La genialidad hay que trabajársela. The Beatles nacieron en Liverpool pero, decía John Lennon, crecieron en Hamburgo. En St. Pauli, el barrio más canalla de la ciudad alemana, aprendieron a tocar muchas horas cada noche durante cientos de noches, a calentar y hacer reír al público, a embutirse en trajes de cuero y botas de punta, a drogarse con pastillas, a dormir apretados en cuchitriles, a relacionarse con gánsteres, prostitutas y travestis. Eran cinco y apenas tenían 18 años (menos Harrison, un año menor). Pasaron por una ristra de locales, de peor (Indra Club) a mejor (Star Club), durante nueve meses repartidos en cinco estancias entre 1960 y 1962. Eran unos novatos al llegar. A la vuelta de su primer viaje se les abrieron las puertas de The Cavern en su ciudad natal; a la vuelta del segundo se juntaron con el representante Brian Epstein y con el genio de la producción George Martin y el resto es historia de la música, historia de la cultura popular o historia a secas.
La genialidad hay que trabajársela. The Beatles nacieron en Liverpool pero, decía John Lennon, crecieron en Hamburgo. En St. Pauli, el barrio más canalla de la ciudad alemana, aprendieron a tocar muchas horas cada noche durante cientos de noches, a calentar y hacer reír al público, a embutirse en trajes de cuero y botas de punta, a drogarse con pastillas, a dormir apretados en cuchitriles, a relacionarse con gánsteres, prostitutas y travestis. Eran cinco y apenas tenían 18 años (menos Harrison, un año menor). Pasaron por una ristra de locales, de peor (Indra Club) a mejor (Star Club), durante nueve meses repartidos en cinco estancias entre 1960 y 1962. Eran unos novatos al llegar. A la vuelta de su primer viaje se les abrieron las puertas de The Cavern en su ciudad natal; a la vuelta del segundo se juntaron con el representante Brian Epstein y con el genio de la producción George Martin y el resto es historia de la música, historia de la cultura popular o historia a secas. Seguir leyendo
La genialidad hay que trabajársela. The Beatles nacieron en Liverpool pero, decía John Lennon, crecieron en Hamburgo. En St. Pauli, el barrio más canalla de la ciudad alemana, aprendieron a tocar muchas horas cada noche durante cientos de noches, a calentar y hacer reír al público, a embutirse en trajes de cuero y botas de punta, a drogarse con pastillas, a dormir apretados en cuchitriles, a relacionarse con gánsteres, prostitutas y travestis. Eran cinco y apenas tenían 18 años (menos Harrison, un año menor). Pasaron por una ristra de locales, de peor (Indra Club) a mejor (Star Club), durante nueve meses repartidos en cinco estancias entre 1960 y 1962. Eran unos novatos al llegar. A la vuelta de su primer viaje se les abrieron las puertas de The Cavern en su ciudad natal; a la vuelta del segundo se juntaron con el representante Brian Epstein y con el genio de la producción George Martin y el resto es historia de la música, historia de la cultura popular o historia a secas.
No Hamburg No Beatles es un documental de los que abundan en Amazon Prime Video: austero, barato, a ratos de estética cutre, de no más de una hora. Pero este cuenta bien una historia fascinante. Dado que Disney se ha hecho con los derechos audiovisuales de los Beatles (y ha lanzado producciones ambiciosas como Get Back, de Peter Jackson, o Beatles’64, de Martin Scorsese), al resto de productoras, si quieren acercarse a los Fab Four, les queda buscar algún ángulo menos trillado de su trayectoria y renunciar a que suenen sus canciones en el metraje. No es poco sacrificio.
Este documental vence esas limitaciones reuniendo curiosas imágenes de la movida hamburguesa y, sobre todo, los testimonios de quienes compartieron escenario, tugurios o camas con aquellos chicos entusiastas: Pete Best, el batería caído; la fotógrafa, estilista y cómplice Astrid Kirchherr; el artista y músico Klaus Voormann; Chas Newby, un efímero bajista suplente, y varios de sus amigos o compañeros de correrías de ese tiempo. Su relato se alterna con unas pocas citas grabadas, nada inéditas, de John, Paul y George.
