010.El hueco de la pared de la iglesia escondía once documentos (seis manuscritos, dos impresos y tres grabados), además de restos óseos y materiales diversos mezclados sin orden alguno. Entre ellos, esta glosa que, según comprobó la catedrática de literatura Carmen Vaquero, «no aparece en los grandes cancioneros del siglo XV, ni en el de Baena, ni en el de Stúñiga, y tampoco parece ser un poema conocido ni de Góngora ni de Lope».No son los únicos secretos desvelados en los últimos años en Toledo por las intervenciones de conservación del patrimonio emprendidas por el Consorcio. En el convento de clausura de Santa Isabel, uno de los 14 que aún siguen habitados por comunidades religiosas de la ciudad -la capital castellano manchega tiene la mayor densidad de cenobios en activo del mundo-, se hallan en estos días restaurando unas excepcionales puertas mudéjares del siglo XIII . «No hay paralelos», asegura Miguel Ángel Bonache, director de los trabajos, mientras destaca la calidad de su diseño y su decoración, con letras árabes cúficas y dibujos geométricos y vegetales tallados en sus celosías. Noticia relacionada general No No El Casco de Toledo alcanza un 6,7% de pisos turísticos con un centenar de licencias pendientes Valle SánchezPintados en verde y rojo (y en algunos puntos de azul, como señalan los pigmentos que han descubierto), estos grandes portones son más antiguos que el claustro y pertenecen al palacio mudéjar original, que posteriormente se convirtió en convento. Por estas puertas se accedía al denominado Salón Rico, en el que se recibía a las visitas importantes, un espacio que hoy alberga el museo del convento, actualmente cerrado al público. «Nunca se han movido de su sitio y a su alrededor ha pasado de todo, pero ellas se han defendido solas», resalta admirado el restaurador.Un espacio devuelto a los vecinosBonache fue también el encargado de devolver el esplendor a las magníficas decoraciones en yeso del Salón Rico situado en el Corral de Don Diego. «Aprendimos la técnica de fabricación de las yeserías en tres capas», recuerda el especialista durante la visita a esta espectacular ‘qubba’ mudéjar. El gerente del Consorcio, Jesús Corroto, se siente especialmente orgulloso de haber «saldado una deuda histórica» con la ciudad al haber recuperado para los toledanos esta joya arquitectónica Bien de Interés Cultural, que se encontraba abandonada y muy deteriorada. En el siglo XX llegó a utilizarse como herrería y como garaje. Todo el entorno del Corral de Don Diego se hallaba muy degradado, a pesar de encontrarse en pleno centro de la ciudad. Detalle de la yesería del Salón Rico, el Corral de Don Diego y el callejón de San Pedro. Consorcio de Toledo«Nos reunimos con las representantes de la ciudadanía del Casco Histórico, que nos dijeron que no querían más museos, sino espacios para vivir», relata este arquitecto que, siguiendo los deseos de los vecinos, diseñó una nueva plaza pública con graderío ante el Salón Rico, donde ahora se celebran conciertos y otras actividades culturales. Los ruinosos edificios se rehabilitaron y se crearon cinco viviendas de alquiler para jóvenes y dos locales para comercios de proximidad. Se concedió a los residentes la fuente que solicitaban y se convirtió el edificio de entrada en un moderno espacio para talleres, que también se utiliza como camerino por los grupos de teatro o musicales que actúan en el patio. La obra de Cristina Iglesias en el convento de Santa Clara de Toledo. Ana Pérez Herrera Una asignatura pendiente El convento de Santa Clara cuenta con un espacio singular, lejos del ajetreo de la ciudad, donde la escultora Cristina Iglesias albergó una de sus ‘Tres aguas’. La obra de la reconocida artista se inicia en la Torre del Agua situada en la Fábrica de Armas, avanza hasta la plaza del Ayuntamiento y termina en este habitáculo, pero salvo la céntrica escultura situada junto a la Catedral, el conjunto artístico está cerrado al público desde 2018 . «Queremos retomar las visitas», asegura el gerente del Consorcio, que, sin embargo, no adelanta una posible fecha. Todo ello aprovechando materiales reutilizados, como ladrillos del siglo XVII y XVIII de estructuras sin valor patrimonial demolidas. «Se tiene que intervenir, pero respetando la ciudad patrimonial, con materiales que se hacen contemporáneos, pero integrados», indica Corroto ante los travesaños de madera que decoran verticalmente la fachada. Después atraviesa la plaza y, en el interior del Salón Rico, explica la historia familiar de los García de Toledo en el siglo XIV, plasmada en los emblemas heráldicos de su artesonado ahora restaurado. El pasado y el presente de la ciudad de las tres culturas se entrecruzan constantemente en este recorrido con el gerente del Consorcio por algunos de sus rincones menos conocidos.