Esta historia es uno de los ejemplos más claros de cómo la sociedad engendra sus propios monstruos. En este caso, la escena del crimen es una isla y las víctimas, 69 jóvenes noruegos que participaban en el campamento de verano de la organización juvenil del Partido Laborista . El asesino es el oslense Anders Behring Breivik, que en el momento de la matanza tenía 32 años; y el móvil, si es que puede haber alguno que no sea la locura para una masacre de tales dimensiones, la ideología malentendida y llevada al extremo. Esta es la historia del asesinato múltiple de la isla de Utøya. A las tres y media del viernes 22 de julio de 2011, el fuego y el humo se tragaron Regjeringskvartalet, el distrito gubernamental de Oslo. Había estallado una bomba en el centro neurálgico de la política del país y un simbólico boquete en el edificio donde despachaba el primer ministro se perfiló aterrador al recuperarse la visibilidad. Más de doscientos heridos y ocho muertos acapararon la atención de los bomberos, los servicios sanitarios de emergencia y las fuerzas de seguridad, que se concentraron rápidamente en la zona con la convicción de que el siniestro iba a convertirse en la prioridad absoluta del día. Se equivocaban. De hecho, analizada la situación con la perspectiva del tiempo, casi podríamos afirmar que este primer ataque fue un señuelo para desviar las miradas y allanar el camino a la terrible matanza que vendría después, porque, mientras esto ocurría en Regjeringskvartalet, en la idílica y pequeñísima isla de Utøya, en el lago Tyrifjorden, a apenas 40 kilómetros de Oslo, alrededor de 550 jóvenes progresistas celebraban su encuentro político anual. Al conocer la noticia del atentado ocurrido en la capital, los organizadores supieron que la policía se acercaría al evento para confirmar que todo estaba en orden y se sintieron seguros, pero quien llegó no fue un agente.El asesino noruego Breivik durante uno de los juicios celebrados Reuters Anders Breivik, alto y rubio, iba armado y vestido con un uniforme que podía pasar por el de la policía, y esa similitud le abrió las puertas del embarcadero de la isla. Lo confundieron con los efectivos que esperaban. Eran cerca de las cinco de la tarde cuando subió al ferry; las cinco y cuarto cuando desembarcó en Utøya y se dirigió al edificio principal del complejo. Cuatro minutos después empezó a disparar indiscriminadamente.La ratonera¿Cómo escapar?La filóloga y periodista Åsne Seierstad (Oslo, 1970), también autora del superventas ‘El librero de Kabul’ (2002), basado en su experiencia en Afganistán, reconstruye en la excepcional crónica criminal ‘Uno de los nuestros’ (Península, 2022) la desesperación de once chavales, chicos y chicas, que, para intentar salvarse de Breivik, decidieron hacerse los muertos sobre la hierba. Sus alternativas eran muy pocas. Con una superficie de algo más de diez hectáreas, lo que equivale a menos de una décima parte de la extensión del Parque del Retiro, Utøya se convirtió en una ratonera donde las opciones de ocultarse eran mínimas y la posibilidad más factible de sortear los disparos de Breivik era lanzarse a las aguas del lago y nadar lo más lejos posible. Muchos lo hicieron y corrieron mejor suerte que los once jóvenes del texto de Seierstad, que no lograron engañar al tirador.Aunque la alerta de que algo extraño estaba ocurriendo se lanzó desde el ferry a las cinco y veinte, y las llamadas de auxilio pronto empezaron a multiplicarse, la unidad antiterrorista no desembarcó en la isla para contener al asesino hasta las seis y media, cuando ya habían transcurrido setenta minutos desde el inicio del ataque de Breivik.Setenta minutos. Hubo 69 muertos (77 si sumamos los que fallecieron víctimas de la explosión en la ciudad). 32 eran menores de edad. 495 personas sobrevivieron.Breivik contaría más tarde que solo la primera vez que apretó el gatillo le resultó dolorosa. Tras su detención, el país entero se enfrentó a una realidad desoladora. Sus ciudadanos siempre habían pensado que, si algo así ocurría, el terror vendría de fuera. Sin embargo, fue un hijo del sistema quien lo orquestó. Pero ¿qué había llevado a Breivik a radicalizarse, trazar y poner en práctica su plan sangriento? ¿Qué porcentaje de la responsabilidad individual ante un acto tan cruento y de semejante magnitud puede delegarse, ya no en los otros —los padres, los maestros, los amigos y los hermanos mayores—, sino en el aparato abstracto del estado, responsable en la sociedad del bienestar de velar por nuestro correcto desarrollo y crecimiento?’Uno de los nuestros’, el libro de Åsne Seierstad (Oslo, 1970)Estas son dos de las preguntas que vertebran ‘Uno de los nuestros’, donde Seierstad retrocede en el tiempo para mostrarnos la Noruega de los años ochenta y conducirnos hasta Silkestrå, un