Christopher Anderson (Kelowna, Canadá, 56 años) es uno de los grandes iconos de la fotografía moderna, no solo por su carrera sino por su versatilidad. El canadiense se crio en Texas y su primer gran reconocimiento llegó en 1999 cuando junto al periodista Michael Finkel se subió a una barca en la que viajaban 44 haitianos que trataban de llegar a Estados Unidos. La embarcación empezaba a hundirse cuando fue avistada por los guardacostas que lograron salvar la vida a todos los pasajeros. Las fotos de aquel viaje le convirtieron en uno de nombres más aclamados del sector y le sirvieron para ganar la medalla de oro Robert Capa, uno de los galardones más prestigiosos del mundo de la fotografía.
Christopher Anderson (Kelowna, Canadá, 56 años) es uno de los grandes iconos de la fotografía moderna, no solo por su carrera sino por su versatilidad. El canadiense se crio en Texas y su primer gran reconocimiento llegó en 1999 cuando junto al periodista Michael Finkel se subió a una barca en la que viajaban 44 haitianos que trataban de llegar a Estados Unidos. La embarcación empezaba a hundirse cuando fue avistada por los guardacostas que lograron salvar la vida a todos los pasajeros. Las fotos de aquel viaje le convirtieron en uno de nombres más aclamados del sector y le sirvieron para ganar la medalla de oro Robert Capa, uno de los galardones más prestigiosos del mundo de la fotografía. Seguir leyendo

Christopher Anderson (Kelowna, Canadá, 56 años) es uno de los grandes iconos de la fotografía moderna, no solo por su carrera sino por su versatilidad. El canadiense se crio en Texas y su primer gran reconocimiento llegó en 1999 cuando junto al periodista Michael Finkel se subió a una barca en la que viajaban 44 haitianos que trataban de llegar a Estados Unidos. La embarcación empezaba a hundirse cuando fue avistada por los guardacostas que lograron salvar la vida a todos los pasajeros. Las fotos de aquel viaje le convirtieron en uno de nombres más aclamados del sector y le sirvieron para ganar la medalla de oro Robert Capa, uno de los galardones más prestigiosos del mundo de la fotografía.
“La fotografía empezó como un hobby. Soy autodidacta. Se convirtió en mi profesión por accidente; llegué a ella casi sin buscarlo. Al principio, lo que me atrajo fue la sensación de que era un pasaporte hacia muchas vidas”, cuenta Anderson a ICON. El fotógrafo publica ahora su último libro, Index(Ed. Stanley/Barker), un repaso a su carrera en la que puedeº apreciarse las múltiples capas que la componen: “Este libro es, sin duda, una buena puerta de entrada a mi trabajo. No es en absoluto una obra completa, como una retrospectiva. Pero conecta el hilo entre mis distintas vidas fotográficas. Tiene algo de autobiográfico. Es, en cierto modo, la historia de un archivo” dice.

El canadiense cimentó su reputación en los conflictos bélicos, trabajando en Afganistán, Irak o Gaza en el oscuro escenario que dejó tras de sí el 11-S. Su trabajo como reportero de guerra le valió ganar dos años seguidos el prestigioso World Press Photo (en 2007 y 2008). “Los premios solo significaban una cosa para mí: libertad. Nunca me interesó el éxito en sí mismo. Lo veía como un medio para un fin. Y ese fin era la libertad”.
Las imágenes de este fotógrafo, que ha trabajado para un buen número de los periódicos y revistas más prestigiosas del universo anglosajón (de The New York Times a Vanity Fair, pasando por Newsweek o National Geographic), han servido para trasladar al lector a zonas del planeta gobernadas por el caos, en las que la vida tiene un valor escaso. Un lugar en el que la mayoría de los mortales no pondría jamás el pie, pero que Anderson ilustra sin que parezca que le tiemble el pulso: “El miedo no desaparece. Pero aprendes a compartimentarlo. Es un obstáculo que hay que superar para poder hacer el trabajo… como los demás obstáculos: el cansancio, la incomodidad… Lo aceptas o no”.

Sin embargo, lo que en estos días está generando más conversación es la sesión de fotos que Anderson realizó a uno de los nombres más recurrentes en los titulares de los medios de comunicación de todo el mundo: Jeffrey Epstein. El millonario, que murió en extrañas circunstancias (la justicia dictaminó que Epstein se había suicidado) en la cárcel donde esperaba juicio acusado de tráfico de menores, fue retratado por el canadiense en 2015 para un perfil que iba a aparecer en la revista New York Magazine firmado por el periodista Michael Wolff. Preguntado por si le resulta molesto que un profesional con su reputación se vea obligado ahora a hablar continuamente del que fue uno de los tipos más viles del planeta, Anderson lo deja claro: “No me molesta responder preguntas sobre ninguno de mis trabajos”.
La sesión, una de las pocas que concedió Epstein (la otra fue al fotógrafo neoyorquino Andrés Serrano en 2018), no estuvo exenta de tensión. “El modus operandi de Epstein era hacerte saber que era peligroso. Buscar una posición de ventaja para intimidar era la imagen que proyectaba. Mi primer recuerdo es la joven que abrió la puerta. Más tarde la vi preparando una camilla de masajes en una habitación junto al despacho de Epstein”, cuenta. “Yo no sabía quién era, solo que era un tipo millonario y poderoso conectado con otros muchos tipos millonarios y poderosos”.

Años después, su retrato del villano es uno de los más usados cada vez que se habla del magnate y de su isla y el propio Anderson aparece en los archivos de Epstein desclasificados por el gobierno de Estados Unidos por culpa de los correos electrónicos entre el que fuera uno de los mejores amigos de Donald Trump y algunos de sus allegados, a cuenta de las fotos y su posterior publicación.
El fotógrafo cambió totalmente de tercio para dedicarse a algo distinto: se instaló en París y se convirtió en una referencia del retrato a celebrities de primera clase, con Rosalía o George Clooney posando para él. A pesar de ello, Anderson volvió a los titulares cuando Vanity Fair le pidió que fotografiara al círculo íntimo del mencionado Donald Trump en el que fue uno de los reportajes más comentados de los últimos tiempos cuando apareció a finales del año pasado en la revista. “Digo sí a un trabajo cuando creo que tengo algo que decir sobre el sujeto que voy a fotografiar. Así que fui y hice mi trabajo”, aclara.
Pero a pesar del ruido, ni Epstein ni la Casa Blanca aparecen como una prioridad cuando Anderson revela los momentos de su carrera que más le han marcado en tres décadas tras la cámara: “Hay historias dramáticas: naufragar en un barco con refugiados haitianos, presenciar revoluciones y guerras, tener acceso a los círculos del poder. Pero aun así diría que lo que más me afectó como ser humano durante todos estos años fue convertirme en padre”.
EL PAÍS
