Escribo esta divagación postrera mientras escucho en bucle el celebérrimo chotis de Agustín Lara ‘Madrid, Madrid, Madrid ‘. Permite «hipócrita lector» –nadie debe sentirse insultado por una pedantesca alusión a ‘Las flores del mal’ de Baudelaire – que interrogue retóricamente o de forma cansina sobre tus afanes en este tiempo de la presunta depresión post-vacacional. ¿Acaso has encontrado tu nidito de amor ocupado por buitres como le sucediera al astuto Odiseo? ¿Han llenado tu buzón con reclamaciones bancarias e incluso con avisos de paquetes que ya estarán devueltos a su lejana procedencia? ¿La pelusa más sórdida ha dominado, a la manera duchampiana, el sacrosanto espacio bajo tu cama? No tengas miedo, ‘mi hermano’ –prefiero esta fórmula al apestoso ‘bro’ de toda esa muchachada que se corta el pelo a tazón dejando que sus cerebros huecos puedan ‘griparse’ en el anhelado otoño– al adentrarte en las brumas de la nostalgia. Atrás quedaron las paellitas que algunos diletantes entregados a la ‘caramelización del socarrat’ enfrían en la piscina del adosado; los mosquitos del autocine de Las Marinas de Denia tendrán que sufrir hambre de preso y soledad sonora hasta que retorne, como el turrón navideño, mi lozano cuerpo el próximo verano; sortearé con coraje las oleadas de ‘frikismo’ e incluso prometo no volver a caer en la tentación de dejarme estafar en una góndola veneciana. Lo único que seguirá ‘aristotélicamente’ ofreciendo fundamento a mi deambulante existencia será la siesta rigurosa. Todo lo demás será polvo, sombra y naderías. Me pierdo en renegaciones cuando lo que me arrulla es esa prodigiosa promesa: «Voy a hacerte emperatriz de Lavapiés ». Estoy casi poseído por el furor de aquella «secta de los asesinos» que, según Nietzsche , habían llegado a la cruda conclusión que si nada es verdad todo está permitido. Estoy convencido de que mis colegas, metamorfoseados en ‘minions’, están preparándome, cual arquitecto ‘in pectore’, un merecidísimo homenaje. Llegan rumores hasta mi ‘ refugio climático’ de que todos los claveles del mundo mundial han sido adquiridos para alfombrar la bulliciosa Gran Vía para que mi pisada pronadora deje huellas imborrables. Lo del baño en vinillo de Jerez, con todos los respetos, huela a guarrada absurda y, por tanto, rompo, a la manera ‘marxista’ –me refiero a la mítica escena de ‘Una noche en la ópera’, no vayamos a caer en las garras del obtuso e innombrable suegro del autor del memorable libro ‘El derecho a la pereza’– esa parte delirante del contrato.En verdad, después de un mes de desafuero, tengo urgentemente que codearme, en el Foro cortesano, con ‘la crema de la intelectualidad’. ¿Seguirán alanceando a Uclés o se habrán plegado a la moda de la boina de ‘Macario’ aquel muñeco atroz que soltaba el latiguillo de «¡Qué contento estoy!»? Ya llegan las invitaciones a desayunos de trabajo, sesiones de fotos, encuentros con la prensa, bailes regionales con el director del Museo de Arte de Todas Partes. No doy abasto con tanto ‘se-ruega-confirmar-asistencia’. Lo único que deseo es, en las antípodas de tanto catering del postureo, un ‘agasajo postinero’, aunque tengo claro que en Chicote no quedan ni las telarañas en el fantasmal túnel que, según cuentan los viejunos noctívagos, conectaba con el Cock.Mi comportamiento onírico o hasta patéticamente utópico es deplorable. Lo admito. Tras tantas diatribas anti-madridistas, con todo ese historial de sinvergüenza que lleva la camiseta del centenario del Barça en el Metro de Madrid, ahora suelto las melifluas palabras del converso. Merezco algo peor que un ‘piropo retrechero’ por mi acreditada fobia al casticismo. En mi descargo podría citar a San Pablo o San Agustín o incluso a Luis Figo que no era un escolástico sino un futbolista con bastante napia. La culpa fue de mi hija Elena que, en la circunvalación de Talavera de la Reina, nos ‘encalomó’ el temazo en el que refulge –verbo diamantino que brota tras el empantanamiento canicular– la voz de Lola Flores . Ahí está el ‘kick off’ de esta deriva patológica