complejo residencial de viviendas del Ayuntamiento para familias con necesidad de ayuda en el que Anders Breivik y su hermana mayor pasaron su infancia y adolescencia, marcada por una madre con problemas de salud mental y un padre ausente, con facilidad para desentenderse de las necesidades de sus hijos y asumirlas desde la distancia. Página a página, Seierstad nos cuenta como Breivik estuvo varias veces a punto de encontrar un salvavidas que recondujera su deriva personal , pero por una razón o por otra, cada una de esas tentativas de recuperar el equilibrio se quedó en el «casi» y no cuajó.Condenado a veintiún años de cárcel prorrogables de forma indefinida, la máxima pena posible en Noruega, el responsable de los crímenes de Regjeringskvartalet y Utøya —el episodio más sangriento en la historia de la nación después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial— sigue en prisión. Al otro lado de las rejas, el pasado mes de julio, los noruegos conmemoraron los quince años de los terribles sucesos con un acto presidido por el príncipe Haakon, en el que se inauguró un monumento conmemorativo donde constan los nombres de las 77 víctimas; nombres e historias individuales que en este caso para el asesino no significaban nada. Aquí no hay trama personal alguna, solo ira y desprecio a raudales, hasta la abominación, por el gobierno y la ideología; un enemigo equivocado e invisible. Esta historia es uno de los ejemplos más claros de cómo la sociedad engendra sus propios monstruos. En este caso, la escena del crimen es una isla y las víctimas, 69 jóvenes noruegos que participaban en el campamento de verano de la organización juvenil del Partido Laborista . El asesino es el oslense Anders Behring Breivik, que en el momento de la matanza tenía 32 años; y el móvil, si es que puede haber alguno que no sea la locura para una masacre de tales dimensiones, la ideología malentendida y llevada al extremo. Esta es la historia del asesinato múltiple de la isla de Utøya. A las tres y media del viernes 22 de julio de 2011, el fuego y el humo se tragaron Regjeringskvartalet, el distrito gubernamental de Oslo. Había estallado una bomba en el centro neurálgico de la política del país y un simbólico boquete en el edificio donde despachaba el primer ministro se perfiló aterrador al recuperarse la visibilidad. Más de doscientos heridos y ocho muertos acapararon la atención de los bomberos, los servicios sanitarios de emergencia y las fuerzas de seguridad, que se concentraron rápidamente en la zona con la convicción de que el siniestro iba a convertirse en la prioridad absoluta del día. Se equivocaban. De hecho, analizada la situación con la perspectiva del tiempo, casi podríamos afirmar que este primer ataque fue un señuelo para desviar las miradas y allanar el camino a la terrible matanza que vendría después, porque, mientras esto ocurría en Regjeringskvartalet, en la idílica y pequeñísima isla de Utøya, en el lago Tyrifjorden, a apenas 40 kilómetros de Oslo, alrededor de 550 jóvenes progresistas celebraban su encuentro político anual. Al conocer la noticia del atentado ocurrido en la capital, los organizadores supieron que la policía se acercaría al evento para confirmar que todo estaba en orden y se sintieron seguros, pero quien llegó no fue un agente.El asesino noruego Breivik durante uno de los juicios celebrados Reuters Anders Breivik, alto y rubio, iba armado y vestido con un uniforme que podía pasar por el de la policía, y esa similitud le abrió las puertas del embarcadero de la isla. Lo confundieron con los efectivos que esperaban. Eran cerca de las cinco de la tarde cuando subió al ferry; las cinco y cuarto cuando desembarcó en Utøya y se dirigió al edificio principal del complejo. Cuatro minutos después empezó a disparar indiscriminadamente.La ratonera¿Cómo escapar?La filóloga y periodista Åsne Seierstad (Oslo, 1970), también autora del superventas ‘El librero de Kabul’ (2002), basado en su experiencia en Afganistán, reconstruye en la excepcional crónica criminal ‘Uno de los nuestros’ (Península, 2022) la desesperación de once chavales, chicos y chicas, que, para intentar salvarse de Breivik, decidieron hacerse los muertos sobre la hierba. Sus alternativas eran muy pocas. Con una superficie de algo más de diez hectáreas, lo que equivale a menos de una décima parte de la extensión del Parque del Retiro, Utøya se convirtió en una ratonera donde las opciones de ocultarse eran mínimas y la posibilidad más factible de sortear los disparos de Breivik era lanzarse a las aguas del lago y nadar lo más lejos posible. Muchos lo hicieron y corrieron mejor suerte que los once jóvenes del texto de Seierstad, que no lograron engañar al tirador.Aunque la alerta de que algo extraño estaba ocurriendo se lanzó desde el ferry a las cinco y veinte, y las llamadas de auxilio pronto empezaron a multiplicarse, la unidad antiterrorista no desembarcó en la isla para contener al asesino hasta las seis y media, cuando ya habían transcurrido setenta minutos desde el inicio del ataque de Breivik.Setenta minutos. Hubo 69 muertos (77 si sumamos los que fallecieron víctimas de la explosión en la ciudad). 