«Toledo no es Venecia»Algunas de estas ventanas al pasado se vislumbran desde las calles del casco histórico, como el pozo medieval del Salvador , recuperado en 2002 bajo la plaza homónima. O como los vestigios visigodos que se encuentran a la vista de cualquiera que se adentre en el renovado callejón de San Pedro . Otras las disfrutan en privado los toledanos en sus propias casas, como el arco califal del siglo XI que descubrió un vecino al tirar una pared y que se ha conservado e integrado en la vivienda, gracias a la subvención del Consorcio. O como los artesonados ricamente decorados con los que convivirán los habitantes de un antiguo palacio renacentista de la calle Granada, cuando finalicen las obras de rehabilitación que se están realizando bajo la dirección del arquitecto Benjamín San Juan. «Toledo no es Venecia; su casco histórico sigue siendo un lugar donde viven vecinos», destaca el gerente de esta herramienta institucional. En sus 25 años de trayectoria, la entidad ha gestionado más de 172 millones de euros destinados a la rehabilitación de más de 580 edificios residenciales y 2.650 viviendas. Además, ha impulsado actuaciones en más de un centenar de Bienes de Interés Cultural, en plazas y calles del casco histórico, y ha participado en más de 30 investigaciones arqueológicas.Pozo del Salvador, Cuevas de Hércules y parte de las termas romanas, con la réplica del sátiro danzante Consorcio de ToledoBajo el suelo de cristal de una heladería, Corroto anima a asomarse a las termas romanas de la antigua Toletum que continúan bajo la plaza de Amador de los Ríos. Inés del Castillo, gestora cultural del Consorcio, se dirige al espacio contiguo donde se muestra al público el caldarium. Allí coge unas llaves y se encamina junto al gerente hacia un portal cercano. Durante unas obras de rehabilitación se descubrió en su subsuelo una estatua romana de mármol del siglo II d.C. de un personaje masculino que formaría parte del conjunto escultórico de estas grandes termas imperiales. La escultura del sátiro danzante, tallada en mármol de la isla griega de Paros, se custodia en el Museo de Santa Cruz, pero en el lugar donde se encontró se colocó una copia que evoca su emocionante hallazgo. El visitante camina sobre el grueso vidrio que la protege y accede a una galería subterránea de época romana de unos treinta metros de longitud. No está lejos de otro edificio en cuyo recibidor se ha excavado más recientemente una piscina del conjunto termal. Como otros rincones únicos de Toledo, este espacio se enseña en las rutas de Patrimonio Desconocido que, según el Consorcio, gozan de muy buena salud. En 2025 se apuntaron más de 200.000 personas, asegura satisfecho Corroto.Para visitar las famosas Cuevas de Hércules no hace falta reservar. La entrada es gratuita y cualquiera puede adentrarse desde el callejón de San Ginés a esta antigua cisterna romana envuelta en leyendas. Aún hoy se pueden admirar los pesados sillares que se apartaron en el siglo XVI, durante la exploración encargada por el cardenal Siliceo para disipar las supersticiones del vulgo. Se decía que este espacio ocultaba el legendario palacio de Hércules, donde se guardaba la Mesa del Rey Salomón y el cofre de la profecía que el último rey godo Don Rodrigo abrió, para su desgracia. Los auténticos secretos del antiguo Toledo se escondían, sin embargo, en otros lugares del casco histórico, como lleva descubriendo y recuperando el Consorcio desde hace ya un cuarto de siglo. «Siempre al amador cobarde le llega el remedio tarde». Hace más de cuatro siglos, un autor anónimo escribió unas coplas de amor que comenzaban con este verso e introdujo el papel, hecho a mano, en un mechinal del zaguán del convento de Santa Clara de Toledo. El enamorado, que quizá ardía