Umberto Eco no quiso escribir ni siquiera sobre el Mundial de Italia 1990. No es que odiara el fútbol y menos que no le interesara el juego, sino que aborrecía la cháchara sobre la cháchara y su capacidad para generar una realidad paralela que podía llegar al extremo de discutir sobre un partido que ni siquiera se llegó a disputar, razón de más para que descansara durante la Copa del Mundo.
Decenas de películas han intentado reflejar la pasión y el sufrimiento de este deporte con un resultado desigual. Solo algunos documentales han capturado su alma
Umberto Eco no quiso escribir ni siquiera sobre el Mundial de Italia 1990. No es que odiara el fútbol y menos que no le interesara el juego, sino que aborrecía la cháchara sobre la cháchara y su capacidad para generar una realidad paralela que podía llegar al extremo de discutir sobre un partido que ni siquiera se llegó a disputar, razón de más para que descansara durante la Copa del Mundo.
Una actitud que contrastaba con la de Eduardo Galeano, un adicto al fútbol que se encerraba en su casa y ponía el cartel de “cerrado” de principio a final del Mundial o hasta que eliminaban a Uruguay. “No soy más que un mendigo del buen fútbol. Voy por el mundo, sombrero en mano, y en los estadios suplico una linda jugadita por el amor de dios”, una frase que sintetiza su obra recogida en Fútbol a sol y sombra, un libro que por desgracia ya no se podrá actualizar después del Mundial de 2026.
El adiós de Galeano alimentará la lectura de la correspondencia que volverán a mantener durante el torneo Juan Villoro y Martín Caparrós. El arte de la crónica del argentino se extiende al fútbol y el mexicano es una garantía literaria para entender “las jugadas que se siguen sucediendo” y las situaciones más sorprendentes que se dan en un Mundial. Villoro presenta una de las trilogías más lucidas y contemporáneas sobre el fútbol: Los héroes numerados, Dios es redondo y Balón dividido.
Los diálogos son una fórmula que funciona muy bien como medio para discutir sobre el fútbol desde que Manuel Vázquez Montalbán y Javier Marías se carteaban en cada clásico en EL PAÍS. Vázquez Montalbán es una figura capital para interpretar la historia del fútbol –Una religión en busca de Dios– y el autor decisivo del relato del FC Barcelona y Marías, seguidor del Real Madrid, sobresalió con su libro Salvajes y sentimentales. Tampoco hay que olvidar a Vicente Verdú —El futbol, mitos, ritos y símbolos— ni a Enrique Vila Matas o al ya clásico y ocurrente Sergi Pàmies. Y nadie mejor seguramente que Enric González para interpretar a un país como Italia a través del fútbol —Historias del calcio— y para saber de Londres: Historias de Londres.
Uno de los mejores recopilatorios es el de Cuentos del fútbol dirigido por un columnista de culto como Jorge Valdano. El libro marcó tendencia con una serie de relatos escogido de escritores de la talla de Osvaldo Soriano y Roberto Fontanarrosa, narrador e ilustrador de Rosario. “En su mundo y en su ámbito, era un cuentista extraordinario. No tenía ínfulas, tampoco las necesitaba para vivir” sentenció Joan Manuel Serrat sobre el humor del Negro Fontanarrosa. RAMÓN BESA

Narrativa
Una trinidad para una religión en revisión
Por Pedro Zuazua
A una parte de la hinchada que consolidó sus lazos con el fútbol en las últimas décadas del siglo XX y la primera del actual les sucede un poco como cuando el escritor mexicano Carlos Monsiváis reflexionaba: “O ya no entiendo lo que está pasando o ya pasó lo que estaba entendiendo”. El balompié, territorio para ritos litúrgicos en compañía —los domingos la comunidad se reunía en el estadio y vivía momentos de exaltación colectiva— se ha ido transformando en otra cosa —los estadios son ahora centros de negocios, cada vez más enfocados a las élites económicas y la experiencia es más individual y a través de las pantallas—. Las certezas de antaño han desaparecido: el próximo Mundial lo disputarán 48 selecciones, habrá tres países anfitriones y cuatro husos horarios. Tal vez sea este un buen momento para regresar a uno de los puntos álgidos de la relación entre literatura y fútbol: mediados de los años noventa.
