Hay pérdidas que ni el tiempo consigue convertir en pasado. La historia y el legado de Diana de Gales siguen presentes, a pesar de los 29 años que han pasado del trágico accidente de coche en París que terminó con su vida. Se han escrito decenas de libros y se han producido cientos de documentales y películas sobre ella y su vida, de antes y después de convertirse en uno de los miembros de la familia real británica más queridos en todo el mundo. Con la cuenta atrás para el 30º aniversario de su muerte, el hermano de Lady Di, Charles Spencer, ha decidido que es su momento de relatar sus recuerdos en un homenaje que ha hecho tambalear los cimientos del palacio de Buckingham.
El conde ha publicado esta semana ‘El canto del cisne’, en el que cuenta la historia de su vida y la de su hermana y recuerda cómo vivió el fallecimiento de Lady Di. “Empezó a sentirse aislada y atrapada”, escribe sobre el matrimonio de la princesa con el actual monarca
Hay pérdidas que ni el tiempo consigue convertir en pasado. La historia y el legado de Diana de Gales siguen presentes, a pesar de los 29 años que han pasado del trágico accidente de coche en París que terminó con su vida. Se han escrito decenas de libros y se han producido cientos de documentales y películas sobre ella y su vida, de antes y después de convertirse en uno de los miembros de la familia real británica más queridos en todo el mundo. Con la cuenta atrás para el 30º aniversario de su muerte, el hermano de Lady Di, Charles Spencer, ha decidido que es su momento de relatar sus recuerdos en un homenaje que ha hecho tambalear los cimientos del palacio de Buckingham.
El canto del cisne. Diana, mi hermana (Plaza & Janés), publicado el 23 de septiembre en España, ofrece un retrato íntimo de Diana Gales contado por su hermano pequeño. Quien espere leer en sus 368 páginas la historia más íntima y privada de la princesa, no se decepcionará; aquellos que busquen cotilleos, reproches y revelaciones desconocidas, quizás se encuentren con un libro algo diferente. Sí, el noveno conde Spencer cuenta episodios inéditos de la relación de su hermana con el actual rey Carlos III, pero no en la dosis que se vaticinaba con el primer adelanto que publicó en exclusiva el Daily Mail. El libro es una carta de amor y de recuerdo a una hermana que dejó una huella imborrable, y se van intercalando relatos de su infancia y adolescencia, capítulos de la relación de los príncipes de Gales, el divorcio y la muerte de Diana, que salpica cada uno de los capítulos.
La historia comienza en la década de los sesenta, cuando la familia Spencer vivía en Park House (Sandringham). “Aunque sostengo que, de niños, fuimos generalmente muy felices, tal vez Diana ocultase sus verdaderos sentimientos todo el tiempo. Quizá lo hizo tan bien que nadie, excepto ella misma, notaba su dolor”, afirma en los primeros capítulos, en los que habla del maltrato que ambos sufrieron por parte de dos de sus cuidadoras. “Tanto a Diana como a mí nos infligieron castigos físicos que nuestros padres ignoraban y que jamás se nos ocurrió denunciar. Dábamos por hecho que lo sabían y que lo aprobaban”, recuerda. “La primera disfrutaba azotándonos con una cuchara de madera en la palma de la mano. La otra era mucho peor. Si consideraba que Diana o yo nos habíamos portado mal, nos golpeaba la cabeza contra la pared de hormigón. Si tenía que castigarnos a los dos, nos colocaba de lado, nos agarraba del pelo y nos golpeaba la cabeza contra la del otro”, detalla.

Sus infancias estuvieron marcadas por el abandono de su madre, Frances. Comenzó entonces una relación maternal de idas y venidas, desencuentros y reconciliaciones. Ahora Charles Spencer va un poco más allá y expone el motivo de esa marcha. “Su primogénito, John, había nacido el 12 de enero de 1960 con unas terribles malformaciones. Nació con seis dedos en cada pie y seis en cada manos. Tenía el paladar hendido y un hueco en la nuca. En cuanto llegó a este mundo, quedó claro que no tardaría en abandonarlo”, expone. Y así ocurrió. Su madre nunca llegó a tener a su hijo en brazos, lo que mermó su salud mental. “La tragedia familiar hizo mella en el matrimonio de mis padres. Mi padre intentó volver a conquistar a mi madre, pero ella ya había entregado su corazón a otro”, escribe. La ausencia de su madre dejaría una huella imborrable en Diana de Gales, quien pensaba que volvería a casa, tal y como le había prometido. “Jamás se produjo, y creo que Diana nunca la perdonó por lo que ella consideraba una decepción devastadora”.
