David de Miranda se asoma a la plaza que le cambió la vida. Su mirada aceitunada se emociona al contemplar, desde la terraza del hotel Maestranza, ese escenario de primera que puso en pie hace justo un año y que ha vuelto a enloquecer con una doble puerta grande en la feria. Pero no solo en el marco de la Malagueta: su temporada se escribe de triunfo en triunfo, con la regularidad como poderosa rúbrica. Tanta sinceridad, tanta exposición, le ha costado duras volteretas, como la del sábado, cuando ya tenía conquistada la salida a hombros en uno de los carteles de mayor expectación del verano. «Otra gotera más, un varetazo en el gemelo; nada», dice con naturalidad el de Trigueros, como si esa quemazón que provoca un pitón no doliese. Y si duele, se olvida: apenas unas horas después volvería a plantarse delante del toro.—¿Qué sintió al tocar de nuevo en el ruedo de su gran resurrección?—Me emocionó mucho pisar la plaza donde empezó todo y sentí mucha responsabilidad. Lo sucedido el año pasado había que refrendarlo, incluso mejorarlo.—La segunda tarde, además, con las máximas figuras y la televisión presente.—Después de cómo estuvo el maestro Morante, de la entrega de Andrés, yo con la mía, creo que fue una tarde en la que nadie se aburrió. Me sentí muy querido por el público, como si fuese un malagueño más. —¿Ha mudado la piel de su carrera desde aquel impacto de agosto del 25 hasta este?—Me ha cambiado mucho la vida gracias a aquella tarde de Málaga. Me ha costado trabajo entrar de una vez por todas, y ahora estoy en ese momento de ir viendo mi nombre anunciado en las grandes ferias. —Es el triunfador infalible: ¿cómo gestiona mentalmente no dejar de pisar ni un solo día el acelerador?—Es el compromiso que adquiero con mi profesión, con la entrega que hay que llevar cada tarde a la plaza y con la ambición de querer llegar al sitio donde sueño. Después de tantas piedras en el camino, siendo consciente del trabajo que me ha costado estar aquí, el cuerpo y la mente saben que esos esfuerzos cuestan menos.—¿Cómo de alto es ese sueño del que habla?—Desde que quise ser torero, mi sueño era llegar a ser figura del toreo. Son palabras mayores y difíciles de conseguir, pero para estar en esta profesión tan dura la mentalidad tiene que ser esa. El torero de Trigueros, contundente estoqueador, con el Estoque de Plata de Málaga Francis Silva—Es más rápido decir dónde no ha salido a hombros que dónde sí: ¿es un hombre de estadísticas?—Sinceramente, no me obsesiono. A lo largo de mi carrera ha habido momentos en los que sí me obsesionaba el triunfo, pero ahora que lo busco menos es cuando verdaderamente lo estoy encontrando con más regularidad. Afronto las tardes con tranquilidad, responsabilidad y compromiso, pero sin obsesión. Ahí está también la búsqueda de la evolución: soltarme un poco y no atenazarme por el triunfo.—Lo que dice es una lección de vida: las obsesiones no son buenas. ¿Pasa también entonces en el toreo?—Por supuesto, es así. Ya son diez años de alternativa y el tiempo enseña. Cuando me obsesionaba con el triunfo, por la necesidad de tener que triunfar, salía a la plaza demasiado atenazado y rígido. Ahora me siento cada vez más libre, más siendo yo, y con una ilusión grande por verme que no tengo techo.—Interiormente, ¿qué faena le ha llenado más? —Me quedo con la Puerta del Príncipe de Sevilla. No es fácil por segundo año consecutivo que embistan los toros, que toree, que los mate… Se tienen que dar tantas cosas. Sin duda, es la más redonda.—¿Y en el otro extremo?—Siempre hay tardes en las que uno no termina de encontrarse o toros con los que no te acoplas del todo. Pero siempre hay una lectura positiva.—El pasado invierno comentaba que le daba miedo tener interiorizado ese patrón de faena que tanto le había dado y que le costaba adaptarse a determinado tipo de animales. ¿Cómo lo ha trabajado para dar ese paso más?—El toreo es una evolución continua. A veces la técnica llena de frialdad la faena y le resta emoción, y el público lo percibe. Intento huir de abusar de la técnica. Desde la pureza, de no querer engañar a nadie, ni al público ni a mí mismo, busco la emoción y evolucionar desde ahí.—Dentro de su concepto, ¿qué parte es innegociable?—La pureza. No engañarme. Lógicamente, engañas al toro porque la técnica es necesaria para que pase por el capote o la muleta. Pero la pureza es lo que hace que haya emoción, que no engañes al público delante del toro y, sobre todo, que no me engañe a mí mismo.El precio de la grandeza «Llegar a la cima del toreo exige olvidarse de todo, tirar la moneda y entregar tu vida a la suerte y al toro»—Los tendidos, con los que tanto conecta, perciben la sinceridad.—Es lo que busco: no mentir. No sé, no soy capaz de mentir, me sale solo. Incluso hay tardes o toros en los que me gustaría, porque me hacen pasarlo mal, pero ahí está la conexión; no sé aliviarme. El público ve rápido cuando un torero está de verdad, cuando hay entrega y cuando tira la moneda. En esa búsqueda de la verdad he encontrado el filón de la regularidad.—¿Y fuera de la plaza le han pillado algún renuncio?—(Risas) Me considero una persona sincera en mi día a día, no solo delante del toro. Me va bien. No tengo necesidad de mentir a nadie.