En 1992 apareció en Inglaterra un libro titulado Fiebre en las gradas (Anagrama). Lo escribía Nick Hornby, un tipo nacido en 1957 en Maidenhead, localidad a una hora en coche de Londres. Hornby hizo algo que, hasta entonces, nadie había hecho —o nadie, al menos, había hecho tan bien—: poner palabras a su relación obsesiva con el Arsenal londinense. El libro habla de fútbol, sí —ordenado cronológicamente de 1968 a 1992, el subtítulo de cada capítulo son la fecha y los contendientes de un partido— pero sobre todo habla de los hinchas. En una época en la que los seguidores eran considerados una masa compacta y un poco cerril, alguien saltaba al terreno de juego de los libros a intentar explicar una pregunta casi filosófica: ¿por qué alguien se hace de un equipo? ¿Qué lleva a una persona a cruzarse un país un miércoles por la noche para ver un partido de segunda o tercera división? Hornby lo explica con gracia, con un necesario toque de ironía aplicado a sí mismo y un lenguaje tan sencillo y certero que invita a la lectura a los que son futboleros y a los que no. El talento del autor lleva el libro mucho más allá: el fútbol es muchas cosas, entre ellas un estupendo pasatiempo para que padres e hijos puedan pasar juntos un rato sin necesidad de buscar —y encontrar, lo cual puede ser incluso peor— un tema de conversación. Y es ahí, en el subtexto que recorre todo el libro, donde tiene lugar el pequeño milagro de la literatura: cuando el hincha/lector lee y dice: “¡Joder, esto es exactamente lo que me pasa a mí!”.
Unos años más tarde —en 1995— aparecía El fútbol a sol y sombra (Siglo veintiuno), obra del escritor uruguayo Eduardo Galeano (Montevideo, 1940—2015). Con una muñeca perfectamente entrenada para la literatura, Galeano ofrecía un compendio de la Historia del fútbol —contada con su particular estilo— en el que intercalaba pequeñas historias que recogían el alma del balompié. Todas, las grandes y las pequeñas, culminaban con una frase precisa que hacía las veces de perfecto remate a la red. El autor fue uno de los primeros en alertar sobre la deriva que estaba tomando el fútbol —la misma que la vida—: hacia los beneficios netos, la desigualdad, la falta de empatía y, eso sí, una constante fotografía del ser humano. Como muestra, aquella vez que se celebraba un partido en Quito. La madre del árbitro había fallecido el día anterior. Pese a ello, el trencilla decidió cumplir con sus obligaciones. Antes del inició del partido, se guardó un respetuoso minuto de silencio por la difunta madre. También se pronunció un sentido discurso alabando la profesionalidad y el compromiso del colegiado. El público aplaudió con emotividad. Cuando iban 15 minutos de partido, el equipo local anotó un gol. El árbitro lo anuló. Entonces, la grada se acordó de nuevo de su madre. “¡Huérfano de puta!”, dicen que se escuchó.
Los 90 también fueron los años en los que se normalizó que grandes autores escribieran sobre fútbol en los periódicos. Y no se acabó el mundo. Dios es redondo (Seix Barral) es un libro que recoge decenas de textos del mexicano Juan Villoro. En sus columnas futbolísticas, Villoro ofrece una singular destilado de intelectualidad y pasión. Sus crónicas del mundial de 1998 y sus certeras reflexiones de aquellos años en los que la liga española pasó a llamarse la liga de las estrellas son parte de la historia de la literatura y el balompié. Leídas con la perspectiva del tiempo, se entiende aquello que dijo Gramsci: “El viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en este claroscuro surgen los monstruos”.