La princesa de Gales ya reveló a su biógrafo, Andrew Morton, que sufrió bullimia durante años. Ahora su hermano cuenta cómo lo vivió él: “Se preocupaba a menudo por su peso, que monitorizaba subiéndose a la báscula de nuestro baño compartido. A veces Diana salía a correr por el camino de entrada ataviada con gabardina y botas. En verano, era capaz de meterse en el mar helado con la esperanza de que eso también le quemara algo de grasa”. Un diagnóstico que volvió a padecer meses antes de su enlace. “Me contó que el día de su boda llevaba cinco meses en plena lucha por su trastorno alimentario. Había reaccionado con rechazo a las fotografías del día de su compromiso, le hacían parecer más corpulenta de lo que habría deseado”, explica el conde. Todo empeoró tras un comentario de su prometido: “Le apretó la cintura y dijo: ‘Vaya, estás un poco rellenita por aquí’. Ese comentario fue devastador y alimentó las inseguridades sobre su cuerpo”.
La relación de los Spencer con los Windsor se remonta a generaciones pasadas. El conde expone un noviazgo que estuvo a punto de cambiar para siempre la historia de la monarquía británica. Tal y como revela, su padre, que era oficial de la corte, y la reina Isabel II tuvieron una relación romántica “hasta que lord Mountbatten le puso fin”. “Convocó a mi padre y le dijo que cualquier aspiración por su parte de ganarse el afecto de la reina era inadmisible. Tal vez estuviera intentando despejar el terreno para su sobrino, el príncipe Felipe [futuro marido de la monarca]. Si el romance incipiente que mi padre mantuvo con la reina hubiera progresado de forma exponencial hasta llegar al matrimonio, Diana no habría nacido jamás, ni el príncipe Carlos tampoco”, relata.

Diana y Carlos de Inglaterra se conocieron en 1977, cuando él acudió a la finca familiar en Althorp. “A menudo me preguntaban si Diana se había enamorado del príncipe o de la persona, y siempre he estado convencido de que fue primero de la persona”, cuenta. Pero lo que parecía un cuento de hadas, acabó convirtiéndose en una pesadilla para ella: se enteró de que su futuro marido no la amaba. Tres meses antes de la boda, los tabloides británicos publicaron lo que se conoció entonces como el “escándalo del tren real”. “El tren de la realeza se había detenido en una vía muerta de Wiltshire con el objetivo de satisfacer un encuentro clandestino. El príncipe Carlos era el único miembro de la familia que viajaba en él cuando una mujer rubia fue vista subiendo a bordo. Se supo que habían estado juntos en el tren durante horas. Diana sabía que esa rubia no era ella. Después de que su matrimonio tomara la dirección que tomó, tuvo la convicción de que debía de ser Camila Parker-Bowles, sobre todo porque aquella vía quedaba a solo a 30 kilómetros de su casa”.
Después de varios desplantes por parte de su pareja, Lady Di decidió que era el momento de cancelar el enlace. Su padre se opuso. “Le dijo que no podía casarse con un hombre que evidentemente no la amaba. Horrorizado, mi padre respondió que a esas alturas era imposible retractarse de un compromiso de tal magnitud. No podía aceptar que Diana rompiera su compromiso y avergonzara de ese modo a la familia real”. La noche anterior a enfundarse en un traje de novia que ha pasado a la historia recibiría el golpe final, como se supo años después. “Le había dicho que se alegraba de casarse con ella, pero que no estaba enamorado. Sentía que el corazón del príncipe Carlos estaba en otra parte”. La princesa se sintió sola desde el inicio de la relación, pero todo fue empeorando con el tiempo. “Empezó a sentirse aislada y atrapada. Creía que a veces su marido no tenía tiempo para ella, y en otras ocasiones era muy crítico con sus defectos″. Charles Spencer afirma, además, que el primogénito de la reina Isabel II sentía celos por su mujer, capaz de acaparar toda la atención sin siquiera quererlo: “Les escribía a sus amigos y se quejaba de la atención ‘obsesiva y frenética’ que recibía Diana”.
Su hermana pequeña le confió algunos secretos que ahora ven la luz, como la relación tirante que existía entre su marido y su suegro, Felipe de Edimburgo. “El príncipe Felipe se había enterado de que la reina estaba barajando la posibilidad de que un médico corrigiera las orejas de Carlos: su prominencia había dado lugar a burlas en el colegio y a mofas en los medios. Felipe no solo impidió que se siguiera planteando esa intervención médica, sino que mandó operar las orejas a uno de los corgis de la reina. Aquello debía servir como una especie de recordatorio permanente de un plan que el príncipe Felipe consideraba ridículo por su blandura y vanidad”, asegura.

La separación llegó una década después de la boda, en 1992. Diana de Gales le contó a su hermano su decisión antes de que fuera pública. “Me temo que la gente no te perdonará. Les prometieron un cuento de hadas, y creo que es posible que, aunque estén equivocados, te culpen por destruir su sueño”, fue la respuesta de Charles. “Mi marido está enamorado de su ayuda de cámara”, le reveló Diana. “No me confesó el nombre del miembro del servicio, y jamás se lo pregunté, ni tampoco el motivo que la había llevado a creer algo tan improbable”, subraya ahora.