—O sea, que se torea como se es.—Como se es y como se está; eso se refleja delante del toro. El traje de luces es transparente. Y me encuentro en un momento feliz.—¿El toro miente alguna vez?—Nunca. Puede ser mejor o peor, tener mejor o peor condición, pero siempre entrega su vida. Esa es la verdad del toro. Sale al ruedo a defender su vida y pone a cada uno en su sitio. El camino vivido no ha sido fácil, pero el toro y su verdad, y también la mía, nos han puesto en el camino.—Decía Antonio Ordóñez que había al menos tres días al año en los que uno tenía que estar dispuesto a entregar su vida. Usted me contó en invierno que a veces salía del hotel sin saber si volvería a ver a su hijo. ¿Le ha pasado esta temporada?—Sí, y ojalá fuesen solo tres… El compromiso para ir escalando hacia la cima del toreo grande exige muchas tardes en las que uno se olvida de todo y sale a entregar, a tirar la moneda, a dar a la suerte su vida, a dársela al toro. No digo que sea capaz de hacerlo siempre, pero ese es el compromiso que hay que adquirir.—¿Se da cuenta ya en el patio de cuadrillas hasta dónde estará dispuesto a cruzar la línea? ¿Alguna vez ha creído que no iba a ser capaz?—Me lo repito cada tarde. Cada tarde me digo que no soy capaz. Después sale el toro y algo te transforma. Ahora noto que el público me conoce y me espera. Se reúnen circunstancias que te transforman y hacen que des lo mejor de ti.—¿Delante de la cara del toro se piensa en algo más?—No. Cuando estás delante, entras en otra dimensión. Estás solo, con todos los sentidos puestos en la mirada del toro, en sus expresiones, en cómo se comporta. Solo con un oído en el público, que también es importante para calibrar el momento de la faena.Mente y disciplina «Cuando apenas toreaba, viví momentos psicológicos muy duros, pero he tenido disciplina para prepararme como si fuese a acabar líder del escalafón»—¿Y cuando escucha esas palmas por bulerías de sus partidarios?—Esas palmas por bulerías, esas palmas por Huelva, suponen algo muy bonito y significativo, porque me llevan a mi tierra. Huelva siempre fue el puerto de montaña al que quería llegar, por el que me preparaba como si tuviera que torear cada tarde. Una de las cosas que uno busca como torero es ilusionar al aficionado. Tener seguidores que hacen muchos kilómetros por venir a verme me llena de responsabilidad, porque sé que poco a poco me van a exigir más, y eso también me da ilusión para sacar lo mejor de mí.David de Miranda, con el Capote de Paseo al triunfador de la Feria de Málaga 2025, con el puerto al fondo Francis Silva—¿Sirven las orejas?—Creo que sí. Son goles, lo que da el triunfo. Pero no solo las orejas, también la sensación que queda después de una faena, esa ilusión del público al ver la personalidad y la evolución.—¿En qué le está influyendo que una figura histórica como Enrique Ponce lo apodere?—Estaba muy ilusionado desde el principio. Tener a mi lado a una máxima figura que conoce el camino para llegar a serlo me llenaba. Ha superado todas las expectativas por su entrega, su compromiso y su afición. Me transmite tranquilidad y confianza. En una profesión en la que a veces te sientes solo delante del toro, sentirlo cerca es importante. El maestro va muy por delante: en los sorteos se preocupa, llama a los ganaderos, pregunta por la madre y el padre del toro… Esa tranquilidad también se refleja delante del animal.—Sin embargo, su concepto está más cerca de algún rival de Ponce que del toreo del maestro de Chiva.—Es de las cosas positivas. Él lo tuvo claro desde el principio. Siendo dos conceptos distintos, hemos mantenido mi personalidad intacta. Cada torero tiene que tener su propio sello. Él valora que tengo mi personalidad y que eso no se toca. Hay matices en los que seguimos trabajando para crecer, y con humildad afronto lo que viene.—¿Nota esa protección del que ha vivido muchas cosas?—La siento cada tarde, pero de una forma que me transmite seguridad, no preocupación. El exceso de protección puede generar inseguridad; el maestro transmite lo contrario. Se preocupa por mi estado físico, mental y familiar y, lógicamente, por lo profesional. Dialogamos todo. Controla todo lo que se puede controlar antes de que salga el toro. Después ya está en manos del destino.—Torero, cuando observa una foto de hace una década y se mira luego en el espejo, ¿qué David de Miranda ve? —Me siento orgulloso de mí mismo. Echo la vista atrás y ha pasado muy deprisa, pero han pasado tantas cosas, con tanta intensidad y tantas adversidades. He tenido siempre a mi familia, pero en muchos momentos solo conmigo mismo, con ganas de tirar la toalla. Y ser capaz de levantarme, seguir y verme aquí hace que me sienta un privilegiado. Si le hablara al David de hace diez o doce años, me sentiría muy orgulloso de lo que está consiguiendo.Ponce, mentor y maestro «Tener a mi lado a una máxima figura que conoce el camino para llegar a serlo me llena. Sabe que tenemos conceptos distintos, pero valora mi personalidad»—Su mensaje es de superación, de un ‘sí se puede’, aunque cueste mucho.