En tiempos de cambios e inseguridades merece la pena revisitar o descubrir textos que abrieron el camino de la literatura sobre fútbol. Tres décadas y media después se mantienen vigentes. Y son una de las pocas formas de reencontrarse con un fútbol que, más allá de sus páginas, hace tiempo que dejó de existir.

Crónica
La extraña visión crítica del fútbol
Por Diego Torres
“Suspiro de la criatura desdichada, alma de un mundo sin corazón, espíritu de una época privada de espíritu, opio del pueblo”. Las palabras de Karl Marx en su Contribución a la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel podrían grabarse en el epitafio de Mané Garrincha, la primera leyenda universal de la Copa del Mundo. No lo supieron, ni lo sabrán, los millones de hinchas que vibraron con sus regates sino los curiosos que abrieron el gran libro del brasileño Ruy Castro, Garrincha, Estrella Solitaria (Yellow Jersey Press, 1995), probablemente la mayor obra periodística jamás realizada sobre un gigante del fútbol.
Más que un reportaje, una biopsia, la narración sofocante de Ruy Castro abandera los principios de la escuela de Frankfurt. No trabaja sobre la realidad ya dada sino que intenta revelar la cara escondida del show. Ejercicio crítico imprescindible para constituir verdadero periodismo. Hazaña prácticamente inviable desde que el fútbol se transformó en una industria con la complicidad del entramado mediático que se financia de su misma raíz. Ni los organizadores de torneos, ni los ídolos, ni los hinchas que los idolatran, ni los consumidores del entretenimiento que todos producen, ni mucho menos las compañías que adquieren los derechos de difusión a cambio de fortunas, están interesados en cuestionarse a sí mismos.
Son raros los periodistas que como Ruy Castro escapan del espejismo mistificador, los rituales estereotipados, el conformismo de los autómatas o las estampas de santos. En la estela de los grandes maestros, pioneros como Dante Panzeri con su Fútbol. Dinámica de lo impensado, Brian Glanville con su Historia de los Mundiales, o Gianni Brera con su Historia crítica del fútbol italiano, no faltan los intentos gloriosos. Puskas sobre Puskas, de Rogan Taylor y Klara Jamrich (Roca, 1997) es una de las indagaciones más bellas sobre el germen del juego más sofisticado que ha existido, una larga sucesión de entrevistas llenas de ternura y voces inevitablemente asediadas por las angustias que persiguen a toda figura.
El paso del tiempo, la pérdida de facultades, el transcurso fugaz de la juventud, o la indiferencia de la multitud que hoy, tal vez, los deje de aclamar, son terrores que ahogan a Puskas lo mismo que a los personajes que pueblan las páginas de El Partido, de Andrés Burgo (Tusquets, 2020), y El partido, de Piero Trellini (Debate, 2022). Cada reportero oficia de entomólogo para desentrañar el secreto de dos partidos mundialistas que marcaron la historia de sus respectivos países. Burgo se ocupa del Argentina-Inglaterra de 1986. Trellini del Brasil-Italia de 1982. Parecen novelas. Son ejercicios heroicos. Procuran reconstruir la realidad deshecha por el mito. Quizás sin saberlo, siguen los pasos del uruguayo Atilio Garrido, un aventurero que incluso bajó más profundo, al pozo sagrado del remoto Mundial de 1950. El resultado de su impresionante investigación, Maracaná, la historia secreta, editado en 2013, es al periodismo deportivo uruguayo lo que la Historia Secreta de Procopio de Cesarea fue a la corte de Constantinopla. Se lo tuvo que editar él mismo.