Se entiende bien la conexión entre las dos ciudades portuarias castigadas por la guerra, Liverpool y Hamburgo, una del bando vencedor y otra del perdedor. Ambas pobladas por adolescentes nacidos en pleno conflicto que ansiaban diversión y a los que atrapa el rock and roll americano que llega en los barcos y se cuela en las radios.
En el distrito rojo de Hamburgo proliferaban los clubes de música, pero el presupuesto no les daba para traer a las estrellas norteamericanas. El empresario Bruno Koschmider quiso buscar bandas inglesas, que eran lo más parecido, y dio (a través del representante Allan Williams) con varias de ellas, incluidos unos jovencísimos Beatles, que apenas habían tocado en locales de Liverpool y dado unos bolos en Escocia como acompañantes de Johnny Gentle. Acabaron mal con Koschmider, que los denunció por prender fuego (a un condón) en su local y forzó su deportación de Alemania (George, para colmo, era menor). Pero ya habían dejado huella en Hamburgo. Volvieron meses después, en cuanto Harrison cumplió los 18.

La primera invasión británica, entonces, fue la de Hamburgo, y muy amateur. Los Beatles que llegaron allí estaban muy verdes. Siendo adolescentes, Lennon había reclutado para su primera banda, The Quarrymen, a McCartney primero y a Harrison después. Tuvieron distintos acompañantes y distintos nombres (Johnny and the Moondogs, Long John and the Silver Beatles, The Silver Beatles…). Es en Hamburgo donde estrenan su discografía con el sencillo My Bonnie,pero lo hacen como acompañantes de Tony Sheridan, un rockero más famoso que ellos. Y tuvieron que firmar como The Beat Brothers: a Sheridan no le sonaba bien The Beatles. Mucho ojo comercial no tenía.
Eran cinco, decíamos: acompañaban al núcleo fundador dos miembrosque se perdieron los años dorados: Best a la batería y Stuart Sutcliffe al bajo. Este último deja la banda en Hamburgo, cuando consigue una beca para la escuela de arte, y se empareja con Astrid, la mujer que había creado una estética para ellos (y que se separa de Voormann). Cuando los Beatles llegan a su tercera estancia en Hamburgo, en 1962, Astrid les dice que Stu ha muerto de una hemorragia cerebral. Les impacta. Pero el show debe continuar. McCartney, el músico más completo de todos, renuncia a la guitarra y se compra allí su bajo Hofner, que todavía empuña en algunos conciertos.

Sus dos últimos viajes, de apenas dos semanas cada uno, en noviembre y diciembre de 1962, son otra cosa. Acaban de publicar Love Me Do, su primer éxito.Ya se codean con Little Richard, que también pisa el Star-Club. Epstein les ha quitado los trajes de cuero y los ha vestido como chicos bien; mantienen el flequillo, que les había moldeado Astrid, y saben moverlo con gracia cuando cantan. Ringo Starr ya ocupa el lugar de Best: siendo también de Liverpool, coincidieron con él en Hamburgo, como miembro de Rory Storm and the Hurricanes. Best no puede ocultar la amargura: recuerda que tenía muchas fans, que era apuesto, que quizá le penalizó llamar tanto la atención. “Yo debería haber formado parte del éxito que tuvieron”, dice. Pero no había pasado el exigente corte de George Martin, un tipo que sabía lo que hacía en el estudio.
Los Beatles empezaron muy abajo y sobre esa base evolucionaron rápido para cambiar la música de su tiempo. Pero Harrison todavía decía, antes de morir, que el mejor directo de los Beatles fue el que hicieron en Hamburgo. Antes de que chillaran las fans, antes de que fueran un fenómeno, antes de que abandonaran las giras para lograr la excelencia en el estudio de grabación. Antes de hacer historia, si no fuera porque la historia ya había empezado a escribirse, sin avisar, en aquellos meses locos en Hamburgo.
EL PAÍS