—Sí se puede. Hay que adquirir mucho compromiso y disciplina diaria, prepararte como si fueses a acabar líder del escalafón, aunque tengas una o dos corridas. Es muy difícil. Se pasan momentos psicológicos duros, pero cuando lo consigues sientes plenitud. Sigo con la misma mentalidad de hace diez años: las mismas ganas, la misma ilusión, la misma humildad. Esa es una de las armas que, si Dios quiere, me va a hacer llegar donde quiero.—En un mundo donde todo es instantáneo, ¿cómo ha trabajado tanta paciencia?—Si lo pienso fríamente, me sorprendo a mí mismo. No es fácil. Siempre tuve Huelva en el horizonte, como mi puerto de montaña para sentirme realizado. Ahí me agarraba cada año. Poco a poco, fui construyendo esa preparación y esa madurez que ahora se reflejan delante del toro, y la mentalidad para que no se me escapara.—¿Cómo mantiene el equilibrio para que la gloria del torero no se coma a la persona?—Intento mantenerme siempre en la misma línea. Ni cuando no triunfaba era tan malo ni cuando triunfo soy tan bueno. De lo que ya ha pasado no se puede vivir: se vive de lo que pasa o va a pasar. Hay que olvidar rápido los triunfos y seguir. También hay que disfrutarlos, porque sufrimos mucho, pasamos miedos y hay tardes de frustración. Pero al día siguiente, vuelta a la normalidad, a la preparación, y salir otra vez a la cara del toro como si lo anterior no hubiera sucedido.—En el ruedo ancla las zapatillas. ¿Quién le pone los pies en la tierra fuera de la plaza?—Yo solo. No necesito a nadie. Siendo feliz con mi familia regreso a esa zona donde siempre he estado y donde he sido capaz de ser feliz sin nada. Ahora que voy teniendo algo, soy feliz con ello y me rodeo de ese entorno. Ser consciente de dónde vengo y de quiénes han estado conmigo me mantiene los pies en el suelo.—En Málaga se ganó entrar en el cartel de más lujo, con las dos máximas figuras. ¿Más presión o más ilusión? —Las dos cosas. Es un cartel que ya se repitió el Domingo de Resurrección en Sevilla. Me llena de ilusión porque desde niño se sueña con carteles así. También de responsabilidad, porque genera mucha expectación y todos los focos están puestos. Como el camino ha sido largo y duro, también se disfruta.—Aun así, cuesta entrar en carteles de lujo.—Es un proceso, una recompensa a que poco a poco mi nombre se vaya consolidando. El empresario monta los carteles con lo que oye en el aficionado. No me obsesiona: estamos en el buen camino.Ser y estar «Se torea como se es y como se está; eso se refleja delante del toro. El traje de luces es transparente»—¿Le preocupa el futuro del toreo?—En mi situación he visto que siempre hay un resquicio de luz. Vengo desde lo más abajo, desde la tapia de un tentadero, y se puede llegar arriba. Pero no lo veo fácil. Las figuras están a un nivel grandísimo y generan la ilusión de los públicos. Lo más complicado lo tienen los novilleros: cada vez hay menos novilladas picadas y después ya hay una baraja de toreros jóvenes importante. Hay una generación ilusionante que poco a poco se irá abriendo camino.—Su momento coincide con una época de muchos toros embistiendo y mucha juventud en los tendidos. —Los ganaderos han hecho una selección tremenda. Después de la pandemia se quedaron con lo mejor y el nivel es alto. Todas las tardes embisten toros y eso nos permite a los toreros tener regularidad y seguir evolucionando. Y que lo vea tanta gente joven es una maravilla.—¿Le tiene especiales ganas a algún torero?—A mí mismo cada tarde. Cada uno tiene suficiente con lo suyo. La rivalidad es bonita y cuando hay réplicas en los quites motiva e incluso saca cosas que yo desconocía. Pero mi lucha es conmigo mismo. David de Miranda se asoma a la plaza que le cambió la vida. Su mirada aceitunada se emociona al contemplar, desde la terraza del hotel Maestranza, ese escenario de primera que puso en pie hace justo un año y que ha vuelto a enloquecer con una doble puerta grande en la feria. Pero no solo en el marco de la Malagueta: su temporada se escribe de triunfo en triunfo, con la regularidad como poderosa rúbrica. Tanta sinceridad, tanta exposición, le ha costado duras volteretas, como la del sábado, cuando ya tenía conquistada la salida a hombros en uno de los carteles de mayor expectación del verano. «Otra gotera más, un varetazo en el gemelo; nada», dice con naturalidad el de Trigueros, como si esa quemazón que provoca un pitón no doliese. Y si duele, se olvida: apenas unas horas después volvería a plantarse delante del toro.—¿Qué sintió al tocar de nuevo en el ruedo de su gran resurrección?—Me emocionó mucho pisar la plaza donde empezó todo y sentí mucha responsabilidad. Lo sucedido el año pasado había que refrendarlo, incluso mejorarlo.—La segunda tarde, además, con las máximas figuras y la televisión presente.—Después de cómo estuvo el maestro Morante, de la entrega de Andrés, yo con la mía, creo que fue una tarde en la que nadie se aburrió. Me sentí muy querido por el público, como si fuese un malagueño más. —¿Ha mudado la piel de su carrera desde aquel impacto de agosto del 25 hasta este?—Me ha cambiado mucho la vida gracias a aquella tarde de Málaga. Me ha costado trabajo entrar de una vez por todas, y ahora estoy en ese momento de ir viendo mi nombre anunciado en las grandes ferias. —Es el triunfador infalible: ¿cómo gestiona mentalmente no dejar de pisar ni un solo día el acelerador?