El cine y la literatura de espionaje, de tramas subterráneas y pérfidas dentro del Estado, nos han acostumbrado mal. A seguir con fascinación personajes y situaciones con anverso y reverso, a virtuosos que operan en el lado oscuro, a veces planteándose dilemas morales, en posesión de estilo y cerebro, llenos de misterio y turbiedad, descritos con un nivel expresivo que posee imán para los receptores.
El glamour de personajes literarios y cinematográficos es inexistente en los individuos enfangados en las cloacas del Estado español
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El glamour de personajes literarios y cinematográficos es inexistente en los individuos enfangados en las cloacas del Estado español


El cine y la literatura de espionaje, de tramas subterráneas y pérfidas dentro del Estado, nos han acostumbrado mal. A seguir con fascinación personajes y situaciones con anverso y reverso, a virtuosos que operan en el lado oscuro, a veces planteándose dilemas morales, en posesión de estilo y cerebro, llenos de misterio y turbiedad, descritos con un nivel expresivo que posee imán para los receptores.
Resulta apasionante la red de espías británicos, señores refinados, cultos y sofisticados, educados en Oxford y Cambridge que trabajaron durante una larga época para el KGB moscovita, traidores concienciados y que sobrevivieron durante mucho tiempo. El extraordinario John le Carré escribió profundamente sobre el mundo de los espías en su impagable saga sobre El Circus, centro supremo de espionaje y contraespionaje inglés. También narró la interminable batalla durante la Guerra Fría entre el analítico y cornudo George Smiley y el soviético Karla, personaje al que Putin se parece mucho. Los dos eran superdotados con puntos débiles. O sea, la adúltera esposa de Smiley y la hija de Karla.
El glamour de personajes literarios y cinematográficos es inexistente en los individuos enfangados en las cloacas del Estado español.
Provoca bochorno y vergüenza ajena constatar la expresividad, los modales, el lenguaje de tantos individuos acusados por los tribunales de justicia. Parecen sacados de un cómic costroso. Puedes enrojecer de asco escuchando las conversaciones orales y escritas de tipos como el comisario Villarejo, fulano que grababa todo y a todos, o las explicaciones del indescriptible Koldo. Ábalos se expresa como un chulo de provincias, de los que podrían expresar continuamente esta pregunta tragicómica: ¿pero usted sabe con quién está hablando? Cerdán parece un tendero aplicado y la infinita vulgaridad de Leire Díez conseguiría la protesta de las Mata-Hari de ese submundo.
Las voces, la entonación, lo que trasmiten acostumbran a funcionar como el espejo de alma. No importa lo que dicen los políticos, que acostumbra a ser la nada, sino cómo lo expresan. Y los actores privilegiados en esa profesión son mínimos. Daba gusto escuchar a Obama. Es infame la oratoria y la gestualidad de Trump. Putin habla lo justo. Pasa de dar explicaciones. Y el chino exhibe continuamente media sonrisa. Si así se expresan los miserables que dominan el planeta, ¿qué coño vamos a esperar de la dialéctica que utilizan nuestros golfos patrios? Pero habría que exigirles un mínimo de encanto oral a los que se mueven en las tinieblas cutres.
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