Ema tiene sesenta años, es médica recién jubilada y puede ver a los muertos. Los llama «presencias» y ha pasado la vida entera evitando que ese don la conecte con el sufrimiento ajeno. Cuando su sobrina Julie llega a su casa, ese equilibrio se rompe y termina por contagiar a todo un barrio. Esta es la premisa de ‘Mis muertos tristes’ , la nueva serie de Netflix inspirada en cuatro cuentos de Mariana Enríquez. Nada en ese resumen menciona lo que realmente sostiene la historia: no lo sobrenatural, sino el barrio mismo, sus casas tomadas, sus vecinos sin trabajo, su desamparo.El guion entrelaza el relato homónimo con otros tres cuentos icónicos de Enríquez (‘Julie’, ‘Un lugar soleado para gente sombría’ y ‘Cuando hablábamos con los muertos’). Esta amalgama confirma el método que la escritora ha desarrollado durante tres décadas: ubicar la amenaza en los márgenes urbanos de Buenos Aires. En este contexto, la pobreza actúa como la fuente misma del horror. Tal y como ha señalado la propia autora, lo terrorífico reside en lo que la sociedad esconde; una premisa visible desde ‘Cómo desaparecer completamente’, donde el colapso económico de los noventa y la violencia doméstica se imbrican como una sola escala de trauma.Tras su paso por la Sección Oficial del Festival de San Sebastián antes de su desembarco en Netflix, la producción articulada en ocho capítulos expone cómo el horror latinoamericano no requiere de tropos góticos tradicionales ni de escenarios extraordinarios. El terror habita, desde siempre, en la casa de al lado.La calle y los ecos que la contaminanEse desplazamiento es la firma de Enríquez desde que empezó a publicar hace tres décadas. Sus historias transcurren casi siempre en los márgenes reconocibles de Buenos Aires: pensiones, casas tomadas, calles de Constitución, rutas provinciales a oscuras. Allí, lo que acecha rara vez resulta ser el peligro esperable de la marginalidad; la amenaza real pertenece a otro orden, uno que la autora deja intuir apenas, en susurros. La pobreza no es el decorado del miedo en sus cuentos: es su fuente.Carolina Sánchez Álvarez NetflixMariana Enríquez nació en 1973, en una Argentina que desde entonces ha atravesado hiperinflaciones, un corralito bancario, sucesivas devaluaciones y una desigualdad que nunca ha terminado de resolverse. Para buena parte de su generación, la inestabilidad económica no es un episodio traumático aislado, sino un clima permanente: algo que se repite con la regularidad de una estación. Contra ese fondo, situar un fantasma en una casa tomada por okupas o en un edificio sin electricidad no es un capricho, es, de hecho, un realismo.Como latinoamericana, Enriquez teme mucho más a la policía, a la crisis económica y a vivir en un continente desatendido por los poderes centrales que a cualquier cosa estrictamente sobrenatural, y que ese caldo de cultivo, por perverso que suene, resulta extraordinariamente fértil para escribir. Si el terror clásico depende de la sorpresa, el terror que ella construye depende de la espera, en este caso, la de vivir en la precariedad.Dolores Fonzi y Mercedes Morán NetflixQue esta sensibilidad haya llegado ahora a Netflix, con la firma de un director tan reconocido internacionalmente como Larraín, plantea una pregunta que atraviesa toda adaptación de literatura incómoda a una plataforma global: ¿sobrevive la denuncia al pase por la maquinaria del entretenimiento masivo? Según ha declarado la propia Enríquez, todo el proceso de adaptación se llevó con respeto, y la posibilidad de producir contenido latinoamericano con alcance mundial le produce, a partes iguales, vértigo y satisfacción. Si el terror es, como ella misma sugiere, la forma en que la cultura latinoamericana ha decidido nombrar lo que el realismo ya no alcanza a explicar, entonces cada nueva adaptación es también una manera de obligar a una audiencia global a quedarse un rato más en el barrio, escuchando el ruido que viene de la casa de al lado, antes de que alguien apague la pantalla y decida que, después de todo, era solo una historia de fantasmas. Ema