Wendy y Creamy son dos perritas Shi Tzu . Tienen una cuenta en Instagram con miles de seguidores y allí nos cuentan, ante una periodista de quien solo percibimos la mano que sostiene el micrófono y una agradable voz, las peripecias de su día a día. Por supuesto, Wendy y Creamy son personajes creados con inteligencia artificial . Eso no impide que su cuenta sea de mis favoritas y que sus breves ‘sketches’ me saquen carcajadas y hasta alguna lagrimita. Sucede que yo tengo una perrita Shi Tzu, que se llama Xica y es mi amor más grande en la vida. Y si Xica pudiera hablar y pensar, lo haría exactamente como Wendy y Creamy. Sé que más de un lector levantará la ceja al leer esto, pero no es tan lamentable como suena ni tan extraño. Nuestro cerebro está configurado para que, independientemente de la realidad fáctica del estímulo, reaccionemos a través de emociones que son reales. Es lo que nos permite llorar viendo una película de dibujos animados o angustiarnos cuando la ansiedad nos sumerge en escenarios mentales que la mayoría de las veces ni siquiera se cumplen.Traigo esto a colación a raíz de los frecuentes debates en la actualidad sobre los usos de la IA en la literatura . Casos como el de los escritores Thélyson Orélian y David Silva Rojas, que han sido señalados por haber usado la IA en la escritura de sus respectivas novelas, son los más recientes, pero no son los primeros ni serán los últimos. Mientras estos casos reavivan en los sectores llamémoslos «tradicionales» del mundo editorial la urgencia de una reglamentación más rigurosa, en otros sectores, por ahora minoritarios, ya se están dando importantes pasos hacia la integración de una realidad que se considera irreversible. En Francia, por ejemplo, acaba de ser anunciada la creación del Premio Pascal , que admite obras co-escritas con IA . Lo irónico es que, en este asunto, lo que piensen escritores, editores, periodistas, distribuidores y libreros tendrá poca influencia, me parece. Al final, todo se remite y se remitirá al mismo juez al que nos hemos sometido hace ya un buen tiempo: el público. Y hasta ahora, el público, entendido este en su sentido masivo, indiferenciado, borreguil, que es quien sostiene el mercado editorial, no parece importarle demasiado si el último libro de moda que acaba de comprar es el resultado de un proceso creativo humano, artesanal, auténtico. El público se ha habituado a comprar libros firmados por gente famosa que no los ha escritoEl público se ha habituado a comprar libros firmados por gente famosa que no los ha escrito. El público hace filas de horas bajo el sol para que el ‘youtuber’ o ‘influencer’ de turno le dedique su ejemplar de las tres o cuatro idioteces que algún escritor fantasmal y hambreado ha redactado por él. El público salió a comprar en masa la novela de Carmen Mola del Premio Planeta y no le importó un pepino que Carmen Mola no existiera, que no fuera una mujer sino tres guionistas perezosos y «espabilaos» que hacen entre tres el trabajo que los otros tontos hacen en solitario.Como soy fatalista, creo que la IA ha llegado para cambiarlo todo. Incluida, por supuesto, la literatura. La noticia en los próximos años será la creación de premios literarios solo para humanos. El hacer nosotros solitos nuestros libros revestirá el oficio de cierta aura de resistencia y dignidad . Al menos, por algunos años. Un poco a la manera de los premios literarios exclusivos para mujeres, que tenían sentido en el pasado pero cuya persistencia hoy es un anacronismo paternalista injustificable. Pero nada de esto importará. El mundo será Tlön y, más allá de la realidad o irrealidad de los motivos, seguiremos riendo y llorando hasta el último suspiro. Wendy y Creamy son dos perritas Shi Tzu . Tienen una cuenta en Instagram con miles de seguidores y allí nos cuentan, ante una periodista de quien solo percibimos la mano que sostiene el micrófono y una agradable voz, las peripecias de su día a día. Por supuesto, Wendy y Creamy son personajes creados con inteligencia artificial . Eso no impide que su cuenta sea de mis favoritas y que sus breves ‘sketches’ me saquen carcajadas y hasta alguna lagrimita. Sucede que yo tengo una perrita Shi Tzu, que se llama Xica y es mi amor más grande en la vida. Y si Xica pudiera hablar y pensar, lo haría exactamente como Wendy y Creamy. Sé que más de un lector levantará la ceja al leer esto, pero no es tan lamentable como suena ni tan extraño. Nuestro cerebro está configurado para que, independientemente de la realidad fáctica del estímulo, reaccionemos a través de emociones que son reales. Es lo que nos permite llorar viendo una película de dibujos animados o angustiarnos cuando la ansiedad nos sumerge en escenarios mentales que la mayoría de las veces ni siquiera se cumplen.Traigo esto a colación a raíz de los frecuentes debates en la actualidad sobre los usos de la IA en la literatura . Casos como el de los escritores Thélyson Orélian y David Silva Rojas, que han sido señalados por haber usado la IA en la escritura de sus respectivas novelas, son los más recientes, pero no son los primeros ni serán los últimos. Mientras estos casos reavivan en los sectores llamémoslos «tradicionales» del mundo editorial la urgencia de una reglamentación más rigurosa, en otros sectores, por ahora minoritarios, ya se están dando importantes pasos hacia la integración de una realidad que se considera irreversible. En Francia, por ejemplo, acaba de ser anunciada la creación del Premio Pascal , que admite obras co-escritas con IA . Lo irónico es que, en este asunto, lo que piensen