en fuego, como decía su escrito, por alguna novicia o monja clarisa, dejó otras cartas insertas en el mismo muro. Allí permanecieron ocultas durante siglos hasta que fueron descubiertas durante las obras de recuperación de este espacio impulsadas por el Consorcio de la Ciudad de Toledo en 2010.El hueco de la pared de la iglesia escondía once documentos (seis manuscritos, dos impresos y tres grabados), además de restos óseos y materiales diversos mezclados sin orden alguno. Entre ellos, esta glosa que, según comprobó la catedrática de literatura Carmen Vaquero, «no aparece en los grandes cancioneros del siglo XV, ni en el de Baena, ni en el de Stúñiga, y tampoco parece ser un poema conocido ni de Góngora ni de Lope».No son los únicos secretos desvelados en los últimos años en Toledo por las intervenciones de conservación del patrimonio emprendidas por el Consorcio. En el convento de clausura de Santa Isabel, uno de los 14 que aún siguen habitados por comunidades religiosas de la ciudad -la capital castellano manchega tiene la mayor densidad de cenobios en activo del mundo-, se hallan en estos días restaurando unas excepcionales puertas mudéjares del siglo XIII . «No hay paralelos», asegura Miguel Ángel Bonache, director de los trabajos, mientras destaca la calidad de su diseño y su decoración, con letras árabes cúficas y dibujos geométricos y vegetales tallados en sus celosías. Noticia relacionada general No No El Casco de Toledo alcanza un 6,7% de pisos turísticos con un centenar de licencias pendientes Valle SánchezPintados en verde y rojo (y en algunos puntos de azul, como señalan los pigmentos que han descubierto), estos grandes portones son más antiguos que el claustro y pertenecen al palacio mudéjar original, que posteriormente se convirtió en convento. Por estas puertas se accedía al denominado Salón Rico, en el que se recibía a las visitas importantes, un espacio que hoy alberga el museo del convento, actualmente cerrado al público. «Nunca se han movido de su sitio y a su alrededor ha pasado de todo, pero ellas se han defendido solas», resalta admirado el restaurador.Un espacio devuelto a los vecinosBonache fue también el encargado de devolver el esplendor a las magníficas decoraciones en yeso del Salón Rico situado en el Corral de Don Diego. «Aprendimos la técnica de fabricación de las yeserías en tres capas», recuerda el especialista durante la visita a esta espectacular ‘qubba’ mudéjar. El gerente del Consorcio, Jesús Corroto, se siente especialmente orgulloso de haber «saldado una deuda histórica» con la ciudad al haber recuperado para los toledanos esta joya arquitectónica Bien de Interés Cultural, que se encontraba abandonada y muy deteriorada. En el siglo XX llegó a utilizarse como herrería y como garaje. Todo el entorno del Corral de Don Diego se hallaba muy degradado, a pesar de encontrarse en pleno centro de la ciudad. Detalle de la yesería del Salón Rico, el Corral de Don Diego y el callejón de San Pedro. Consorcio de Toledo«Nos reunimos con las representantes de la ciudadanía del Casco Histórico, que nos dijeron que no querían más museos, sino espacios para vivir», relata este arquitecto que, siguiendo los deseos de los vecinos, diseñó una nueva plaza pública con graderío ante el Salón Rico, donde ahora se celebran conciertos y otras actividades culturales. Los ruinosos edificios se rehabilitaron y se crearon cinco viviendas de alquiler para jóvenes y dos locales para comercios de proximidad. Se concedió a los residentes la fuente que solicitaban y se convirtió el edificio de entrada en un moderno espacio para talleres, que también se utiliza como camerino por los grupos de teatro o musicales que actúan en el patio. La obra de Cristina Iglesias en el convento de Santa Clara de Toledo. Ana Pérez Herrera Una asignatura pendiente El convento de Santa Clara cuenta con un espacio singular, lejos del ajetreo de la ciudad, donde la escultora Cristina Iglesias albergó una de sus ‘Tres aguas’. La obra de la reconocida artista se inicia en la Torre del Agua situada en la Fábrica de Armas, avanza hasta la plaza del Ayuntamiento y termina en este habitáculo, pero salvo la céntrica escultura situada junto a la Catedral, el conjunto artístico está cerrado al público desde 2018 . «Queremos retomar las