tiene sesenta años, es médica recién jubilada y puede ver a los muertos. Los llama «presencias» y ha pasado la vida entera evitando que ese don la conecte con el sufrimiento ajeno. Cuando su sobrina Julie llega a su casa, ese equilibrio se rompe y termina por contagiar a todo un barrio. Esta es la premisa de ‘Mis muertos tristes’ , la nueva serie de Netflix inspirada en cuatro cuentos de Mariana Enríquez. Nada en ese resumen menciona lo que realmente sostiene la historia: no lo sobrenatural, sino el barrio mismo, sus casas tomadas, sus vecinos sin trabajo, su desamparo.El guion entrelaza el relato homónimo con otros tres cuentos icónicos de Enríquez (‘Julie’, ‘Un lugar soleado para gente sombría’ y ‘Cuando hablábamos con los muertos’). Esta amalgama confirma el método que la escritora ha desarrollado durante tres décadas: ubicar la amenaza en los márgenes urbanos de Buenos Aires. En este contexto, la pobreza actúa como la fuente misma del horror. Tal y como ha señalado la propia autora, lo terrorífico reside en lo que la sociedad esconde; una premisa visible desde ‘Cómo desaparecer completamente’, donde el colapso económico de los noventa y la violencia doméstica se imbrican como una sola escala de trauma.Tras su paso por la Sección Oficial del Festival de San Sebastián antes de su desembarco en Netflix, la producción articulada en ocho capítulos expone cómo el horror latinoamericano no requiere de tropos góticos tradicionales ni de escenarios extraordinarios. El terror habita, desde siempre, en la casa de al lado.La calle y los ecos que la contaminanEse desplazamiento es la firma de Enríquez desde que empezó a publicar hace tres décadas. Sus historias transcurren casi siempre en los márgenes reconocibles de Buenos Aires: pensiones, casas tomadas, calles de Constitución, rutas provinciales a oscuras. Allí, lo que acecha rara vez resulta ser el peligro esperable de la marginalidad; la amenaza real pertenece a otro orden, uno que la autora deja intuir apenas, en susurros. La pobreza no es el decorado del miedo en sus cuentos: es su fuente.Carolina Sánchez Álvarez NetflixMariana Enríquez nació en 1973, en una Argentina que desde entonces ha atravesado hiperinflaciones, un corralito bancario, sucesivas devaluaciones y una desigualdad que nunca ha terminado de resolverse. Para buena parte de su generación, la inestabilidad económica no es un episodio traumático aislado, sino un clima permanente: algo que se repite con la regularidad de una estación. Contra ese fondo, situar un fantasma en una casa tomada por okupas o en un edificio sin electricidad no es un capricho, es, de hecho, un realismo.Como latinoamericana, Enriquez teme mucho más a la policía, a la crisis económica y a vivir en un continente desatendido por los poderes centrales que a cualquier cosa estrictamente sobrenatural, y que ese caldo de cultivo, por perverso que suene, resulta extraordinariamente fértil para escribir. Si el terror clásico depende de la sorpresa, el terror que ella construye depende de la espera, en este caso, la de vivir en la precariedad.Dolores Fonzi y Mercedes Morán NetflixQue esta sensibilidad haya llegado ahora a Netflix, con la firma de un director tan reconocido internacionalmente como Larraín, plantea una pregunta que atraviesa toda adaptación de literatura incómoda a una plataforma global: ¿sobrevive la denuncia al pase por la maquinaria del entretenimiento masivo? Según ha declarado la propia Enríquez, todo el proceso de adaptación se llevó con respeto, y la posibilidad de producir contenido latinoamericano con alcance mundial le produce, a partes iguales, vértigo y satisfacción. Si el terror es, como ella misma sugiere, la forma en que la cultura latinoamericana ha decidido nombrar lo que el realismo ya no alcanza a explicar, entonces cada nueva adaptación es también una manera de obligar a una audiencia global a quedarse un rato más en el barrio, escuchando el ruido que viene de la casa de al lado, antes de que alguien apague la pantalla y decida que, después de todo, era solo una historia de fantasmas.