—Es el compromiso que adquiero con mi profesión, con la entrega que hay que llevar cada tarde a la plaza y con la ambición de querer llegar al sitio donde sueño. Después de tantas piedras en el camino, siendo consciente del trabajo que me ha costado estar aquí, el cuerpo y la mente saben que esos esfuerzos cuestan menos.—¿Cómo de alto es ese sueño del que habla?—Desde que quise ser torero, mi sueño era llegar a ser figura del toreo. Son palabras mayores y difíciles de conseguir, pero para estar en esta profesión tan dura la mentalidad tiene que ser esa. El torero de Trigueros, contundente estoqueador, con el Estoque de Plata de Málaga Francis Silva—Es más rápido decir dónde no ha salido a hombros que dónde sí: ¿es un hombre de estadísticas?—Sinceramente, no me obsesiono. A lo largo de mi carrera ha habido momentos en los que sí me obsesionaba el triunfo, pero ahora que lo busco menos es cuando verdaderamente lo estoy encontrando con más regularidad. Afronto las tardes con tranquilidad, responsabilidad y compromiso, pero sin obsesión. Ahí está también la búsqueda de la evolución: soltarme un poco y no atenazarme por el triunfo.—Lo que dice es una lección de vida: las obsesiones no son buenas. ¿Pasa también entonces en el toreo?—Por supuesto, es así. Ya son diez años de alternativa y el tiempo enseña. Cuando me obsesionaba con el triunfo, por la necesidad de tener que triunfar, salía a la plaza demasiado atenazado y rígido. Ahora me siento cada vez más libre, más siendo yo, y con una ilusión grande por verme que no tengo techo.—Interiormente, ¿qué faena le ha llenado más? —Me quedo con la Puerta del Príncipe de Sevilla. No es fácil por segundo año consecutivo que embistan los toros, que toree, que los mate… Se tienen que dar tantas cosas. Sin duda, es la más redonda.—¿Y en el otro extremo?—Siempre hay tardes en las que uno no termina de encontrarse o toros con los que no te acoplas del todo. Pero siempre hay una lectura positiva.—El pasado invierno comentaba que le daba miedo tener interiorizado ese patrón de faena que tanto le había dado y que le costaba adaptarse a determinado tipo de animales. ¿Cómo lo ha trabajado para dar ese paso más?—El toreo es una evolución continua. A veces la técnica llena de frialdad la faena y le resta emoción, y el público lo percibe. Intento huir de abusar de la técnica. Desde la pureza, de no querer engañar a nadie, ni al público ni a mí mismo, busco la emoción y evolucionar desde ahí.—Dentro de su concepto, ¿qué parte es innegociable?—La pureza. No engañarme. Lógicamente, engañas al toro porque la técnica es necesaria para que pase por el capote o la muleta. Pero la pureza es lo que hace que haya emoción, que no engañes al público delante del toro y, sobre todo, que no me engañe a mí mismo.El precio de la grandeza «Llegar a la cima del toreo exige olvidarse de todo, tirar la moneda y entregar tu vida a la suerte y al toro»—Los tendidos, con los que tanto conecta, perciben la sinceridad.—Es lo que busco: no mentir. No sé, no soy capaz de mentir, me sale solo. Incluso hay tardes o toros en los que me gustaría, porque me hacen pasarlo mal, pero ahí está la conexión; no sé aliviarme. El público ve rápido cuando un torero está de verdad, cuando hay entrega y cuando tira la moneda. En esa búsqueda de la verdad he encontrado el filón de la regularidad.—¿Y fuera de la plaza le han pillado algún renuncio?—(Risas) Me considero una persona sincera en mi día a día, no solo delante del toro. Me va bien. No tengo necesidad de mentir a nadie.—O sea, que se torea como se es.—Como se es y como se está; eso se refleja delante del toro. El traje de luces es transparente. Y me encuentro en un momento feliz.—¿El toro miente alguna vez?—Nunca. Puede ser mejor o peor, tener mejor o peor condición, pero siempre entrega su vida. Esa es la verdad del toro. Sale al ruedo a defender su vida y pone a cada uno en su sitio. El camino vivido no ha sido fácil, pero el toro y su verdad, y también la mía, nos han puesto en el camino.—Decía Antonio Ordóñez que había al menos tres días al año en los que uno tenía que estar dispuesto a entregar su vida. Usted me contó en invierno que a veces salía del hotel sin saber si volvería a ver a su hijo. ¿Le ha pasado esta temporada?—Sí, y ojalá fuesen solo tres… El compromiso para ir escalando hacia la cima del toreo grande exige muchas tardes en las que uno se olvida de todo y sale a entregar, a tirar la moneda, a dar a la suerte su vida, a dársela al toro. No digo que sea capaz de hacerlo siempre, pero ese es el compromiso que hay que adquirir.—¿Se da cuenta ya en el patio de cuadrillas hasta dónde estará dispuesto a cruzar la línea? ¿Alguna vez ha creído que no iba a ser capaz?—Me lo repito cada tarde. Cada tarde me digo que no soy capaz. Después sale el toro y algo te transforma. Ahora noto que el público me conoce y me espera. Se reúnen circunstancias que te transforman y hacen que des lo mejor de ti.—¿Delante de la cara del toro se piensa en algo más?—No. Cuando estás delante, entras en otra dimensión. Estás solo, con todos los sentidos puestos en la mirada del toro, en sus expresiones, en cómo se comporta. Solo con un oído en el público, que también es importante para calibrar el momento de la faena.Mente y disciplina «Cuando apenas toreaba, viví momentos psicológicos muy duros, pero he tenido disciplina para prepararme como si fuese a acabar líder del escalafón»—¿Y cuando escucha esas palmas por bulerías de sus partidarios?