A los 15 años, Santi Léonard, hijo del fotógrafo Jacques Léonard , decidió dejar el colegio y empezar a trabajar con su padre. Bueno, quizá sería mejor decir que decidieron por él. No era buen estudiante y, al ser hijo de madre gitana, había tenido que sufrir prejuicios constantes y acoso. Así que la familia decidió que lo mejor era que se dejara de tonterías y ayudara al padre, labrándose así una carrera. No en vano, Jacques Léonard, una de las figuras más singulares de la historia de la fotografía española, y el único que pudo documentar el mundo gitano desde dentro, no le faltaban los encargos y se ganaba bien la vida. Después de años y años de duro trabajo para divulgar el trabajo de Léonard y darle el valor que merece, la familia ha conseguido que se resitúe la figura del fotógrafo en el canon del arte español de la segunda mitad del siglo XX. Ahora, la Galería Villa Alegre , parte expositiva de la Fundación Photografic Social Vision, que custodia el legado de la familia Léonard, presenta una exposición que recorre lo mejor de los años 50 del fotógrafo, cuando captó como ninguna la parte más invisible de la sociedad barcelonesa de la época. «Estuve con mi padre durante 15 años, acompañándolo en todos sus encargos y ayudándole en lo que podía, hasta que por enfermedad tuvo que dejarlo. No dejaba de asombrarme. Lo hacía todo bien, dibujaba, esculpía y veía la imagen antes que nadie. Como venía del cine, tenía esa idea global de la composición. Y encima era un gran perfeccionista. No dejaba nada al azar», afirma Santi Léonard, con orgullo, a ABC.La historia del legado Léonard es fascinante. Cuando el fotógrafo muere y Santi cierra su casa-estudio, deja dentro cuatro décadas de trabajo y alrededor de 500.000 negativos . Una inundación dejó inservibles todo lo que estaba a metro y medio del sueño, sólo salvando lo que se guardaba en los estantes de arriba. Al ser un bajo, tenían una abertura a las alcantarillas cerca. Una noche subieron las aguas y aquello empezó a rebosar. «La imagen era horrible, con mierda en todos los lados. No se pudo salvar nada, salvo lo que había en los estantes más altos, que me llevé a casa y guardé a buen recaudo en un altillo», comenta Santi Léonard.Del material que se salvó destacan unos 20.000 negativos, de los que 3.000 están dedicados a la comunidad gitana . Después de la negativa de los principales museos catalanes para hacerse cargo del material, Santi se los entregó al Archivo Fotográfico de Barcelona, que al ver los negativos quedó maravillado por la calidad y el valor documental de aquel trabajo, que mostraba la intimidad de la comunidad gitana del Somorrostro y las barracas de Montjuïc. «Mi padre siempre iba con su cámara y cuando íbamos a bautizos, comuniones o bodas, no dejaba de hacer fotos y nadie le prestaba atención. Incluso podía fotografiar a los niños, que no es fácil que te lo permitan dentro de la comunidad gitana. Pero a él sí que le dejaban porque le veían como uno más y mi padre luego siempre regalaba las fotografías a las familias», recuerda su hijo.Jacques Léonard se casaba con Rosario Amaya, prima de Carmen Amaya, en 1953, una de esas historias de amor que dan para una película. La conoció como modelo del pintor Federico Molina , trabajo que repetía con frecuencia con otros artistas desde la escuela Massana. Al verla, Léonard quedó prendado, en uno de esos amores a primera vista difíciles de olvidar. Le propuso matrimonio al poco de conocerla, pero tuvo que sudar mucho para que el padre de Rosario permitiera que un payo como él se casase con su hija. No podía hacer otra cosa, era algo irremediable. En el centro, autorretrato de Jacques Léonard Archivo Familia de LéonardLo que no sabía el padre de Rosario, y ni siquiera Léonard, es que él también era hijo de gitanos. Su padre, Julien Léonard, también lo era, pero su madre lo ocultó y el fotógrafo no lo supo hasta muchos años después al ver una fotografía de su abuelo paterno y atar cabos. «Los gitanos le llamaban el payo Chac porque no sabían decir Jacques. La confianza era absoluta, incluso le permitieron hacer unas fotos maravillosas a funerales