Arte
Juego, identidad y sociedad
Por Galder Reguera
Una obra de 1895 de Thomas M. M. Hemy que recrea un córner de un partido entre el Sunderland y el Aston Villa es considerada la primera pintura con el fútbol asociación (el fútbol moderno) como tema. La pieza es, como casi toda la pintura relacionada con el deporte rey, un intento de plasmar dos características del fenómeno que fascinan a los creadores tanto como a la sociedad en general: la belleza del juego (la vibración cromática de las camisetas, los gestos, la danza colectiva), y la fascinación por la liturgia popular de la grada. Desde aquella pieza hasta hoy, este impulso celebratorio ha sido una constante. Damos grandes saltos, pero podemos recordar las pinturas de Umberto Boccioni, Nicolas de Staël, L. S. Lowry o Rose Wylie, piezas escultóricas de Picasso o Stephan Balkenhol, las fotografías de Andreas Gursky, Juergen Teller o, con matices, Hans van der Meer, o las conocidas videocreaciones de Stephen Dean o Douglas Gordon y Philippe Parreno.

La propia industria del fútbol impulsó desde el origen esta relación. Clubes, federaciones e incluso la FIFA comprendieron que el arte puede contribuir a dotar de prestigio y aura al juego e impulsaron concursos y encargos. Los carteles de los mundiales, en los que España 82 presentó piezas de Miró, Chillida, Tàpies, Saura o Arroyo, son un ejemplo. Es cierto también que grandes creadores, como Warhol, Maria Lassnig, Maurizio Cattelan o el ya citado Picasso, han tratado el fútbol como tema puntualmente. Sin embargo, cuando la relación arte y fútbol ha sido enormemente fructífera en términos reflexivos ha sido en el momento en el que los artistas han comprendido que el fútbol es un espacio privilegiado para repensar claves como comunidad, pertenencia, identidad, género, urbanismo o incluso el propio lenguaje universal del juego. Un acercamiento exhaustivo excedería con mucho el espacio del que disponemos, pero podemos apuntar algunos aciertos sueltos, como las piezas en torno a la identidad africana del senegalés Omar Victor Diop o Kehinde Wiley, la ficticia goleada de México a Brasil con la que Miguel Calderón jugaba con el fútbol como fantasía nacional o la multitud de figurillas religiosas, populares y comerciales con la que Nelson Leirner reconstruyó el estadio de Maracaná, fundiendo fútbol, devoción y cultura de masas.

Son muy interesantes también aquellos ejercicios en los que artistas han intervenido las normas, el campo o el propio estadio, dotándolos de nueva significaciones. Asger Jorn pensó un fútbol a tres lados, con otros tantos equipos y porterías, con la intención de romper la lógica binaria amigo-enemigo. La artista vasca Maider López planteó un campeonato en los terrenos atravesados de canales de los pólderes holandeses, obligando a los participantes a adaptarse a las características del espacio. En una célebre pieza, Sebastián Errázuriz plantó un árbol en el centro del Estadio Nacional de Chile, recinto de detención y tortura durante las semanas posteriores al golpe de 1973, y organizó un partido en el que el árbol estaba presente como obstáculo para los jugadores y a su vez memoria de lo que allá aconteció. El colectivo Democracia creó bufandas y tifos y pactó cánticos políticos con la hinchada del Girondins de Burdeos durante un partido de liga. Klaus Littmann sustituyó el césped del estadio de la localidad de Klagenfurt en Austria por un bosque, planteando una bella reflexión en torno a la crisis ecológica y la idea de que la naturaleza termine convertida en materia de exhibición. Paul Pfeiffer conceptualizó un estadio de un millón de espectadores que haría las delicias de Gianni Infantino.
Oh, ojalá tuviéramos espacio para hablar de muchas más. Pero baste una idea para terminar: todos estos creadores han comprendido que el fútbol no es solo fútbol, sino belleza y negocio, cuerpo y bandera, rito colectivo y conflicto. En definitiva, un escenario en el que identidad y sociedad se recrean, se celebran, se tensan y se piensan.