—Esas palmas por bulerías, esas palmas por Huelva, suponen algo muy bonito y significativo, porque me llevan a mi tierra. Huelva siempre fue el puerto de montaña al que quería llegar, por el que me preparaba como si tuviera que torear cada tarde. Una de las cosas que uno busca como torero es ilusionar al aficionado. Tener seguidores que hacen muchos kilómetros por venir a verme me llena de responsabilidad, porque sé que poco a poco me van a exigir más, y eso también me da ilusión para sacar lo mejor de mí.David de Miranda, con el Capote de Paseo al triunfador de la Feria de Málaga 2025, con el puerto al fondo Francis Silva—¿Sirven las orejas?—Creo que sí. Son goles, lo que da el triunfo. Pero no solo las orejas, también la sensación que queda después de una faena, esa ilusión del público al ver la personalidad y la evolución.—¿En qué le está influyendo que una figura histórica como Enrique Ponce lo apodere?—Estaba muy ilusionado desde el principio. Tener a mi lado a una máxima figura que conoce el camino para llegar a serlo me llenaba. Ha superado todas las expectativas por su entrega, su compromiso y su afición. Me transmite tranquilidad y confianza. En una profesión en la que a veces te sientes solo delante del toro, sentirlo cerca es importante. El maestro va muy por delante: en los sorteos se preocupa, llama a los ganaderos, pregunta por la madre y el padre del toro… Esa tranquilidad también se refleja delante del animal.—Sin embargo, su concepto está más cerca de algún rival de Ponce que del toreo del maestro de Chiva.—Es de las cosas positivas. Él lo tuvo claro desde el principio. Siendo dos conceptos distintos, hemos mantenido mi personalidad intacta. Cada torero tiene que tener su propio sello. Él valora que tengo mi personalidad y que eso no se toca. Hay matices en los que seguimos trabajando para crecer, y con humildad afronto lo que viene.—¿Nota esa protección del que ha vivido muchas cosas?—La siento cada tarde, pero de una forma que me transmite seguridad, no preocupación. El exceso de protección puede generar inseguridad; el maestro transmite lo contrario. Se preocupa por mi estado físico, mental y familiar y, lógicamente, por lo profesional. Dialogamos todo. Controla todo lo que se puede controlar antes de que salga el toro. Después ya está en manos del destino.—Torero, cuando observa una foto de hace una década y se mira luego en el espejo, ¿qué David de Miranda ve? —Me siento orgulloso de mí mismo. Echo la vista atrás y ha pasado muy deprisa, pero han pasado tantas cosas, con tanta intensidad y tantas adversidades. He tenido siempre a mi familia, pero en muchos momentos solo conmigo mismo, con ganas de tirar la toalla. Y ser capaz de levantarme, seguir y verme aquí hace que me sienta un privilegiado. Si le hablara al David de hace diez o doce años, me sentiría muy orgulloso de lo que está consiguiendo.Ponce, mentor y maestro «Tener a mi lado a una máxima figura que conoce el camino para llegar a serlo me llena. Sabe que tenemos conceptos distintos, pero valora mi personalidad»—Su mensaje es de superación, de un ‘sí se puede’, aunque cueste mucho.—Sí se puede. Hay que adquirir mucho compromiso y disciplina diaria, prepararte como si fueses a acabar líder del escalafón, aunque tengas una o dos corridas. Es muy difícil. Se pasan momentos psicológicos duros, pero cuando lo consigues sientes plenitud. Sigo con la misma mentalidad de hace diez años: las mismas ganas, la misma ilusión, la misma humildad. Esa es una de las armas que, si Dios quiere, me va a hacer llegar donde quiero.—En un mundo donde todo es instantáneo, ¿cómo ha trabajado tanta paciencia?—Si lo pienso fríamente, me sorprendo a mí mismo. No es fácil. Siempre tuve Huelva en el horizonte, como mi puerto de montaña para sentirme realizado. Ahí me agarraba cada año. Poco a poco, fui construyendo esa preparación y esa madurez que ahora se reflejan delante del toro, y la mentalidad para que no se me escapara.—¿Cómo mantiene el equilibrio para que la gloria del torero no se coma a la persona?—Intento mantenerme siempre en la misma línea. Ni cuando no triunfaba era tan malo ni cuando triunfo soy tan bueno. De lo que ya ha pasado no se puede vivir: se vive de lo que pasa o va a pasar. Hay que olvidar rápido los triunfos y seguir. También hay que disfrutarlos, porque sufrimos mucho, pasamos miedos y hay tardes de frustración. Pero al día siguiente, vuelta a la normalidad, a la preparación, y salir otra vez a la cara del toro como si lo anterior no hubiera sucedido.—En el ruedo ancla las zapatillas. ¿Quién le pone los pies en la tierra fuera de la plaza?—Yo solo. No necesito a nadie. Siendo feliz con mi familia regreso a esa zona donde siempre he estado y donde he sido capaz de ser feliz sin nada. Ahora que voy teniendo algo, soy feliz con ello y me rodeo de ese entorno. Ser consciente de dónde vengo y de quiénes han estado conmigo me mantiene los pies en el suelo.