y sepelios, que por respeto a los familiares que todavía viven no puedo dejar ver todavía, pero que algún día saldrán a la luz», confiesa Santi Léonard. En la intimidad, Léonard era una persona muy tímida e introvertida, que parecía esconderse siempre detrás de la cámara. No era muy afectuoso, pero sí que trataba con respeto a sus hijos, a los que nunca levantó la mano. Culto, sabía hablar cinco idiomas y conocía a medio mundo. Gran aventurero en su juventud, había dado la vuelta al mundo. Venía del mundo del cine, donde colaboró con el genial Abel Gance . Pero todo eso cambió cuando, a los 44 años, conoció a Rosario y se estableció definitivamente en Barcelona. «Mi madre fue una gran modelo. Como transportista, voy a muchas casas de la burguesía y muchas veces me encuentro un cuadro de mi madre colgada en la pared. Cuando se lo digo al dueño, nunca se lo creen. Hasta la he visto en un hotel», ríe Santi Léonard. «Mi padre siempre iba con una cámara encima, hasta en bautizos, bodas y fiestas de la comunidad gitana» Santiago LéonardLa exposición de la Galería Villa Alegre intenta mostrar los otros lados de la labor del fotógrafo francés y descubrir esa otra Barcelona. Vemos el Tibidabo, el público del Club de Tenis Barcelona durante el trofeo Godó, mujeres pintando la Sagrada Familia o una madre con su hija mirando una floristería, en imágenes cercanas, cinematográficas, que explican historias cercanas y entrañables. «Tiene una capacidad de ordenar la imagen con un talento casi cinematográfico para explicarte la intimidad de esas personas. Siempre muy respetuoso, consigue que nadie se sienta invadido y actúe con naturalidad, sin que el fotógrafo imponga su posición», asegura Silvia Omedes, directora de la galería y presidente de la Fundación Photographic Vision.Rescatando archivos históricosLa Fundación custodia, difunde y representa los legados de grandes fotógrafos españoles como Joana Biarnés, la primera mujer fotoperiodista española, Eugeni Forcano, Oriol Maspons, Leopoldo Pomés, Isabel Azkarate o Anna Turbau , entre muchos otros. Cuando los hermanos Léonard se les aproximaron, no cobraban nada por derechos de autor. Poco después, en la galería Anne Clergue, en la ciudad francesa de Arlés, ya lograron vender hasta 72 copias ilimitadas de su padre por un valor mínimo de 1.000 euros. «Nuestro trabajo consiste en acompañar a las familias y divulgar y dar valor a la obra de estos importantes fotógrafos. Abrimos hace un año la galería para continuar esta labor desde la perspectiva de vendedoras y estamos aprendiendo mucho», confiesa Omedes. A los 15 años, Santi Léonard, hijo del fotógrafo Jacques Léonard , decidió dejar el colegio y empezar a trabajar con su padre. Bueno, quizá sería mejor decir que decidieron por él. No era buen estudiante y, al ser hijo de madre gitana, había tenido que sufrir prejuicios constantes y acoso. Así que la familia decidió que lo mejor era que se dejara de tonterías y ayudara al padre, labrándose así una carrera. No en vano, Jacques Léonard, una de las figuras más singulares de la historia de la fotografía española, y el único que pudo documentar el mundo gitano desde dentro, no le faltaban los encargos y se ganaba bien la vida. Después de años y años de duro trabajo para divulgar el trabajo de Léonard y darle el valor que merece, la familia ha conseguido que se resitúe la figura del fotógrafo en el canon del arte español de la segunda mitad del siglo XX. Ahora, la Galería Villa Alegre , parte expositiva de la Fundación Photografic Social Vision, que custodia el legado de la familia Léonard, presenta una exposición que recorre lo mejor de los años 50 del fotógrafo, cuando captó como ninguna la parte más invisible de la sociedad barcelonesa de la época. «Estuve con mi padre durante 15 años, acompañándolo en todos sus encargos y ayudándole en lo que podía, hasta que por enfermedad tuvo que dejarlo. No dejaba de asombrarme. Lo hacía todo bien, dibujaba, esculpía y veía la imagen antes que nadie. Como venía del cine, tenía esa idea global de la composición. Y encima era un gran perfeccionista. No dejaba nada al azar», afirma