“Nostalgia”, dice el tango, “de escuchar su risa loca y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración”. Me viene a la memoria otra letra: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas”, palabras que en boca de Mercedes Sosa sonaban a verdad y, ahora, en la voz aniñada de Amaia duelen como un anticipo del futuro. “Solo de lo negado canta el hombre, solo de lo perdido, solo de la añoranza, siempre de lo mismo”, decían los versos de García Calvo en boca de Amancio Prada. Una piensa que si borráramos de las canciones la mirada añorante del pasado nos quedaríamos prácticamente sin cancionero. Experimenté mis primeros chispazos nostálgicos siendo muy niña por los boleros que cantaba mi madre mientras trajinaba en casa. Su voz pequeña y suave vuelve a mí cuando los canto, aunque mi voz es el de una señora casi veinte años mayor que ella cuando murió. También la música pop, en continua celebración del presente, ha dejado baladas memorables que entonan lo que habrá de perderse. No digamos el folk, más cercano a la tierra y a los paraísos perdidos. Al recordar Serrat sus veranos en Aragón ponía palabras a mis recuerdos: “No es que me vaya porque me he olvidado / es que perdí el camino de regreso”, cantaba a su madre.
El presente es el mayor tesoro, pero me choca esa tozuda politización del sentimiento, que a veces es ignorante, pero también puede ser noble
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El presente es el mayor tesoro, pero me choca esa tozuda politización del sentimiento, que a veces es ignorante, pero también puede ser noble
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“Nostalgia”, dice el tango, “de escuchar su risa loca y sentir junto a mi boca como un fuego su respiración”. Me viene a la memoria otra letra: “Uno vuelve siempre a los viejos sitios donde amó la vida y entonces comprende como están de ausentes las cosas queridas”, palabras que en boca de Mercedes Sosa sonaban a verdad y, ahora, en la voz aniñada de Amaia duelen como un anticipo del futuro. “Solo de lo negado canta el hombre, solo de lo perdido, solo de la añoranza, siempre de lo mismo”, decían los versos de García Calvo en boca de Amancio Prada. Una piensa que si borráramos de las canciones la mirada añorante del pasado nos quedaríamos prácticamente sin cancionero. Experimenté mis primeros chispazos nostálgicos siendo muy niña por los boleros que cantaba mi madre mientras trajinaba en casa. Su voz pequeña y suave vuelve a mí cuando los canto, aunque mi voz es el de una señora casi veinte años mayor que ella cuando murió. También la música pop, en continua celebración del presente, ha dejado baladas memorables que entonan lo que habrá de perderse. No digamos el folk, más cercano a la tierra y a los paraísos perdidos. Al recordar Serrat sus veranos en Aragón ponía palabras a mis recuerdos: “No es que me vaya porque me he olvidado / es que perdí el camino de regreso”, cantaba a su madre.
La música nos inició en sentimientos para los que aún no estábamos capacitados, aunque quienes tengan cerca niños, sabrán que ya a los cinco años una criatura pronuncia en algún momento la frase: “Cuando yo era pequeña…”, porque intuye que hay algo que ya ha dejado atrás, tal vez el trono arrebatado. Por todo esto, me choca esa tozuda politización de ese sentimiento, la nostalgia. Todo es política, dicen. Pues mire usted, según. Si lo que se añora es el franquismo, más que nostalgia diría que todo viene de una intolerancia aguda a la diversidad democrática. A veces la nostalgia es ignorancia; otras, idealización del pasado. También hay nostálgicos de la clandestinidad, que en realidad son nostálgicos de su juventud. Ya lo decía Vázquez Montalbán, con Franco subíamos mejor las escaleras. Siempre hay algo patético en el contador de batallas. Pero hay nostalgias nobles. Fernán Gómez sentía nostalgia de cuando salía una noche por Madrid, ya de viejo, y todo esos viejos lugares “donde amó la vida” habían desaparecido. Recuerdo su voz tremenda contándolo y siento una nostalgia legítima por haberla perdido. También escuché a Haro Tecglen confesar que las salidas nocturnas habían perdido sentido para él porque ya no interesaba a las mujeres. Yo escuchaba con asombro sentimientos que aún no estaban en mí. No echaba de menos nada. Más bien huía de años convulsos y me sentía afortunada por rodearme de gente mayor. De haber podido, habría dado una zancada de la niñez a la madurez saltándome la juventud.
Ahora ya no puedo decir lo mismo. Sin sentirme vieja creo que comienzo a ser mayor que casi todos mis amigos. Me estanqué en mis cuarenta y dos años y, a veces, cuando me despierto y pongo los pies en el suelo siento unos dolorcillos que no sé cómo interpretar: ¿será gripe, estaré incubando algo? He tenido que hacer un esfuerzo para ser consciente de que a partir de cierta edad cada mañana se siente una molestia. Puede ser leve, pero ahí está el recordatorio: eres mortal. En el desayuno, me veo a punto de decir que me duele la rodilla izquierda, pero me contengo. Pienso, detente, bala, aún no estás preparada para hablar de achaques. Recuerdo aquella obsesión de Martin Amis con la vejez, que definía como “una experiencia aterradora”. Lo decía ¡a los 62 años! sin predecir que un cáncer le evitaría vivirla en su plenitud. El presente es el mayor tesoro, pero ese desprecio a la nostalgia, tan superficial y tan sesgado que encuentro en discursos de personas que, o bien no comprenden la hondura de ese sentir o bien no saben añorar lo perdido, también es amar la vida.
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