32 eran menores de edad. 495 personas sobrevivieron.Breivik contaría más tarde que solo la primera vez que apretó el gatillo le resultó dolorosa. Tras su detención, el país entero se enfrentó a una realidad desoladora. Sus ciudadanos siempre habían pensado que, si algo así ocurría, el terror vendría de fuera. Sin embargo, fue un hijo del sistema quien lo orquestó. Pero ¿qué había llevado a Breivik a radicalizarse, trazar y poner en práctica su plan sangriento? ¿Qué porcentaje de la responsabilidad individual ante un acto tan cruento y de semejante magnitud puede delegarse, ya no en los otros —los padres, los maestros, los amigos y los hermanos mayores—, sino en el aparato abstracto del estado, responsable en la sociedad del bienestar de velar por nuestro correcto desarrollo y crecimiento?’Uno de los nuestros’, el libro de Åsne Seierstad (Oslo, 1970)Estas son dos de las preguntas que vertebran ‘Uno de los nuestros’, donde Seierstad retrocede en el tiempo para mostrarnos la Noruega de los años ochenta y conducirnos hasta Silkestrå, un complejo residencial de viviendas del Ayuntamiento para familias con necesidad de ayuda en el que Anders Breivik y su hermana mayor pasaron su infancia y adolescencia, marcada por una madre con problemas de salud mental y un padre ausente, con facilidad para desentenderse de las necesidades de sus hijos y asumirlas desde la distancia. Página a página, Seierstad nos cuenta como Breivik estuvo varias veces a punto de encontrar un salvavidas que recondujera su deriva personal , pero por una razón o por otra, cada una de esas tentativas de recuperar el equilibrio se quedó en el «casi» y no cuajó.Condenado a veintiún años de cárcel prorrogables de forma indefinida, la máxima pena posible en Noruega, el responsable de los crímenes de Regjeringskvartalet y Utøya —el episodio más sangriento en la historia de la nación después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial— sigue en prisión. Al otro lado de las rejas, el pasado mes de julio, los noruegos conmemoraron los quince años de los terribles sucesos con un acto presidido por el príncipe Haakon, en el que se inauguró un monumento conmemorativo donde constan los nombres de las 77 víctimas; nombres e historias individuales que en este caso para el asesino no significaban nada. Aquí no hay trama personal alguna, solo ira y desprecio a raudales, hasta la abominación, por el gobierno y la ideología; un enemigo equivocado e invisible.
Esta historia es uno de los ejemplos más claros de cómo la sociedad engendra sus propios monstruos. En este caso, la escena del crimen es una isla y las víctimas, 69 jóvenes noruegos que participaban en el campamento de verano de la organización juvenil … del Partido Laborista. El asesino es el oslense Anders Behring Breivik, que en el momento de la matanza tenía 32 años; y el móvil, si es que puede haber alguno que no sea la locura para una masacre de tales dimensiones, la ideología malentendida y llevada al extremo. Esta es la historia del asesinato múltiple de la isla de Utøya.
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Crímenes verídicos
Marina Sanmartín
A las tres y media del viernes 22 de julio de 2011, el fuego y el humo se tragaron Regjeringskvartalet, el distrito gubernamental de Oslo. Había estallado una bomba en el centro neurálgico de la política del país y un simbólico boquete en el edificio donde despachaba el primer ministro se perfiló aterrador al recuperarse la visibilidad. Más de doscientos heridos y ocho muertos acapararon la atención de los bomberos, los servicios sanitarios de emergencia y las fuerzas de seguridad, que se concentraron rápidamente en la zona con la convicción de que el siniestro iba a convertirse en la prioridad absoluta del día. Se equivocaban. De hecho, analizada la situación con la perspectiva del tiempo, casi podríamos afirmar que este primer ataque fue un señuelo para desviar las miradas y allanar el camino a la terrible matanza que vendría después, porque, mientras esto ocurría en Regjeringskvartalet, en la idílica y pequeñísima isla de Utøya, en el lago Tyrifjorden, a apenas 40 kilómetros de Oslo, alrededor de 550 jóvenes progresistas celebraban su encuentro político anual. Al conocer la noticia del atentado ocurrido en la capital, los organizadores supieron que la policía se acercaría al evento para confirmar que todo estaba en orden y se sintieron seguros, pero quien llegó no fue un agente.

