La crítica de LA RAZÓN era contundente con su trabajo en ‘Gula’: «Lo de Oriol Pla Solina no tiene nombre: sabe hacer de todo y todo bien». Y es que su papel en la pieza que estrenó en el Temporada Alta y que luego, entre otros, pasó por Madrid, por el CDN, consiguió el aplauso generalizado de todo el que pasó por allí. Más de dos horas de una exhibición física, interpretativa, circense, cómica y de todo lo que se le pasó por la cabeza al bueno de Oriol (y a su compinche, Pau Matas).
La norma a la salida siempre ha sido la misma: «¿Qué es esto que hemos visto?». Un auténtico torbellino que, entre otros muchos, dejó sin palabras a un tipo como Sergio Peris-Mencheta: «Yo ya no sé qué más se puede hacer encima de un escenario».
Una profesión bien entendida
Y siguiendo esa tónica, el Ministerio de Cultura ha concedido el Premio Nacional de Teatro 2026 a un ciudadano del teatro -«mi medio natural es la escena y mi patria el teatro»- que es actor casi desde que tiene conciencia. Solo era un niño cuando ya trasteaba con su hermana Diana en plena calle. Sus padres, Quimet y Núria, les dieron un sueldo de 5.000 pesetas por aquella primera actuación. Pero la pela era lo de menos. Lo importante era que «empezaran a entender el oficio», confesaba a esta cabecera hace apenas seis meses.
Casi tres décadas después de su debut en la profesión se puede afirmar sin miedo a equivocarse que entendió muy bien de qué iba esto. Si hace un año recibía el Emmy Internacional por su papel en la serie ‘Yo, adicto’, ahora es el momento de ser profeta en la tierra propia, donde el fallo del jurado destacaba especialmente su interpretación en ‘Gula / Gola’, «un espectáculo deslumbrante en el que demuestra un dominio de diferentes artes y disciplinas con una técnica extraordinaria, y en el que de forma destacada introduce con virtuosismo el lenguaje del clown en el hecho teatral (…) un éxito contundente que ha conquistado a la crítica y al público, y apela al momento contemporáneo con un esfuerzo, riesgo y originalidad que subliman una propuesta escénica de enorme valor».
De la mano del Pau
Además, se señalaba su rol como creador junto a su inseparable amigo Pau, con el que empezó a recorrer las terrazas en busca de «cuatro perras para comer un bocadillo» cuando ni siquiera habían cumplido la mayoría de edad. Ahora, asegura que le debe una buena invitación por este premio. «Pero no es el único», confiesa. Pla es consciente de que todo es fruto de «una herencia familiar»: «La técnica del payaso y el teatro físico es la continuación narrativa de mis padres, aunque el árbol es mucho más grande», asegura acordándose de otras familias como «los Galindo o los Escarlata».
El Nacional ya es una realidad, pero, como en muchos de los inicios, el actor titubeó con su propuesta. «Quería hacer payaso y mimo y quería hacer las cosas de infancia; y sentía que no iba a gustar porque era algo antiguo». Y es por ello, comenta, que le hace especial ilusión «por haberle dado la vuelta para que llegue a lo contemporáneo», reflexiona un «hombre de teatro», como se define, al que ya hay quien le llama «el Rodrigo Cuevas del clown».
La satisfacción de crear sufriendo
Es precisamente ese demiurgo bufonesco el que habla en clave satírica al público sobre las ansiedades de la vida y las opresiones contemporáneas del consumo constante. Su personaje «solo» lucha frente a una máquina de «vending» por un bocado. Pero el monumento que ha construido ya es historia del teatro español. «Siento que no puedo hacer algo que no sea profundo. Es doloroso y satisfactorio. El camino es morir y renacer en el que la mirada hacia adentro a veces se complica«.
Y tras ello, tras denunciar esa vida compulsiva, Oriol Pla es consciente de que tiene que parar. ¿Cuándo? Eso ya es más difícil, contesta quien ha cogido la llamada del ministro Urtasun mientras trabajaba en San Sebastián. «Quizá por todo esto necesitaba hablar de eso. La idea es parar. Pero existe hay una relación muy curiosa en esto. Porque me sienta bien actuar, si no enfermaría. Y a la vez me apetece contemplar la vida, aunque le tengo miedo porque no sé cómo se hace. La idea es hacer un proyecto en estos meses y parar… A ver si lo consigo…».