Santi Léonard, con orgullo, a ABC.La historia del legado Léonard es fascinante. Cuando el fotógrafo muere y Santi cierra su casa-estudio, deja dentro cuatro décadas de trabajo y alrededor de 500.000 negativos . Una inundación dejó inservibles todo lo que estaba a metro y medio del sueño, sólo salvando lo que se guardaba en los estantes de arriba. Al ser un bajo, tenían una abertura a las alcantarillas cerca. Una noche subieron las aguas y aquello empezó a rebosar. «La imagen era horrible, con mierda en todos los lados. No se pudo salvar nada, salvo lo que había en los estantes más altos, que me llevé a casa y guardé a buen recaudo en un altillo», comenta Santi Léonard.Del material que se salvó destacan unos 20.000 negativos, de los que 3.000 están dedicados a la comunidad gitana . Después de la negativa de los principales museos catalanes para hacerse cargo del material, Santi se los entregó al Archivo Fotográfico de Barcelona, que al ver los negativos quedó maravillado por la calidad y el valor documental de aquel trabajo, que mostraba la intimidad de la comunidad gitana del Somorrostro y las barracas de Montjuïc. «Mi padre siempre iba con su cámara y cuando íbamos a bautizos, comuniones o bodas, no dejaba de hacer fotos y nadie le prestaba atención. Incluso podía fotografiar a los niños, que no es fácil que te lo permitan dentro de la comunidad gitana. Pero a él sí que le dejaban porque le veían como uno más y mi padre luego siempre regalaba las fotografías a las familias», recuerda su hijo.Jacques Léonard se casaba con Rosario Amaya, prima de Carmen Amaya, en 1953, una de esas historias de amor que dan para una película. La conoció como modelo del pintor Federico Molina , trabajo que repetía con frecuencia con otros artistas desde la escuela Massana. Al verla, Léonard quedó prendado, en uno de esos amores a primera vista difíciles de olvidar. Le propuso matrimonio al poco de conocerla, pero tuvo que sudar mucho para que el padre de Rosario permitiera que un payo como él se casase con su hija. No podía hacer otra cosa, era algo irremediable. En el centro, autorretrato de Jacques Léonard Archivo Familia de LéonardLo que no sabía el padre de Rosario, y ni siquiera Léonard, es que él también era hijo de gitanos. Su padre, Julien Léonard, también lo era, pero su madre lo ocultó y el fotógrafo no lo supo hasta muchos años después al ver una fotografía de su abuelo paterno y atar cabos. «Los gitanos le llamaban el payo Chac porque no sabían decir Jacques. La confianza era absoluta, incluso le permitieron hacer unas fotos maravillosas a funerales y sepelios, que por respeto a los familiares que todavía viven no puedo dejar ver todavía, pero que algún día saldrán a la luz», confiesa Santi Léonard. En la intimidad, Léonard era una persona muy tímida e introvertida, que parecía esconderse siempre detrás de la cámara. No era muy afectuoso, pero sí que trataba con respeto a sus hijos, a los que nunca levantó la mano. Culto, sabía hablar cinco idiomas y conocía a medio mundo. Gran aventurero en su juventud, había dado la vuelta al mundo. Venía del mundo del cine, donde colaboró con el genial Abel Gance . Pero todo eso cambió cuando, a los 44 años, conoció a Rosario y se estableció definitivamente en Barcelona. «Mi madre fue una gran modelo. Como transportista, voy a muchas casas de la burguesía y muchas veces me encuentro un cuadro de mi madre colgada en la pared. Cuando se lo digo al dueño, nunca se lo creen. Hasta la he visto en un hotel», ríe Santi Léonard. «Mi padre siempre iba con una cámara encima, hasta en bautizos, bodas y fiestas de la comunidad gitana» Santiago LéonardLa exposición de la Galería Villa Alegre intenta mostrar los otros lados de la labor del fotógrafo francés y descubrir esa otra Barcelona. Vemos el Tibidabo, el público del Club de Tenis Barcelona durante el trofeo Godó, mujeres pintando la Sagrada Familia o una madre con su hija mirando una floristería, en imágenes cercanas, cinematográficas, que explican historias cercanas y entrañables. «Tiene una capacidad de ordenar la imagen con un talento casi cinematográfico para explicarte la