Ser hijo de emigrantes irlandeses y hacer películas nos sugiere de inmediato a John Ford y es el primer apunte en colisión que se aprecia en Martin McDonagh, inglés hijo de irlandeses, escritor y cineasta y probablemente la contraportada de Ford, no tanto por la calidad de su obra, que es excelente y tiene títulos en los que retrata el espíritu de lo irlandés tal y como también hizo John Ford, como por los colores, la composición y las texturas que emplea para su retrato.La idealización, la disputa noble y terca, los tonos cálidos, el paisaje costumbrista y tradicional de John Ford al construir su nostalgia romántica por el acervo irlandés se convierte en Martin McDonagh en desmitificación, en tierra aburrida y aislada, en rencores inexplicables y claustrofobia. Una mirada a ‘El hombre tranquilo’ y, por ejemplo, a ‘Almas en pena de Inisherin’, probablemente la obra cumbre de McDonagh, llena de pesares, crueldades y también de un humor negro y conmovedor, certifica la distancia desde la que miran su Irlanda estos dos grandes creadores y las opuestas sustancias que ven y expresan de ella.’Almas en pena de Inisherin’ nació como obra para el teatro y como última entrega de su trilogía teatral de las Islas Aran, antes escribió ‘El cojo de Inishmaan y ‘El teniente de Inishmore’, ambas puro vitriolo volcado en su mirada a su país de origen; pero no se llegó a estrenar la tercera en teatro y se convirtió en la película que conocemos y en la que descifra y desagua ese mal de islote que erosiona a las personas, o al menos a sus personajes.Y Martin McDonagh lleva el sarcasmo de su mirada, su lúcida manera de combinar la violencia, el aburrimiento y el diálogo brillante y cortante, a otras películas suyas en las que no aparece (pero está) el sello irlandés, como ‘Tres anuncios en las afueras’, tragicómica, áspera, negra y que podría ser un wéstern, naturalmente a mil millas de distancia de los que hacía Ford. O como aquel ‘Escondidos en Brujas’, sin duda comedia, sin duda thriller pasado por agua, sin duda película violenta en la que hay que matarlo todo, especialmente el tiempo.Su última película y de inminente estreno es ‘Wild Horse Nine’, en la que altera aparentemente algunos de los elementos que hasta ahora eran propios de su cine: transcurre, en cierto modo, lejos de donde llega su vista, en Santiago de Chile y poco antes del golpe de Estado de 1973. Hay menos ‘material’ irlandés y, de entrada, dos de sus actores favoritos, Brendan Gleeson y Colin Farrell, protagonistas en Inisherin y en Brujas, irlandeses hasta la médula, no están ahora en el paisaje; aunque, por lo leído, el intercambio que hace McDonagh ha sido un acierto completo: el mejor John Malkovich y Sam Rockwell, que sí es otro de sus habituales y favoritos.Y lo que promete este director en ‘Wild Horse Nine’, o lo que uno espera encontrar en ella, es de nuevo la pureza de su cinismo, su ingenio para la sátira y para tropezarse con la risa donde no debería de haber ni rastro de ella. También su punto melancólico y su atmósfera terminal al encuentro de la amargura y lo ridículo. Ser hijo de emigrantes irlandeses y hacer películas nos sugiere de inmediato a John Ford y es el primer apunte en colisión que se aprecia en Martin McDonagh, inglés hijo de irlandeses, escritor y cineasta y probablemente la contraportada de Ford, no tanto por la calidad de su obra, que es excelente y tiene títulos en los que retrata el espíritu de lo irlandés tal y como también hizo John Ford, como por los colores, la composición y las texturas que emplea para su retrato.La idealización, la disputa noble y terca, los tonos cálidos, el paisaje costumbrista y tradicional de John Ford al construir su nostalgia romántica por el acervo irlandés se convierte en Martin McDonagh en desmitificación, en tierra aburrida y aislada, en rencores inexplicables y claustrofobia. Una mirada a ‘El hombre tranquilo’ y, por ejemplo, a ‘Almas en pena de Inisherin’, probablemente la obra cumbre de McDonagh, llena de pesares, crueldades y también de un humor negro y conmovedor, certifica la distancia desde la que miran su Irlanda estos dos grandes creadores y las opuestas sustancias que ven y expresan de ella.’Almas en pena de Inisherin’ nació como obra para el teatro y como última entrega de su trilogía teatral de las Islas Aran, antes escribió ‘El cojo de Inishmaan y ‘El teniente de Inishmore’, ambas puro vitriolo volcado en su mirada a su país de origen; pero no se llegó a estrenar la tercera en teatro y se convirtió en la película que conocemos y en la que descifra y desagua ese mal de islote que erosiona a las personas, o al menos a sus personajes.Y Martin McDonagh lleva el sarcasmo de su