Hay dos personajes principales que corren paralelos por la historia hasta que confluyen en ella, un vagabundo analfabeto y desalmado al que apodan Sacamantecas y que viola y asesina mujeres sin el menor síntoma de escrúpulo ni planes y una mujer culta y decidida que vuelve a su pueblo tras la muerte violenta de su hermana. Y hay un escenario y una época, las zonas rurales de Álava y último tercio del siglo XIX, en coincidencia con la Tercera Guerra Carlista. El director, David P. Sañudo, se basa en hechos reales (Sacamantecas está considerado el primer asesino en serie documentado, incluso algo anterior a Jack el Destripador) y pone en escena una crónica entre social y detectivesca de los sucesos.La historia es sórdida, pero no está filmada con regodeo en lo mórbido de ella, sino con ‘lejanía’ (el primer asesinato ocurre al otro lado del río) y con aspereza tanto de los personajes como de los ambientes y fotografía, oscura y húmeda, y sin poner un excesivo acento en la intriga o la tensión: es casi una penosa reproducción de la vida miserable de un tipo animalizado, primario y sin remordimientos, y de la obstinación de una mujer que investiga el asesinato de su hermana sin mucho rigor y en contra de la voluntad política y social de la época, unas reticencias en las que no se profundiza y solo explicadas por ocurrir en una época convulsa y bélica, y con algunos personajes alrededor sin un claro enfoque.Hay un buen trabajo de Antonio de la Torre y Patricia López Arnaiz en la matización de sus personajes, él aclara con buena física las transformaciones de Juan Díaz de Garayo (así se llamaba el fulano) y ella dejándole entrever al suyo perfiles velados de su pasado y de su carácter, en cierto modo, con un deje feminista insólito para la época. Completan con su interpretación una interesante profundidad en la historia. Y si bien no apasionan ni su intriga ni sus ‘momentos thriller’, queda como una crónica ilustrativa de los tiempos del barro y lo que podía esconderse en él. Hay dos personajes principales que corren paralelos por la historia hasta que confluyen en ella, un vagabundo analfabeto y desalmado al que apodan Sacamantecas y que viola y asesina mujeres sin el menor síntoma de escrúpulo ni planes y una mujer culta y decidida que vuelve a su pueblo tras la muerte violenta de su hermana. Y hay un escenario y una época, las zonas rurales de Álava y último tercio del siglo XIX, en coincidencia con la Tercera Guerra Carlista. El director, David P. Sañudo, se basa en hechos reales (Sacamantecas está considerado el primer asesino en serie documentado, incluso algo anterior a Jack el Destripador) y pone en escena una crónica entre social y detectivesca de los sucesos.La historia es sórdida, pero no está filmada con regodeo en lo mórbido de ella, sino con ‘lejanía’ (el primer asesinato ocurre al otro lado del río) y con aspereza tanto de los personajes como de los ambientes y fotografía, oscura y húmeda, y sin poner un excesivo acento en la intriga o la tensión: es casi una penosa reproducción de la vida miserable de un tipo animalizado, primario y sin remordimientos, y de la obstinación de una mujer que investiga el asesinato de su hermana sin mucho rigor y en contra de la voluntad política y social de la época, unas reticencias en las que no se profundiza y solo explicadas por ocurrir en una época convulsa y bélica, y con algunos personajes alrededor sin un claro enfoque.Hay un buen trabajo de Antonio de la Torre y Patricia López Arnaiz en la matización de sus personajes, él aclara con buena física las transformaciones de Juan Díaz de Garayo (así se llamaba el fulano) y ella dejándole entrever al suyo perfiles velados de su pasado y de su carácter, en cierto modo, con un deje feminista insólito para la época. Completan con su interpretación una interesante profundidad en la historia. Y si bien no apasionan ni su intriga ni sus ‘momentos thriller’, queda como una crónica ilustrativa de los tiempos del barro y lo que podía esconderse en él.

Hay dos personajes principales que corren paralelos por la historia hasta que confluyen en ella, un vagabundo analfabeto y desalmado al que apodan Sacamantecas y que viola y asesina mujeres sin el menor síntoma de escrúpulo ni planes y una mujer culta y decidida que vuelve a su pueblo tras la muerte violenta de su hermana. Y hay un escenario y una época, las zonas rurales de Álava y último tercio del siglo XIX, en coincidencia con la Tercera Guerra Carlista. El director, David P. Sañudo, se basa en hechos reales (Sacamantecas está considerado el primer asesino en serie documentado, incluso algo anterior a Jack el Destripador) y pone en escena una crónica entre social y detectivesca de los sucesos.
La historia es sórdida, pero no está filmada con regodeo en lo mórbido de ella, sino con ‘lejanía’ (el primer asesinato ocurre al otro lado del río) y con aspereza tanto de los personajes como de los ambientes y fotografía, oscura y húmeda, y sin poner un excesivo acento en la intriga o la tensión: es casi una penosa reproducción de la vida miserable de un tipo animalizado, primario y sin remordimientos, y de la obstinación de una mujer que investiga el asesinato de su hermana sin mucho rigor y en contra de la voluntad política y social de la época, unas reticencias en las que no se profundiza y solo explicadas por ocurrir en una época convulsa y bélica, y con algunos personajes alrededor sin un claro enfoque.
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Hay un buen trabajo de Antonio de la Torre y Patricia López Arnaiz en la matización de sus personajes, él aclara con buena física las transformaciones de Juan Díaz de Garayo (así se llamaba el fulano) y ella dejándole entrever al suyo perfiles velados de su pasado y de su carácter, en cierto modo, con un deje feminista insólito para la época. Completan con su interpretación una interesante profundidad en la historia. Y si bien no apasionan ni su intriga ni sus ‘momentos thriller’, queda como una crónica ilustrativa de los tiempos del barro y lo que podía esconderse en él.
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