hacia el «pedazo de la España en que nací». El otro día, en el colmo del desbarre, cantábamos o, mejor, gritábamos como posesos en el coche, rumbo a Villacastín para buscar silicona color madera –cosas del arrebato ‘bricoler’ de mi querida señora–, ese pasaje del «en México se piensa mucho en ti». Casi colapsan unas vacas que pastaban plácidamente y no tenían por qué saber del sabor de remotas verbenas. Nuestro entusiasmo digno del Kutreoke de Sor Rita en Barcelona evocaba todas las «cosas buenas que soñamos desde aquí». Canela fina y hasta tremolina. La voy a armar. En un par de horas estaré marmolizado sobre el kilómetro cero, dispuesto a recibir todos honores que merezco, sabedor de mis fieles y ‘seguidores’ apenas han podido sobrevivir sin mis basureros ‘reels’ de Instagram. Dejo caer una furtiva lágrima anticipando las imperiosas genuflexiones de todos los que, de forma retrechera, me llaman ‘maestro’. Llega huracanadamente o al modo de la tremolina del chotis mítico otra pegadiza tonada: «Agradecida y emocionada, solamente puedo decir gracias por venir». De perdidos al río. Tras tanta marejada con medusa y calenturientas deambulaciones resulta que mi agradecimiento conclusivo a los lectores tendría el tono de Lina Morgan . Escribo esta divagación postrera mientras escucho en bucle el celebérrimo chotis de Agustín Lara ‘Madrid, Madrid, Madrid ‘. Permite «hipócrita lector» –nadie debe sentirse insultado por una pedantesca alusión a ‘Las flores del mal’ de Baudelaire – que interrogue retóricamente o de forma cansina sobre tus afanes en este tiempo de la presunta depresión post-vacacional. ¿Acaso has encontrado tu nidito de amor ocupado por buitres como le sucediera al astuto Odiseo? ¿Han llenado tu buzón con reclamaciones bancarias e incluso con avisos de paquetes que ya estarán devueltos a su lejana procedencia? ¿La pelusa más sórdida ha dominado, a la manera duchampiana, el sacrosanto espacio bajo tu cama? No tengas miedo, ‘mi hermano’ –prefiero esta fórmula al apestoso ‘bro’ de toda esa muchachada que se corta el pelo a tazón dejando que sus cerebros huecos puedan ‘griparse’ en el anhelado otoño– al adentrarte en las brumas de la nostalgia. Atrás quedaron las paellitas que algunos diletantes entregados a la ‘caramelización del socarrat’ enfrían en la piscina del adosado; los mosquitos del autocine de Las Marinas de Denia tendrán que sufrir hambre de preso y soledad sonora hasta que retorne, como el turrón navideño, mi lozano cuerpo el próximo verano; sortearé con coraje las oleadas de ‘frikismo’ e incluso prometo no volver a caer en la tentación de dejarme estafar en una góndola veneciana. Lo único que seguirá ‘aristotélicamente’ ofreciendo fundamento a mi deambulante existencia será la siesta rigurosa. Todo lo demás será polvo, sombra y naderías. Me pierdo en renegaciones cuando lo que me arrulla es esa prodigiosa promesa: «Voy a hacerte emperatriz de Lavapiés ». Estoy casi poseído por el furor de aquella «secta de los asesinos» que, según Nietzsche , habían llegado a la cruda conclusión que si nada es verdad todo está permitido. Estoy convencido de que mis colegas, metamorfoseados en ‘minions’, están preparándome, cual arquitecto ‘in pectore’, un merecidísimo homenaje. Llegan rumores hasta mi ‘ refugio climático’ de que todos los claveles del mundo mundial han sido adquiridos para alfombrar la bulliciosa Gran Vía para que mi pisada pronadora deje huellas imborrables. Lo del baño en vinillo de Jerez, con todos los respetos, huela a guarrada absurda y, por tanto, rompo, a la manera ‘marxista’ –me refiero a la mítica escena de ‘Una noche en la ópera’, no vayamos a caer en las garras del obtuso e innombrable suegro del autor del memorable libro ‘El derecho a la pereza’– esa parte delirante del contrato.En verdad, después de un mes de desafuero, tengo urgentemente que codearme, en el Foro cortesano, con ‘la crema de la intelectualidad’. ¿Seguirán alanceando a Uclés o se habrán plegado a la moda de la boina de ‘Macario’ aquel muñeco atroz que soltaba el latiguillo de «¡Qué contento estoy!»