En la serie documental Tony Blair que dirige Michael Waldman, aparece Richard Wilson, secretario de gabinete en unos años en los que Anji Hunter fue secretaria personal del ex premier. Ante la cámara, ella habla de la alegría de su jefe al erigirse como faro del Nuevo Laborismo o del dolor por el rechazo popular tras apoyar la invasión de Irak. Wilson, como Hunter, no cuenta nada que ponga en peligro a Reino Unido, pero aporta, con mucha educación, algunos defectos de Blair.
En la serie documental Tony Blair que dirige Michael Waldman, aparece Richard Wilson, secretario de gabinete en unos años en los que Anji Hunter fue secretaria personal del ex premier. Ante la cámara, ella habla de la alegría de su jefe al erigirse como faro del Nuevo Laborismo o del dolor por el rechazo popular tras apoyar la invasión de Irak. Wilson, como Hunter, no cuenta nada que ponga en peligro a Reino Unido, pero aporta, con mucha educación, algunos defectos de Blair. Seguir leyendo
En la serie documental Tony Blair que dirige Michael Waldman, aparece Richard Wilson, secretario de gabinete en unos años en los que Anji Hunter fue secretaria personal del ex premier. Ante la cámara, ella habla de la alegría de su jefe al erigirse como faro del Nuevo Laborismo o del dolor por el rechazo popular tras apoyar la invasión de Irak. Wilson, como Hunter, no cuenta nada que ponga en peligro a Reino Unido, pero aporta, con mucha educación, algunos defectos de Blair.
Dos días después de aplaudir a Wilson, vi a Gertrudis Alcázar llegando a la comisión de investigación del Senado por el caso Plus Ultra. En la causa está imputado su jefe, José Luis Rodríguez Zapatero, expresidente del Gobierno. También ella, su secretaria desde hace más de 25 años. Nada más tomar asiento, y por consejo legal, dice que no contestará a nada. Durante dos horas, escucha todas las preguntas que sus señorías quieran formularle. Una tras otra, Alcázar logra que sus gestos no den pistas. Incluso cuando Rocío Dívar, del PP, le espeta: “¿Se siente traicionada por José Luís Rodríguez Zapatero?“.
Observando su silencio, pienso en los exministros, expresidentes y exasesores políticos que en España y en el mundo han publicado libros de memorias. Por ejemplo, Una España mejor, título con el que Mariano Rajoy, ya fuera del Gobierno, justificaba algunas decisiones y se daba un par de palmadas en la espalda. En Verdades a la cara: recuerdos de los años salvajes, Pablo Iglesias aplicó el ajuste de cuentas, algo que hicieron antes José Bono o Esperanza Aguirre. En cuanto a los asesores, dio mucho que hablar Iván Redondo, que en mayo publicó El manual, una reivindicación de sí mismo y su trabajo. Es algo que siempre ha hecho también el prolífico Alastair Campbell, exdirector de comunicación de Blair y asesor de campañas para Emmanuel Macron o Gordon Brown. Siendo sinceros, complacientes o vengativos, entre todos van construyendo un relato del poder desde dentro en el que las secretarias como Alcázar apenas dicen nada.
María Ángeles López de Celis, secretaria en Moncloa durante 32 años que abarcan de Adolfo Suárez a Zapatero, es una excepción aunque en las páginas de Los presidentes en zapatillas da una pista de por qué callan tanto sus compañeras: la lealtad institucional. La aplica en su propio libro, como también la aplicó en My Twelve Years with JFK (Mis doce años con JFK, sin traducción en España) Evelyn Lincoln. O Patricia Espejo en Allende inédito. Las dos fueron testigos privilegiadas del poder, pero en sus libros no hay ni ajustes de cuentas, ni autobombo, ni información relevante y sí una reivindicación de la labor de Kennedy y Allende.
Ser leal y tener poco ego no son defectos, aunque en un oficio que nació para hombres pero se feminizó al máximo cuando hizo falta mano de obra y así sigue, hay que preguntarse hasta qué punto la lealtad es un rasgo de carácter o un rol impuesto y aprendido. Los estudios sobre la feminización del trabajo administrativo que hacen hincapié en el sector público explican que esos puestos se construyeron sobre cualidades consideradas femeninas: discreción, fidelidad, servicio o disponibilidad emocional.
Por otra parte, la socióloga estadounidense Arlie Hochschild acuñó el término “trabajo emocional” para hablar de aquellos empleos que implican estar muy pendiente de las necesidades de otros. Empezó observando a las azafatas y luego su trabajo sirvió para analizar otras muchas profesiones feminizadas, entre ellas las secretarias, de quienes no puede extrañar que la lealtad que se les pide no sea solo profesional. Por supuesto, hay más factores que fomentan ese nexo tan peculiar. ¿O es casualidad que Wilson, que era funcionario, parezca más libre hablando que Hunter, cargo de confianza escogido por Blair dentro de su partido?
En los años treinta se inventó una expresión reveladora: office wife, una “esposa de oficina”, la que se adelanta a las necesidades del jefe (político o no); cuida su reputación, atiende su ánimo y procura, con su eficiencia, que él no tenga demasiados quebraderos de cabeza. De ahí venimos. La pregunta es cuánto hemos cambiado.
El vacío en torno al tema no se nota solo en la falta de testimonios de secretarias, sino también en la representación que ha hecho de ellas la ficción
La cultura dice que poco, pues el vacío en torno al tema no se nota solo en la falta de testimonios de secretarias, sino también en la representación que ha hecho de ellas la ficción: sexys, subestimadas, interesadas, solteras sin vida propia o todo a la vez. Retratos hechos por hombres para hombres que, si de verdad querían entender la figura de la secretaria, habrían hablado con las de verdad para entender lo difusa que puede ser la línea que separa lo profesional y lo personal con sus jefes. Especialmente en política: por la vocación; por el deber que comporta el servicio público; por la responsabilidad de tener en la mesa negociaciones o cuestiones de Estado de las que depende todo un país, así como cualquier cosa que le pase a la persona para la que trabaja.
Por eso es tan llamativo que cuando aparecen en novelas, thrillers o en esa otra forma de ficción que es el rumor, solo se haya entendido lo “personal” como algo carnal y no como un posible abuso laboral ligado a la feminización histórica de su trabajo. Esa sexualización “cultural” y el machismo preexistente impiden todavía conocer los matices de ese vínculo. Ojalá se animen a escribir y nos revelen en qué casos la lealtad nace del cuidado, de la explotación o del convencimiento. Y qué sienten y a quién fallan —al país, al jefe o a la ciudadanía— cuando lo que se calla es un delito.
EL PAÍS