Cine
Una larga, compleja y tortuosa relación
Por Gregorio Belinchón
“Las dos grandes pasiones de nuestro tiempo combinan poco y mal”. Así arranca Fútbol y cine, el libro fundacional para analizar las relaciones entre ambos campos que en 2006 escribió Carlos Marañón. En las dos décadas siguientes se han multiplicado las películas que han ahondado en el espectáculo más famoso del mundo por el advenimiento de las plataformas y el aumento de los documentales… Y con todo, como recordaba Marañón, hay muchas más películas de fútbol de las que pudiera parecer, aunque se sigue sin resolver el problema principal: “Contar la técnica. Crear una ficción que no se parezca a un partido de fútbol televisado, y que a la vez nos transmita una emoción, es muy difícil”.
Desde luego, la sombra de Evasión o victoria es muy alargada. Por desgracia. Juntar a viejas glorias futboleras con actores de prestigio y Sylvester Stallone bajo la dirección de John Huston no fue la mejor idea artística… aunque sí eficaz. Mejor es el retrato, aunque tangencial, de alguien a quien sí le gusta el fútbol, como Ken Loach, en películas como Kes, Mi nombre es Joe o la proverbial Buscando a Eric, con Cantona devenido en Obi-Wan Kenobi. En esas aproximaciones laterales es donde el cine mejor ha plasmado el alma de este deporte: el taquillazo Quiero ser como Beckham; La copa —con chavales de una comunidad budista pateando balones en el Himalaya—; La vida es un milagro, de Emir Kusturica; In This World; Historias mínimas; La gran final (¡tuaregs, esquimales y nómadas!); el estupendo filme de acción y balompié Mean Machine (¡y Vinnie Jones!); Shaolin Soccer; la rumana The Second Game; la iraní Fuera de juego; O futebol, de Sergio Oksman, o la venezolana Hermano. En los arrabales está el fútbol que aún no ha muerto de gula económica.
Por supuesto, en donde Hollywood sí sintió que había material del suyo fue en el fenómeno de la soccer mom (muy estadounidense) y en las historias bigger than life, en las que chavales porfían por alcanzar el estatus de estrellas. Curiosamente, en este segundo apartado, la mejor es una española, la clásica Once pares de botas. Y pronto se estrenará Pioneras, solo querían jugar, sobre el primer partido de fútbol femenino en España
Más allá de dramas como Go Now; Diamantes negros; El miedo del portero ante el penalti; Muy lejos; Hooligan; Golpe de Estadio; El portero; Noche de paz, y El ídolo caído o comedias como Días de fútbol; Futbolín; Rudo y cursi; Llenos de gracia; La gran familia española; El penalti más largo del mundo; El peor equipo del mundo; Matías, juez de línea; Fuera de juego; Los futbolísimos; Historias del fútbol; Millones, o Somos los peores, donde mejor ha salido el fútbol retratado en los últimos tiempos ha sido en los documentales.
Eso sí, hay que cribar entre hagiografías, ensalzamientos de triunfos y certeros análisis. Entre estos están el centrado en Messi de Alex de la Iglesia; y dos aproximaciones al universo Maradona: el desolador Maradona, de Asif Kapadia, en el que el jugador se cuece en jugo de camorra, cocaína y descontrol; y otro que aún no ha llegado a salas comerciales, el excepcional The Match, que radiografía el Argentina-Inglaterra de cuartos de final del Mundial de México 86, el del gol del siglo… y el del gol de la mano de Dios. Aunque reconozcamos la derrota del cine: en el audiovisual los futboleros solo sentirán de verdad reconocido su deporte, con su sudor, su sufrimiento, sus alegrías, las pasiones y los ídolos, en la docuserie Bienvenidos a Wrexham.

Música
Canciones como goles
Por Fernando Navarro
Cuando, en 2023, C. Tangana compuso el himno del centenario del Real Celta de Vigo, causó gran revuelo: un músico del universo pop escribía oficialmente una canción para un equipo de fútbol. Era ‘Oliveira dos cen anos’yconstataba que, a veces, “no muchas, ni tampoco pocas”, que cantaría Iván Ferreiro, el fútbol y la música pop están ligados.