intimidad de esas personas. Siempre muy respetuoso, consigue que nadie se sienta invadido y actúe con naturalidad, sin que el fotógrafo imponga su posición», asegura Silvia Omedes, directora de la galería y presidente de la Fundación Photographic Vision.Rescatando archivos históricosLa Fundación custodia, difunde y representa los legados de grandes fotógrafos españoles como Joana Biarnés, la primera mujer fotoperiodista española, Eugeni Forcano, Oriol Maspons, Leopoldo Pomés, Isabel Azkarate o Anna Turbau , entre muchos otros. Cuando los hermanos Léonard se les aproximaron, no cobraban nada por derechos de autor. Poco después, en la galería Anne Clergue, en la ciudad francesa de Arlés, ya lograron vender hasta 72 copias ilimitadas de su padre por un valor mínimo de 1.000 euros. «Nuestro trabajo consiste en acompañar a las familias y divulgar y dar valor a la obra de estos importantes fotógrafos. Abrimos hace un año la galería para continuar esta labor desde la perspectiva de vendedoras y estamos aprendiendo mucho», confiesa Omedes.
A los 15 años, Santi Léonard, hijo del fotógrafo Jacques Léonard, decidió dejar el colegio y empezar a trabajar con su padre. Bueno, quizá sería mejor decir que decidieron por él. No era buen estudiante y, al ser hijo de madre gitana, había tenido … que sufrir prejuicios constantes y acoso. Así que la familia decidió que lo mejor era que se dejara de tonterías y ayudara al padre, labrándose así una carrera. No en vano, Jacques Léonard, una de las figuras más singulares de la historia de la fotografía española, y el único que pudo documentar el mundo gitano desde dentro, no le faltaban los encargos y se ganaba bien la vida.
Después de años y años de duro trabajo para divulgar el trabajo de Léonard y darle el valor que merece, la familia ha conseguido que se resitúe la figura del fotógrafo en el canon del arte español de la segunda mitad del siglo XX. Ahora, la Galería Villa Alegre, parte expositiva de la Fundación Photografic Social Vision, que custodia el legado de la familia Léonard, presenta una exposición que recorre lo mejor de los años 50 del fotógrafo, cuando captó como ninguna la parte más invisible de la sociedad barcelonesa de la época. «Estuve con mi padre durante 15 años, acompañándolo en todos sus encargos y ayudándole en lo que podía, hasta que por enfermedad tuvo que dejarlo. No dejaba de asombrarme. Lo hacía todo bien, dibujaba, esculpía y veía la imagen antes que nadie. Como venía del cine, tenía esa idea global de la composición. Y encima era un gran perfeccionista. No dejaba nada al azar», afirma Santi Léonard, con orgullo, a ABC.
La historia del legado Léonard es fascinante. Cuando el fotógrafo muere y Santi cierra su casa-estudio, deja dentro cuatro décadas de trabajo y alrededor de 500.000 negativos. Una inundación dejó inservibles todo lo que estaba a metro y medio del sueño, sólo salvando lo que se guardaba en los estantes de arriba. Al ser un bajo, tenían una abertura a las alcantarillas cerca. Una noche subieron las aguas y aquello empezó a rebosar. «La imagen era horrible, con mierda en todos los lados. No se pudo salvar nada, salvo lo que había en los estantes más altos, que me llevé a casa y guardé a buen recaudo en un altillo», comenta Santi Léonard.
Noticia relacionada
Del material que se salvó destacan unos 20.000 negativos, de los que 3.000 están dedicados a la comunidad gitana. Después de la negativa de los principales museos catalanes para hacerse cargo del material, Santi se los entregó al Archivo Fotográfico de Barcelona, que al ver los negativos quedó maravillado por la calidad y el valor documental de aquel trabajo, que mostraba la intimidad de la comunidad gitana del Somorrostro y las barracas de Montjuïc. «Mi padre siempre iba con su cámara y cuando íbamos a bautizos, comuniones o bodas, no dejaba de hacer fotos y nadie le prestaba atención. Incluso podía fotografiar a los niños, que no es fácil que te lo permitan dentro de la comunidad gitana. Pero a él sí que le dejaban porque le veían como uno más y mi padre luego siempre regalaba las fotografías a las familias», recuerda su hijo.
