Quizás los aficionados más cabales sean excesivamente duros y críticos con el tema ganadero y la evolución de los encastes, sencillamente porque, por la edad, muchos conocimos a estas ganaderías en manos de los padres de los ganaderos de hoy, e inevitablemente aquellos tenían unos criterios distintos a los de los actuales. Viendo, sin ir más lejos, una ganadería tan emblemática como la de Victorino Martín, entendemos que ese toro ha cambiado mucho, tanto que casi no tiene demasiado que ver con aquellos de Victorino padre, que mataban Andrés Vázquez y Ruiz Miguel, aquellos toros peligrosos y tobilleros, ‘alimañas’, se les llamaban a esos grises. Decía sabiamente Victorino padre que el toro debe dar miedo y emoción. Y es que, si bien la morfología sigue siendo similar, el comportamiento indiscutiblemente no, pero es entendible y lícito, porque un ganadero, por muy hijo que sea, no tiene por qué seguir la linde marcada por su predecesor. El toro de Victorino de la última década es mucho más toreable; encontramos a un toro fino, noble y fijo, nada que ver con aquellos Albaserradas de los ochenta, y no por ello son toros ni mucho menos dóciles, todo lo contrario, cuesta mucho cogerles el ritmo, el sitio y el pulso, tal como hicieron Manuel Escribano y Borja Jiménez el otro día, para que saquen ese fondo de clase que algunos (no todos) tienen. Sin duda, aquel bravísimo ‘Cobradiezmos’ arrastrando los hocicos sin parar de embestir, ha marcado una estela a seguir en esta ganadería, e incluso podemos ver que ha cambiado la óptica de muchos aficionados respecto a dichos toros. Sin duda debemos estar más abiertos a la hora de entender la evolución de las ganaderías, incluso los nostálgicos como yo, que quizás esperan que vuelvan a salir aquellas alimañas derrochando sentido, pues qué duda cabe, que la historia del toreo se ha entendido a base de ir más allá. Quizás los aficionados más cabales sean excesivamente duros y críticos con el tema ganadero y la evolución de los encastes, sencillamente porque, por la edad, muchos conocimos a estas ganaderías en manos de los padres de los ganaderos de hoy, e inevitablemente aquellos tenían unos criterios distintos a los de los actuales. Viendo, sin ir más lejos, una ganadería tan emblemática como la de Victorino Martín, entendemos que ese toro ha cambiado mucho, tanto que casi no tiene demasiado que ver con aquellos de Victorino padre, que mataban Andrés Vázquez y Ruiz Miguel, aquellos toros peligrosos y tobilleros, ‘alimañas’, se les llamaban a esos grises. Decía sabiamente Victorino padre que el toro debe dar miedo y emoción. Y es que, si bien la morfología sigue siendo similar, el comportamiento indiscutiblemente no, pero es entendible y lícito, porque un ganadero, por muy hijo que sea, no tiene por qué seguir la linde marcada por su predecesor. El toro de Victorino de la última década es mucho más toreable; encontramos a un toro fino, noble y fijo, nada que ver con aquellos Albaserradas de los ochenta, y no por ello son toros ni mucho menos dóciles, todo lo contrario, cuesta mucho cogerles el ritmo, el sitio y el pulso, tal como hicieron Manuel Escribano y Borja Jiménez el otro día, para que saquen ese fondo de clase que algunos (no todos) tienen. Sin duda, aquel bravísimo ‘Cobradiezmos’ arrastrando los hocicos sin parar de embestir, ha marcado una estela a seguir en esta ganadería, e incluso podemos ver que ha cambiado la óptica de muchos aficionados respecto a dichos toros. Sin duda debemos estar más abiertos a la hora de entender la evolución de las ganaderías, incluso los nostálgicos como yo, que quizás esperan que vuelvan a salir aquellas alimañas derrochando sentido, pues qué duda cabe, que la historia del toreo se ha entendido a base de ir más allá.
Jesús Soto de Paula
Quizás los aficionados más cabales sean excesivamente duros y críticos con el tema ganadero y la evolución de los encastes, sencillamente porque, por la edad, muchos conocimos a estas ganaderías en manos de los padres de los ganaderos de hoy, e inevitablemente aquellos tenían unos … criterios distintos a los de los actuales. Viendo, sin ir más lejos, una ganadería tan emblemática como la de Victorino Martín, entendemos que ese toro ha cambiado mucho, tanto que casi no tiene demasiado que ver con aquellos de Victorino padre, que mataban Andrés Vázquez y Ruiz Miguel, aquellos toros peligrosos y tobilleros, ‘alimañas’, se les llamaban a esos grises. Decía sabiamente Victorino padre que el toro debe dar miedo y emoción. Y es que, si bien la morfología sigue siendo similar, el comportamiento indiscutiblemente no, pero es entendible y lícito, porque un ganadero, por muy hijo que sea, no tiene por qué seguir la linde marcada por su predecesor.
El toro de Victorino de la última década es mucho más toreable; encontramos a un toro fino, noble y fijo, nada que ver con aquellos Albaserradas de los ochenta, y no por ello son toros ni mucho menos dóciles, todo lo contrario, cuesta mucho cogerles el ritmo, el sitio y el pulso, tal como hicieron Manuel Escribano y Borja Jiménez el otro día, para que saquen ese fondo de clase que algunos (no todos) tienen. Sin duda, aquel bravísimo ‘Cobradiezmos’ arrastrando los hocicos sin parar de embestir, ha marcado una estela a seguir en esta ganadería, e incluso podemos ver que ha cambiado la óptica de muchos aficionados respecto a dichos toros. Sin duda debemos estar más abiertos a la hora de entender la evolución de las ganaderías, incluso los nostálgicos como yo, que quizás esperan que vuelvan a salir aquellas alimañas derrochando sentido, pues qué duda cabe, que la historia del toreo se ha entendido a base de ir más allá.
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