En la primera temporada de Historial delictivo, Cush Jumbo y Peter Capaldi eran enemigos. Jumbo interpretaba a una policía honrada y comprometida contra la injusticia y el racismo institucional, y Capaldi era un jefazo de la vieja escuela de la policía de Londres que manejaba una trama corrupta. En la segunda temporada, que se acaba de estrenar en Apple TV (con la discreción acostumbrada en una cadena que se publicita menos que un espía), los dos enemigos se hacen amigos y se alían contra una amenaza común y mayor: una extrema derecha convertida en terrorista.
La segunda temporada de ‘Historial delictivo’ plantea escoger entre combatir a los corruptos o aliarse con ellos para derrotar a una amenaza más grave
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La segunda temporada de ‘Historial delictivo’ plantea escoger entre combatir a los corruptos o aliarse con ellos para derrotar a una amenaza más grave


En la primera temporada de Historial delictivo, Cush Jumbo y Peter Capaldi eran enemigos. Jumbo interpretaba a una policía honrada y comprometida contra la injusticia y el racismo institucional, y Capaldi era un jefazo de la vieja escuela de la policía de Londres que manejaba una trama corrupta. En la segunda temporada, que se acaba de estrenar en Apple TV (con la discreción acostumbrada en una cadena que se publicita menos que un espía), los dos enemigos se hacen amigos y se alían contra una amenaza común y mayor: una extrema derecha convertida en terrorista.
Además de entretenernos con malos muy malos, chivatos, dilemas para vidas que se van a pique y paisajes nocturnos del Londres más pútrido, esta segunda parte funciona también como alegoría política, y lo hace de una forma poco acostumbrada en las series policiacas, que se limitan a pintar un mundo caótico y violento en el que la gente honrada se ahoga en la impotencia. Aquí hay una mirada más estratégica y utilitaria. Lo que viene a decir es: si hubiera que escoger entre combatir a los corruptos o aliarse con ellos para derrotar a una amenaza más grave, ¿qué haríamos?
Si el diablo y tú compartís un enemigo, el instinto te induce a hacer de tripas corazón y aprovecharte del poder diabólico para derrotar al rival común. Pero, en la práctica, esto rara vez sucede. Lo vemos en la política europea y española, donde partidos que defienden un modelo democrático esencialmente idéntico prefieren destruirse mutuamente antes que cooperar contra quienes amenazan a las claras ese modelo. En 1940 hubo muchos franceses que prefirieron ver su país pisoteado por las botas nazis antes que articular una unidad con sus oponentes ideológicos. Cuando se plantearon esa alianza, ya era tarde.
No hace falta ponerse bélico ni trágico. Tener razón es un vicio tan placentero que muchos prefieren perder a sus amigos o a sus cónyuges, e incluso a sus hijos, antes que dar su brazo a torcer. Ni la amenaza del abismo, la soledad, el abandono o la ruina persuaden a algunos de aceptar tratos con quienes no desean compartir el pan. Prefieren que la hogaza se la coman los perros o se la quede el banco antes que compartirla. La vida cotidiana está llena de tragedias en forma de divorcios y rupturas hechas de una forma troglodítica de entender la coherencia. No cabe esperar en los asuntos públicos una generosidad que casi nunca tenemos en los privados. Pero es bonito verlo en la tele.
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