visitas», asegura el gerente del Consorcio, que, sin embargo, no adelanta una posible fecha. Todo ello aprovechando materiales reutilizados, como ladrillos del siglo XVII y XVIII de estructuras sin valor patrimonial demolidas. «Se tiene que intervenir, pero respetando la ciudad patrimonial, con materiales que se hacen contemporáneos, pero integrados», indica Corroto ante los travesaños de madera que decoran verticalmente la fachada. Después atraviesa la plaza y, en el interior del Salón Rico, explica la historia familiar de los García de Toledo en el siglo XIV, plasmada en los emblemas heráldicos de su artesonado ahora restaurado. El pasado y el presente de la ciudad de las tres culturas se entrecruzan constantemente en este recorrido con el gerente del Consorcio por algunos de sus rincones menos conocidos.«Toledo no es Venecia»Algunas de estas ventanas al pasado se vislumbran desde las calles del casco histórico, como el pozo medieval del Salvador , recuperado en 2002 bajo la plaza homónima. O como los vestigios visigodos que se encuentran a la vista de cualquiera que se adentre en el renovado callejón de San Pedro . Otras las disfrutan en privado los toledanos en sus propias casas, como el arco califal del siglo XI que descubrió un vecino al tirar una pared y que se ha conservado e integrado en la vivienda, gracias a la subvención del Consorcio. O como los artesonados ricamente decorados con los que convivirán los habitantes de un antiguo palacio renacentista de la calle Granada, cuando finalicen las obras de rehabilitación que se están realizando bajo la dirección del arquitecto Benjamín San Juan. «Toledo no es Venecia; su casco histórico sigue siendo un lugar donde viven vecinos», destaca el gerente de esta herramienta institucional. En sus 25 años de trayectoria, la entidad ha gestionado más de 172 millones de euros destinados a la rehabilitación de más de 580 edificios residenciales y 2.650 viviendas. Además, ha impulsado actuaciones en más de un centenar de Bienes de Interés Cultural, en plazas y calles del casco histórico, y ha participado en más de 30 investigaciones arqueológicas.Pozo del Salvador, Cuevas de Hércules y parte de las termas romanas, con la réplica del sátiro danzante Consorcio de ToledoBajo el suelo de cristal de una heladería, Corroto anima a asomarse a las termas romanas de la antigua Toletum que continúan bajo la plaza de Amador de los Ríos. Inés del Castillo, gestora cultural del Consorcio, se dirige al espacio contiguo donde se muestra al público el caldarium. Allí coge unas llaves y se encamina junto al gerente hacia un portal cercano. Durante unas obras de rehabilitación se descubrió en su subsuelo una estatua romana de mármol del siglo II d.C. de un personaje masculino que formaría parte del conjunto escultórico de estas grandes termas imperiales. La escultura del sátiro danzante, tallada en mármol de la isla griega de Paros, se custodia en el Museo de Santa Cruz, pero en el lugar donde se encontró se colocó una copia que evoca su emocionante hallazgo. El visitante camina sobre el grueso vidrio que la protege y accede a una galería subterránea de época romana de unos treinta metros de longitud. No está lejos de otro edificio en cuyo recibidor se ha excavado más recientemente una piscina del conjunto termal. Como otros rincones únicos de Toledo, este espacio se enseña en las rutas de Patrimonio Desconocido que, según el Consorcio, gozan de muy buena salud. En 2025 se apuntaron más de 200.000 personas, asegura satisfecho Corroto.Para visitar las famosas Cuevas de Hércules no hace falta reservar. La entrada es gratuita y cualquiera puede adentrarse desde el callejón de San Ginés a esta antigua cisterna romana envuelta en leyendas. Aún hoy se pueden admirar los pesados sillares que se apartaron en el siglo XVI, durante la exploración encargada por el cardenal Siliceo para disipar las supersticiones del vulgo. Se decía que este espacio ocultaba el legendario palacio de Hércules, donde se guardaba la Mesa del Rey Salomón y el cofre de la profecía que el último rey godo Don Rodrigo abrió, para su desgracia. Los auténticos secretos del antiguo Toledo se escondían, sin embargo, en otros lugares del casco histórico, como lleva descubriendo y recuperando el Consorcio desde hace ya un cuarto de siglo.