Jacques Léonard se casaba con Rosario Amaya, prima de Carmen Amaya, en 1953, una de esas historias de amor que dan para una película. La conoció como modelo del pintor Federico Molina, trabajo que repetía con frecuencia con otros artistas desde la escuela Massana. Al verla, Léonard quedó prendado, en uno de esos amores a primera vista difíciles de olvidar. Le propuso matrimonio al poco de conocerla, pero tuvo que sudar mucho para que el padre de Rosario permitiera que un payo como él se casase con su hija. No podía hacer otra cosa, era algo irremediable.
(Archivo Familia de Léonard)
Lo que no sabía el padre de Rosario, y ni siquiera Léonard, es que él también era hijo de gitanos. Su padre, Julien Léonard, también lo era, pero su madre lo ocultó y el fotógrafo no lo supo hasta muchos años después al ver una fotografía de su abuelo paterno y atar cabos. «Los gitanos le llamaban el payo Chac porque no sabían decir Jacques. La confianza era absoluta, incluso le permitieron hacer unas fotos maravillosas a funerales y sepelios, que por respeto a los familiares que todavía viven no puedo dejar ver todavía, pero que algún día saldrán a la luz», confiesa Santi Léonard.
En la intimidad, Léonard era una persona muy tímida e introvertida, que parecía esconderse siempre detrás de la cámara. No era muy afectuoso, pero sí que trataba con respeto a sus hijos, a los que nunca levantó la mano. Culto, sabía hablar cinco idiomas y conocía a medio mundo. Gran aventurero en su juventud, había dado la vuelta al mundo. Venía del mundo del cine, donde colaboró con el genial Abel Gance. Pero todo eso cambió cuando, a los 44 años, conoció a Rosario y se estableció definitivamente en Barcelona. «Mi madre fue una gran modelo. Como transportista, voy a muchas casas de la burguesía y muchas veces me encuentro un cuadro de mi madre colgada en la pared. Cuando se lo digo al dueño, nunca se lo creen. Hasta la he visto en un hotel», ríe Santi Léonard.
«Mi padre siempre iba con una cámara encima, hasta en bautizos, bodas y fiestas de la comunidad gitana»
Santiago Léonard
La exposición de la Galería Villa Alegre intenta mostrar los otros lados de la labor del fotógrafo francés y descubrir esa otra Barcelona. Vemos el Tibidabo, el público del Club de Tenis Barcelona durante el trofeo Godó, mujeres pintando la Sagrada Familia o una madre con su hija mirando una floristería, en imágenes cercanas, cinematográficas, que explican historias cercanas y entrañables. «Tiene una capacidad de ordenar la imagen con un talento casi cinematográfico para explicarte la intimidad de esas personas. Siempre muy respetuoso, consigue que nadie se sienta invadido y actúe con naturalidad, sin que el fotógrafo imponga su posición», asegura Silvia Omedes, directora de la galería y presidente de la Fundación Photographic Vision.
Noticia relacionada
Rescatando archivos históricos
La Fundación custodia, difunde y representa los legados de grandes fotógrafos españoles como Joana Biarnés, la primera mujer fotoperiodista española, Eugeni Forcano, Oriol Maspons, Leopoldo Pomés, Isabel Azkarate o Anna Turbau, entre muchos otros. Cuando los hermanos Léonard se les aproximaron, no cobraban nada por derechos de autor. Poco después, en la galería Anne Clergue, en la ciudad francesa de Arlés, ya lograron vender hasta 72 copias ilimitadas de su padre por un valor mínimo de 1.000 euros. «Nuestro trabajo consiste en acompañar a las familias y divulgar y dar valor a la obra de estos importantes fotógrafos. Abrimos hace un año la galería para continuar esta labor desde la perspectiva de vendedoras y estamos aprendiendo mucho», confiesa Omedes.
RSS de noticias de cultura