—En Málaga se ganó entrar en el cartel de más lujo, con las dos máximas figuras. ¿Más presión o más ilusión? —Las dos cosas. Es un cartel que ya se repitió el Domingo de Resurrección en Sevilla. Me llena de ilusión porque desde niño se sueña con carteles así. También de responsabilidad, porque genera mucha expectación y todos los focos están puestos. Como el camino ha sido largo y duro, también se disfruta.—Aun así, cuesta entrar en carteles de lujo.—Es un proceso, una recompensa a que poco a poco mi nombre se vaya consolidando. El empresario monta los carteles con lo que oye en el aficionado. No me obsesiona: estamos en el buen camino.Ser y estar «Se torea como se es y como se está; eso se refleja delante del toro. El traje de luces es transparente»—¿Le preocupa el futuro del toreo?—En mi situación he visto que siempre hay un resquicio de luz. Vengo desde lo más abajo, desde la tapia de un tentadero, y se puede llegar arriba. Pero no lo veo fácil. Las figuras están a un nivel grandísimo y generan la ilusión de los públicos. Lo más complicado lo tienen los novilleros: cada vez hay menos novilladas picadas y después ya hay una baraja de toreros jóvenes importante. Hay una generación ilusionante que poco a poco se irá abriendo camino.—Su momento coincide con una época de muchos toros embistiendo y mucha juventud en los tendidos. —Los ganaderos han hecho una selección tremenda. Después de la pandemia se quedaron con lo mejor y el nivel es alto. Todas las tardes embisten toros y eso nos permite a los toreros tener regularidad y seguir evolucionando. Y que lo vea tanta gente joven es una maravilla.—¿Le tiene especiales ganas a algún torero?—A mí mismo cada tarde. Cada uno tiene suficiente con lo suyo. La rivalidad es bonita y cuando hay réplicas en los quites motiva e incluso saca cosas que yo desconocía. Pero mi lucha es conmigo mismo.
David de Miranda se asoma a la plaza que le cambió la vida. Su mirada aceitunada se emociona al contemplar, desde la terraza del hotel Maestranza, ese escenario de primera que puso en pie hace justo un año y que ha vuelto a enloquecer con … una doble puerta grande en la feria. Pero no solo en el marco de la Malagueta: su temporada se escribe de triunfo en triunfo, con la regularidad como poderosa rúbrica. Tanta sinceridad, tanta exposición, le ha costado duras volteretas, como la del sábado, cuando ya tenía conquistada la salida a hombros en uno de los carteles de mayor expectación del verano. «Otra gotera más, un varetazo en el gemelo; nada», dice con naturalidad el de Trigueros, como si esa quemazón que provoca un pitón no doliese. Y si duele, se olvida: apenas unas horas después volvería a plantarse delante del toro.
—¿Qué sintió al tocar de nuevo en el ruedo de su gran resurrección?
—Me emocionó mucho pisar la plaza donde empezó todo y sentí mucha responsabilidad. Lo sucedido el año pasado había que refrendarlo, incluso mejorarlo.
—La segunda tarde, además, con las máximas figuras y la televisión presente.
—Después de cómo estuvo el maestro Morante, de la entrega de Andrés, yo con la mía, creo que fue una tarde en la que nadie se aburrió. Me sentí muy querido por el público, como si fuese un malagueño más.
—¿Ha mudado la piel de su carrera desde aquel impacto de agosto del 25 hasta este?
—Me ha cambiado mucho la vida gracias a aquella tarde de Málaga. Me ha costado trabajo entrar de una vez por todas, y ahora estoy en ese momento de ir viendo mi nombre anunciado en las grandes ferias.
—Es el triunfador infalible: ¿cómo gestiona mentalmente no dejar de pisar ni un solo día el acelerador?
—Es el compromiso que adquiero con mi profesión, con la entrega que hay que llevar cada tarde a la plaza y con la ambición de querer llegar al sitio donde sueño. Después de tantas piedras en el camino, siendo consciente del trabajo que me ha costado estar aquí, el cuerpo y la mente saben que esos esfuerzos cuestan menos.
—¿Cómo de alto es ese sueño del que habla?
—Desde que quise ser torero, mi sueño era llegar a ser figura del toreo. Son palabras mayores y difíciles de conseguir, pero para estar en esta profesión tan dura la mentalidad tiene que ser esa.

(Francis Silva)
—Es más rápido decir dónde no ha salido a hombros que dónde sí: ¿es un hombre de estadísticas?
—Sinceramente, no me obsesiono. A lo largo de mi carrera ha habido momentos en los que sí me obsesionaba el triunfo, pero ahora que lo busco menos es cuando verdaderamente lo estoy encontrando con más regularidad. Afronto las tardes con tranquilidad, responsabilidad y compromiso, pero sin obsesión. Ahí está también la búsqueda de la evolución: soltarme un poco y no atenazarme por el triunfo.
—Lo que dice es una lección de vida: las obsesiones no son buenas. ¿Pasa también entonces en el toreo?
—Por supuesto, es así. Ya son diez años de alternativa y el tiempo enseña. Cuando me obsesionaba con el triunfo, por la necesidad de tener que triunfar, salía a la plaza demasiado atenazado y rígido. Ahora me siento cada vez más libre, más siendo yo, y con una ilusión grande por verme que no tengo techo.
—Interiormente, ¿qué faena le ha llenado más?
—Me quedo con la Puerta del Príncipe de Sevilla. No es fácil por segundo año consecutivo que embistan los toros, que toree, que los mate… Se tienen que dar tantas cosas. Sin duda, es la más redonda.
