Nada hay más parecido al Sónar que la romería del Rocío, recordaba el Niño de Elche en Canto cósmico, el documental de título cardenalicio (procede de Ernesto Cardenal) sobre su inclasificable trabajo. Los músicos y los futbolistas han sido los encargados de mantener viva una llama que el vértigo de la sociedad industrial ha ido sofocando: el ritual. Todo parece nuevo, pero la mística de estadio no la inventó U2 con su versión del salmo 40: los museos saben la importancia que en los años ochenta tuvo otra película —la fascinante Rock My Religion, del escultor Dan Graham— para señalar la relación entre las contorsiones de los asistentes a un concierto y las ceremonias de algunas comunidades protestantes como los shakers.
La sociedad laica genera sus propios rituales ‘religiosos’. La coincidencia en España de Bad Bunny y el Papa es la cuadratura del círculo
Nada hay más parecido al Sónar que la romería del Rocío, recordaba el Niño de Elche en Canto cósmico, el documental de título cardenalicio (procede de Ernesto Cardenal) sobre su inclasificable trabajo. Los músicos y los futbolistas han sido los encargados de mantener viva una llama que el vértigo de la sociedad industrial ha ido sofocando: el ritual. Todo parece nuevo, pero la mística de estadio no la inventó U2 con su versión del salmo 40: los museos saben la importancia que en los años ochenta tuvo otra película —la fascinante Rock My Religion, del escultor Dan Graham— para señalar la relación entre las contorsiones de los asistentes a un concierto y las ceremonias de algunas comunidades protestantes como los shakers.
Mayo del 68 puso en solfa todo lo que sonara a formalidad -y nada hay más formal que un rito-, pero facilitó la entrada de las guitarras en las misas posconciliares al comprobar que al Padrenuestro le cuadraba una melodía de Simon & Garfunkel. La culminación del éxodo rural hacia las ciudades, el consiguiente desgaste de los vínculos comunitarios y el triunfo del engañoso individualismo turbocapitalista —siempre conectados, siempre aislados—, confundieron a los pensadores más impacientes. Entre ellos, a Byung-Chul Han, a cuyos libros siempre les faltan o les sobran 50 páginas (suelen tener 100). Así, en puertas de la pandemia publicó La desaparición de los rituales, un ensayo sobre el abandono de los símbolos que tradicionalmente servían para cohesionar una sociedad. La tesis de Han, eso sí, tenía la virtud de recordar que masa no equivale a comunidad y de señalar que aquel abandono no se tradujo en emancipación, aunque esto último es más fácil de sostener para alguien que ha nacido en Seúl y vive en Múnich que para alguien que lo ha hecho en un pueblo de la meseta castellana. De ahí que hablase de “gestión de eventos” para referirse a las fiestas y festivales actuales, que nada tendrían que ver con el “sublime” tiempo pasado.
El problema es que el pasado no se acaba nunca. Desde hace años, los eruditos menos apocalípticos vienen recordando que nuestro tiempo se parece a la Antigüedad tardía, aquella lentísima transición entre el desplome del imperio romano y el triunfo del cristianismo. La sensación de vacío y desconcierto es, dicen, similar. Lo dice, entre otros, el inventor de la fórmula —Antigüedad tardía―, el historiador Peter Brown, que dedicó un estudio pionero a esa fase líquida de la herencia grecolatina. También dedicó otro al primitivo culto a los santos en ese período en el que el fervor prevalecía sobre la norma. Los primeros cristianos, relata, asociaban culto a euforia (no a la serie de HBO) y no acudían a los túmulos de los mártires a rezar sino a participar, a tocar, a frotarse contra las tumbas, a beber el aceite de las lámparas. Era su forma de conectar con el “otro mundo”.
Dado que fan y fanático proceden de la misma palabra ―fanum (templo)―, no sorprende que, tratándose de identidades colectivas, reapareciera una que tenía milenios de experiencia y los mejores iconos del catálogo: la religión.
Si la pandemia impuso una clausura asediada por la muerte, su final desató una renovada búsqueda de sentido y de ritos comunitarios. Se trataba de volver a formar parte de algo mayor que uno mismo. Décadas de laicismo habían volcado esos sentimientos en artificios como la patria, el fútbol y el fandom. Dado que fan y fanático proceden de la misma palabra ―fanum (templo)― y tratándose de identidades colectivas con pretensiones de trascendencia, no sorprende que reapareciera una que tenía milenios de experiencia y los mejores iconos del catálogo: la religión.
La coincidencia en España del Papa y Bad Bunny es la cuadratura del círculo, algo más que un ejemplo de profética convivencia entre león y conejo. Uno ha decidido montar su pagana semana de pasión en un campo de fútbol y convertir su casita en un santuario al que acceden solo los elegidos que observan la regla de san Benito. En un punto del concierto, relatan los testigos, pide a los fieles que aparquen el móvil y se den fraternalmente la paz. El otro, agustino lector de La Ciudad de Dios, ha convocado a los jóvenes creyentes no al desierto de Cuatro Vientos sino al puro centro urbano. Señal de que ―a pesar de las acusaciones de gordofobia y pederastia― el espíritu de los tiempos sopla a su favor.
El catolicismo tiene muchas dimensiones: ritual, social, doctrinal, moral y hasta espiritual (en España tuvo incluso una nacional). No todas esas moradas se comunican: la procesión puede estar llena y vacío el confesionario (no el de Rosalía). Pero a nadie se le oculta: la religión ha vuelto al espacio público. Nada que objetar mientras las autoridades civiles y eclesiásticas tengan presente la santa paciencia que la ciudadanía aconfesional está teniendo durante días que el propio alcalde de la capital anunció como “complicadísimos, muy difíciles para los madrileños”.
Antes de ser líquida, la modernidad consiguió separar Iglesia y Estado, fe y razón para fundar la libertad individual y la justicia social en una ética sin amenazas de castigo divino. Y, sobre todo, sin que la muy respetable (y privada) creencia de algunos en la existencia del cielo convierta en un infierno la vida de los demás. Durante su visita León XIV hablará en el Congreso, el lugar ―con fachada de templo griego― llamado a encarnar esa ética. En su Decadencia y caída del imperio romano, Edward Gibbon recogió la frase de la que José Álvarez Junco extrajo el título para su estudio sobre la construcción histórica de los nacionalismos: “El pueblo consideraba verdaderas todas las religiones que existían en Roma; el filósofo las consideraba todas falsas y el político, todas útiles”. En esas estamos.
EL PAÍS