«Siempre al amador cobarde le llega el remedio tarde». Hace más de cuatro siglos, un autor anónimo escribió unas coplas de amor que comenzaban con este verso e introdujo el papel, hecho a mano, en un mechinal del zaguán del convento de Santa Clara … de Toledo. El enamorado, que quizá ardía en fuego, como decía su escrito, por alguna novicia o monja clarisa, dejó otras cartas insertas en el mismo muro. Allí permanecieron ocultas durante siglos hasta que fueron descubiertas durante las obras de recuperación de este espacio impulsadas por el Consorcio de la Ciudad de Toledo en 2010.
El hueco de la pared de la iglesia escondía once documentos (seis manuscritos, dos impresos y tres grabados), además de restos óseos y materiales diversos mezclados sin orden alguno. Entre ellos, esta glosa que, según comprobó la catedrática de literatura Carmen Vaquero, «no aparece en los grandes cancioneros del siglo XV, ni en el de Baena, ni en el de Stúñiga, y tampoco parece ser un poema conocido ni de Góngora ni de Lope».
No son los únicos secretos desvelados en los últimos años en Toledo por las intervenciones de conservación del patrimonio emprendidas por el Consorcio. En el convento de clausura de Santa Isabel, uno de los 14 que aún siguen habitados por comunidades religiosas de la ciudad -la capital castellano manchega tiene la mayor densidad de cenobios en activo del mundo-, se hallan en estos días restaurando unas excepcionales puertas mudéjares del siglo XIII. «No hay paralelos», asegura Miguel Ángel Bonache, director de los trabajos, mientras destaca la calidad de su diseño y su decoración, con letras árabes cúficas y dibujos geométricos y vegetales tallados en sus celosías.
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Pintados en verde y rojo (y en algunos puntos de azul, como señalan los pigmentos que han descubierto), estos grandes portones son más antiguos que el claustro y pertenecen al palacio mudéjar original, que posteriormente se convirtió en convento. Por estas puertas se accedía al denominado Salón Rico, en el que se recibía a las visitas importantes, un espacio que hoy alberga el museo del convento, actualmente cerrado al público. «Nunca se han movido de su sitio y a su alrededor ha pasado de todo, pero ellas se han defendido solas», resalta admirado el restaurador.
Un espacio devuelto a los vecinos
Bonache fue también el encargado de devolver el esplendor a las magníficas decoraciones en yeso del Salón Rico situado en el Corral de Don Diego. «Aprendimos la técnica de fabricación de las yeserías en tres capas», recuerda el especialista durante la visita a esta espectacular ‘qubba’ mudéjar. El gerente del Consorcio, Jesús Corroto, se siente especialmente orgulloso de haber «saldado una deuda histórica» con la ciudad al haber recuperado para los toledanos esta joya arquitectónica Bien de Interés Cultural, que se encontraba abandonada y muy deteriorada. En el siglo XX llegó a utilizarse como herrería y como garaje. Todo el entorno del Corral de Don Diego se hallaba muy degradado, a pesar de encontrarse en pleno centro de la ciudad.
(Consorcio de Toledo)
«Nos reunimos con las representantes de la ciudadanía del Casco Histórico, que nos dijeron que no querían más museos, sino espacios para vivir», relata este arquitecto que, siguiendo los deseos de los vecinos, diseñó una nueva plaza pública con graderío ante el Salón Rico, donde ahora se celebran conciertos y otras actividades culturales. Los ruinosos edificios se rehabilitaron y se crearon cinco viviendas de alquiler para jóvenes y dos locales para comercios de proximidad. Se concedió a los residentes la fuente que solicitaban y se convirtió el edificio de entrada en un moderno espacio para talleres, que también se utiliza como camerino por los grupos de teatro o musicales que actúan en el patio.

(Ana Pérez Herrera)
Una asignatura pendiente
El convento de Santa Clara cuenta con un espacio singular, lejos del ajetreo de la ciudad, donde la escultora Cristina Iglesias albergó una de sus ‘Tres aguas’. La obra de la reconocida artista se inicia en la Torre del Agua situada en la Fábrica de Armas, avanza hasta la plaza del Ayuntamiento y termina en este habitáculo, pero salvo la céntrica escultura situada junto a la Catedral, el conjunto artístico está
cerrado al público desde 2018
. «Queremos retomar las visitas», asegura el gerente del Consorcio, que, sin embargo, no adelanta una posible fecha.
