A las 3 de la mañana, mientras el barrio duerme, un tarareo y las notas dulces de una guitarra se escapan de una pequeña habitación. Todavía quedan unas horas de silencio antes de que el sol inclemente, la salsa a todo volumen y el estruendo de las motocicletas inunden el Vallado, en el Distrito de Aguablanca. Allí, Wisbert Zamora (Cali, 32 años) aprovecha la calma de la madrugada para tocar, componer y soñar despierto. Sueña con ser músico, con ganarse la vida haciendo arte. Sueña con mirar a sus padres a los ojos un día y decirles: “Lo logré. Lo logramos”.
Convirtió sus raíces y su historia en una propuesta que cruza sonidos alternativos con una mirada propia sobre su ciudad y la cultura afro
A las 3 de la mañana, mientras el barrio duerme, un tarareo y las notas dulces de una guitarra se escapan de una pequeña habitación. Todavía quedan unas horas de silencio antes de que el sol inclemente, la salsa a todo volumen y el estruendo de las motocicletas inunden el Vallado, en el Distrito de Aguablanca. Allí, Wisbert Zamora (Cali, 32 años) aprovecha la calma de la madrugada para tocar, componer y soñar despierto. Sueña con ser músico, con ganarse la vida haciendo arte. Sueña con mirar a sus padres a los ojos un día y decirles: “Lo logré. Lo logramos”.
Hoy, cuando sus sueños se han convertido en realidad, recuerda que aprendió a tocar batería a los 8 años, aunque, según le cuentan, a los cuatro ya daba pasitos hacia el instrumento. Creció en un hogar religioso compuesto por su padre, pastor de Buenaventura, y su madre, cantante del coro de música gospel, en la iglesia local. “Dios lo bendijo. Le tocaba a él”, decía ella al escucharlo tocar.
Sus padres lo convencieron de que podía ser el mejor. A los 16 años comenzó a estudiar Derecho, pero también Música. Sin embargo, como el dinero no alcanzaba para ambas carreras, se quedó con la segunda. Esa decisión terminó por definir quién es hoy, a sus 32 años: uno de los artistas emergentes más destacados de la música alternativa colombiana.
Llegó a ese nivel con una propuesta alejada de la salsa. Le apostó a sonidos como el soul, el rap, el R&B y el pop contemporáneo, menos comerciales en Cali, pero más alineados con su personalidad: la de un joven crítico del sistema, con la chispa para darle otra lectura a los imaginarios que lo rodeaban, incluso los que le imponían las propias dinámicas del barrio.
Su propuesta, marcada por una sensibilidad estética muy ligada al afrofuturismo y a atmósferas sonoras y visuales íntimas, caló muy bien en la industria. Gracias a su mirada disruptiva, Junior ya cuenta con cuatro EPs: ‘Drama’ Volumen 1, 2 y 3 (2023) y ‘Un Verano en Caliyork’ (2025), y dos álbumes: ‘EGO’ (2022) y ‘Joyas del Barrio’ (2024).
Este último, realizado con Sony Music Colombia, fue todo un éxito: la revista Rolling Stone lo ubicó en el puesto #7 de los 50 álbumes en español más importantes de 2024 y el año siguiente incluyó a Junior en su lista ‘Future of Music’, mientras Billboard lo señalaba como Artista Promesa del Año. Además, Spotify lo escogió como el Artist To Watch de Viva Latino-Spotify, y en los Premios Nuestra Tierra le otorgaron el galardón a Mejor artista rock alternativo indie.
Es que, como explica, “el barrio tiene un montón de información. Mi vida siempre estuvo entre el barrio, la música, la iglesia y los amigos. Tengo raíces muy profundas en mi ciudad. No entiendo cómo hay personas que pueden simplemente irse. Yo les digo: ‘Hermano, ¡qué visaje! A mí el barrio me ha regalado una imagen muy profunda de lo que es vivir».
Esa imagen se refleja en la transparencia de sus letras. “Pa’ mí todo esto es una demostración de cómo un pelao’ que cree en un montón de cosas diferentes logra sostener su propuesta en la industria con mucha honestidad. Que me haya contratado una disquera, que tenga hoy un reconocimiento por liderazgo, salir del país… Cuando empecé el trabajo social, jamás pensé terminar acá”, agrega Junior.
Cantante, compositor y multiinstrumentista, Junior encontró en la música una forma de trabajar por su comunidad. Llegó como facilitador a un proyecto de Fe y Alegría y terminó convertido en voluntario y coordinador de un centro cultural, donde entendió que la música también podía servir para hablar de emociones, acompañar a otros jóvenes e incidir en las problemáticas de su territorio. Hoy, lo hace con canciones como La Caza de Nariño, junto a Alcolirykoz, que ya tiene más de 10 millones de reproducciones en Spotify. También ha colaborado con Elsa y ElMar, Santiago Cruz, N. Hardem, Kei Linch y Rafa Pabón, entre otros.
Junior ya no compone a la madrugada, confiesa entre risas. Aquel niño que soñaba despierto ahora trabaja con disciplina: se levanta, entrena y llega al estudio “a camellar”, como en un horario de oficina. En lugar de forzarse a sacar temas cada quince días, escribe cuando genuinamente tiene algo que decir. Libros, películas, conciertos, conversaciones con amigos y cualquier expresión artística visual le sirven de combustible.
Esa curiosidad también aparece en su styling, con una propuesta llena de colores vibrantes que juega con la sensualidad, la androginia y cierta extravagancia, sin perder el lenguaje urbano y la frescura caleña. Por todo esto y más, Junior llegó este año a los Premios Nuestra Tierra con cuatro nominaciones: Mejor Álbum del año, Mejor Artista Afrobeat, Mejor Canción Afrobeat y Mejor canción alternativa/indie/rock.
“Todo el mundo tiene su verdad, pero en ocasiones le tienen miedo a masificarla. Hay que honrar nuestras verdades. Así es como se encuentran los lugares y las personas a los cuales tenés que ir para llegar hasta donde quieras llegar”, concluye el joven. Aunque aún espera llegar a escenarios como Coachella o Lollapalooza, hoy siente que puede decirles a sus padres que aquel sueño de triunfar en la música ya es una realidad.
EL PAÍS