? Ya llegan las invitaciones a desayunos de trabajo, sesiones de fotos, encuentros con la prensa, bailes regionales con el director del Museo de Arte de Todas Partes. No doy abasto con tanto ‘se-ruega-confirmar-asistencia’. Lo único que deseo es, en las antípodas de tanto catering del postureo, un ‘agasajo postinero’, aunque tengo claro que en Chicote no quedan ni las telarañas en el fantasmal túnel que, según cuentan los viejunos noctívagos, conectaba con el Cock.Mi comportamiento onírico o hasta patéticamente utópico es deplorable. Lo admito. Tras tantas diatribas anti-madridistas, con todo ese historial de sinvergüenza que lleva la camiseta del centenario del Barça en el Metro de Madrid, ahora suelto las melifluas palabras del converso. Merezco algo peor que un ‘piropo retrechero’ por mi acreditada fobia al casticismo. En mi descargo podría citar a San Pablo o San Agustín o incluso a Luis Figo que no era un escolástico sino un futbolista con bastante napia. La culpa fue de mi hija Elena que, en la circunvalación de Talavera de la Reina, nos ‘encalomó’ el temazo en el que refulge –verbo diamantino que brota tras el empantanamiento canicular– la voz de Lola Flores . Ahí está el ‘kick off’ de esta deriva patológica hacia el «pedazo de la España en que nací». El otro día, en el colmo del desbarre, cantábamos o, mejor, gritábamos como posesos en el coche, rumbo a Villacastín para buscar silicona color madera –cosas del arrebato ‘bricoler’ de mi querida señora–, ese pasaje del «en México se piensa mucho en ti». Casi colapsan unas vacas que pastaban plácidamente y no tenían por qué saber del sabor de remotas verbenas. Nuestro entusiasmo digno del Kutreoke de Sor Rita en Barcelona evocaba todas las «cosas buenas que soñamos desde aquí». Canela fina y hasta tremolina. La voy a armar. En un par de horas estaré marmolizado sobre el kilómetro cero, dispuesto a recibir todos honores que merezco, sabedor de mis fieles y ‘seguidores’ apenas han podido sobrevivir sin mis basureros ‘reels’ de Instagram. Dejo caer una furtiva lágrima anticipando las imperiosas genuflexiones de todos los que, de forma retrechera, me llaman ‘maestro’. Llega huracanadamente o al modo de la tremolina del chotis mítico otra pegadiza tonada: «Agradecida y emocionada, solamente puedo decir gracias por venir». De perdidos al río. Tras tanta marejada con medusa y calenturientas deambulaciones resulta que mi agradecimiento conclusivo a los lectores tendría el tono de Lina Morgan .
Escribo esta divagación postrera mientras escucho en bucle el celebérrimo chotis de Agustín Lara ‘Madrid, Madrid, Madrid‘. Permite «hipócrita lector» –nadie debe sentirse insultado por una pedantesca alusión a ‘Las flores del mal’ de Baudelaire– que interrogue retóricamente o de forma cansina … sobre tus afanes en este tiempo de la presunta depresión post-vacacional. ¿Acaso has encontrado tu nidito de amor ocupado por buitres como le sucediera al astuto Odiseo? ¿Han llenado tu buzón con reclamaciones bancarias e incluso con avisos de paquetes que ya estarán devueltos a su lejana procedencia? ¿La pelusa más sórdida ha dominado, a la manera duchampiana, el sacrosanto espacio bajo tu cama? No tengas miedo, ‘mi hermano’ –prefiero esta fórmula al apestoso ‘bro’ de toda esa muchachada que se corta el pelo a tazón dejando que sus cerebros huecos puedan ‘griparse’ en el anhelado otoño– al adentrarte en las brumas de la nostalgia. Atrás quedaron las paellitas que algunos diletantes entregados a la ‘caramelización del socarrat’ enfrían en la piscina del adosado; los mosquitos del autocine de Las Marinas de Denia tendrán que sufrir hambre de preso y soledad sonora hasta que retorne, como el turrón navideño, mi lozano cuerpo el próximo verano; sortearé con coraje las oleadas de ‘frikismo’ e incluso prometo no volver a caer en la tentación de dejarme estafar en una góndola veneciana. Lo único que seguirá ‘aristotélicamente’ ofreciendo fundamento a mi deambulante existencia será la siesta rigurosa. Todo lo demás será polvo, sombra y naderías.