Todo ello aprovechando materiales reutilizados, como ladrillos del siglo XVII y XVIII de estructuras sin valor patrimonial demolidas. «Se tiene que intervenir, pero respetando la ciudad patrimonial, con materiales que se hacen contemporáneos, pero integrados», indica Corroto ante los travesaños de madera que decoran verticalmente la fachada. Después atraviesa la plaza y, en el interior del Salón Rico, explica la historia familiar de los García de Toledo en el siglo XIV, plasmada en los emblemas heráldicos de su artesonado ahora restaurado. El pasado y el presente de la ciudad de las tres culturas se entrecruzan constantemente en este recorrido con el gerente del Consorcio por algunos de sus rincones menos conocidos.
«Toledo no es Venecia»
Algunas de estas ventanas al pasado se vislumbran desde las calles del casco histórico, como el pozo medieval del Salvador, recuperado en 2002 bajo la plaza homónima. O como los vestigios visigodos que se encuentran a la vista de cualquiera que se adentre en el renovado callejón de San Pedro. Otras las disfrutan en privado los toledanos en sus propias casas, como el arco califal del siglo XI que descubrió un vecino al tirar una pared y que se ha conservado e integrado en la vivienda, gracias a la subvención del Consorcio. O como los artesonados ricamente decorados con los que convivirán los habitantes de un antiguo palacio renacentista de la calle Granada, cuando finalicen las obras de rehabilitación que se están realizando bajo la dirección del arquitecto Benjamín San Juan.
«Toledo no es Venecia; su casco histórico sigue siendo un lugar donde viven vecinos», destaca el gerente de esta herramienta institucional. En sus 25 años de trayectoria, la entidad ha gestionado más de 172 millones de euros destinados a la rehabilitación de más de 580 edificios residenciales y 2.650 viviendas. Además, ha impulsado actuaciones en más de un centenar de Bienes de Interés Cultural, en plazas y calles del casco histórico, y ha participado en más de 30 investigaciones arqueológicas.
(Consorcio de Toledo)
Bajo el suelo de cristal de una heladería, Corroto anima a asomarse a las termas romanas de la antigua Toletum que continúan bajo la plaza de Amador de los Ríos. Inés del Castillo, gestora cultural del Consorcio, se dirige al espacio contiguo donde se muestra al público el caldarium. Allí coge unas llaves y se encamina junto al gerente hacia un portal cercano. Durante unas obras de rehabilitación se descubrió en su subsuelo una estatua romana de mármol del siglo II d.C. de un personaje masculino que formaría parte del conjunto escultórico de estas grandes termas imperiales.
La escultura del sátiro danzante, tallada en mármol de la isla griega de Paros, se custodia en el Museo de Santa Cruz, pero en el lugar donde se encontró se colocó una copia que evoca su emocionante hallazgo. El visitante camina sobre el grueso vidrio que la protege y accede a una galería subterránea de época romana de unos treinta metros de longitud. No está lejos de otro edificio en cuyo recibidor se ha excavado más recientemente una piscina del conjunto termal. Como otros rincones únicos de Toledo, este espacio se enseña en las rutas de Patrimonio Desconocido que, según el Consorcio, gozan de muy buena salud. En 2025 se apuntaron más de 200.000 personas, asegura satisfecho Corroto.
Para visitar las famosas Cuevas de Hércules no hace falta reservar. La entrada es gratuita y cualquiera puede adentrarse desde el callejón de San Ginés a esta antigua cisterna romana envuelta en leyendas. Aún hoy se pueden admirar los pesados sillares que se apartaron en el siglo XVI, durante la exploración encargada por el cardenal Siliceo para disipar las supersticiones del vulgo. Se decía que este espacio ocultaba el legendario palacio de Hércules, donde se guardaba la Mesa del Rey Salomón y el cofre de la profecía que el último rey godo Don Rodrigo abrió, para su desgracia. Los auténticos secretos del antiguo Toledo se escondían, sin embargo, en otros lugares del casco histórico, como lleva descubriendo y recuperando el Consorcio desde hace ya un cuarto de siglo.
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