Existen pocas unanimidades en el siempre agitado paisaje culinario barcelonés. Una de ellas se llama Ot Salvans, tiene 26 años y acaba de abrir su segundo restaurante, Casa Platos (Fraternidad, 37, Barcelona).
Existen pocas unanimidades en el siempre agitado paisaje culinario barcelonés. Una de ellas se llama Ot Salvans, tiene 26 años y acaba de abrir su segundo restaurante, Casa Platos (Fraternidad, 37, Barcelona). Seguir leyendo
Existen pocas unanimidades en el siempre agitado paisaje culinario barcelonés. Una de ellas se llama Ot Salvans, tiene 26 años y acaba de abrir su segundo restaurante, Casa Platos (Fraternidad, 37, Barcelona).
Este cocinero catalán luce un currículum del que pocos pueden presumir, que incluye restaurantes como El Celler de Can Roca, DiverXO, StreetXO, Disfrutar o Al Marge. El 2026 parece ser el año de su confirmación, después de triunfar con su primer negocio, Manda huevos, un garito en el que, con la tortilla como columna vertebral, se celebran clásicos como la gilda (de pulpo, de boquerón, de queso riojano o de huevo de codorniz; entre 3 y 5 euros), los platillos y la tradición catalana. Su pollo relleno de cigalas (18 euros), el Mar y montaña extremo de oreja de cerdo y gamba cristal (9 euros) o los huevos rotos con sashimi de atún (16 euros) le han generado una amplia clientela.

El éxito del restaurante le ha permitido abrir otro, mucho más ambicioso que el primero y que ya se beneficia de un generoso boca-oreja en una ciudad caníbal que sube y baja persianas a velocidad de vértigo. “Casa Platos nace de la idea de que a mí y a mi socio, Víctor [Martínez], nos encanta el tema de la coctelería y el tema del buen comer. ¿Qué pasa? Vas a cualquier restaurante y no puedes comer con cócteles porque la mayoría no tienen la calidad necesaria. La cosa es que, aunque Barcelona es un referente mundial de la coctelería, yo veía que todas las coctelerías están mucho más llenas en Madrid. Así que pensamos que si no había coctelerías con buen comer y no había buenos restaurantes con buenos cócteles, podíamos romper este estigma y montar un restaurante con una buena gastronomía y una coctelería muy trabajada”, cuenta Salvans.
Casa Platos es una coctelería, un restaurante, y además un hi-fi bar. Los hi-fi bar (que algunos llaman “listerning bars”) nacieron en Japón en los años 50, surgidos de la necesidad de muchos melómanos de poder escuchar música en condiciones óptimas cuando la mayoría de los habitantes del país no podían permitirse un equipo de alta fidelidad. Estos bares, equipados con altavoces de primera clase se convirtieron en punto de reunión y, más tarde, en lugares de culto. Los hi-fi se extendieron después por ciudades como Berlín o Nueva York y aunque en España puede encontrarse algunos ejemplos, es un fenómeno relativamente nuevo.

“Aunque haya lugares donde encuentres vinilos y todo eso, en la mayoría de los casos hablamos de cafeterías. Hay algún lugar donde pinchan música, vinilos y tal, pero no es un hi-fi bar como tal, partiendo de un estudio auditivo que hemos hecho nosotros aquí. Así que vimos una ventana de oportunidad, porque en Barcelona el tema aún no está nada explotado. Así que en Casa Platos hemos tratado de combinar todo eso: comida y cócteles de primera clase, lugar bonito, una vajilla a la altura, un gran servicio y, evidentemente, una música espectacular. Algo que tenga mucho rollo”, cuenta el cocinero catalán.

El local ha tenido una entrada fulgurante en las preferencias del público barcelonés y más allá de los cócteles, la música y la estética, la mano de Salvans en los fogones ha tenido mucho que ver en ello. Platos como los fideos de calamar con pil-pil de jamón ibérico (23,50 euros), el arroz meloso de anguila ahumada (19 euros), la raya a la meunière de ají y yuzu (19’5 euros) o el bacalao negro marinado en miso (26 euros) definen a la perfección la cocina mediterráneo-japonesa que es la columna vertebral de Casa Platos. “Yo siempre digo que es más importante el contenido que el continente. Y bueno, creo que en este caso van de la mano”, cuenta.

Con dos restaurantes funcionando ya a toda máquina es inevitable preguntarle a Salvans por el camino y el lugar de destino. “Bueno, he llegado hasta aquí. Tampoco creo que haya llegado donde me gustaría llegar, sino que el fruto del trabajo, la dedicación y el sacrificio empiezan a cobrarse su fruto. Siento que hago lo que quiero, materializo las ideas que tengo en mente. ¿La clave? Dedicación, esfuerzo y vocación, muy importantes las tres. Para mí, trabajar nunca ha sido un sacrificio y te lo digo de todo corazón. Empecé de joven, así que es cierto que desde pequeño me ha apasionado el mundo de la gastronomía, de los vinos, desde muy, muy pequeño. Creo que eso ha provocado que siempre me haya sido más fácil esforzarme más o dedicarme más tiempo y más ganas”, reflexiona. “El talento es una parte importante, pero creo que lo más importante que hay es la actitud. Aunque hay que decir que la actitud sin talento, evidentemente, puede ser un desastre (risas), pero juntas son una cosa maravillosa. También creo en la disciplina. Soy bastante disciplinado conmigo mismo y, evidentemente, con mis equipos y con mi entorno”.

El catalán reconoce que, a pesar de todo, algunas definiciones aplicadas a la gastronomía siguen sin definir lo suyo: “No me gusta la expresión “cocina de autor”. No la soporto. Yo hago la cocina con la que me siento cómodo, con la que me siento a gusto, con la que me puedo expresar bien”. Y remata con una reflexión sobre lo aprendido hasta ahora: “Cada día aprendemos lecciones. Incluso haciendo acciones muy banales se aprende de todo y de todo el mundo. Pero, realmente, si haces las cosas con gusto y con ganas, eres más feliz y tienes más satisfacción. Si haces las cosas bien y notas que a la gente le gusta lo que haces, todo te sale mejor. Tienes que tratar de ser buena persona, trabajar con humildad, sobre todo, y cada día con más ganas: nunca te conformes. Nunca”.
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