escritores, editores, periodistas, distribuidores y libreros tendrá poca influencia, me parece. Al final, todo se remite y se remitirá al mismo juez al que nos hemos sometido hace ya un buen tiempo: el público. Y hasta ahora, el público, entendido este en su sentido masivo, indiferenciado, borreguil, que es quien sostiene el mercado editorial, no parece importarle demasiado si el último libro de moda que acaba de comprar es el resultado de un proceso creativo humano, artesanal, auténtico. El público se ha habituado a comprar libros firmados por gente famosa que no los ha escritoEl público se ha habituado a comprar libros firmados por gente famosa que no los ha escrito. El público hace filas de horas bajo el sol para que el ‘youtuber’ o ‘influencer’ de turno le dedique su ejemplar de las tres o cuatro idioteces que algún escritor fantasmal y hambreado ha redactado por él. El público salió a comprar en masa la novela de Carmen Mola del Premio Planeta y no le importó un pepino que Carmen Mola no existiera, que no fuera una mujer sino tres guionistas perezosos y «espabilaos» que hacen entre tres el trabajo que los otros tontos hacen en solitario.Como soy fatalista, creo que la IA ha llegado para cambiarlo todo. Incluida, por supuesto, la literatura. La noticia en los próximos años será la creación de premios literarios solo para humanos. El hacer nosotros solitos nuestros libros revestirá el oficio de cierta aura de resistencia y dignidad . Al menos, por algunos años. Un poco a la manera de los premios literarios exclusivos para mujeres, que tenían sentido en el pasado pero cuya persistencia hoy es un anacronismo paternalista injustificable. Pero nada de esto importará. El mundo será Tlön y, más allá de la realidad o irrealidad de los motivos, seguiremos riendo y llorando hasta el último suspiro.
Wendy y Creamy son dos perritas Shi Tzu. Tienen una cuenta en Instagram con miles de seguidores y allí nos cuentan, ante una periodista de quien solo percibimos la mano que sostiene el micrófono y una agradable voz, las peripecias de su día … a día. Por supuesto, Wendy y Creamy son personajes creados con inteligencia artificial. Eso no impide que su cuenta sea de mis favoritas y que sus breves ‘sketches’ me saquen carcajadas y hasta alguna lagrimita.
Sucede que yo tengo una perrita Shi Tzu, que se llama Xica y es mi amor más grande en la vida. Y si Xica pudiera hablar y pensar, lo haría exactamente como Wendy y Creamy. Sé que más de un lector levantará la ceja al leer esto, pero no es tan lamentable como suena ni tan extraño.
Nuestro cerebro está configurado para que, independientemente de la realidad fáctica del estímulo, reaccionemos a través de emociones que son reales. Es lo que nos permite llorar viendo una película de dibujos animados o angustiarnos cuando la ansiedad nos sumerge en escenarios mentales que la mayoría de las veces ni siquiera se cumplen.
Noticia relacionada
Traigo esto a colación a raíz de los frecuentes debates en la actualidad sobre los usos de la IA en la literatura. Casos como el de los escritores Thélyson Orélian y David Silva Rojas, que han sido señalados por haber usado la IA en la escritura de sus respectivas novelas, son los más recientes, pero no son los primeros ni serán los últimos. Mientras estos casos reavivan en los sectores llamémoslos «tradicionales» del mundo editorial la urgencia de una reglamentación más rigurosa, en otros sectores, por ahora minoritarios, ya se están dando importantes pasos hacia la integración de una realidad que se considera irreversible.
En Francia, por ejemplo, acaba de ser anunciada la creación del Premio Pascal, que admite obras co-escritas con IA. Lo irónico es que, en este asunto, lo que piensen escritores, editores, periodistas, distribuidores y libreros tendrá poca influencia, me parece. Al final, todo se remite y se remitirá al mismo juez al que nos hemos sometido hace ya un buen tiempo: el público. Y hasta ahora, el público, entendido este en su sentido masivo, indiferenciado, borreguil, que es quien sostiene el mercado editorial, no parece importarle demasiado si el último libro de moda que acaba de comprar es el resultado de un proceso creativo humano, artesanal, auténtico.
El público se ha habituado a comprar libros firmados por gente famosa que no los ha escrito
El público se ha habituado a comprar libros firmados por gente famosa que no los ha escrito. El público hace filas de horas bajo el sol para que el ‘youtuber’ o ‘influencer’ de turno le dedique su ejemplar de las tres o cuatro idioteces que algún escritor fantasmal y hambreado ha redactado por él. El público salió a comprar en masa la novela de Carmen Mola del Premio Planeta y no le importó un pepino que Carmen Mola no existiera, que no fuera una mujer sino tres guionistas perezosos y «espabilaos» que hacen entre tres el trabajo que los otros tontos hacen en solitario.
Como soy fatalista, creo que la IA ha llegado para cambiarlo todo. Incluida, por supuesto, la literatura. La noticia en los próximos años será la creación de premios literarios solo para humanos. El hacer nosotros solitos nuestros libros revestirá el oficio de cierta aura de resistencia y dignidad. Al menos, por algunos años. Un poco a la manera de los premios literarios exclusivos para mujeres, que tenían sentido en el pasado pero cuya persistencia hoy es un anacronismo paternalista injustificable. Pero nada de esto importará. El mundo será Tlön y, más allá de la realidad o irrealidad de los motivos, seguiremos riendo y llorando hasta el último suspiro.
RSS de noticias de cultura