mirada, su lúcida manera de combinar la violencia, el aburrimiento y el diálogo brillante y cortante, a otras películas suyas en las que no aparece (pero está) el sello irlandés, como ‘Tres anuncios en las afueras’, tragicómica, áspera, negra y que podría ser un wéstern, naturalmente a mil millas de distancia de los que hacía Ford. O como aquel ‘Escondidos en Brujas’, sin duda comedia, sin duda thriller pasado por agua, sin duda película violenta en la que hay que matarlo todo, especialmente el tiempo.Su última película y de inminente estreno es ‘Wild Horse Nine’, en la que altera aparentemente algunos de los elementos que hasta ahora eran propios de su cine: transcurre, en cierto modo, lejos de donde llega su vista, en Santiago de Chile y poco antes del golpe de Estado de 1973. Hay menos ‘material’ irlandés y, de entrada, dos de sus actores favoritos, Brendan Gleeson y Colin Farrell, protagonistas en Inisherin y en Brujas, irlandeses hasta la médula, no están ahora en el paisaje; aunque, por lo leído, el intercambio que hace McDonagh ha sido un acierto completo: el mejor John Malkovich y Sam Rockwell, que sí es otro de sus habituales y favoritos.Y lo que promete este director en ‘Wild Horse Nine’, o lo que uno espera encontrar en ella, es de nuevo la pureza de su cinismo, su ingenio para la sátira y para tropezarse con la risa donde no debería de haber ni rastro de ella. También su punto melancólico y su atmósfera terminal al encuentro de la amargura y lo ridículo.

Ser hijo de emigrantes irlandeses y hacer películas nos sugiere de inmediato a John Ford y es el primer apunte en colisión que se aprecia en Martin McDonagh, inglés hijo de irlandeses, escritor y cineasta y probablemente la contraportada de Ford, no tanto por la calidad de su obra, que es excelente y tiene títulos en los que retrata el espíritu de lo irlandés tal y como también hizo John Ford, como por los colores, la composición y las texturas que emplea para su retrato.
La idealización, la disputa noble y terca, los tonos cálidos, el paisaje costumbrista y tradicional de John Ford al construir su nostalgia romántica por el acervo irlandés se convierte en Martin McDonagh en desmitificación, en tierra aburrida y aislada, en rencores inexplicables y claustrofobia. Una mirada a ‘El hombre tranquilo’ y, por ejemplo, a ‘Almas en pena de Inisherin’, probablemente la obra cumbre de McDonagh, llena de pesares, crueldades y también de un humor negro y conmovedor, certifica la distancia desde la que miran su Irlanda estos dos grandes creadores y las opuestas sustancias que ven y expresan de ella.
‘Almas en pena de Inisherin’ nació como obra para el teatro y como última entrega de su trilogía teatral de las Islas Aran, antes escribió ‘El cojo de Inishmaan y ‘El teniente de Inishmore’, ambas puro vitriolo volcado en su mirada a su país de origen; pero no se llegó a estrenar la tercera en teatro y se convirtió en la película que conocemos y en la que descifra y desagua ese mal de islote que erosiona a las personas, o al menos a sus personajes.
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Y Martin McDonagh lleva el sarcasmo de su mirada, su lúcida manera de combinar la violencia, el aburrimiento y el diálogo brillante y cortante, a otras películas suyas en las que no aparece (pero está) el sello irlandés, como ‘Tres anuncios en las afueras’, tragicómica, áspera, negra y que podría ser un wéstern, naturalmente a mil millas de distancia de los que hacía Ford. O como aquel ‘Escondidos en Brujas’, sin duda comedia, sin duda thriller pasado por agua, sin duda película violenta en la que hay que matarlo todo, especialmente el tiempo.
Su última película y de inminente estreno es ‘Wild Horse Nine’, en la que altera aparentemente algunos de los elementos que hasta ahora eran propios de su cine: transcurre, en cierto modo, lejos de donde llega su vista, en Santiago de Chile y poco antes del golpe de Estado de 1973. Hay menos ‘material’ irlandés y, de entrada, dos de sus actores favoritos, Brendan Gleeson y Colin Farrell, protagonistas en Inisherin y en Brujas, irlandeses hasta la médula, no están ahora en el paisaje; aunque, por lo leído, el intercambio que hace McDonagh ha sido un acierto completo: el mejor John Malkovich y Sam Rockwell, que sí es otro de sus habituales y favoritos.
Y lo que promete este director en ‘Wild Horse Nine’, o lo que uno espera encontrar en ella, es de nuevo la pureza de su cinismo, su ingenio para la sátira y para tropezarse con la risa donde no debería de haber ni rastro de ella. También su punto melancólico y su atmósfera terminal al encuentro de la amargura y lo ridículo.
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