Ema tiene sesenta años, es médica recién jubilada y puede ver a los muertos. Los llama «presencias» y ha pasado la vida entera evitando que ese don la conecte con el sufrimiento ajeno. Cuando su sobrina Julie llega a su casa, ese equilibrio se rompe y termina por contagiar a todo un barrio. Esta es la premisa de ‘Mis muertos tristes’, la nueva serie de Netflix inspirada en cuatro cuentos de Mariana Enríquez. Nada en ese resumen menciona lo que realmente sostiene la historia: no lo sobrenatural, sino el barrio mismo, sus casas tomadas, sus vecinos sin trabajo, su desamparo.
El guion entrelaza el relato homónimo con otros tres cuentos icónicos de Enríquez (‘Julie’, ‘Un lugar soleado para gente sombría’ y ‘Cuando hablábamos con los muertos’). Esta amalgama confirma el método que la escritora ha desarrollado durante tres décadas: ubicar la amenaza en los márgenes urbanos de Buenos Aires. En este contexto, la pobreza actúa como la fuente misma del horror. Tal y como ha señalado la propia autora, lo terrorífico reside en lo que la sociedad esconde; una premisa visible desde ‘Cómo desaparecer completamente’, donde el colapso económico de los noventa y la violencia doméstica se imbrican como una sola escala de trauma.
Tras su paso por la Sección Oficial del Festival de San Sebastián antes de su desembarco en Netflix, la producción articulada en ocho capítulos expone cómo el horror latinoamericano no requiere de tropos góticos tradicionales ni de escenarios extraordinarios. El terror habita, desde siempre, en la casa de al lado.
La calle y los ecos que la contaminan
Ese desplazamiento es la firma de Enríquez desde que empezó a publicar hace tres décadas. Sus historias transcurren casi siempre en los márgenes reconocibles de Buenos Aires: pensiones, casas tomadas, calles de Constitución, rutas provinciales a oscuras. Allí, lo que acecha rara vez resulta ser el peligro esperable de la marginalidad; la amenaza real pertenece a otro orden, uno que la autora deja intuir apenas, en susurros. La pobreza no es el decorado del miedo en sus cuentos: es su fuente.

(Netflix)
Mariana Enríquez nació en 1973, en una Argentina que desde entonces ha atravesado hiperinflaciones, un corralito bancario, sucesivas devaluaciones y una desigualdad que nunca ha terminado de resolverse. Para buena parte de su generación, la inestabilidad económica no es un episodio traumático aislado, sino un clima permanente: algo que se repite con la regularidad de una estación. Contra ese fondo, situar un fantasma en una casa tomada por okupas o en un edificio sin electricidad no es un capricho, es, de hecho, un realismo.
Como latinoamericana, Enriquez teme mucho más a la policía, a la crisis económica y a vivir en un continente desatendido por los poderes centrales que a cualquier cosa estrictamente sobrenatural, y que ese caldo de cultivo, por perverso que suene, resulta extraordinariamente fértil para escribir. Si el terror clásico depende de la sorpresa, el terror que ella construye depende de la espera, en este caso, la de vivir en la precariedad.

(Netflix)
Que esta sensibilidad haya llegado ahora a Netflix, con la firma de un director tan reconocido internacionalmente como Larraín, plantea una pregunta que atraviesa toda adaptación de literatura incómoda a una plataforma global: ¿sobrevive la denuncia al pase por la maquinaria del entretenimiento masivo? Según ha declarado la propia Enríquez, todo el proceso de adaptación se llevó con respeto, y la posibilidad de producir contenido latinoamericano con alcance mundial le produce, a partes iguales, vértigo y satisfacción.
Si el terror es, como ella misma sugiere, la forma en que la cultura latinoamericana ha decidido nombrar lo que el realismo ya no alcanza a explicar, entonces cada nueva adaptación es también una manera de obligar a una audiencia global a quedarse un rato más en el barrio, escuchando el ruido que viene de la casa de al lado, antes de que alguien apague la pantalla y decida que, después de todo, era solo una historia de fantasmas.
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