Me pierdo en renegaciones cuando lo que me arrulla es esa prodigiosa promesa: «Voy a hacerte emperatriz de Lavapiés». Estoy casi poseído por el furor de aquella «secta de los asesinos» que, según Nietzsche, habían llegado a la cruda conclusión que si nada es verdad todo está permitido. Estoy convencido de que mis colegas, metamorfoseados en ‘minions’, están preparándome, cual arquitecto ‘in pectore’, un merecidísimo homenaje. Llegan rumores hasta mi ‘refugio climático’ de que todos los claveles del mundo mundial han sido adquiridos para alfombrar la bulliciosa Gran Vía para que mi pisada pronadora deje huellas imborrables. Lo del baño en vinillo de Jerez, con todos los respetos, huela a guarrada absurda y, por tanto, rompo, a la manera ‘marxista’ –me refiero a la mítica escena de ‘Una noche en la ópera’, no vayamos a caer en las garras del obtuso e innombrable suegro del autor del memorable libro ‘El derecho a la pereza’– esa parte delirante del contrato.
En verdad, después de un mes de desafuero, tengo urgentemente que codearme, en el Foro cortesano, con ‘la crema de la intelectualidad’. ¿Seguirán alanceando a Uclés o se habrán plegado a la moda de la boina de ‘Macario’ aquel muñeco atroz que soltaba el latiguillo de «¡Qué contento estoy!»? Ya llegan las invitaciones a desayunos de trabajo, sesiones de fotos, encuentros con la prensa, bailes regionales con el director del Museo de Arte de Todas Partes. No doy abasto con tanto ‘se-ruega-confirmar-asistencia’. Lo único que deseo es, en las antípodas de tanto catering del postureo, un ‘agasajo postinero’, aunque tengo claro que en Chicote no quedan ni las telarañas en el fantasmal túnel que, según cuentan los viejunos noctívagos, conectaba con el Cock.
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Mi comportamiento onírico o hasta patéticamente utópico es deplorable. Lo admito. Tras tantas diatribas anti-madridistas, con todo ese historial de sinvergüenza que lleva la camiseta del centenario del Barça en el Metro de Madrid, ahora suelto las melifluas palabras del converso. Merezco algo peor que un ‘piropo retrechero’ por mi acreditada fobia al casticismo. En mi descargo podría citar a San Pablo o San Agustín o incluso a Luis Figo que no era un escolástico sino un futbolista con bastante napia. La culpa fue de mi hija Elena que, en la circunvalación de Talavera de la Reina, nos ‘encalomó’ el temazo en el que refulge –verbo diamantino que brota tras el empantanamiento canicular– la voz de Lola Flores. Ahí está el ‘kick off’ de esta deriva patológica hacia el «pedazo de la España en que nací».
El otro día, en el colmo del desbarre, cantábamos o, mejor, gritábamos como posesos en el coche, rumbo a Villacastín para buscar silicona color madera –cosas del arrebato ‘bricoler’ de mi querida señora–, ese pasaje del «en México se piensa mucho en ti». Casi colapsan unas vacas que pastaban plácidamente y no tenían por qué saber del sabor de remotas verbenas. Nuestro entusiasmo digno del Kutreoke de Sor Rita en Barcelona evocaba todas las «cosas buenas que soñamos desde aquí». Canela fina y hasta tremolina. La voy a armar. En un par de horas estaré marmolizado sobre el kilómetro cero, dispuesto a recibir todos honores que merezco, sabedor de mis fieles y ‘seguidores’ apenas han podido sobrevivir sin mis basureros ‘reels’ de Instagram. Dejo caer una furtiva lágrima anticipando las imperiosas genuflexiones de todos los que, de forma retrechera, me llaman ‘maestro’. Llega huracanadamente o al modo de la tremolina del chotis mítico otra pegadiza tonada: «Agradecida y emocionada, solamente puedo decir gracias por venir». De perdidos al río. Tras tanta marejada con medusa y calenturientas deambulaciones resulta que mi agradecimiento conclusivo a los lectores tendría el tono de Lina Morgan.
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