Un año después de recibir el Emmy, el actor de ‘Gula’ recibe los 30.000 euros del Ministerio de Cultura por «un espectáculo deslumbrante»
La crítica de LA RAZÓN era contundente con su trabajo en ‘Gula’: «Lo de Oriol Pla Solina no tiene nombre: sabe hacer de todo y todo bien». Y es que su papel en la pieza que estrenó en el Temporada Alta y que luego, entre otros, pasó por Madrid, por el CDN, consiguió el aplauso generalizado de todo el que pasó por allí. Más de dos horas de una exhibición física, interpretativa, circense, cómica y de todo lo que se le pasó por la cabeza al bueno de Oriol (y a su compinche, Pau Matas).
La norma a la salida siempre ha sido la misma: «¿Qué es esto que hemos visto?». Un auténtico torbellino que, entre otros muchos, dejó sin palabras a un tipo como Sergio Peris-Mencheta: «Yo ya no sé qué más se puede hacer encima de un escenario».
Y siguiendo esa tónica, el Ministerio de Cultura ha concedido el Premio Nacional de Teatro 2026 a un ciudadano del teatro -«mi medio natural es la escena y mi patria el teatro»- que es actor casi desde que tiene conciencia. Solo era un niño cuando ya trasteaba con su hermana Diana en plena calle. Sus padres, Quimet y Núria, les dieron un sueldo de 5.000 pesetas por aquella primera actuación. Pero la pela era lo de menos. Lo importante era que «empezaran a entender el oficio», confesaba a esta cabecera hace apenas seis meses.
Casi tres décadas después de su debut en la profesión se puede afirmar sin miedo a equivocarse que entendió muy bien de qué iba esto. Si hace un año recibía el Emmy Internacional por su papel en la serie ‘Yo, adicto’, ahora es el momento de ser profeta en la tierra propia, donde el fallo del jurado destacaba especialmente su interpretación en ‘Gula / Gola’, «un espectáculo deslumbrante en el que demuestra un dominio de diferentes artes y disciplinas con una técnica extraordinaria, y en el que de forma destacada introduce con virtuosismo el lenguaje del clown en el hecho teatral (…) un éxito contundente que ha conquistado a la crítica y al público, y apela al momento contemporáneo con un esfuerzo, riesgo y originalidad que subliman una propuesta escénica de enorme valor».
Además, se señalaba su rol como creador junto a su inseparable amigo Pau, con el que empezó a recorrer las terrazas en busca de «cuatro perras para comer un bocadillo» cuando ni siquiera habían cumplido la mayoría de edad. Ahora, asegura que le debe una buena invitación por este premio. «Pero no es el único», confiesa. Pla es consciente de que todo es fruto de «una herencia familiar»: «La técnica del payaso y el teatro físico es la continuación narrativa de mis padres, aunque el árbol es mucho más grande», asegura acordándose de otras familias como «los Galindo o los Escarlata».
El Nacional ya es una realidad, pero, como en muchos de los inicios, el actor titubeó con su propuesta. «Quería hacer payaso y mimo y quería hacer las cosas de infancia; y sentía que no iba a gustar porque era algo antiguo». Y es por ello, comenta, que le hace especial ilusión «por haberle dado la vuelta para que llegue a lo contemporáneo», reflexiona un «hombre de teatro», como se define, al que ya hay quien le llama «el Rodrigo Cuevas del clown».
Es precisamente ese demiurgo bufonesco el que habla en clave satírica al público sobre las ansiedades de la vida y las opresiones contemporáneas del consumo constante. Su personaje «solo» lucha frente a una máquina de «vending» por un bocado. Pero el monumento que ha construido ya es historia del teatro español. «Siento que no puedo hacer algo que no sea profundo. Es doloroso y satisfactorio. El camino es morir y renacer en el que la mirada hacia adentro a veces se complica».
Y tras ello, tras denunciar esa vida compulsiva, Oriol Pla es consciente de que tiene que parar. ¿Cuándo? Eso ya es más difícil, contesta quien ha cogido la llamada del ministro Urtasun mientras trabajaba en San Sebastián. «Quizá por todo esto necesitaba hablar de eso. La idea es parar. Pero existe hay una relación muy curiosa en esto. Porque me sienta bien actuar, si no enfermaría. Y a la vez me apetece contemplar la vida, aunque le tengo miedo porque no sé cómo se hace. La idea es hacer un proyecto en estos meses y parar… A ver si lo consigo…».
Teatro