—¿Y en el otro extremo?
—Siempre hay tardes en las que uno no termina de encontrarse o toros con los que no te acoplas del todo. Pero siempre hay una lectura positiva.
—El pasado invierno comentaba que le daba miedo tener interiorizado ese patrón de faena que tanto le había dado y que le costaba adaptarse a determinado tipo de animales. ¿Cómo lo ha trabajado para dar ese paso más?
—El toreo es una evolución continua. A veces la técnica llena de frialdad la faena y le resta emoción, y el público lo percibe. Intento huir de abusar de la técnica. Desde la pureza, de no querer engañar a nadie, ni al público ni a mí mismo, busco la emoción y evolucionar desde ahí.
—Dentro de su concepto, ¿qué parte es innegociable?
—La pureza. No engañarme. Lógicamente, engañas al toro porque la técnica es necesaria para que pase por el capote o la muleta. Pero la pureza es lo que hace que haya emoción, que no engañes al público delante del toro y, sobre todo, que no me engañe a mí mismo.
El precio de la grandeza
«Llegar a la cima del toreo exige olvidarse de todo, tirar la moneda y entregar tu vida a la suerte y al toro»
—Los tendidos, con los que tanto conecta, perciben la sinceridad.
—Es lo que busco: no mentir. No sé, no soy capaz de mentir, me sale solo. Incluso hay tardes o toros en los que me gustaría, porque me hacen pasarlo mal, pero ahí está la conexión; no sé aliviarme. El público ve rápido cuando un torero está de verdad, cuando hay entrega y cuando tira la moneda. En esa búsqueda de la verdad he encontrado el filón de la regularidad.
—¿Y fuera de la plaza le han pillado algún renuncio?
—(Risas) Me considero una persona sincera en mi día a día, no solo delante del toro. Me va bien. No tengo necesidad de mentir a nadie.
—O sea, que se torea como se es.
—Como se es y como se está; eso se refleja delante del toro. El traje de luces es transparente. Y me encuentro en un momento feliz.
—¿El toro miente alguna vez?
—Nunca. Puede ser mejor o peor, tener mejor o peor condición, pero siempre entrega su vida. Esa es la verdad del toro. Sale al ruedo a defender su vida y pone a cada uno en su sitio. El camino vivido no ha sido fácil, pero el toro y su verdad, y también la mía, nos han puesto en el camino.
—Decía Antonio Ordóñez que había al menos tres días al año en los que uno tenía que estar dispuesto a entregar su vida. Usted me contó en invierno que a veces salía del hotel sin saber si volvería a ver a su hijo. ¿Le ha pasado esta temporada?
—Sí, y ojalá fuesen solo tres… El compromiso para ir escalando hacia la cima del toreo grande exige muchas tardes en las que uno se olvida de todo y sale a entregar, a tirar la moneda, a dar a la suerte su vida, a dársela al toro. No digo que sea capaz de hacerlo siempre, pero ese es el compromiso que hay que adquirir.
—¿Se da cuenta ya en el patio de cuadrillas hasta dónde estará dispuesto a cruzar la línea? ¿Alguna vez ha creído que no iba a ser capaz?
—Me lo repito cada tarde. Cada tarde me digo que no soy capaz. Después sale el toro y algo te transforma. Ahora noto que el público me conoce y me espera. Se reúnen circunstancias que te transforman y hacen que des lo mejor de ti.
—¿Delante de la cara del toro se piensa en algo más?
—No. Cuando estás delante, entras en otra dimensión. Estás solo, con todos los sentidos puestos en la mirada del toro, en sus expresiones, en cómo se comporta. Solo con un oído en el público, que también es importante para calibrar el momento de la faena.
Mente y disciplina
«Cuando apenas toreaba, viví momentos psicológicos muy duros, pero he tenido disciplina para prepararme como si fuese a acabar líder del escalafón»
—¿Y cuando escucha esas palmas por bulerías de sus partidarios?
—Esas palmas por bulerías, esas palmas por Huelva, suponen algo muy bonito y significativo, porque me llevan a mi tierra. Huelva siempre fue el puerto de montaña al que quería llegar, por el que me preparaba como si tuviera que torear cada tarde. Una de las cosas que uno busca como torero es ilusionar al aficionado. Tener seguidores que hacen muchos kilómetros por venir a verme me llena de responsabilidad, porque sé que poco a poco me van a exigir más, y eso también me da ilusión para sacar lo mejor de mí.

(Francis Silva)
—¿Sirven las orejas?
—Creo que sí. Son goles, lo que da el triunfo. Pero no solo las orejas, también la sensación que queda después de una faena, esa ilusión del público al ver la personalidad y la evolución.
—¿En qué le está influyendo que una figura histórica como Enrique Ponce lo apodere?
—Estaba muy ilusionado desde el principio. Tener a mi lado a una máxima figura que conoce el camino para llegar a serlo me llenaba. Ha superado todas las expectativas por su entrega, su compromiso y su afición. Me transmite tranquilidad y confianza. En una profesión en la que a veces te sientes solo delante del toro, sentirlo cerca es importante. El maestro va muy por delante: en los sorteos se preocupa, llama a los ganaderos, pregunta por la madre y el padre del toro… Esa tranquilidad también se refleja delante del animal.
—Sin embargo, su concepto está más cerca de algún rival de Ponce que del toreo del maestro de Chiva.
