Estaba convencida de que había llorado por Chanquete en verano. Con la misma vergüenza con la que me sorbía en silencio los mocos ante las desventuras de Heidi, procurando que no me viera nadie, mucho menos mis primos mayores, estúpidos, que hacían escarnio con mi llantina y me enrabietaban a tal punto que me proporcionaban la mejor excusa para berrear libre con la cara contra el skay rojo del tresillo. Mi madre les reñía: “¡Dejad en paz a la muchacha y largaros a la calle, qué sinapismo!”. Sí, mi madre decía aquello de “quitaros de mi presencia que me estáis martirizando” mucho antes de que existiera Rosalía.
El marinero enfrentó a millones de criaturas al vacío de la ausencia eterna cuando no existían filtros parentales de esos
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El marinero enfrentó a millones de criaturas al vacío de la ausencia eterna cuando no existían filtros parentales de esos
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Estaba convencida de que había llorado por Chanquete en verano. Con la misma vergüenza con la que me sorbía en silencio los mocos ante las desventuras de Heidi, procurando que no me viera nadie, mucho menos mis primos mayores, estúpidos, que hacían escarnio con mi llantina y me enrabietaban a tal punto que me proporcionaban la mejor excusa para berrear libre con la cara contra el skay rojo del tresillo. Mi madre les reñía: “¡Dejad en paz a la muchacha y largaros a la calle, qué sinapismo!”. Sí, mi madre decía aquello de “quitaros de mi presencia que me estáis martirizando” mucho antes de que existiera Rosalía.
La memoria tiene cosas que internet resuelve. Chanquete había muerto unos meses antes, pero cuando repusieron la serie era verano. Yo estoy en el pueblo, en la cocina de mi amiga de la escuela, una estancia oscurecida para evitar el calor, con el suelo de cemento liso, fresquito, cuando se oyó el grito: “¡Chanquete ha muerto, Chanquete ha muerto!“. Millones de criaturas nos enfrentamos aquel día a la ausencia eterna sin filtros parentales de esos. Se bajaba el telón de un verano en el que fui a la playa por primera vez sin salir de aquella casa humilde donde la madre y la abuela de mi amiga se acompañaban para rezar el rosario en el zaguán cada tarde. El pueblo entero se achicharraba en la siesta con un silencio de funeral cuando llegaba la hora de Verano azul y yo me acercaba a la casa, donde me recibía aquel murmullo de abejas acompasado: Dios te salve María, madre de Dios, bendita tú eres entre todas las mujeres… En aquella cocina, Chanquete se murió bien rezado.
Entraba sin saludar para no interrumpir la letanía. Y nos desparramábamos por el suelo delante de la televisión, como buscan los perrillos el fresco. Ese era el paisaje entonces, no había otra pantalla. Con los ojos clavados en las correrías de aquellos muchachos adolescentes a quienes el marinero bonachón comprendía como nadie. Chanquete dejó de respirar y mi amiga y yo también, no había otra forma de contener las lágrimas. Qué estrago a los nueve años, si por entonces no habíamos enterrado ni a los abuelos. Cómo podía la vida dar esa patada después de un verano mágico con mar y bicicletas, juegos y riesgos, amoríos inocentes y primeras reglas. “No lloréis, que eso es mentira”, nos consolaba la abuela. Sí, sí, mentira, y lo decía ella, que saludaba todos los días a la mujer que daba el Parte:
—Buenas tardes.
—Buenas tardes.
Con la edad, una aprende que hay gente que no muere nunca. Que llegarían noches de fiesta cantando entre risas la sintonía de Verano azul, que se harían bromas con aquellos muchachos y aquel marinero de pipa en boca. Todavía no hemos enterrado a Chanquete. Chanquete no ha muerto. Pero qué mayores estamos.
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