Los últimos años de vida de Diana de Gales estuvieron marcados por la inseguridad y la desconfianza, después de sentirse traicionada por su exmarido y su círculo. Todo después de una larga lista de mentiras que el periodista Martin Bashir les contó a los dos hermanos. “Afirmó que el príncipe de Gales quería hacerles muchísimo daño a Diana y a los miembros de su familia, a mí en particular. Mantenía que los servicios secretos apoyaban al príncipe en ese objetivo”, comienza a relatar. “Sus fuentes le habían confiado que la reina estaba gravemente enferma del corazón y que su fallecimiento era inmimente. De ser cierto, quería decir que el príncipe pronto se convertiría en rey. Tal acontecimiento alteraría la situación de Diana de inmediato y ella correría un gran peligro”, añade.
Antes de su muerte, Diana le contó que estaba dispuesta a casarse de nuevo: “Uno de sus muchos pretendientes estadounidenses, poderosos y ya entrados en años, quería convertirla en la esposa trofeo definitiva y le había dicho que estaba seguro de poder llegar a la presidencia si aceptaba casarse con él. Veía en ello una atracción pícara, la posibilidad de reinventarse en un papel que habría hecho enfermar de celos a sus enemigos de la familia real británica”. Su último amor fue Dodi Al-Fayed, quien murió junto a ella en el accidente de coche. “A Diana le caía mal Mohamed Fayed. Una vez me contó con repugnancia que, al principio de la relación con su hijo, el hombre se le había acercado, le había puesto una mano en el culo y se lo había apretado mientras le decía con tono lascivo e insinuante: ‘En Egipto, el suegro es el primero’. Le sirvió para alertarla de quién era el padre de Dodi realmente”. El magnate falleció en 2023 y, un año más tarde, dos docenas de exempleadas de los almacenes Harrods expusieron públicamente las humillaciones, agresiones y violaciones que sufrieron por su parte.
El 31 de agosto de 1997, la vida de Diana de Gales se apagó para siempre. Su hermano recibió la noticia en Ciudad del Cabo, donde vivía con su entonces pareja. En aquellas primeras horas de desconcierto, la llamada que recibió del príncipe le dejó sin palabras. “A diferencia de otros interlocutores, que no daban crédito y apenas eran capaces de articular sus mensajes de pésame, él me pareció eufórico. Era como si acabara de ganar la lotería. Sospecho que la primera reacción se debió más bien al hecho de pensar cómo lo sucedido le daba vía libre para casarse con la mujer que amaba y no tanto a la verdadera toma de conciencia de la pérdida de aquella a quien no amaba”.

El funeral fue otro punto de fricción entre ambas familias. Mientras que los Spencer querían una despedida privada y que fuese enterrada junto al resto de sus antepasados en la iglesia de St. Mary, cerca de Althorp, la del palacio de Buckingham era organizar un acto multitudinario y que su ataúd fuera enterrado en el cementerio de Frogmore, cerca del castillo de Windsor. Finalmente, miles de personas se despidieron de ella por las calles de Londres y millones de personas siguieron su entierro por televisión, pero fue enterrada en Althorp, lejos del alcance de curiosos. “Sabía que una de mis futuras funciones sería velar por su seguridad para protegerla de los delincuentes, locos o periodistas que quisieran profanar o robar sus restos mortales”, defiende.
Cuenta también la conversación que tuvo con su excuñado y la discusión que protagonizaron después de enterarse de que sus sobrinos, Guillermo y Enrique, tendrían que caminar detrás del ataúd de su madre. “¡La olvidaremos muy pronto!”, fue lo que le respondió el actual monarca. El 6 de septiembre se celebró el multitunidario funeral en la abadía de Westminster. En primera línea en el cortejo fúnebre se situaron los dos hijos de la princesa, Charles Spencer, el entonces príncipe Carlos y el duque de Edimburgo. “Felipe estaba allí y había sustituido su brusquedad habitual por su amabilidad serena y silenciosa. Sin duda tenía la determinación de ayudar a sus nietos, huérfanos de madre. Carlos intentó ponerse al mando”, explica. “‘Charles representa a su hermana y a su familia, así que será él quien caminará en el centro, con Guillermo y Enrique a ambos lados, y tú y yo caminaremos en los flancos’. Pareció dolido, pero capituló ante la autoridad de su padre sin decir palabra”.
Una vez concluyó el funeral y antes del entierro, los Spencer recibieron la noticia de que la monarca quería reinstaurar el título de alteza real a Diana de Gales, que le fue retirado tras el divorcio. La familia se negó, pues ya era tarde. “Ese gesto le había parecido un gesto muy mezquino y vengativo. Aunque ya no fuera la esposa de un futuro rey, siempre sería la madre de otro”.
EL PAÍS