—Es de las cosas positivas. Él lo tuvo claro desde el principio. Siendo dos conceptos distintos, hemos mantenido mi personalidad intacta. Cada torero tiene que tener su propio sello. Él valora que tengo mi personalidad y que eso no se toca. Hay matices en los que seguimos trabajando para crecer, y con humildad afronto lo que viene.
—¿Nota esa protección del que ha vivido muchas cosas?
—La siento cada tarde, pero de una forma que me transmite seguridad, no preocupación. El exceso de protección puede generar inseguridad; el maestro transmite lo contrario. Se preocupa por mi estado físico, mental y familiar y, lógicamente, por lo profesional. Dialogamos todo. Controla todo lo que se puede controlar antes de que salga el toro. Después ya está en manos del destino.
—Torero, cuando observa una foto de hace una década y se mira luego en el espejo, ¿qué David de Miranda ve?
—Me siento orgulloso de mí mismo. Echo la vista atrás y ha pasado muy deprisa, pero han pasado tantas cosas, con tanta intensidad y tantas adversidades. He tenido siempre a mi familia, pero en muchos momentos solo conmigo mismo, con ganas de tirar la toalla. Y ser capaz de levantarme, seguir y verme aquí hace que me sienta un privilegiado. Si le hablara al David de hace diez o doce años, me sentiría muy orgulloso de lo que está consiguiendo.
Ponce, mentor y maestro
«Tener a mi lado a una máxima figura que conoce el camino para llegar a serlo me llena. Sabe que tenemos conceptos distintos, pero valora mi personalidad»
—Su mensaje es de superación, de un ‘sí se puede’, aunque cueste mucho.
—Sí se puede. Hay que adquirir mucho compromiso y disciplina diaria, prepararte como si fueses a acabar líder del escalafón, aunque tengas una o dos corridas. Es muy difícil. Se pasan momentos psicológicos duros, pero cuando lo consigues sientes plenitud. Sigo con la misma mentalidad de hace diez años: las mismas ganas, la misma ilusión, la misma humildad. Esa es una de las armas que, si Dios quiere, me va a hacer llegar donde quiero.
—En un mundo donde todo es instantáneo, ¿cómo ha trabajado tanta paciencia?
—Si lo pienso fríamente, me sorprendo a mí mismo. No es fácil. Siempre tuve Huelva en el horizonte, como mi puerto de montaña para sentirme realizado. Ahí me agarraba cada año. Poco a poco, fui construyendo esa preparación y esa madurez que ahora se reflejan delante del toro, y la mentalidad para que no se me escapara.
—¿Cómo mantiene el equilibrio para que la gloria del torero no se coma a la persona?
—Intento mantenerme siempre en la misma línea. Ni cuando no triunfaba era tan malo ni cuando triunfo soy tan bueno. De lo que ya ha pasado no se puede vivir: se vive de lo que pasa o va a pasar. Hay que olvidar rápido los triunfos y seguir. También hay que disfrutarlos, porque sufrimos mucho, pasamos miedos y hay tardes de frustración. Pero al día siguiente, vuelta a la normalidad, a la preparación, y salir otra vez a la cara del toro como si lo anterior no hubiera sucedido.
—En el ruedo ancla las zapatillas. ¿Quién le pone los pies en la tierra fuera de la plaza?
—Yo solo. No necesito a nadie. Siendo feliz con mi familia regreso a esa zona donde siempre he estado y donde he sido capaz de ser feliz sin nada. Ahora que voy teniendo algo, soy feliz con ello y me rodeo de ese entorno. Ser consciente de dónde vengo y de quiénes han estado conmigo me mantiene los pies en el suelo.
—En Málaga se ganó entrar en el cartel de más lujo, con las dos máximas figuras. ¿Más presión o más ilusión?
—Las dos cosas. Es un cartel que ya se repitió el Domingo de Resurrección en Sevilla. Me llena de ilusión porque desde niño se sueña con carteles así. También de responsabilidad, porque genera mucha expectación y todos los focos están puestos. Como el camino ha sido largo y duro, también se disfruta.
—Aun así, cuesta entrar en carteles de lujo.
—Es un proceso, una recompensa a que poco a poco mi nombre se vaya consolidando. El empresario monta los carteles con lo que oye en el aficionado. No me obsesiona: estamos en el buen camino.
Ser y estar
«Se torea como se es y como se está; eso se refleja delante del toro. El traje de luces es transparente»
—¿Le preocupa el futuro del toreo?
—En mi situación he visto que siempre hay un resquicio de luz. Vengo desde lo más abajo, desde la tapia de un tentadero, y se puede llegar arriba. Pero no lo veo fácil. Las figuras están a un nivel grandísimo y generan la ilusión de los públicos. Lo más complicado lo tienen los novilleros: cada vez hay menos novilladas picadas y después ya hay una baraja de toreros jóvenes importante. Hay una generación ilusionante que poco a poco se irá abriendo camino.
—Su momento coincide con una época de muchos toros embistiendo y mucha juventud en los tendidos.
—Los ganaderos han hecho una selección tremenda. Después de la pandemia se quedaron con lo mejor y el nivel es alto. Todas las tardes embisten toros y eso nos permite a los toreros tener regularidad y seguir evolucionando. Y que lo vea tanta gente joven es una maravilla.
—¿Le tiene especiales ganas a algún torero?
—A mí mismo cada tarde. Cada uno tiene suficiente con lo suyo. La rivalidad es bonita y cuando hay réplicas en los quites motiva e incluso saca cosas que yo desconocía. Pero mi lucha es conmigo mismo.
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