No era la primera vez que sucedía. En 2020, para una iniciativa solidaria, el tándem Joaquín Sabina y Leiva regaló a la afición del Atlético de Madrid ‘Partido a partido’, cuyo título se inspiraba en la frase más repetida por el Cholo Simeone. Y Sabina, alma colchonera, ya había compuesto en 2003 para el centenario del club ‘Motivos de un sentimiento’. Y, en el disco 19 días y 500 noches, ya había mostrado su pasión por el fútbol en 1999 con ‘Dieguitos y Mafaldas’, una canción con aires tangueros en la que sacaba a relucir su pasión por el Boca Juniors.
Antes, en 1989, su colega culé Joan Manuel Serrat publicaba ‘Kubala’, un tema en catalán y en el que hablaba de la leyenda del Barça que “se meaba en los centrales”. Y otro imprescindible del rock español, aunque bohemio y maldito, como Silvio publicó en 1988 la canción ‘Betis’, oda al equipo verdiblanco hecha por un sevillista de corazón. Por eso, es la única canción que une a sevillistas y béticos.
A comienzos del siglo XXI, Los Planetas explotaron como la gran referencia del indie con ‘Un buen día’, himno generacional donde hablaban “del gol increíble de Mendieta” con el Valencia al tiempo que se metían con “el niñato”, en una velada alusión al madridista Raúl, según el consenso popular. Por la misma época, otros indies menos conocidos como los mallorquines La Granja regalaron una joyita: ‘Eto’o (su jugador favorito)’, dedicada a la entonces estrella del Mallorca C.F. En esta línea, la última gran aportación ha venido de Carolina Durante con ‘El himno titular’, una de las más coreadas en sus multitudinarios conciertos con esa letra crítica con el fútbol moderno y ese verso pegadizo: “No me creo que Odriozola no sea titular”.
La selección con más Mundiales, Brasil, así como el país con más samba, no podía no tener canciones con referencias al balón. Conviene destacar una deliciosa: ‘Copa do Mundo’, compuesta por Vinicius de Moraes en homenaje al aplastante victoria de Brasil por 4-1 a Italia en la final del Mundial de 1970 y que consagró a Pelé como O Rei. Llegó a cantarla con Maria Creuza y Toquinho. Y, puestos a hablar de leyendas brasileñas, la que le dedicó el uruguayo Alfredo Zitarrosa a Garrincha, de título homónimo.
Pero, si un jugador ha sido citado como si fuera una estrella del rock, ese es Maradona, auténtico espíritu contracultural del fútbol. Andrés Calamaro dejó una canción tan emblemática como ‘Maradona’ —“no es una persona cualquiera”— antes incluso de dejar otra fabulosa como ‘Estadio Azteca’, justo el estadio donde se consagró El pelusa. Maradona, como Lorca en el flamenco, es una fuente de inspiración en la música argentina. Tres buenas píldoras: ‘La mano de Dios’, de Rodrigo; ‘La marcha del golazo solitario’, de Los Fabulosos Cadillacs; y ‘Para siempre Diego’, de Ratones Paranoicos. Y no solo en Argentina: Mano Negra, con Manu Chao, rompían la pana con ‘Santa Maradona’.
“¿Y en la cuna del fútbol? En Reino Unido, la cosa es distinta: grandes canciones del pop y del rock son absorbidas como himnos propios cantados en los estadios. Fuera de este modo de operar, se podría citar ‘Fearless’, el tributo de pop onírico al fútbol de Pink Floyd, y ‘World in Motion’, compuesta para la selección de Inglaterra en 1990 por New Order y con un cameo rap del futbolista John Barnes. Y, sobre todo, recordar a The Wedding Present y su emblemático primer disco en el que en la portada se veía a George Best con la camiseta del Manchester United. El grupo de garage-punk The Exhausts se inspiró en ellos para hacer lo mismo con otra figura de los Diablos Rojos: Eric Cantona. Como Maradona, Cantona era otra estrella del rock —y antifascista— del fútbol mundial.
EL PAÍS