(Reuters)
Anders Breivik, alto y rubio, iba armado y vestido con un uniforme que podía pasar por el de la policía, y esa similitud le abrió las puertas del embarcadero de la isla. Lo confundieron con los efectivos que esperaban. Eran cerca de las cinco de la tarde cuando subió al ferry; las cinco y cuarto cuando desembarcó en Utøya y se dirigió al edificio principal del complejo. Cuatro minutos después empezó a disparar indiscriminadamente.
La ratonera
¿Cómo escapar?
La filóloga y periodista Åsne Seierstad (Oslo, 1970), también autora del superventas ‘El librero de Kabul’ (2002), basado en su experiencia en Afganistán, reconstruye en la excepcional crónica criminal ‘Uno de los nuestros’ (Península, 2022) la desesperación de once chavales, chicos y chicas, que, para intentar salvarse de Breivik, decidieron hacerse los muertos sobre la hierba. Sus alternativas eran muy pocas. Con una superficie de algo más de diez hectáreas, lo que equivale a menos de una décima parte de la extensión del Parque del Retiro, Utøya se convirtió en una ratonera donde las opciones de ocultarse eran mínimas y la posibilidad más factible de sortear los disparos de Breivik era lanzarse a las aguas del lago y nadar lo más lejos posible. Muchos lo hicieron y corrieron mejor suerte que los once jóvenes del texto de Seierstad, que no lograron engañar al tirador.
Aunque la alerta de que algo extraño estaba ocurriendo se lanzó desde el ferry a las cinco y veinte, y las llamadas de auxilio pronto empezaron a multiplicarse, la unidad antiterrorista no desembarcó en la isla para contener al asesino hasta las seis y media, cuando ya habían transcurrido setenta minutos desde el inicio del ataque de Breivik.
Setenta minutos. Hubo 69 muertos (77 si sumamos los que fallecieron víctimas de la explosión en la ciudad). 32 eran menores de edad. 495 personas sobrevivieron.
Breivik contaría más tarde que solo la primera vez que apretó el gatillo le resultó dolorosa. Tras su detención, el país entero se enfrentó a una realidad desoladora. Sus ciudadanos siempre habían pensado que, si algo así ocurría, el terror vendría de fuera. Sin embargo, fue un hijo del sistema quien lo orquestó. Pero ¿qué había llevado a Breivik a radicalizarse, trazar y poner en práctica su plan sangriento? ¿Qué porcentaje de la responsabilidad individual ante un acto tan cruento y de semejante magnitud puede delegarse, ya no en los otros —los padres, los maestros, los amigos y los hermanos mayores—, sino en el aparato abstracto del estado, responsable en la sociedad del bienestar de velar por nuestro correcto desarrollo y crecimiento?

Estas son dos de las preguntas que vertebran ‘Uno de los nuestros’, donde Seierstad retrocede en el tiempo para mostrarnos la Noruega de los años ochenta y conducirnos hasta Silkestrå, un complejo residencial de viviendas del Ayuntamiento para familias con necesidad de ayuda en el que Anders Breivik y su hermana mayor pasaron su infancia y adolescencia, marcada por una madre con problemas de salud mental y un padre ausente, con facilidad para desentenderse de las necesidades de sus hijos y asumirlas desde la distancia. Página a página, Seierstad nos cuenta como Breivik estuvo varias veces a punto de encontrar un salvavidas que recondujera su deriva personal, pero por una razón o por otra, cada una de esas tentativas de recuperar el equilibrio se quedó en el «casi» y no cuajó.
Condenado a veintiún años de cárcel prorrogables de forma indefinida, la máxima pena posible en Noruega, el responsable de los crímenes de Regjeringskvartalet y Utøya —el episodio más sangriento en la historia de la nación después de los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial— sigue en prisión. Al otro lado de las rejas, el pasado mes de julio, los noruegos conmemoraron los quince años de los terribles sucesos con un acto presidido por el príncipe Haakon, en el que se inauguró un monumento conmemorativo donde constan los nombres de las 77 víctimas; nombres e historias individuales que en este caso para el asesino no significaban nada. Aquí no hay trama personal alguna, solo ira y desprecio a raudales, hasta la abominación, por el gobierno y la ideología; un enemigo equivocado e invisible.
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